La Vírgen María en los evangelios-Horacio Bojorge, S.J.

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Índice
1.– María en el Nuevo Testamento
2.– El género literario «Evangelio»
1.–Cómo hay que interpretar la Sagrada Escritura. –El Principio o Ley del texto. –Principio o Ley del contexto. 2.–¿A qué género literario pertenece el evangelio de San Marcos? 3.–Historia interpretada. 3.1–El valor histórico del Evangelio. 3.2–Interpretación profética de los hechos. 4.–El género literario llamado Pésher.
3.– María en San Marcos. La imagen más antigua
1.–Dos textos: Mc 3,31-55; 6,1-3. 2.–El contexto del evangelio. 3.–La oposición al Mesías. 4.–El testimonio de Jesús. 5.–María, Madre de Jesús por la fe. –Conclusión.
4.– María en San Mateo. El origen del Mesías
1.–De Marcos a Mateo. 2.–María, Virgen y esposa de José. 3.–El origen humano-divino del Mesías, Hijo de David, hecho hijo de mujer. 4.–La revelación de la virginidad de María. 5.–La genealogía. 6.–Hijo de David. 7.–Hijo de David e Hijo de Dios.
5.– María en San Lucas. Testigo de Jesucristo
1.–La intención de Lucas. 2.–María como testigo. 3.–Cualidades de María como testigo. 4.–La plenitud de los tiempos. 5.–Una nube de testigos. 6.–Midrásh Pésher. 7.–María: Hija de Sión. 8.–María y el Arca de la Alianza. 9.–El signo del Espíritu es el gozo.
6.– María en San Juan. El Eco de la voz
Dos hechos enigmáticos. 1.–Un primer hecho: Juan evita llamarla «María». –Una hipótesis. 2.–Otro hecho: Diálogos distantes. Explicaciones. 1.–«Haced todo lo que Él os diga» 2.–Entre Caná y el Calvario. 3.–El diálogo en Caná. 4.–La escena en el Calvario.
7.– Conclusión. Su Madre, nuestra Madre
Obras consultadas

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Santos 2

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Santos 23 DE JULIO
1. SANTO TOMAS APOSTOL
Fiesta
– En ausencia de Tomás.
– Su incredulidad.
– Su fe.
Cuando Jesús, llamado por las hermanas de Lázaro enfermo, se disponía a ir a Judea, donde le esperaban asechanzas y odio por parte de los judíos, dijo Tomás a los demás discípulos: Vayamos nosotros también y muramos con Él (1). El Señor aceptaría con gratitud este gesto valiente y generoso del Apóstol. Son las primeras palabras de él recogidas por San Juan.
Más tarde, durante el discurso de despedida en la Ultima Cena, Tomás hizo una pregunta al Maestro por la que le debemos estar reconocidos, pues por ella conocemos una de las grandes definiciones que Jesús nos dejó de Sí mismo. Preguntó el discípulo: Señor, no sabemos adónde vas, ¿cómo podremos saber el camino? Jesús respondió con estas palabras tantas veces meditadas: Yo soy el Camino, la Verdad y la Vida; nadie va al Padre sino por Mí (2).
La misma tarde del domingo en que resucitó se apareció Jesús a sus discípulos. Se presentó en medio de ellos sin necesidad de abrir las puertas, ya que su Cuerpo había sido glorificado; pero para deshacer la posible impresión de que era sólo un espíritu, les mostró las manos y el costado. A los discípulos no les quedó duda alguna de que era Jesús mismo y de que verdaderamente había resucitado. Les saludó por dos veces con la fórmula usual entre los judíos, con el acento propio que tantas veces pondría en estas mismas palabras. Los Apóstoles, poco propensos a admitir lo que excedía los cauces de su experiencia y de su razón, no podían albergar ya duda alguna al ver a Cristo, al que ellos conocían bien, hablando como en otras ocasiones. Con su conversación amigable y cordial quedaban disipados el temor y la vergüenza que tendrían por haber abandonado al Amigo cuando más necesidad tenía de ellos. De esta forma, se creó de nuevo el ambiente de intimidad, en el que Jesús va a comunicar sus poderes trascendentales (3). Pero Tomás no estaba con ellos. Es el único que falta. ¿Por qué no estaba allí? ¿Fue sólo una casualidad? Quizá San Juan, el Evangelista que nos narra con todo detalle esta escena, calla por delicadeza que Tomás, después de haber visto a Cristo en la cruz, no sólo había sufrido como los demás, sino que se encontraba alejado del grupo y sumido en una particular desesperanza (4).
Por los relatos de San Mateo y de San Marcos sabemos que los Apóstoles recibieron la indicación de Jesús de marcharse enseguida a Galilea, donde le verían glorioso. ¿Por qué aguardaron ocho días más en Jerusalén, cuando ya nada les retenía allí? Es muy posible que no quisieran marcharse sin Tomás, al que buscaron enseguida e intentaron convencer de mil formas distintas de que el Maestro había resucitado y les esperaba una vez más junto al mar de Tiberíades. Al encontrarle, le dijeron con una alegría incontenible: ¡Hemos visto al Señor! (5). Se lo repitieron una y otra vez, con acentos distintos. Intentaron en este tiempo recuperarlo para Cristo por todos los medios. Es seguro que el Señor, que siempre nos busca -a cada uno- como Buen Pastor, aprobaría esta demora. ¡Cómo agradecería Tomás más tarde todos estos intentos, y que a pesar de su tozudez no le dejaran solo en Jerusalén! Es una lección que nos puede servir hoy a nosotros para que examinemos cómo es la calidad de nuestra fraternidad y de nuestra fortaleza con aquellos cristianos, nuestros hermanos, que en un momento dado pueden caer en el desaliento y en la soledad. No podemos abandonarlos.
II. Trae tu mano y toca la señal de los clavos: y no seas incrédulo, sino creyente (6).

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Cantaré tus Alabanzas
HHLA MADRE PIADOSA ESTABA
SONETO A CRISTO CRUCIFICADO
PASTOR QUE CON TUS SILBOS AMOROSOS
A CRISTO EN LA CRUZ
LA VIRGEN AL PIE DE LA CRUZ
A JESÚS CRUCIFICADO
SONETO A JESUCRISTO
STABAT MATER
¿QUÉ QUIERO, MI JESÚS?
VIERNES SANTO
VÍA CRUCIS: Jesús es sepultado
CRUX FIDELIS
SÁBADO SANTO

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Filosofía del Conocimiento

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Filosofía del Conocimiento

 La verdad de las cosas, un concepto olvidado
¿Cuál es el significado originario del concepto “verdad de las cosas”? ¿Qué es lo que se dice exactamente cuando se califican las cosas, las propias realidades, de verdaderas? Por Josef Pieper
El encuentro con la verdad
La verdad afecta tan profundamente al hombre que le conmueve por completo. Ésta es la primera consecuencia del encuentro: la conmoción. El ejemplo más clásico es el enamoramiento.
Por Ricardo Yepes Stork
Aprender a pensar
En nuestro mundo siguen ocurriendo cosas poco humanas, y pasamos de largo ante ellas, porque nos hemos acostumbrado, como si fueran normales. No nos hemos parado a pensar… Conversación con Ricardo Yepes Stork, de Antonio Orozco.
Le había enseñado a pensar
Es curioso cómo se puede llegar a dar solución a los problemas de muchas maneras aunque a veces nos obstinemos en hacerlo de una sola complicando su solución. Por Antonio Orozco
Pensar con lógica
Importancia de la lógica. La creencia en gatos invisibles quizá no se pueda refutar de un modo lógico, pero dice mucho acerca de quienes sostiene esa creencia. Por Jorge Balvey
Popper y el relativismo
“La sociedad liberal no se fundamenta en el relativismo sino en el hecho de que el hombre está siempre amenazado por la posibilidad del error”. Por Ignacio Sánchez Cámara
Aprender a pensar
“Pensar” sugiere algo de peso: gravedad, consistencia, seriedad, sólidez… Por Antonio Orozco-Delclós.
En el centenario de Karl Popper, 28 de julio de 2002
EL TERMINO DE UNA BUSQUEDA SIN TERMINO, artículo de uno de los más profundos conocedores de Sir Karl Popper, el profesor Mariano Artigas, de la Universidad de Navarra.
Apertura a la verdad
“Cada vez me parece más confirmada mi vieja idea de «las raíces morales de la inteligencia». Mi convicción de que sin una considerable dosis de bondad se puede ser «listo», pero no verdaderamente inteligente”. Julián Marías
“La” verdad; la tuya… quédatela
El pensamiento débil: una de las enfermedades de nuestra sociedad. Negar que la verdad existe es negar la mayor parte de la grandeza del hombre: es suprimir la inspiración, el arte e, incluso, el ejercicio de la libertad. Por Luis Olivera.
El desprecio a la verdad
“Me pregunto cuál es la verdadera raíz del desprecio a la verdad. Creo que es el desprecio a uno mismo. La verdad va de tal modo unida a la condición humana, que el faltar deliberadamente a ella es lo más próximo al suicidio.” Por Julián Marías
Las fronteras del estructuralismo
El estructuralismo: consecuencia de una profundización de la lingüística. La lingüística se ha dado cuenta de que lo importante no es tanto el contenido de las palabras (lo significado), sino el contexto de las palabras. R. Gómez Pérez

 

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Frankenstein, Mary W. Shelley

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Frankenstein, Mary W. Shelley

 

El suceso en el cual se fundamenta este relato imaginario ha sido considerado por el doctor Darwin[L1]  y otros fisiólogos alemanes como no del todo imposible. En modo alguno quisiera que se suponga que otorgo el mínimo grado de credibilidad a semejantes fantasías; sin embargo, al tomarlo como base de una obra fruto de la imaginación, no considero haberme limitado simplemente a enlazar, unos con otros, una serie de terrores de índole sobrenatural. El hecho que hace despertar el interés por la historia está exento de las desventajas de un simple relato de fantasmas o encantamientos. Me vino sugerido por la novedad de las situaciones que desarrolla, y, por muy imposible que parezca como hecho físico, ofrece para la imaginación, a la hora de analizar las pasiones humanas, un punto de vista más comprensivo y autorizado que el que puede proporcionar el relato corriente de acontecimientos reales. Así pues, me he esforzado por mantener la veracidad de los elementales principios de la naturaleza humana, a la par que no he sentido escrúpulos a la hora de hacer innovaciones en cuanto a su combinación. La Ilíada, el poema trágico de Grecia; Shakespeare en La tempestad y El sueño de una noche de verano; y sobre todo Milton en El paraíso perdido se ajustan a esta regla. Así pues, el más humilde novelista que intente proporcionar o recibir algún deleite con sus esfuerzos puede, sin presunción, emplear en su narrativa una licencia, o, mejor dicho, una regla, de cuya adopción tantas exquisitas combinaciones de sentimientos humanos han dado como fruto los mejores ejemplos de poesía.


 [L1]El médico inglés Érasmus Darwin (1731––1802), amigo de los Godwin y abuelo del evolucionista Charles Darwin (1809––1882), fue uno de los científicos más afamados de su época.

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¿Educación para la Ciudadanía o Ingeniería Social? Maria Lacalle

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¿Educación para la Ciudadanía o Ingeniería Social? Maria Lacalle

La polémica asignatura obligatoria de Educación para la Ciudadanía, creada por la última reforma educativa española, se presenta como una enseñanza neutral de un mínimo común ético. Pero los críticos advierten que esa ética responde a una visión del hombre sesgada e incompleta. María Lacalle Noriega, profesora de Derecho Civil en la Universidad Francisco de Vitoria (Madrid), lo señala en una conferencia recogida en una publicación de su Universidad (“¿Educación para Ciudadanía o Ingeniería Social?”). Ofrecemos un resumen.Firmado por María Lacalle Noriega

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La situación actual de la Fe y la Teología, Ratzinger

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La situación actual de la Fe y la Teología, Ratzinger

 

LA SITUACIÓN ACTUAL DE LA FE Y LA TEOLOGÍA
Cardenal Ratzinger, en Guadalajara, México. 1998
La crisis de la teología de la liberación
En los años ochenta, la teología de la liberación en sus formas radicales aparecía como uno de los más urgentes desafíos para la fe de la Iglesia. Un desafío que requería respuesta y clarificación, porque proponía una respuesta nueva, plausible y, a la vez, práctica, a la cuestión fundamental del cristianismo: el problema de la redención. La misma palabra liberación quería explicar de un modo distinto y más comprensible lo que en el lenguaje tradicional de la Iglesia se había llamado redención. Efectivamente, en el fondo se encuentra siempre la misma constatación: experimentamos un mundo que no se corresponde con un Dios bueno. Pobreza, opresión, toda clase de dominaciones injustas, sufrimiento de justos e inocentes, constituyen los signos de los tiempos, de todos los tiempos. Y todos sufrimos; ninguno puede decir fácilmente a este mundo y a su propia vida: detente para siempre, porque eres tan bella. De esta experiencia, la teología de la liberación deducía que esta situación, que no debe perdurar, sólo puede ser vencida mediante un cambio radical de las estructuras de este mundo, que son estructuras de pecado, estructuras de mal. Si el pecado ejerce su poder sobre las estructuras, y el empobrecimiento está programado de antemano por ellas, entonces su derrocamiento no puede producirse mediante conversiones individuales, sino mediante la lucha contra las estructuras de la injusticia. Pero esta lucha, como se ha dicho, debería ser una lucha política, ya que las estructuras se consolidan y se conservan mediante la política. De este modo, la redención se convertía en un proceso político, para el que la filosofía marxista proporcionaba las orientaciones esenciales. Se transformaba en una tarea que los hombres mismos podían, e incluso debían, tomar entre manos, y, al mismo tiempo, en una esperanza totalmente práctica: la fe, de teoría, pasaba a convertirse en praxis, en concreta acción redentora en el proceso de liberación.
El hundimiento de los sistemas de gobierno de inspiración marxista en el Este europeo resultó ser, para esa teología de la praxis política redentora, una especie de ocaso de los dioses: precisamente allí donde la ideología liberadora marxista había sido aplicada consecuentemente, se había producido la radical falta de libertad, cuyo horror aparecía ahora a las claras ante los ojos de la opinión pública mundial. Y es que cuando la política quiere ser redención, promete demasiado. Cuando pretende hacer la obra de Dios, pasa a ser, no divina, sino demoníaca. Por eso, los acontecimientos políticos de 1989 han cambiado también el escenario teológico. Hasta entonces, el marxismo había sido el último intento de proporcionar una fórmula universalmente válida para la recta configuración de la acción histórica. El marxismo creía conocer la estructura de la historia mundial, y, desde ahí, intentaba demostrar cómo esta historia puede ser conducida definitivamente por el camino correcto. El hecho de que esta pretensión se apoyara sobre un método en apariencia estrictamente científico, sustituyendo totalmente la fe por la ciencia, y haciendo, a la vez, de la ciencia praxis, le confería un formidable atractivo. Todas las promesas incumplidas de las religiones parecían alcanzables a través de una praxis política científicamente fundamentada.
La caída de esta esperanza trajo consigo una gran desilusión, que aún está lejos de haber sido asimilada. Por eso, me parece probable que en el futuro se hagan presentes nuevas formas de la concepción marxista del mundo. De momento, quedó la perplejidad: el fracaso del único sistema de solución de los problemas humanos científicamente fundado sólo podía justificar el nihilismo o, en todo caso, el relativismo total.

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Tiempo de Caminar 2, Ana Sastre

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Tiempo de Caminar 2, Ana Sastre

 CAPITULO XIV:
BAJO EL CIELO DE CASTILLA
«Trabajos y fatigas en prolongadas vigilias muchas veces, en hambre y sed, en ayunos frecuentes, en frío y desnudez».
(2 Cor XI, 27-28)
 
Camino de Burgos
 
En diciembre de 1937, nieva fuerte sobre Pamplona. Acaban de llegar Pedro y Paco, que han salido temprano, en tren, desde San Sebastián. El Padre viene en coche, unas horas más tarde. Le ha invitado el Obispo de la diócesis, don Marcelino Olaechea, y va a hospedarse en el palacio episcopal. Son amigos desde hace varios años.
Muy próxima a las habitaciones que ocupa el Padre hay una capilla. En la sacristía, se puede ver un gran armario-cajonera con ornamentos sagrados. Allí se prepara, diariamente, todo lo necesario para celebrar las Misas. De esta cercanía brotará la inspiración de aquel punto de «Camino»: «¡Loco! -Ya te vi -te creías solo en la capilla episcopal- poner en cada cáliz y en cada patena, recién consagrados, un beso: para que se lo encuentre El, cuando por primera vez “baje” a esos vasos eucarísticos»(1).
El Fundador está haciendo unos días de retiro. Su oración se eleva desde un rincón silencioso, en penumbra, dentro de la capilla.

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Constitución Apostólica Ex Corde Ecclesiae, Juan Pablo II

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Constitución Apostólica Ex Corde Ecclesiae, Juan Pablo II 

INTRODUCCION 1. NACIDA DEL CORAZON de la Iglesia, la Universidad Católica se inserta en el curso de la tradición que remonta al origen mismo de la Universidad como institución, y se ha revelado siempre como un centro incomparable de creatividad y de irradiación del saber para el bien de la humanidad. Por su vocación la Universitas magistrorum et scholarium se consagra a la investigación, a la enseñanza y a la formación de los estudiantes, libremente reunidos con sus maestros animados todos por el mismo amor del saber (1). Ella comparte con todas las demás Universidades aquel gaudium de veritate, tan caro a San Agustín, esto es, el gozo de buscar la verdad, de descubrirla y de comunicarla (2) en todos los campos del conocimiento. Su tarea privilegiada es la de «unificar existencialmente en el trabajo intelectual dos órdenes de realidades que muy a menudo se tiende a oponer como si fuesen antitéticas: la búsqueda de la verdad y la certeza de conocer ya la fuente de la verdad» (3).2. Durante muchos años yo mismo viví la benéfica experiencia, que me enriqueció interiormente, de aquello que es propio de la vida universitaria: la ardiente búsqueda de la verdad y su transmisión desinteresada a los jóvenes y a todos aquellos que aprenden a razonar con rigor, para obrar con rectitud y para servir mejor a la sociedad.Deseo, por tanto, compartir con todos mi profunda estima por la Universidad Católica, y expresar mi vivo aprecio por el esfuerzo que en ella se viene realizando en los diversos campos del conocimiento. En particular, deseo manifestar mi alegría por los múltiples encuentros que el Señor me ha concedido tener, en el transcurso de mis viajes apostólicos, con las Comunidades universitarias de los distintos continentes. Ellas son para mí el signo vivo y prometedor de la fecundidad de la inteligencia cristiana en el corazón de cada cultura. Ellas me dan una fundada esperanza de un nuevo florecimiento de la cultura cristiana en el contexto múltiple y rico de nuestro tiempo cambiante, el cual se encuentra ciertamente frente a serios retos, pero también es portador de grandes promesas bajo la acción del Espíritu de verdad y de amor.Quiero expresar también aprecio y gratitud a tantos profesores católicos comprometidos en Universidades no Católicas. Su tarea como académicos y científicos, vivida en la perspectiva de la luz cristiana, debe considerarse sumamente valiosa para el bien de la Universidad en la que enseñan. Su presencia, en efecto, es un estímulo constante para la búsqueda desinteresada de la verdad y de la sabiduría que viene de lo Alto.3. Desde el comienzo de mi pontificado, ha sido mi propósito compartir estas ideas y sentimientos con mis colaboradores más inmediatos, que son los Cardenales, con la Congregación para la Educación Católica, así como también con las mujeres y los hombres de cultura de todo el mundo. En efecto, el diálogo de la Iglesia con la cultura de nuestro tiempo es el sector vital, en el que «se juega el destino de la Iglesia y del mundo en este final del siglo XX» (4). No hay, en efecto, más que una cultura: la humana, la del hombre y para el hombre (5). Y la Iglesia, experta en humanidad, según expresión de mi predecesor Pablo VI hablando a la ONU (6), investiga, gracias a sus Universidades Católicas y a su patrimonio humanístico y científico, los misterios del hombre y del mundo explicándolos a la luz de la Revelación.4. Es un honor y una responsabilidad de la Universidad Católica consagrarse sin reservas a la causa de la verdad. Es ésta su manera de servir, al mismo tiempo, a la dignidad del hombre y a la causa de la Iglesia, que tiene «la íntima convicción de que la verdad es su verdadera aliada … y que el saber y la razón son fieles servidores de la fe» (7). Sin descuidar en modo alguno la adquisición de conocimientos útiles, la Universidad Católica se distingue por su libre búsqueda de toda la verdad acerca de la naturaleza, del hombre y de Dios. Nuestra época, en efecto, tiene necesidad urgente de esta forma de servicio desinteresado que es el de proclamar el sentido de la verdad, valor fundamental sin el cual desaparecen la libertad, la justicia y la dignidad del hombre. Por una especie de humanismo universal la Universidad Católica se dedica por entero a la búsqueda de todos los aspectos de la verdad en sus relaciones esenciales con la Verdad suprema, que es Dios. Por lo cual, ella, sin temor alguno, antes bien con entusiasmo trabaja en todos los campos del saber, consciente de ser precedida por Aquel que es «Camino, Verdad y Vida» (8), el Logos, cuyo Espíritu de inteligencia y de amor da a la persona humana la capacidad de encontrar con su inteligencia la realidad última que es su principio y su fin, y es el único capaz de dar en plenitud aquella Sabiduría, sin la cual el futuro del mundo estaría en peligro.5. Es en el contexto de la búsqueda desinteresada de la verdad que la relación entre fe y cultura encuentra su sentido y significado. «Intellege ut credas; crede ut intellegas»: esta invitación de San Agustín (9) vale también para la Universidad Católica, llamada a explorar audazmente las riquezas de la Revelación y de la naturaleza, para que el esfuerzo conjunto de la inteligencia y de la fe permita a los hombres alcanzar la medida plena de su humanidad, creada a imagen y semejanza de Dios, renovada más admirablemente todavía, después del pecado, en Cristo, y llamada a brillar en la luz del Espíritu.6. La Universidad Católica, por el encuentro que establece entre la insondable riqueza del mensaje salvífico del Evangelio y la pluralidad e infinidad de campos del saber en los que la encarna, permite a la Iglesia establecer un diálogo de fecundidad incomparable con todos los hombres de cualquier cultura. El hombre, en efecto, vive una vida digna gracias a la cultura y, si encuentra su plenitud en Cristo, no hay duda que el Evangelio, abarcándolo y renovándolo en todas sus dimensiones, es fecundo también para la cultura, de la que el hombre mismo vive.7. En el mundo de hoy, caracterizado por unos progresos tan rápidos en la ciencia y en la tecnología, las tareas de la Universidad Católica asumen una importancia y una urgencia cada vez mayores. De hecho, los descubrimientos científicos y tecnológicos, si por una parte conllevan un enorme crecimiento económico e industrial, por otra imponen ineludiblemente la necesaria correspondiente búsqueda del significado, con el fin de garantizar que los nuevos descubrimientos sean usados para el auténtico bien de cada persona y del conjunto de la sociedad humana. Si es responsabilidad de toda Universidad buscar este significado, la Universidad Católica está llamada de modo especial a responder a esta exigencia; su inspiración cristiana le permite incluir en su búsqueda, la dimensión moral, espiritual y religiosa, y valorar las conquistas de la ciencia y de la tecnología en la perspectiva total de la persona humana.En este contexto, las Universidades Católicas están llamadas a una continua renovación, tanto por el hecho de ser universidad, como por el hecho de ser católica. En efecto, «está en juego el significado de la investigación científica y de la tecnología, de la convivencia social, de la cultura, pero, más profundamente todavía, está en juego el significado mismo del hombre» (10). Tal renovación exige la clara conciencia de que, por su carácter católico, la Universidad goza de una mayor capacidad para la búsqueda desinteresada de la verdad; búsqueda, pues, que no está subordinada ni condicionada por intereses particulares de ningún género.8. Habiendo dedicado ya a las Universidades y Facultades eclesiásticas la Constitución Apostólica Sapientia Christiana, (11) me ha parecido un deber proponer a las Universidades Católicas un documento de referencia análogo, que sea para ellas como la «magna charta», enriquecida por la experiencia tan amplia y fecunda de la Iglesia en el sector universitario, y abierta a las realizaciones prometedoras del porvenir, el cual exige audaz creatividad y al mismo tiempo rigurosa fidelidad.9. El presente documento va dirigido especialmente a los dirigentes de las Universidades Católicas, a las Comunidades académicas respectivas, a todos aquellos que se interesen por ellas, particularmente a los Obispos, a las Congregaciones Religiosas y a las Instituciones eclesiales y a los numerosos laicos comprometidos en la gran misión de la enseñanza superior. La finalidad es hacer que se logre «una presencia, por así decir, pública, continua y universal del pensamiento cristiano en todo esfuerzo tendiente a promover la cultura superior y, también, a formar a todos los estudiantes de manera que lleguen a ser hombres insignes por el saber, preparados para desempeñar funciones de responsabilidad en la sociedad y a testimoniar su fe ante el mundo» (12).10. Además de las Universidades Católicas, me dirijo también a las numerosas Instituciones Católicas de estudios superiores. Según su naturaleza y objetivos propios, ellas tienen en común alguna o todas las características de una Universidad y ofrecen una particular contribución a la Iglesia y a la sociedad, sea mediante la investigación sea mediante la educación o la preparación profesional. Si bien este documento se refiere específicamente a la Universidad Católica, también pretende abarcar a todas las Instituciones Católicas de enseñanza superior, comprometidas en la transmisión del mensaje del Evangelio de Cristo a los espíritus y a las culturas.Es, por tanto, con gran confianza y esperanza que invito a todas las Universidades Católicas a perseverar en su insustituible tarea. Su misión aparece cada vez más necesaria para el encuentro de la Iglesia con el desarrollo de las ciencias y con las culturas de nuestro tiempo.Junto con todos los hermanos Obispos, que comparten conmigo las tareas pastorales, deseo manifestaros mi profunda convicción de que la Universidad Católica es sin duda alguna uno de los mejores instrumentos que la Iglesia ofrece a nuestra época, que está en busca de certeza y sabiduría. Teniendo la misión de llevar la Buena Nueva a todos los hombres, la Iglesia nunca debe dejar de interesarse por esta Institución. Las Universidades Católicas, en efecto, con la investigación y la enseñanza, ayudan a la Iglesia a encontrar de un modo adecuado a los tiempos modernos los tesoros antiguos y nuevos de la cultura, «nova et vetera», según la palabra de Jesús (13).

11. Me dirijo, en fin, a toda la Iglesia, convencido de que las Universidades Católicas son necesarias para su crecimiento y para el desarrollo de la cultura cristiana y del progreso. Por esto, toda la Comunidad eclesial es invitada a prestar su apoyo a las Instituciones Católicas de enseñanza superior y a asistirlas en su proceso de crecimiento y renovación. Ella es invitada especialmente a tutelar los derechos y la libertad de estas Instituciones en la sociedad civil, a ofrecerles apoyo económico, sobre todo en aquellos Países que tienen más urgente necesidad de él y a contribuir al establecimiento de nuevas Universidades Católicas, allí donde sean necesarias.

Espero que estas disposiciones, fundadas en la enseñanza del Concilio Vaticano II y en las normas del Código de Derecho Canónico, permitan a las Universidades Católicas y a los demás Institutos de Estudios Superiores cumplir su imprescindible misión en el nuevo Adviento de gracia que se abre con el nuevo Milenio.

 

EX CORDE ECCLESIAE.rtf

S. Josemaria – Efemérides

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S. Josemaria – Efemérides.
Aniv 1/1/2004 1975                Está nuestro Padre en la sala de Comisiones en Villa Vecchia celebrando con los del Consejo General la llegada del año nuevo. Se le ve muy alegre. En cierto momento, aunque él no toma nunca nada desde hace muchos años, propone un brindis. Invita a todos sus hijos a unirse ‘¡con más fuerza que antes!’ a las intenciones de su Misa. Y añade: ‘porque este año que ahora comienza, estaré mucho más unido al Señor que nunca’. Luego alguno comentó que ninguno de los que brindaron en ese momento pudo imaginar el alcance profético de las palabras de nuestro Padre.
Aniv 2/1/2004 1932                Nuestro Padre explica la Obra a D. José María Somoano, sacerdote amigo suyo que conoce desde hace tiempo, y éste pide ser admitido. Nuestro Padre escribe en sus Apuntes Intimos: ‘No fue inútil la oración y expiación; ya pertenece este amigo a la Obra’. Don José María había sido ordenado sacerdote en 1927 y en 1931 desempeñaba el cargo de capellán del Hospital del Rey (también llamado Hospital Nacional de Enfermedades Infecciosas). Nuestro Padre se da cuenta, con el correr de los meses, lo identificado que llega a estar don José María con el espíritu de la Obra y con toda la labor apostólica. Escribe en sus Apuntes Intimos: ‘Con José María Somoano hemos conseguido, como se dice por ahí, un enchufe magnífico, porque sabe nuestro hermano, admirablemente, encauzar el sufrimiento de los enfermos de su hospital, para que el Corazón de nuestro Jesús acelere la hora de su Obra, movido por tan hermosa expiación’. Nuestro Padre planea apoyarse en él para el crecimiento de la labor y para la formación de las nuevas vocaciones. Murió el 16-VII-1932, probablemente envenenado, por el ambiente anticlerical de la época. Nuestro Padre estaba convencido que había muerto en olor de santidad y, además, mártir. Fue el primer sacerdote que entendió y se identificó con el espíritu de la Obra. A través de D. José María, nuestro Padre conoció a María Ignacia García Escobar, quien fuera la primera vocación de expiación que llegó a la Obra.

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La Unción de los Enfermos

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La Unción de los Enfermos

RITOS INICIALES
Saludo: La paz del Señor sea con vosotros (contigo)
Agua bendita: si es oportuno, rocía con agua bendita al enfermo y a la habitación, diciendo:
Que ésta agua nos recuerde nuestro bautismo en Cristo, que nos redimió con su muerte y su resurrección.
Admonición: se dirige a los presentes con esta oración:
Señor, Dios nuestro, que por medio de tu apóstol Santiago nos has dicho: “¿Está enfermo alguno de vosotros? Llame a los presbíteros de la Iglesia, y que recen sobre él, después de ungirlo con óleo en nombre del Señor. Y la oración de fe salvará al enfermo, y el Señor lo curará y si, ha cometido pecado, lo perdonará”.
Escucha la oración de quienes nos hemos reunido en tu nombre y protege misericordiosamente a N., nuestro/a hermano/a enfermo/a (y a todos los otros enfermos de ésta casa). Por Jesucristo nuestro Señor. R. Amén.
Acto penitencial: si no hay confesión sacramental:
Hermanos: para participar con fruto en esta celebración, comencemos por reconocer nuestros pecados (breve pausa)
Yo confieso ante Dios todopoderoso…
Dios todopoderoso tenga misericordia de nosotros, perdone nuestros pecados y nos lleve a la vida eterna. R. Amén.
LITURGIA  DE LA PALABRA
Proclamación: el sacerdote o uno de los presentes:
Escuchad ahora, hermanos, las palabras del Santo Evangelio según San Mateo (8,5-10,13):
“En aquel tiempo, al entrar Jesús en Cafarnaún, un centurión se le acercó diciéndole: -Señor, tengo en casa un criado que está en cama paralítico y sufre mucho. Él le contestó: -Voy yo a curarlo. Pero el centurión le replicó: -Señor, ¿quién soy yo para que entres bajo mi techo? Basta que lo digas de palabra y mi criado quedará sano.
Porqué yo también vivo bajo disciplina y tengo soldados a mis órdenes: y le digo a uno «ve», y va; al otro «ven», y viene; a mi criado, «haz esto», y lo hace.
Cuando Jesús lo oyó quedó admirado y dijo a los que le seguían: -Os aseguro que en Israel no he encontrado en nadie tanta fe y al centurión le dijo: -Vuelve a casa, que se cumpla lo que has creído”.
Letanía: ahora o después de la unción:
V.  Tú, que soportaste nuestros sufrimientos y aguantaste nuestros dolores, Señor, ten piedad.
R. Señor, ten piedad.
V. Tú, que te compadeciste de la gente y pasaste haciendo el bien y curando a los enfermos, Cristo ten piedad.
R. Cristo, ten piedad.
V. Tú, que mandaste a los apóstoles imponer las manos sobre los enfermos, Señor ten piedad.
R. Señor, ten piedad.

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Resumenes de la Fe Cristiana

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RESÚMENES DE FE CRISTIANA
(de www.opusdei.es, sección “Cultivar la fe”)

TEMA 1. La existencia de Dios
La dimensión religiosa caracteriza al ser humano. Purificadas de la superstición, las expresiones de la religiosidad humana manifiestan que existe un Dios creador.

TEMA 2. La Revelación
Dios se ha revelado como Ser personal, a través de una historia de salvación, creando y educando a un pueblo para que fuese custodio de su Palabra y para preparar en él la Encarnación de Jesucristo.

TEMA 3. La fe sobrenatural
La virtud de la fe es una virtud sobrenatural que capacita al hombre a asentir firmemente a todo lo que Dios ha revelado.

TEMA 4. La naturaleza de Dios y su obrar
Ante la Palabra de Dios que se revela sólo cabe la adoración y el agradecimiento; el hombre cae de rodillas ante un Dios que siendo trascendente es interior intimo meo.

TEMA 5. La Santísima Trinidad
Es el misterio central de la fe y de la vida cristiana. Los cristianos son bautizados en el nombre del Padre y del Hijo y del Espíritu Santo.

TEMA 6. La creación
La doctrina de la creación constituye la primera respuesta a los interrogantes fundamentales sobre nuestro origen y nuestro fin.

TEMA 7. La elevación sobrenatural y el pecado original
Al crear al hombre, Dios lo constituyó en un estado de santidad y justicia; además le otorgó la posibilidad de participar en su vida divina, con el buen uso de su libertad.

TEMA 8. Jesucristo, Dios y Hombre verdadero
Jesucristo asumió la naturaleza humana sin dejar de ser Dios: es verdadero Dios y verdadero hombre.

TEMA 9. La Encarnación
Es la demostración por excelencia del Amor de Dios hacia los hombres, pues la Segunda Persona de la Santísima Trinidad —Dios— se hace partícipe de la naturaleza humana en unidad de persona.

TEMA 10. La Pasión y Muerte en la Cruz
Jesús murió por nuestros pecados (cfr. Rm 4,25) para librarnos de ellos y rescatarnos para la vida divina.

TEMA 11. Resurrección, Ascensión y Segunda venida de Jesucristo
La Resurrección de Cristo es verdad fundamental de nuestra fe como dice San Pablo (cfr. 1 Co 15, 13-14). Con este hecho, Dios inauguró la vida del mundo futuro y la puso a disposición de los hombres.

TEMA 12. Creo en el Espíritu Santo. Creo en la Santa Iglesia católica
El Espíritu Santo une íntimamente a los fieles con Cristo de modo que forman un solo cuerpo, la Iglesia, donde existe una diversidad de miembros y funciones.

TEMA 13. Creo en la Comunión de los santos y en el perdón de los pecados
La Iglesia es communio sanctorum: comunidad de todos los que han recibido la gracia regeneradora del Espíritu por la que son hijos de Dios y hermanos de Jesucristo.

 

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SAN FRANCISCO DE ASÍS, Chesterton.doc

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SAN FRANCISCO DE ASÍS, ChestertonIntroducciónSan Francisco y su siglo El siglo XIII se abre con el resplandor de un sol que lo ilumina y que se proyectará en los siglos posteriores. En ese siglo el estilo gótico alcanzó su máximo esplen­dor en las catedrales de Colonia, Amiens y Burgos, entre otras. Florecieron las universidades, los gremios, las ciudades y las órdenes de caballería que defendían al débil. Ese resplandor lo provoca un hombre que na­ció en 1182 en Asís, ciudad italiana de Umbría, hijo de Pedro Bernardone, rico comerciante, y de Madona Pi­ca. Fue bautizado con el nombre de Juan pero años más tarde se lo llamó Francisco por ser su madre natu­ral de la Provenza.Su mayor mérito fue el de reflejar brillantemente la imagen de Cristo y su influencia abarca actividades humanas tan diversas como literatura, filosofía, artes plásticas, teología, ciencia y santidad. La literatura y la ciencia moderna son en parte producto de esa aper­tura de San Francisco a la naturaleza. No sin razón apareció en el siglo XIII el genio literario del terciario franciscano Dante Alighieri (1265-1315) poeta máxi­mo de la lengua italiana, y el Arcipreste de Hita en Es­paña (1283-1350). También surgen en aquélla época teólogos y filósofos como los dominicos San Alberto Magno (1193-1280) y Santo Tomás de Aquino (1225­1274) y los franciscanos San Buenaventura (1221­1274) y Juan Duns Escoto (1266-1308). Entre los cien­tíficos precursores de la observación de la naturaleza -astrónomos, físicos, químicos y matemáticos-, se refleja el espíritu del santo como in los franciscanos Rogelio Bacon (1214-1294) y el terciario Beato Raimundo Lulio (1235-1315). Entre los artistas plásti­cos Cimabúe (1240-1302), el terciario Giotto (1266­1337). Los reyes también acogen el espíritu francisca­no como el terciario rey di Francia San Luis (1214­1270) y los reyes de España San Fernando (1199-1252) y Alfonso el Sabio el di las Diez Partidas (1221-1284). El viajero veneziano Marco Polo (1254-1324) y santos como el franciscano San Antonio di Padua (1191­1231) y Santo Domingo de Guzmán (1170-1221) fun­dador di la orden dominicana di frailes mendicantes y predicadores similar a la franciscana.

 

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San Gregorio Magno, Regla Pastoral

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 San Gregorio Magno, Regla Pastoral

Introducción: San Gregorio y su obra
Dedicación a Juan de Ravena
1. LA VOCACIÓN PARA EL OFICIO PASTORAL
I . No pretendan llegar al magisterio los incapaces
II. Reproducir en el alma lo aprendido
III. El grave peso del gobierno
IV. Los negocios del gobierno disipan la vida interior
V. No vivir en retraimiento
VI. Rehusar el gobierno por humildad…
VII. Ambicionar el oficio de predicadores
VIII. Mandar por ambición
IX. Falsas ilusiones de los que aspiran al gobierno
X. Cualidades de quien es promovido al gobierno
XI. Los que no deben ser promovidos al gobierno
2. DE LA VIDA DEL PASTOR EN EL OFICIO PASTORAL
I. Cómo debe conducirse en el gobierno
II, El director de almas debe ser limpio
III. Ha de ser señalado en su conducta
IV. Ha de ser discreto en su silencio
V Ha de allegarse a todos por su bondad compasiva
VI. Ha de ser accesible y llano con los que obran bien
VII. Vida interior y ocupaciones exteriores
VIII. No ha de proponerse en sus obras agradar
IX. A veces los vicios adoptan apariencias de virtudes
X. Discreción para reprender y para perdonar
XI. La meditación de la Sagrada Escritura
3. DEL EJERCICIO DEL OFICIO PASTORAL
I. De la diversidad en el arte de exhortar
II. Cómo amonestar a los pobres y a los ricos
III. Cómo ha de amonestarse a los alegres y a los tristes
IV. Cómo ha de amonestarse a los inferiores y a los superiores
V. Cómo ha de amonestarse a los siervos y a los amos
VI. Cómo ha de amonestarse a los sabios y a los idiotas
VII. Cómo ha de amonestarse a los descarados y a los vergonzosos
VIII. Cómo ha de amonestarse a los presuntuosos y a los cobardes
IX. Cómo ha de amonestarse a los sufridos y a los impacientes
X. Cómo ha de amonestarse a los sufridos y a los impacientesXI. Cómo ha de amonestarse a los sencillos y a los astutos
XII. Cómo ha de amonestarse a los sanos y a los enfermos
XIII. A los que temen el castigo y a los que lo  desprecian
XIV. Cómo ha de amonestarse a los callados y a los locuaces
XV. A los perezosos y a los atropellados
XVI. A los mansos y a los iracundos
XVII .A los humildes y a los soberbios
XVIII. A los tercos y a los volubles
XIX. A los que comen demasiado y a los que comen demasiado poco
XX. a los que reparten sus propios bienes y a los que se apoderan de lo ajeno
XXI. No ambicionando lo ajeno, guardan celosamente lo propio
XXII. A los perturbadores y a los sosegados
XXIII. A los pendencieros y a los pacificadores
XXIV. A los que son rudos en sagrada doctrina y cómo a los que son instruidos
XXV. A los que rechazan el cargo de predicadores por exceso de humildad
XXVI. A quienes todo les sucede a medida de sus deseos, y a aquellos a los cuales nada les resulta bien
XXVII. A  los casados y a los solteros
XXVIII. A los que han caído ya en pecados carnales y a los que están aún libres de ellos
XXIX. A los que han de llorar malas obras, y a los que sólo malos pensamientos
XXX. A los que no se enmiendan de los pecados que deploran
XXXI. A los que se jactan de las culpas cometidas, y a los que, a pesar de que las desaprueban, no saben evitarlas
XXXII. A los que pecan arrastrados por violentas pasiones, y a los que lo hacen a ciencia y conciencia
XXXIII.A los que caen en culpas leves, pero frecuentes
XXXIV. A los que no se deciden a emprender el camino del bien, y a los que le abandonan
XXXV. Al que hace alarde público del mal y obra el bien a escondidas, o viceversa
XXXVI. Que al predicar a muchos, hay que fomentar las virtudes
XXXVII. Cómo ha de emplearse el consejo en aquellos que viven dominados por opuestas pasiones
XXXVIII. Que es conveniente a veces dejar de mano los defectos más leves para aplicarse a la corrección de los vicios más graves
XXXIX. Que a los espíritus imperfectos no han de predicárseles doctrinas demasiado altas y difíciles
XL.  De las palabras y de los hechos del predicador
4. DE LA HUMILDAD EN EL DESEMPEÑO DEL OFICIO PASTORAL
Conclusión
 
 

 

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Informe sobre el aborto en Andalucía

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PRESENTACION
CAPITULO I: EL ABORTO EN SU PERSPECTIVA MEDICA
I) EL EMBARAZO COMO UN PROCESO CONTINUADO
1) La concepción.-
2) La etapa embrionaria.-
3) La etapa fetal.-
II) METODOS HABITUALES EN LA PRACTICA DEL ABORTO
1) Aborto por inducción de contracciones.-
2) Aborto quirúrgico.-
3) Aborto tras empleo de píldoras abortivas
CAPITULO II: EL ABORTO: PERSPECTIVA JURIDICA
PRIMERA PARTE: PRECEDENTES Y FUNDAMENTOS:
I) INTRODUCCION.-
1) Advertencias preliminares.-
2) Normativa vigente.-
II) PRECEDENTE FUNDAMENTAL: LA LEY DEL ABORTO DE 1983.-
1) Introducción.-
2) El texto definitivo de la norma de 1985.-
3) La Sentencia del Tribunal Constitucional.-
4) Nociones de interés en la Sentencia.-
5) El derecho a la vida del nasciturus.-
6) Claves para la declaración de constitucionalidad.-
III) OTROS FUNDAMENTOS DE LA LEY DE 2010.-
1) De carácter internacional.-
2) Otros fundamentos.-
SEGUNDA PARTE: CRITICA Y CONSTRUCCION
I) PERSPECTIVA CRITICA DE LOS FUNDAMENTOS CONTENIDOS EN LA LEGISLACION DEL ABORTO DE 1985 EN ESPAÑA.-
1) La noción y el derecho a la vida en el texto constitucional.-
2) La interpretación de la norma: la Declaración Universal de los Derechos Humanos.-
3) La consideración del aborto como un derecho de la mujer.-
4) Textos internacionales de otra índole.-
6) La necesidad de adaptación de las normas a la conciencia social actual.-
7) El aborto llevado a cabo por menores de edad.-
8) Las causas de malformación y enfermedades que permiten el aborto.-
II) CONSTRUCCION INTERPRETATIVA CORRECTA.-
CAPITULO III: EL NEGOCIO DEL ABORTO EN ANDALUCIA.
I) INTRODUCCION
1) Implicaciones políticas de esta mentalidad
II) MATERIAL Y METODOS
III) EL ABORTO EN ANDALUCIA
IV) DESCRIPCION DE LAS CLINICAS Y CENTROS SANITARIOS DE ANDALUCIA.
V) EL ABORTO EN ANDALUCIA: UNA APROXIMACION.
VI) DOCTRINA DE LA IGLESIA
VIII) ANEXO: ANALISIS DE UN BALANCE
CAPITULO IV: PERSEPCTIVA DE LA IGLESIA
I) UNA CONDENA PERMANENTE.-
II) MAGISTERIO DE LA IGLESIA: OTRAS CUESTIONES RELACIONADAS.-
1) La Encíclica Evangelium vitae.-
2) La Nota doctrinal sobre algunas cuestiones relativas al compromiso y la conducta de los católicos en la vida política.-
CONCLUSIONES FINALES
BIBLIOGRAFIA

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Anecdotas de Juan Pablo II, Guido Adolfo Rojas Zamorano

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Anécdotas y curiosidades de Juan Pablo II

Un interesante conjunto de anécdotas y datos sobre el Sumo Pontífice que nos enseñan sus muchas facetas como ser humano y como Vicario de Cristo.

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Club juvenil Cyara: literatura

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Club juvenil Cyara: literatura

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Actualizado el 25 dediciembre de 2005
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El doctor Bollorn, hijo de Bolloris Causa, vela desde su atalaya por esta página cultural de 
LIBROS DE LECTURA POR EDADES

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NOTA: Toda clasificación de libros (literatura infantil, juvenil y senior) por edades es una pretensión arriesgada y muy discutida.
Aun así hemos puesto entre paréntesis la edad que consideramos adecuada; añadimos el signo (+) a aquellas que sirven para mayores y las tres estrellas (***) señalan los libros que nos ha gustado especialmente -aparte de las novelas consagradas-.
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Dominicae Cenae, Juan Pablo II

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Dominicae Cenae, Juan Pablo IIVENERADOS Y QUERIDOS HERMANOS:  

1. También este año, os dirijo a vosotros, para el próximo Jueves Santo, una carta que tiene una relación inmediata con la que habéis recibido el año pasado, en la misma ocasión, junto con la Carta para los sacerdotes. Deseo ante todo agradeceros cordialmente que hayáis acogido mis cartas precedentes con aquel espíritu de unidad que el Señor ha establecido entre nosotros y que hayáis transmitido a vuestro Presbiterio los pensamientos que deseaba expresar al principio de mi pontificado.

Durante la Liturgia Eucarística del Jueves Santo, habéis renovado ¾junto con vuestros sacerdotes¾ las promesas y compromisos asumidos en el momento de la ordenación. Muchos de vosotros, venerados y queridos Hermanos, me lo habéis comunicado después, añadiendo palabras de agradecimiento personal y mandando a veces las de vuestro propio Presbiterio. Además, muchos sacerdotes han manifestado su alegría, tanto por el carácter profundo y solemne del Jueves Santo, en cuanto «fiesta anual de los sacerdotes», como por la importancia de los problemas tratados en la Carta a ellos dirigida. Tales respuestas forman una rica colección que, una vez más, indican cuán querida es para la gran mayoría del Presbiterio de la Iglesia católica la senda de la vida sacerdotal por la que esta Iglesia camina desde hace siglos, cuán amada y estimada es para los sacerdotes y cómo desean proseguirla en el futuro.

He de añadir aquí que en la Carta a los sacerdotes han hallado eco solamente algunos problemas, como ya se ha señalado claramente al principio de la misma. Además ha sido puesto principalmente de relieve el carácter pastoral del ministerio sacerdotal, lo cual no significa ciertamente que no hayan sido tenidos también en cuenta aquellos grupos de sacerdotes que no desarrollan una actividad directamente pastoral. A este propósito quiero recordar una vez más el magisterio del Concilio Vaticano II, así como las enunciaciones del Sínodo de los Obispos del 1971.

 

DOMINICAE_CENAE.doc

AQUI ESCOMIENZA EL DUELO QUE FIZO LA VIRGEN MARIA EL DIA DE LA PASION DE SU FIJO JESUCHRISTO, Berceo

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AQUI ESCOMIENZA EL DUELO QUE FIZO LA VIRGEN MARIA EL DIA DE LA PASION DE SU FIJO JESUCHRISTO, Berceo

1. En el nomne preçioso de la Sancta Reyna,
De qui nasçió al mundo salut e meleçina,
Si ella me guiasse por la graçia divina,
Querria del su duelo componer una rima.
2. El duelo que sufrió del su sancto criado,
En qui nunqua entrada non ovo el peccado,
Quando del su conviento fincó desemparado:
El que nul mal non rizo, era muy mal iuzgado.

DUELO QUE FIZO LA VIRGEN MARIA.txt

¿Piensan los jóvenes? Jaime Nubiola

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¿Piensan los jóvenes? Jaime Nubiola

Publicado en: La Gaceta de los Negocios (Madrid)

La impresión prácticamente unánime de quienes convivimos a diario con jóvenes es que, en su mayor parte, han renunciado a pensar por su cuenta y riesgo. Por este motivo aspiro a que mis clases sean una invitación a pensar, aunque no siempre lo consiga. En este sentido, adopté hace algunos años como lema de mis cursos unas palabras de Ludwig Wittgenstein en el prólogo de sus Philosophical Investigations en las que afirmaba que “no querría con mi libro ahorrarles a otros el pensar, sino, si fuera posible, estimularles a tener pensamientos propios”.

piensan los jóvenes.doc

La Fuerza de la Cruz, Rainiero Cantalamessa

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La Fuerza de la Cruz, Rainiero Cantalamessa

JESUCRISTO ES SEÑOR

El día más santo del año para el pueblo judío —el Yom Kippur, o día de la “Gran expiación”—, el sumo sacerdote, llevando la sangre de las víctimas, pasaba al otro lado del velo del templo, entraba en el “Santo de los santos” y allí, solo en presencia del Altísimo, pronunciaba el Nombre de Dios. Era el Nombre que se le había revelado a Moisés desde la zarza ardiendo, compuesto de cuatro letras, que a nadie le era lícito pronunciar durante el resto del año, sino que se sustituía, al pronunciarlo, con Adonai, que quiere decir Señor. Ese Nombre —que tampoco yo quiero pronunciar por respeto al deseo del pueblo judío, por el que la Iglesia reza el día de Viernes Santo—, proclamado en aquellas circunstancias, establecía una comunicación entre el cielo y la tierra, hacía presente a la misma persona de Dios y expiaba, aunque sólo fuese en figura, los pecados de la nación.

La fuerza de la Cruz.pdb

Medicina, Salud y Etica, Abril 2003

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Medicina, Salud y Etica.  Abril 2003  Indice: 

1.- Diecinueve vacunas preventivas se evalúan ya en humanos para intentar frenar el sida

2.- Martínez-Pereda: “La ley regula la información de una manera muy exclusiva”

3.- La rehabilitación psicosocial agiliza la integración del paciente

4.- Los problemas de información pueden afectar al tratamiento del cáncer de mama

5.- Razones en pro de un código ético para la información en la salud

6.- Comunicar malas noticias implica entender el duelo

7.- Científicos desarrollan la primera región artificial del cerebro

8.- “Los docentes de medicina deben formarse en pensamiento crítico”

9.- Diez años de cuidados terminales en casa

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Escritos de San Francisco de Asís, Directorio Franciscano

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Escritos de San Francisco de Asís, Directorio Franciscano

Admoniciones [Adm] pág. 3

Alabanzas del Dios Altísimo [AlD] pág. 11

Alabanzas en todas las Horas [AlHor] pág. 11

Audite, Poverelle [Audite] pág. 13

Bendición a fray Bernardo [BenBer] pág. 13

Benedición a fray León [BenL] pág. 14

Cántico del Hermano Sol [Cant] pág. 14

Carta a San Antonio [CtaAnt] pág. 16

Carta a las Autoridades [CtaA] pág. 16

Carta a los Clerigos I [CtaCle1] pág. 17

Carta a los Clerigos II [CtaCle2] pág. 18

Carta a los Custodios I [CtaCus1] pág. 19

Carta a los Custodios II [CtaCus2] pág. 20

Carta a los Fieles I [CtaF1] pág. 20

Carta a los Fieles II [CtaF2] pág. 22

Carta a fray León [CtaL] pág. 27

ESCRITOS COMPLETOS DE SAN FRANCISCO DE ASÍS

2

Carta a un Ministro [CtaM] pág. 28

Carta a toda la orden [CtaO] pág. 29

Exhortacion a la Alabanza de Dios [ExhAD] pág. 33

Exposición del Padre nuestro [ExpPN] pág. 34

Forma de Vida de Santa Clara [FVCl] pág. 35

Oficio de la Pasión del Señor [Ofp] pág. 35

Oración ante el Crucifijo [Orsd] pág. 52

Regla Bulada [Rb1r] pág. 53

Regla no Bulada [Rnb1r] pág. 58

Regla para los Eremitorios [Rer] pág. 76

Saludo a la B. Virgen María [SalVM] pág. 76

Saludo a las Virtudes [SalVir] pág. 77

Testamento [Test] pág. 77

Testamento de Siena [TestS] pág. 80

Última Voluntad a Santa Clara [UltVol] pág. 80

Verdadera Alegría [VerAl] pág. 80

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Francisco de Asis O.C..pdf

Cinco panes y cinco peces, Van Tuan

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Cinco panes y cinco peces, Van Tuan

Queridos jóvenes:

 

 

 

Contemplar un hermoso panorama, las colinas y el mar azul con olas blancas, me hace pensar en Jesús en medio de la multitud. Mirándoles a ustedes a la cara, con los ojos de Jesús, les digo con todo mi corazón: «¡Jóvenes, los amo! ¡Los amo!».

Cinco Panes y Dos Peces Van Tuan.pdf

Cruzando el Umbral de la Esperanza, Juan Pablo II

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Cruzando el Umbral de la Esperanza, Juan Pablo II

 

I. EL «PAPA»: UN ESCÁNDALO Y UN MISTERIO

PREGUNTA

Santidad, con mi primera pregunta quisiera remontarme a las raíces; me excusará, pues, si es más larga que las siguientes.

Estoy ante un hombre vestido de blanco, con una cruz sobre el pecho. No quiero dejar de señalar que este hombre al que llaman Papa («Padre», en griego) es en sí mismo un misterio, un signo de contradicción, e incluso una provocación, un «escándalo» según lo que para muchos es el sentido común.

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La nueva evangelización, Ratzinger

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La nueva evangelización, Ratzinger

Roma, 10.XII.00
>> Conferencia pronunciada el Congreso de catequistas y profesores de religión, Roma, 10.XII.00.
La vida humana no se realiza por sí misma. Nuestra vida es una cuestión abierta, un proyecto incompleto, que es preciso seguir realizando. La pregunta fundamental de todo hombre es: ¿cómo se lleva a cabo este proyecto de realización del hombre? ¿Cómo se aprende el arte de vivir? ¿Cuál es el camino que lleva a la felicidad?
 
Evangelizar quiere decir mostrar ese camino, enseñar el arte de vivir. Jesús dice al inicio de su vida pública: he venido para evangelizar a los pobres (cf. Lc 4, 18). Esto significa: yo tengo la respuesta a vuestra pregunta fundamental; yo os muestro el camino de la vida, el camino que lleva a la felicidad; más aún, yo soy ese camino. La pobreza más profunda es la incapacidad de alegría, el tedio de la vida considerada absurda y contradictoria. Esta pobreza se halla hoy muy extendida, con formas muy diversas, tanto en las sociedades materialmente ricas como en los países pobres. La incapacidad de alegría supone y produce la incapacidad de amar, produce la envidia, la avaricia…. todos los vicios que arruinan la vida de las personas y el mundo. Por eso, hace falta una nueva evangelización. Si se desconoce el arte de vivir, todo lo demás ya no funciona. Pero ese arte no es objeto de la ciencia; sólo lo puede comunicar quien tiene la vida, el que es el Evangelio en persona.
 

La nueva evangelizacion _Rtzgr.pdb

Carta Apostólica “Ordinatio Sacerdotalis”

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Carta Apostólica “Ordinatio Sacerdotalis”  Venerables Hermanos en el Episcopado: 

1 La ordenación sacerdotal, mediante la cual se transmite la función fieles, desde el principio ha sido reservada siempre en la Iglesia Católica confiada por Cristo a sus Apóstoles, de enseñar, santificar y regir a los exclusivamente a los hombres. Esta tradición se ha mantenido también fielmente en las Iglesias Orientales.

 Cuando en la Comunión Anglicana surgió la cuestión de la ordenación de las mujeres, el Sumo Pontífice Pablo VI, fiel a la misión de custodiar la Tradición apostólica, y con el fin también de eliminar un nuevo obstáculo en el camino hacia la unidad de los cristianos, quiso recordar a los hermanos Anglicanos cuál era la posición de la Iglesia Católica: «Ella sostiene que no es admisible ordenar mujeres para el sacerdocio, por razones verdaderamente fundamentales. Tales razones comprenden: el ejemplo, consignado en las Sagradas Escrituras, de Cristo que escogió sus Apóstoles sólo entre varones; la práctica constante de la Iglesia, que ha imitado a Cristo, escogiendo sólo varones; y su viviente Magisterio, que coherentemente ha establecido que la exclusión de las mujeres del sacerdocio está en armonía con el plan de Dios para su Iglesia»(1). Pero dado que incluso entre teólogos y en algunos ambientes católicos se discutía esta cuestión, Pablo VI encargó a la Congregación para la Doctrina de la Fe que expusiera e ilustrara la doctrina de la Iglesia sobre este tema. Esto se hizo con la Declaración Inter insigniores, que el Sumo Pontífice aprobó y ordenó publicar(2). 

ORDINATIO SACERDOTALIS.rtf

Santo Tomas de Aquino – Catena Aurea

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Santo Tomas de Aquino – Catena Aurea.
Catena Aurea
Evangelio según San Mateo
Evangelio según San Marcos
Evangelio según San Lucas
 Evangelio según San Juan
Se llama Catena Aurea la obra que resulta de recopilar escritos de los “Padres de la Iglesia”, siguiendo los textos completos de los Evangelios, a modo de exposición o comentario.

Santo Tomas de Aquino – Catena Aurea.pdb

El poder sanador de nuestro espiritu

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El poder sanador de nuestro espiritu.
El dolor y el sufrimiento son los compañeros del hombre durante toda la vida. Muchos son los intentos que hacemos durante toda la vi-da para terminar impotente ante esta gran realidad. No podemos evitar el dolor y el sufrimiento! Y la única expli-cación posible al sufrimiento no la hemos podido encontrar en la filosofía ni la ciencia, sino en la teología, pues es necesario entrar en un plano lógico superior para poder explicar el dolor.
Pero cuando el hombre reco-noce a Dios como su creador y acepta que somos necesita-dos de Él y que la enferme-dad es producto de nuestras decisiones haciendo uso del libre albedrio, entonces da-mos el primer paso para lo-grar una vida plena y en sa-lud.

El poder sanador de nuestro espiritu.pdf

Discurso a las Familias 1983

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Discurso a las Familias 1983 

1.- « Bendito sea Dios y Padre de nuestro Señor Jesucristo que por su gran misericordia nos reengendró a una vida de esperanza por la resurrección de Jesucristo de entre los muertos, para un herencia incorruptible, incontaminada e inmarcesible» (IPe 1,3-4). Me dirijo a vosotros, queridos hermanos, con las palabras de la Primera Carta de Pedro; bendigamos juntos al Padre por los dones que nos ha concedido mediante la resurrección de Jesucristo, en particular, por el don de la regeneración bautismal, fuente inagotable de esperanza. De esta esperanza viva brota la alegría; también la alegría de volver a vernos juntos, en la comunión con Cristo y entre nosotros. Con inmensa satisfacción os recibo, queridísimos hermanos, en el curso de vuestra Asamblea que os ve reunidos junto a la tumba de Pedro. Este nuestro encuentro tan deseado es para mí un renovado testimonio de la unión particular que une a los obispos italianos con el Obispo de Roma. A cada uno de vosotros con afecto fraternal mi abrazo de paz en el Señor. Ojalá que la alegría espiritual del actual encuentro pueda ser para cada uno motivo de consuelo y de estímulo para continuar con nuevo vigor en el común servicio a Cristo resucitado y en el anuncio de su Evangelio.

DISCURSO A LAS FAMILIAS 1983.doc

Santo Tomás Moro

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Santo Tomás Moro

Agonía de Cristo
Utopía
Oración de Santo Tomás Moro
El Gusto de Vivir
Biografía
Carta apostólica de Juan Pablo II proclamando a
Santo Tomás Moro como Patrono de los gobernantes
y de los políticos
Santo Tomás Moro por Antonio Sicari
Santo Tomás Moro, político y mártir
Sobre sus escritos…
Tomás Moro, por Manuel Lizcano
 

SANTO TOMÁS MORO.pdb

Ecclesia de Eucharistia

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Carta encíclica «Ecclesia de Eucharistia» De Juan Pablo II sobre la Eucaristía y su relación con la Iglesia 

 

JUAN PABLO II

A LOS OBISPOS

A LOS PRESBÍTEROS Y DIÁCONOS

A LAS PERSONAS CONSAGRADAS

Y A TODOS LOS FIELES LAICOS

SOBRE LA EUCARISTÍA

EN SU RELACIÓN CON LA IGLESIA

   

INTRODUCCIÓN

   

1. La Iglesia vive de la Eucaristía. Esta verdad no expresa solamente una experiencia cotidiana de fe, sino que encierra en síntesis el núcleo del misterio de la Iglesia. Ésta experimenta con alegría cómo se realiza continuamente, en múltiples formas, la promesa del Señor: « He aquí que yo estoy con vosotros todos los días hasta el fin del mundo » (Mt 28, 20); en la sagrada Eucaristía, por la transformación del pan y el vino en el cuerpo y en la sangre del Señor, se alegra de esta presencia con una intensidad única. Desde que, en Pentecostés, la Iglesia, Pueblo de la Nueva Alianza, ha empezado su peregrinación hacia la patria celeste, este divino Sacramento ha marcado sus días, llenándolos de confiada esperanza.

 

Con razón ha proclamado el Concilio Vaticano II que el Sacrificio eucarístico es « fuente y cima de toda la vida cristiana ».1 « La sagrada Eucaristía, en efecto, contiene todo el bien espiritual de la Iglesia, es decir, Cristo mismo, nuestra Pascua y Pan de Vida, que da la vida a los hombres por medio del Espíritu Santo ».2 Por tanto la mirada de la Iglesia se dirige continuamente a su Señor, presente en el Sacramento del altar, en el cual descubre la plena manifestación de su inmenso amor.

 

2. Durante el Gran Jubileo del año 2000, tuve ocasión de celebrar la Eucaristía en el Cenáculo de Jerusalén, donde, según la tradición, fue realizada la primera vez por Cristo mismo. El Cenáculo es el lugar de la institución de este Santísimo Sacramento. Allí Cristo tomó en sus manos el pan, lo partió y lo dio a los discípulos diciendo: « Tomad y comed todos de él, porque esto es mi Cuerpo, que será entregado por vosotros » (cf. Mt 26, 26; Lc 22, 19; 1 Co 11, 24). Después tomó en sus manos el cáliz del vino y les dijo: « Tomad y bebed todos de él, porque éste es el cáliz de mi sangre, sangre de la alianza nueva y eterna, que será derramada por vosotros y por todos los hombres para el perdón de los pecados » (cf. Mc 14, 24; Lc 22, 20; 1 Co 11, 25). Estoy agradecido al Señor Jesús que me permitió repetir en aquel mismo lugar, obedeciendo su mandato « haced esto en conmemoración mía » (Lc 22, 19), las palabras pronunciadas por Él hace dos mil años.

 

Los Apóstoles que participaron en la Última Cena, ¿comprendieron el sentido de las palabras que salieron de los labios de Cristo? Quizás no. Aquellas palabras se habrían aclarado plenamente sólo al final del Triduum sacrum, es decir, el lapso que va de la tarde del jueves hasta la mañana del domingo. En esos días se enmarca el mysterium paschale; en ellos se inscribe también el mysterium eucharisticum.

 

3. Del misterio pascual nace la Iglesia. Precisamente por eso la Eucaristía, que es el sacramento por excelencia del misterio pascual, está en el centro de la vida eclesial. Se puede observar esto ya desde las primeras imágenes de la Iglesia que nos ofrecen los Hechos de los Apóstoles: « Acudían asiduamente a la enseñanza de los apóstoles, a la comunión, a la fracción del pan y a las oraciones » (2, 42). La « fracción del pan » evoca la Eucaristía. Después de dos mil años seguimos reproduciendo aquella imagen primigenia de la Iglesia. Y, mientras lo hacemos en la celebración eucarística, los ojos del alma se dirigen al Triduo pascual: a lo que ocurrió la tarde del Jueves Santo, durante la Última Cena y después de ella. La institución de la Eucaristía, en efecto, anticipaba sacramentalmente los acontecimientos que tendrían lugar poco más tarde, a partir de la agonía en Getsemaní. Vemos a Jesús que sale del Cenáculo, baja con los discípulos, atraviesa el arroyo Cedrón y llega al Huerto de los Olivos. En aquel huerto quedan aún hoy algunos árboles de olivo muy antiguos. Tal vez fueron testigos de lo que ocurrió a su sombra aquella tarde, cuando Cristo en oración experimentó una angustia mortal y « su sudor se hizo como gotas espesas de sangre que caían en tierra » (Lc 22, 44). La sangre, que poco antes había entregado a la Iglesia como bebida de salvación en el Sacramento eucarístico, comenzó a ser derramada; su efusión se completaría después en el Gólgota, convirtiéndose en instrumento de nuestra redención: « Cristo como Sumo Sacerdote de los bienes futuros […] penetró en el santuario una vez para siempre, no con sangre de machos cabríos ni de novillos, sino con su propia sangre, consiguiendo una redención eterna » (Hb 9, 11-12).

 

4. La hora de nuestra redención. Jesús, aunque sometido a una prueba terrible, no huye ante su «hora»: «¿Qué voy a decir? ¡Padre, líbrame de esta hora! Pero ¡si he llegado a esta hora para esto!» (Jn 12, 27). Desea que los discípulos le acompañen y, sin embargo, debe experimentar la soledad y el abandono: «¿Conque no habéis podido velar una hora conmigo? Velad y orad, para que no caigáis en tentación » (Mt 26, 40-41). Sólo Juan permanecerá al pie de la Cruz, junto a María y a las piadosas mujeres. La agonía en Getsemaní ha sido la introducción a la agonía de la Cruz del Viernes Santo. La hora santa, la hora de la redención del mundo. Cuando se celebra la Eucaristía ante la tumba de Jesús, en Jerusalén, se retorna de modo casi tangible a su « hora », la hora de la cruz y de la glorificación. A aquel lugar y a aquella hora vuelve espiritualmente todo presbítero que celebra la Santa Misa, junto con la comunidad cristiana que participa en ella.

 

«Fue crucificado, muerto y sepultado, descendió a los infiernos, al tercer día resucitó de entre los muertos». A las palabras de la profesión de fe hacen eco las palabras de la contemplación y la proclamación: «Ecce lignum crucis in quo salus mundi pependit. Venite adoremus». Ésta es la invitación que la Iglesia hace a todos en la tarde del Viernes Santo. Y hará de nuevo uso del canto durante el tiempo pascual para proclamar: «Surrexit Dominus de sepulcro qui pro nobis pependit in ligno. Aleluya».

 

5. «Mysterium fidei! – ¡Misterio de la fe!». Cuando el sacerdote pronuncia o canta estas palabras, los presentes aclaman: «Anunciamos tu muerte, proclamamos tu resurrección, ¡ven Señor Jesús!».

 

Con éstas o parecidas palabras, la Iglesia, a la vez que se refiere a Cristo en el misterio de su Pasión, revela también su propio misterio: Ecclesia de Eucharistia. Si con el don del Espíritu Santo en Pentecostés la Iglesia nace y se encamina por las vías del mundo, un momento decisivo de su formación es ciertamente la institución de la Eucaristía en el Cenáculo. Su fundamento y su hontanar es todo el Triduum paschale, pero éste está como incluido, anticipado, y «concentrado» para siempre en el don eucarístico. En este don, Jesucristo entregaba a la Iglesia la actualización perenne del misterio pascual. Con él instituyó una misteriosa «contemporaneidad» entre aquel Triduum y el transcurrir de todos los siglos.

 

Este pensamiento nos lleva a sentimientos de gran asombro y gratitud. El acontecimiento pascual y la Eucaristía que lo actualiza a lo largo de los siglos tienen una «capacidad» verdaderamente enorme, en la que entra toda la historia como destinataria de la gracia de la redención. Este asombro ha de inundar siempre a la Iglesia, reunida en la celebración eucarística. Pero, de modo especial, debe acompañar al ministro de la Eucaristía. En efecto, es él quien, gracias a la facultad concedida por el sacramento del Orden sacerdotal, realiza la consagración. Con la potestad que le viene del Cristo del Cenáculo, dice: «Esto es mi cuerpo, que será entregado por vosotros… Éste es el cáliz de mi sangre, que será derramada por vosotros». El sacerdote pronuncia estas palabras o, más bien, pone su boca y su voz a disposición de Aquél que las pronunció en el Cenáculo y quiso que fueran repetidas de generación en generación por todos los que en la Iglesia participan ministerialmente de su sacerdocio.

 

6. Con la presente Carta encíclica, deseo suscitar este «asombro» eucarístico, en continuidad con la herencia jubilar que he querido dejar a la Iglesia con la Carta apostólica Novo millennio ineunte y con su coronamiento mariano Rosarium Virginis Mariae. Contemplar el rostro de Cristo, y contemplarlo con María, es el «programa» que he indicado a la Iglesia en el alba del tercer milenio, invitándola a remar mar adentro en las aguas de la historia con el entusiasmo de la nueva evangelización. Contemplar a Cristo implica saber reconocerle dondequiera que Él se manifieste, en sus multiformes presencias, pero sobre todo en el Sacramento vivo de su cuerpo y de su sangre. La Iglesia vive del Cristo eucarístico, de Él se alimenta y por Él es iluminada. La Eucaristía es misterio de fe y, al mismo tiempo, «misterio de luz».3 Cada vez que la Iglesia la celebra, los fieles pueden revivir de algún modo la experiencia de los dos discípulos de Emaús: «Entonces se les abrieron los ojos y le reconocieron» (Lc 24, 31).

 

7. Desde que inicié mi ministerio de Sucesor de Pedro, he reservado siempre para el Jueves Santo, día de la Eucaristía y del Sacerdocio, un signo de particular atención, dirigiendo una carta a todos los sacerdotes del mundo. Este año, para mí el vigésimo quinto de Pontificado, deseo involucrar más plenamente a toda la Iglesia en esta reflexión eucarística, para dar gracias a Dios también por el don de la Eucaristía y del Sacerdocio: « Don y misterio ».4 Puesto que, proclamando el año del Rosario, he deseado poner este mi vigésimo quinto año bajo el signo de la contemplación de Cristo con María, no puedo dejar pasar este Jueves Santo de 2003 sin detenerme ante el « rostro eucarístico » de Cristo, señalando con nueva fuerza a la Iglesia la centralidad de la Eucaristía. De ella vive la Iglesia. De este «pan vivo» se alimenta. ¿Cómo no sentir la necesidad de exhortar a todos a que hagan de ella siempre una renovada experiencia?

 

8. Cuando pienso en la Eucaristía, mirando mi vida de sacerdote, de Obispo y de Sucesor de Pedro, me resulta espontáneo recordar tantos momentos y lugares en los que he tenido la gracia de celebrarla. Recuerdo la iglesia parroquial de Niegowic donde desempeñé mi primer encargo pastoral, la colegiata de San Florián en Cracovia, la catedral del Wawel, la basílica de San Pedro y muchas basílicas e iglesias de Roma y del mundo entero. He podido celebrar la Santa Misa en capillas situadas en senderos de montaña, a orillas de los lagos, en las riberas del mar; la he celebrado sobre altares construidos en estadios, en las plazas de las ciudades… Estos escenarios tan variados de mis celebraciones eucarísticas me hacen experimentar intensamente su carácter universal y, por así decir, cósmico. ¡Sí, cósmico! Porque también cuando se celebra sobre el pequeño altar de una iglesia en el campo, la Eucaristía se celebra, en cierto sentido, sobre el altar del mundo. Ella une el cielo y la tierra. Abarca e impregna toda la creación. El Hijo de Dios se ha hecho hombre, para reconducir todo lo creado, en un supremo acto de alabanza, a Aquél que lo hizo de la nada. De este modo, Él, el sumo y eterno Sacerdote, entrando en el santuario eterno mediante la sangre de su Cruz, devuelve al Creador y Padre toda la creación redimida. Lo hace a través del ministerio sacerdotal de la Iglesia y para gloria de la Santísima Trinidad. Verdaderamente, éste es el mysterium fidei que se realiza en la Eucaristía: el mundo nacido de las manos de Dios creador retorna a Él redimido por Cristo.

 

9. La Eucaristía, presencia salvadora de Jesús en la comunidad de los fieles y su alimento espiritual, es de lo más precioso que la Iglesia puede tener en su caminar por la historia. Así se explica la esmerada atención que ha prestado siempre al Misterio eucarístico, una atención que se manifiesta autorizadamente en la acción de los Concilios y de los Sumos Pontífices. ¿Cómo no admirar la exposición doctrinal de los Decretos sobre la Santísima Eucaristía y sobre el Sacrosanto Sacrificio de la Misa promulgados por el Concilio de Trento? Aquellas páginas han guiado en los siglos sucesivos tanto la teología como la catequesis, y aún hoy son punto de referencia dogmática para la continua renovación y crecimiento del Pueblo de Dios en la fe y en el amor a la Eucaristía. En tiempos más cercanos a nosotros, se han de mencionar tres Encíclicas: la Mirae Caritatis de León XIII (28 de mayo de 1902),5 la Mediator Dei de Pío XII (20 de noviembre de 1947) 6 y la Mysterium Fidei de Pablo VI (3 de septiembre de 1965).7

 

El Concilio Vaticano II, aunque no publicó un documento específico sobre el Misterio eucarístico, ha ilustrado también sus diversos aspectos a lo largo del conjunto de sus documentos, y especialmente en la Constitución dogmática sobre la Iglesia Lumen gentium y en la Constitución sobre la Sagrada liturgia Sacrosanctum Concilium.

 

Yo mismo, en los primeros años de mi ministerio apostólico en la Cátedra de Pedro, con la Carta apostólica Dominicae Cenae (24 de febrero de 1980),8 he tratado algunos aspectos del Misterio eucarístico y su incidencia en la vida de quienes son sus ministros. Hoy reanudo el hilo de aquellas consideraciones con el corazón aún más lleno de emoción y gratitud, como haciendo eco a la palabra del Salmista: «¿Cómo pagaré al Señor todo el bien que me ha hecho? Alzaré la copa de la salvación, invocando su nombre» (Sal 116, 12-13).

 

10. Este deber de anuncio por parte del Magisterio se corresponde con un crecimiento en el seno de la comunidad cristiana. No hay duda de que la reforma litúrgica del Concilio ha tenido grandes ventajas para una participación más consciente, activa y fructuosa de los fieles en el Santo Sacrificio del altar. En muchos lugares, además, la adoración del Santísimo Sacramento tiene cotidianamente una importancia destacada y se convierte en fuente inagotable de santidad. La participación devota de los fieles en la procesión eucarística en la solemnidad del Cuerpo y la Sangre de Cristo es una gracia de Dios, que cada año llena de gozo a quienes toman parte en ella. Y se podrían mencionar otros signos positivos de fe y amor eucarístico.

 

Desgraciadamente, junto a estas luces, no faltan sombras. En efecto, hay sitios donde se constata un abandono casi total del culto de adoración eucarística. A esto se añaden, en diversos contextos eclesiales, ciertos abusos que contribuyen a oscurecer la recta fe y la doctrina católica sobre este admirable Sacramento. Se nota a veces una comprensión muy limitada del Misterio eucarístico. Privado de su valor sacrificial, se vive como si no tuviera otro significado y valor que el de un encuentro convival fraterno. Además, queda a veces oscurecida la necesidad del sacerdocio ministerial, que se funda en la sucesión apostólica, y la sacramentalidad de la Eucaristía se reduce únicamente a la eficacia del anuncio. También por eso, aquí y allá, surgen iniciativas ecuménicas que, aun siendo generosas en su intención, transigen con prácticas eucarísticas contrarias a la disciplina con la cual la Iglesia expresa su fe. ¿Cómo no manifestar profundo dolor por todo esto? La Eucaristía es un don demasiado grande para admitir ambigüedades y reducciones.

 

Confío en que esta Carta encíclica contribuya eficazmente a disipar las sombras de doctrinas y prácticas no aceptables, para que la Eucaristía siga resplandeciendo con todo el esplendor de su misterio.

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Hermann Cohen Apostol de la Eucaristía, Charles Sylvain

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Hermann Cohen Apostol de la Eucaristía, Charles Sylvain

Indice
(La numeración de este Indice hace referencia a las páginas de la edición impresa)
Introducción de José María Iraburu, 3.
1.- Nacimiento e infancia de Hermann
Los Cohen, 4. -El neojudaísmo, 4. -Primeras vivencias religiosas, 5. -En el colegio, 5. -La música, 6. -Estudiante, 6. -Deja el colegio, 6. -Precoz pianista, 7. -Niño prodigio, 7. -Los teatros, 7. -Primer viaje, 8. -Primeros triunfos, 8. -Pequeño accidente, 8. -Primera composición musical, 9. -París, 9.
2.- El artista
Franz Liszt, 10. -Éxitos mundanos, 11. -El tirano de la familia, 11. -En la vanguardia progresista, 11. -Puzzi, 12. -George Sand, 12. -Entre republicanos, 13. -Lamennais, 13. -Cartas de un viajero, 13.-Éxito musical y melancolía, 14. -Liszt en Ginebra, 14. -Profesor en Ginebra con Liszt, 15. -Rousseau y Voltaire, 16. -Agnosticismo ilustrado, 16. -Atraído por el cristianismo, 16. -Primera tentación del juego, 17. -Excursión a Chamonix, 17. -El órgano de Friburgo, 18. -Regreso a París, 18. -Camino de perdición, 18. -Vuelve con su madre, 19. -La princesa de Belgiojoso, 19. -Enamorado idealista, 20. -En París con Mario, 20. -Diversos viajes, 21. -Sus óperas, 21. -Viajes incesantes, 22.
3.- El golpe de la gracia
El arte de la vida mundana, 22. -Hastío, 23. -El mes de María en santa Valeria, 23. -Deseos de instrucción católica, 23. -El sacerdote Legrand, 24. -En la parroquia alemana de Ems, 24. -Devoción a la Virgen María, 24. -Fervor en París, 25. -Catequesis con el padre Legrand, 25. -Bautismo de cuatro judíos, 25. -Capilla de Nuestra Señora de Sión, 26. -El nuevo nombre: Agustín, 26. -Última preparación y últimos combates, 26. -El bautismo: 28 de agosto de 1847, 27.
4.- El neófito
Puesto a prueba por el mundo, 28. -Una gracia extraordinaria, 28. -Celo de converso, 29. -Primera conversión que consigue, 29. -Socio de las Conferencias de san Vicente de Paúl, 30. -Empeño por la conversión de los judíos, 30. -Monseñor de la Bouillerie, 30. -Cambios del joven artista, 31. -La oración, 32. -La Eucaristía, 32. -La Confirmación, 32. -Su familia, 32. -La Adoración Nocturna, 33. -Precedentes de la Adoración Nocturna, 33. -Comienzos de la Adoración Nocturna, 34. -Obra providencial para tiempos duros de la Iglesia, 34. -Comienza la Adoración Nocturna en Nuestra Señora de las Victorias, 35. -Hermann con los Maristas, 35. -Prepara un concierto, 36. -Primeras composiciones religiosas, 36. -Último concierto, 37.
5.- La vocación
El P. Domingo de San José en Burdeos, 37. -La M. Batilde del Niño Jesús, 38. -Renace el Carmelo en Francia, 38. -Persecuciones y victorias, 38. -Hermann queda libre, 39. -Santa Teresa de Jesús y san Juan de la Cruz, 39. -Despedida de su madre, 39. -El Carmelo de Agen, 40. -Carta a su familia, 40. -Viaje a Roma, 42. -Es admitido en la Orden del Carmen, 42. -Breve estancia en Roma, 42. -Interés por la Adoración romana, 42.
6.- El noviciado
El noviciado de Broussey, 43. -El Hermano Agustín-María del Santísimo Sacramento, 44. -Un hombre feliz, 44. -Mortificaciones, 44. -Humildad, 45. -Navidad en el Noviciado, 45. -Sacrifica la creación musical, 45. -Amor a la Eucaristía, 46. -Visita de su madre, 46. -Renuncia total, 47. -Profesión religiosa, 47. -Escolasticado en Agen, 47. -Estudios breves y excelentes, 48. -Cánticos en honor de la Eucaristía, 48. -El diaconado, 49. -El presbiterado, 49. -Gozo espiritual, 50. -Primer sermón, 50.
7.- Primeras conversiones
En Burdeos, 51. -En Agen, 51. -Fundación en Carcasona, 52. -La hermana del padre Hermann, 52. -Visita de su familia en Agen, 53. -Peregrinación a Nuestra Señora de Peyragude, 53. -Oración a Nuestra Señora de Peyragude, 54. -Bautismo de su hermana, 54. -Muerte de la señora de Cohen, 55. -A Carcasona, 56.
8.- Primeros viajes apostólicos
Celo por la Adoración Nocturna, 57. -Giras como predicador, 57. -Conversión de un judío y de una protestante, 58. -Conversión de dos gemelos judíos, 58. -Enfermo, convalece en Castelbelle, 58. -Sufrimiento y gozo, 59. -Bagnères de Bigorre, 59. -La Adoración en Tours, segunda en antigüedad, 59. -Parte de Burdeos, 60. -Pamiers, Lión, 60. -Gran sermón en París, 60. -La Adoración en París, 63.
9.- El padre Hermann y el Carmelo de Bagnères
M. María de los Ángeles, 64. -Proyecto de fundación en Bagnères, 64. -El padre Hermann, constructor, 65. -Se extiende en Francia el Carmelo, 65. -Confianza en la Providencia y devoción a san José, 66. -Un terremoto, 66. -La reina Cristina, 66. -Viajes apostólicos, 67. -En Bélgica, 67. -Monseñor de la Bouillerie, obispo de Carcasona, 67. -La Adoración en París, 67. -En Saintes, recuerdo de María-Eustelle, 68. -Profesión carmelita de un judío converso, 68. -Peregrinación a la Virgen de Verdelais, 69. -Adoración en Carcasona, 70. -Misión en Burdeos, 70. -El padre Eymard, 70. -Inauguración de la iglesia de Bagnères, 71.
10.- El Santo Desierto de Tarasteix
Diversas clases de carmelitas, 72. -Los Desiertos carmelitas, 72. -El padre Hermann y el Desierto, 72. -El párroco Roziès, 73. -Austeridad del padre Hermann, 73. -Fundación de Tarasteix, 73.
11.- El padre Hermann y su familia
Conversión de un sobrino, 74. -Historia de la conversión, 74. -Cartas al sobrino, 78. -Cartas a otros familiares, 78. -Muerte de su padre, 79.
12.- Fundación del convento de Lión
Sor Marchand, Hija de la Caridad, 80. -Compra del antiguo convento de los carmelitas, 80. -Bendíganos, padre, 81. -Toma de posesión del convento, 81. -Pobreza y Providencia, 82. -Fiestas de inauguración, 82. -Grandes penalidades, 83. -La Acción de Gracias, 83. -El santo Cura de Ars y el Carmelo de Lión, 84. -Prior en Lión, 84. -Conversión de dos artistas, 84. -Popularidad en Lión, 85.
13.- Fundación del convento de Londres
Canonización de los mártires del Japón, 86. -Encuentro con Franz Liszt, 86. -El cardenal Wiseman, 86. -Misión en Londres, 86. -Fundación del convento, 87. -Alemanes en Brighton, 87. -Otros trabajos apostólicos, 88. -Primeras comuniones, 88. -En la Adoración Nocturna de París, 88. -Adoración Nocturna en Londres, 88. -Nuevo convento, 90. -Asiste a condenados a muerte, 90. -L’Indépendence Belge y la compra del convento, 93. -Siguen sus obras y trabajos, 94. -La reina María Amelia, 94. -Deja el priorato de Londres, 95. -Berlín, 95. -Lión, 95. -Más viajes apostólicos, 96. -Se retira al Desierto de Tarasteix, 96.
14.- El padre Hermann en el Desierto
Por fin en el Desierto, 97. -Ritual de recepción, 98. -Enferma de los ojos, 99. -Sanado en Lourdes, 99. -Viaje de acción de gracias a Lourdes, 100. -Sacristán, 101. -Músico, 101. -Impulso a la Adoración Nocturna, 101. -Enfermero, 102. -Cuaresma en Poitiers, 102. -Vuelta al combate, 102.
15.- La predicación del padre Hermann
No era orador, 103. -Elocuencia espiritual, 103. -Cuenta su pasado, 104. -Amor a Cristo, y a Cristo crucificado, 106. -Motivos para hacerse fraile, 106.
16.- Composiciones musicales del padre Hermann
Música profana, 107. -Música religiosa, 107. -Un juicio crítico, 108. -Otro juicio crítico, 108.
17.- Celo del padre Hermann por la salvación de los hombres
Viajes, predicaciones, trabajos, 109. -Cartas, 109. -Amigos y familiares, 110. -Franz Liszt y George Sand, 110. -Oración por la conversión de sus amigos, 110. -Religiosos secularizados, 110. -Director espiritual, 111. -Suscita vocaciones religiosas, 114.
18.- El apóstol de la Eucaristía
Apóstol de la Eucaristía, 115. -Voto de predicar la Eucaristía, 115. -Llanto por la Eucaristía menospreciada, 116. -Una predicación en Ginebra, 116. -Enamorado de la Eucaristía, 116. -Jesucristo es hoy la Eucaristía, 117. -La Eucaristía y la muerte, 118. -María- Eustelle, 119. -En Parayle-Monial, 119. -El Niño Jesús, 120. -Sor María-Paulina, 120.
19.- Devoción del padre Hermann a la Santísima Virgen, a los santos y al Papa
Religioso de María y sacerdote de Jesús, 121. -Nuestra Señora de Lourdes, 121. -Devoción a María en Inglaterra, 122. -El padre Faber, 124. -Devoción del padre Hermann a María, 124. -Devoción a san José, 124. -Amor a los santos, 125. -Defensa de los Estados Pontificios, 125. -Afecto a Pío IX, 126. -Amor a la Iglesia, 126. -Concilio Vaticano I, 127.
20.- Virtudes del padre Hermann
El testimonio de un religioso, 128. -Oración, 128. -Virtudes, 128. -Obediencia, 128. -Humildad, 129. -Sencillez y prudencia, 129. -Abnegación, 130. -Observancia, 130. -Progresos espirituales, 130. -Huye de las dignidades, 130. -Como san Pablo, judío errante, 131. -La voluntad de Dios, 131. -Mortificaciones, 131. -Vida crucificada, amor a la Cruz, 132. -Fidelidad a la amistad, 132.
21.- Últimos trabajos y muerte del padre Hermann
Definidor y Maestro de novicios, 133. -Guerra franco-prusiana, 133. -Persecución religiosa, 134. -Sale de Francia, 134. -En Montreux, 134. -Párroco de exilados, 134. -Al servicio en Prusia de prisioneros franceses, 135. -Autorización de la Orden, 135. -Presentimiento de la muerte, 135. -Cura castrense en Spandau, 136. -Agotado y enfermo, 136. -Sacramento de la unción, 137. -Despedida, 137. -Confesión y comunión, 138. -Muerte, 138. -Sepultado en la iglesia de Santa Eduvigis, 138. -Repercusión en Francia, 138.
Apéndices
-La razón humana, dejada a sus propias luces, 139.
-El hijo de María, 142.
-La Acción de Gracias, 145.
-Avisos espirituales, 151.
-Cardenal Perraud. Sermón predicado a los cincuenta años de la Adoración Nocturna en Nuestra Señora de las Victorias, 1898
Fines de la Adoración Nocturna, 154. -Recuerdo de Angers, 154. -Vigilia de la Inmaculada, 155. -Orar con Cristo y como Él, 155. -Orar de noche, 156. -Horas de gracia, 158. -Encendiendo hogueras de amor, 158. -Oración litúrgica, 159. -Oración en silencio, 159. -Preludio de la alabanza eterna, 160.
-Mr. Cazeaux. La primera vigilia de la Adoración Nocturna en París y la fiestas del cincuentenario
Agradecimientos, 160. -Primeros adoradores, 161. -Condiciones austeras, 161. -Apuntes biográficos de los adoradores, 162. -Gente pobre, 163. -Hermann Cohen, 163. -María Santísima, 165. -De Cuers, 166. -De Plas, 167. -Roussel, 167. -Capmas, 167. -Guillier, 167. -De Benque, 167. -Cincuenta años, 168. -Adhesiones del extranjero, 168. -En Canadá, 169.
Cronología de Hermann Cohen, 170.
Marco histórico de Hermann Cohen, 172.
 
Introducción
 
La inesperada conversión y profesión religiosa del famoso «pianista Hermann» causó en la Europa de mediados del siglo XIX un notable revuelo, que dio lugar, todavía en vida del propio Hermann, a algunas publicaciones sobre el tema.
Unos años después de su muerte, apareció la que ha sido, prácticamente hasta nuestros días, la biografía más extensa y completa del fundador de la Adoración Nocturna, la obra del canónigo Charles Sylvain, Vie du R. P. Hermann, en religion Augustin-Marie du Très-Saint-Sacrement (Oudin, Poitiers 1881, 354 págs.), de la que se hicieron numerosas reediciones hasta 1925.
Esta obra, terminada en 1880, fue escrita partiendo de fuentes seguras y numerosas: el Diario redactado por Hermann desde el día de su bautizo; la carta que al día siguiente de su bautismo dirige al padre Alfonso María Ratisbonne; el relato de su vida mundana, escrito por obediencia; sus manuscritos de discursos y sermones; varios centenares de cartas; así como los testimonios de familiares suyos y de varios de sus hermanos en religión.
Ya a principios de nuestro siglo se publicó en español un resumen de este libro, aunque sin dar el nombre de su autor: Vida del R.P. Hermann (Monte Carmelo, Burgos 1905, 139 págs.). Y algunos años más tarde vio la luz una traducción completa de la quinta edición francesa, realizada por el padre Jaime de la V. de Misericordia, C. D.: El apóstol de la Eucaristía. Vida del P. Agustín María del Santísimo Sacramento, C. D. (Editorial Litúrgica Española, Barcelona 1935, 454 págs.). Pronto se dio a la imprenta una segunda edición (Centro de Propaganda de Santa Teresa del Niño Jesús, Barcelona 1944, 434 págs.).
Más reciente es la biografía escrita por Dom Jean Marie Beaurin, Flèche de feu; le Père Augustin-Marie du Très Saint Sacrement, Hermann Cohen (1821-1871) (Éditions France-Empire, París 1981 y Éditions du Parvis, Hauteville, Suiza, 1988, 397 págs.). En esta obra se emplean documentos que Sylvain no conoció. Dom Beaurin, benedictino de Fontgombault, en Francia, es nieto de Georges Raunheim, un sobrino del padre Hermann.
Ya en el prefacio de su obra, Dom Beaurin destaca la santidad del padre Hermann, acerca del cual el padre carmelita Marie-Amand, Vice-Postulador de las Causas del Carmelo, en 1936, le confesaba:
«Todos los Carmelos que han conocido al padre Hermann, superiores y hermanos, han pensado y testimoniado que era un santo, un verdadero santo».
Pues bien, con motivo de celebrarse en 1998 los ciento cincuenta años de la primera vigilia de la Adoración Nocturna, fundada en París por Hermann Cohen el 6 de diciembre de 1848, la Adoración Nocturna Española y la Fundación GRATIS DATE ofrecen el presente libro a los lectores de habla española y especialmente a los adoradores.
Se trata de una versión abreviada de la primera edición española de la obra de Sylvain (1935). He resumido o eliminado muchos comentarios del autor, pero en cambio he conservado todos los datos sobre Hermann Cohen y los textos personales suyos, como las citas de su Diario, cartas, etc. Me he visto en la necesidad de modificar considerablemente la traducción, ajustándola al español actual. Y he introducido también en el texto los subtítulos.
Entre corchetes [de este modo] he añadido algunos datos que hoy no pueden darse por sabidos. Al final de la obra ofrezco una Cronología de Hermann Cohen, así como las fechas principales del Marco histórico de su vida.
Sea el Señor glorificado por la admirable obra de gracia y santidad que realizó en el padre Hermann.
Y que este libro, por obra del Espíritu Santo, encienda en los lectores aquel fuego de amor inmenso que ardió en el corazón de Hermann Cohen hacia Cristo, realmente presente en la sagrada Eucaristía.
José María Iraburu
Consiliario diocesano de la A. N. E.
Pamplona
 
 

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El hombre que fue jueves, Chesterton

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El hombre que fue jueves, Chesterton

EL HOMBRE QUE FUE JUEVES
G. K. CHESTERTON
Traducción y prólogo de ALFONSO REYES. (QUINTA EDICIÓN)
 
CAPÍTULO PRIMERO
LOS DOS POETAS DE SAFRON PARK
 
El barrio de Saffron Park —Parque de Azafrán— se extendía al poniente de Londres, rojo y desgarrado como una nube del crepúsculo. Todo él era de un ladrillo brillante; se destacaba sobre el cielo fantásticamente, y aun su pavimento resultaba de lo más caprichoso: obra de un constructor especulativo y algo artista, que daba a aquella arquitectura unas veces el nombre de “estilo Isabel” y otras el de “estilo reina Ana”, acaso por figurarse que ambas reinas eran una misma.
No sin razón se hablaba de este barrio como de una colonia artística, aunque no se sabe qué tendría precisamente de artístico. Pero si sus pretensiones de centro intelectual parecían algo infundadas, sus pretensiones de lugar agradable eran justificadísimas. El extranjero que contemplaba por vez primera aquel curioso montón de casas, no podía menos de preguntarse qué clase de gente vivía allí. Y si tenía la suerte de encontrarse con uno de los vecinos del barrio, su curiosidad no quedaba defraudada. El sitio no sólo era agradable, sino perfecto, siempre que se le considerase como un sueño, y no como una superchería. Y si sus moradores no eran “artistas”, no por eso dejaba de ser artístico el conjunto. Aquel joven —los cabellos largos y castaños, la cara insolente— si no era un poeta, era ya un poema. Aquel anciano, aquel venerable charlatán de la barba blanca y enmarañada, del sombrero blanco y desgarbado, no sería un filósofo ciertamente, pero era todo un asunto de filosofía. Aquel científico sujeto —calva de cascarón de huevo, y el pescuezo muy flaco y largo— claro es que no tenía derecho a los muchos humos que gastaba: no había logrado, por ejemplo, ningún descubrimiento biológico; pero ¿qué hallazgo biológico más singular que el de su interesante persona?

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Los fundamentos espirituales de la cultura europea de ayer, hoy y mañana, Joseph Ratzinger.pdb

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Los fundamentos espirituales de la cultura europea de ayer, hoy y mañana, Joseph Ratzinger
Berlín, 28.XI.00
>> Los fundamentos espirituales de la cultura europea de ayer, hoy y mañana. Berlín, 28.XI.00
La Declaración de Derechos Fundamentales, aprobada el año pasado por los jefes de Estado y de Gobierno de la Unión Europea, revela el deseo de dar un fundamento de valores comunes a la Europa unida. ¿Hasta qué punto es apropiada para dotar de un núcleo espiritual común al cuerpo económico de Europa? Esto es lo que planteaba el Cardenal Joseph Ratzinger en una conferencia pronunciada el pasado 28 de noviembre en Berlín, cuyo texto íntegro ha sido publicado en español por Nueva Revista (enero-febrero 2001) (1).

Europa… ¿qué es en realidad Europa? Esa pregunta fue planteada con énfasis una y otra vez por el cardenal Glemp en uno de los grupos lingüísticos del Sínodo romano de los obispos europeos: ¿dónde comienza, dónde termina Europa? ¿Por qué, por ejemplo, Siberia no pertenece a Europa, aunque está predominantemente habitada por europeos, que viven y piensan de manera claramente europea? ¿Dónde es pierde Europa por el Sur de la comunidad de Estados rusos? ¿Por dónde discurre su frontera asiática? ¿Qué islas son Europa, cuáles no, y por qué? En esas conversaciones se puso de manifiesto que Europa sólo de forma secundaria es un concepto geográfico: Europa no es un continente geográficamente aprehensible con claridad, sino un concepto cultural e histórico.

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El jugador, Dotoiewski

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El jugador, Dotoiewski

Capítulo 1

Por fin he regresado al cabo de quince días de ausencia. Tres hace ya que nuestra gente está en Roulettenburg. Yo pensaba que me estarían aguardando con impaciencia, pero me equivoqué. El general tenía un aire muy despreocupado, me habló con altanería y me mandó a ver a su hermana. Era evidente que habían conseguido dinero en alguna parte. Tuve incluso la impresión de que al general le daba cierta vergüenza mirarme. Marya Filippovna estaba atareadísima y me habló un poco por encima del hombro, pero tomó el dinero, lo contó y escuchó todo mi informe. Esperaban a comer a Mezentzov, al francesito y a no sé qué inglés. Como de costumbre, en cuanto había dinero invitaban a comer, al estilo de Moscú. Polina Aleksandrovna me preguntó al verme por qué había tardado tanto; y sin esperar respuesta salió para no sé dónde. Por supuesto, lo hizo adrede. Menester es, sin embargo, que nos expliquemos. Hay mucho que contar.
Me asignaron una habitación exigua en el cuarto piso del hotel. Saben que formo parte del séquito del general. Todo hace pensar que se las han arreglado para darse a conocer. Al general le tienen aquí todos por un acaudalado magnate ruso. Aun antes de la comida me mandó, entre otros encargos, a cambiar dos billetes de mil francos. Los cambié en la caja del hotel. Ahora, durante ocho días por lo menos, nos tendrán por millonarios. Yo quería sacar de paseo a Misha y Nadya, pero me avisaron desde la escalera que fuera a ver al general, quien había tenido a bien enterarse de adónde iba a llevarlos. No cabe duda de que este hombre no puede fijar sus ojos directamente en los míos; él bien quisiera, pero le contesto siempre con una mirada tan sostenida, es decir, tan irrespetuosa que parece azorarse. En tono altisonante, amontonando una frase sobre otra y acabando por hacerse un lío, me dio a entender que llevara a los niños de paseo al parque, más allá del Casino, pero terminó por perder los estribos y añadió mordazmente: “Porque bien pudiera ocurrir que los llevara usted al Casino, a la ruleta. Perdone -añadió?, pero sé que es usted bastante frívolo y que quizá se sienta inclinado a jugar. En todo caso, aunque no soy mentor suyo ni deseo serlo, tengo al menos derecho a esperar que usted, por así decirlo, no me comprometa … “.

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La fuerza de la Cruz, Cantalamessa

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La fuerza de la Cruz, Cantalamessa

JESUCRISTO ES SEÑOR

El día más santo del año para el pueblo judío —el Yom Kippur, o día de la “Gran expiación”—, el sumo sacerdote, llevando la sangre de las víctimas, pasaba al otro lado del velo del templo, entraba en el “Santo de los santos” y allí, solo en presencia del Altísimo, pronunciaba el Nombre de Dios. Era el Nombre que se le había revelado a Moisés desde la zarza ardiendo, compuesto de cuatro letras, que a nadie le era lícito pronunciar durante el resto del año, sino que se sustituía, al pronunciarlo, con Adonai, que quiere decir Señor. Ese Nombre —que tampoco yo quiero pronunciar por respeto al deseo del pueblo judío, por el que la Iglesia reza el día de Viernes Santo—, proclamado en aquellas circunstancias, establecía una comunicación entre el cielo y la tierra, hacía presente a la misma persona de Dios y expiaba, aunque sólo fuese en figura, los pecados de la nación.

Cantalamessa La fuerza de la Cruz.pdb

Via Crucis, Joseph Ratzinger

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Via Crucis, Joseph Ratzinger

PRESENTACIÓN

El tema central de este Vía crucis se indica ya al comienzo, en la oración inicial, y después de nuevo en la XIV estación. Es lo que dijo Jesús el Domingo de Ramos, inmediatamente después de su ingreso en Jerusalén, respondiendo a la solicitud de algunos griegos que deseaban verle: «Si el grano de trigo no cae en tierra y muere, queda infecundo; pero si muere, dará mucho fruto» (Jn 12, 24).

De este modo, el Señor interpreta todo su itinerario terrenal como el proceso del grano de trigo, que solamente mediante la muerte llega a producir fruto. Interpreta su vida terrenal, su muerte y resurrección, en la perspectiva de la Santísima Eucaristía, en la cual se sintetiza todo su misterio. Puesto que ha consumado su muerte como ofrecimiento de sí, como acto de amor, su cuerpo ha sido transformado en la nueva vida de la resurrección.

Por eso Él, el Verbo hecho carne, es ahora el alimento de la auténtica vida, de la vida eterna. El Verbo eterno –la fuerza creadora de la vida– ha bajado del cielo, convirtiéndose así en el verdadero maná, en el pan que se ofrece al hombre en la fe y en el sacramento.

De este modo, el Vía crucis es un camino que se adentra en el misterio eucarístico: la devoción popular y la piedad sacramental de la Iglesia se enlazan y compenetran mutuamente.

La oración del Vía crucis puede entenderse como un camino que conduce a la comunión profunda, espiritual, con Jesús, sin la cual la comunión sacramental quedaría vacía. El Vía crucis se muestra, pues, como recorrido «mistagógico».

A esta visión del Vía crucis se contrapone una concepción meramente sentimental, de cuyos riesgos el Señor, en la VIII estación, advierte a las mujeres de Jerusalén que lloran por él. No basta el simple sentimiento; el Vía crucis debería ser una escuela de fe, de esa fe que por su propia naturaleza «actúa por la caridad» (Ga 5, 6). Lo cual no quiere decir que se deba excluir el sentimiento.

Para los Padres de la Iglesia, una carencia básica de los paganos era precisamente su insensibilidad; por eso les recuerdan la visión de Ezequiel, el cual anuncia al pueblo de Israel la promesa de Dios, que quitaría de su carne el corazón de piedra y les daría un corazón de carne (cf. Ez 11, 19). El Vía crucis nos muestra un Dios que padece él mismo los sufrimientos de los hombres, y cuyo amor no permanece impasible y alejado, sino que viene a estar con nosotros, hasta su muerte en la cruz (cf. Flp 2, 8).

El Dios que comparte nuestras amarguras, el Dios que se ha hecho hombre para llevar nuestra cruz, quiere transformar nuestro corazón de piedra y llamarnos a compartir también el sufrimiento de los demás; quiere darnos un «corazón de carne» que no sea insensible ante la desgracia ajena, sino que sienta compasión y nos lleve al amor que cura y socorre. Esto nos hace pensar de nuevo en la imagen de Jesús acerca del grano, que él mismo trasforma en la fórmula básica de la existencia cristiana: «El que se ama a sí mismo se pierde, y el que se aborrece a sí mismo en este mundo, se guardará para la vida eterna» (Jn 12, 25; cf. Mt 16, 25; Mc 8, 35; Lc 9, 24; 17, 33: «El que pretenda guardarse su vida, la perderá; y el que la pierda, la recobrará»). Así se explica también el significado de la frase que, en los Evangelios sinópticos, precede a estas palabras centrales de su mensaje: «El que quiera venir conmigo, que se niegue a sí mismo, que cargue con su cruz y me siga» (Mt 16, 24).

Con todas estas expresiones, Jesús mismo ofrece la interpretación del Vía crucis, nos enseña cómo hemos de rezarlo y seguirlo: es el camino del perderse a sí mismo, es decir, el camino del amor verdadero. Él ha ido por delante en este camino, el que nos quiere enseñar la oración del Vía crucis.

Volvemos así al grano de trigo, a la santísima Eucaristía, en la cual se hace continuamente presente entre nosotros el fruto de la muerte y resurrección de Jesús. En ella Jesús camina con nosotros, en cada momento de nuestra vida de hoy, como aquella vez con los discípulos de Emaús.

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Liturgia de las Horas

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Liturgia de las Horas

 

Cántico de la carta a los Filipenses. Cristo, siervo de Dios

 

Cántico del Apocalipsis. Himno de adoración y alabanza

 

Cántico del Éxodo. Himno de victoria por el paso del mar Rojo

 

Cántico del libro de Daniel (Dn 3,51). Que la creación entera alabe al Señor

 

Cántico del libro de Daniel (Dn 3,25). Oración de Azarías en el horno

 

Cántico del libro de Daniel (Dn 3,52-57). El cántico de las criaturas

 

Cántico del libro de Daniel (Dn 3, 57). Toda criatura alabe al Señor

 

Cántico del libro de Daniel (Dn 3,56-90). Toda la creación alabe al Señor 

 

Cántico de alabanza de Judit (Jdt 16, 1-17). El Señor, creador del mundo,protege a su pueblo.

 

Cántico Primer libro de Samuel. La alegría y la esperanza de los humildes está en Dios

 

Cántico del capítulo tercero y último del libro de Habacuc. Dios interviene en la historia

 

Cántico del libro de Deuteronomio. Los beneficios de Dios para con su pueblo

 

Cántico carta a los Efesios. Dios Salvador

 

Cántico de Isaías (Is 45, 15-23). La grandeza de Dios manifestada en la creación y en la historia 

 

Cántico de Isaías (Is 6-12). El júbilo del pueblo redimido 

 

Cántico de Isaías (Is 2-4). La nueva ciudad de Dios centro de toda la humanidad 

 

Cántico de Isaías (Is 36-39). Angustias de un moribundo y alegría de la curación 

 

Cántico de Isaías (Is 24-27; 34-35). Himno después de la victoria 

 

Cántico de Isaías (Is 40-55). El buen pastor es el Dios altísimo y sapientísimo

 

Cántico de Isaías (Is 42,10-16). Cántico al Dios vencedor y salvador 

 

Cántico de Isaías (Is 61,10 – 62,5). Alegría del profeta ante la nueva Jerusalén

 

Cántico de Isaías (Is 66, 10-14). Consuelo y gozo para la ciudad santa

 

Cántico de Jeremías. Lamentación del pueblo en tiempo de hambre y guerra 

 

Cántico del Libro de la Sabiduría. ¡Señor, dame la sabiduría! 

 

Cántico de Zacarías. El cántico del Benedictus

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Love and Friendship, Jane Austen

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Love and Friendship, Jane Austen

 

TO MADAME LA COMTESSE DE FEUILLIDE THIS NOVEL IS INSCRIBED BY HER OBLIGED HUMBLE SERVANT THE AUTHOR.
“Deceived in Freindship and Betrayed in Love.”

LETTER the FIRST From ISABEL to LAURA
How often, in answer to my repeated intreaties that you would give my Daughter a regular detail of the Misfortunes and Adventures of your Life, have you said “No, my freind never will I comply with your request till I may be no longer in Danger of again experiencing such dreadful ones.”
Surely that time is now at hand. You are this day 55. If a woman may ever be said to be in safety from the determined Perseverance of disagreeable Lovers and the cruel Persecutions of obstinate Fathers, surely it must be at such a time of Life. Isabel

LETTER 2nd LAURA to ISABEL
Altho’ I cannot agree with you in supposing that I shall never again be exposed to Misfortunes as unmerited as those I have already experienced, yet to avoid the imputation of Obstinacy or ill-nature, I will gratify the curiosity of your daughter; and may the fortitude with which I have suffered the many afflictions of my past Life, prove to her a useful lesson for the support of those which may befall her in her own. Laura

LETTER 3rd LAURA to MARIANNE
As the Daughter of my most intimate freind I think you entitled to that knowledge of my unhappy story, which your Mother has so often solicited me to give you.
My Father was a native of Ireland and an inhabitant of Wales; my Mother was the natural Daughter of a Scotch Peer by an italian Opera-girl–I was born in Spain and received my Education at a Convent in France.
When I had reached my eighteenth Year I was recalled by my Parents to my paternal roof in Wales. Our mansion was situated in one of the most romantic parts of the Vale of Uske. Tho’ my Charms are now considerably softened and somewhat impaired by the Misfortunes I have undergone, I was once beautiful. But lovely as I was the Graces of my Person were the least of my Perfections. Of every accomplishment accustomary to my sex, I was Mistress. When in the Convent, my progress had always exceeded my instructions, my Acquirements had been wonderfull for my age, and I had shortly surpassed my Masters.

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SE Proféticos

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Santos Escritos Proféticos

Isaías
Título del libro
1 1 Visión que tuvo Isaías, hijo de Amós, acerca de Judá y Jerusalén, en los días de Uzías, Jotam, Ajaz y Ezequías, reyes de Judá.
Primera parte
I. Oráculos dirigidos a Israel y Judá
A. Pleito por el abandono del Señor
Acusación general
2 ¡Escuchad, cielos! ¡Tierra, presta oído,
que ha hablado el Señor!
«Hijos crié y eduqué,
pero ellos se rebelaron contra mí.
3 Conoce el buey a su amo,
y el asno, el pesebre de su dueño.
Pero Israel no conoce,
mi pueblo no discierne».

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Decenario al Espiritu Santo, Francisca Javier del Valle

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Decenario al Espiritu Santo, Francisca Javier del Valle

PRESENTACIÓN

Francisca Javiera del Valle fue una pobre costurera de Carrión de los Condes (Palencia).

Había nacido allí en 1856, el 3 de diciembre, y allí murió el 29 de enero de 1930, en el edificio del Convento de las MM. Carmelitas. Acababa, por tanto, de cumplir los setenta y tres años.

En su vida hay tres etapas perfectamente definidas, de las cuales la central son los treinta y ocho años que-desde 1880 a 1918-pasó sirviendo generosa y sacrificadamente a los PP. Jesuitas en el taller de costura adscrito al que fue sucesivamente Colegio del Sagrado Corazón, Noviciado y Escuela Apostólica, en dicha ciudad. Son varias décadas de oscuro trabajo, cuya exterior monotonía, llena con frecuencia de humillaciones y sufrimientos, alternó de manera habitual con los más altos goces y alegrías de una vida interior, tan rica de subidas experiencias por dentro como de naturalidad y de callada laboriosidad por fuera. Es también el tiempo en que Francisca Javiera del Valle compuso, por obediencia, la mayor parte y la más importante de sus numerosos escritos.

Hasta los veinticuatro años había llevado una existencia corriente de muchacha pobre en un pueblo castellano de mediados del siglo XIX. Al final de su vida, cuando a los sesenta y tantos años fue despedida del taller de costura, perdiendo en silencio incluso su máquina de coser, proyectó y puso por obra marchar a Méjico con unas religiosas, llamadas de la Cruz, que regresaban a su país después de haber vivido refugiadas en Carrión de los Condes, durante la época más cruda de la persecución allí. Embarcadas éstas sin esperarla, pensó luego irse con otras monjas mejicanas Concepcionistas Jerónimas, pero finalmente permaneció en su pueblo, sin adoptar ninguna forma de vida religiosa canónica, y dedicada al cultivo de unas huertas que hubo de arrendar para vivir.

Si algún día, por fin, son publicados íntegra y satisfactoriamente los relatos en que aquella alma refirió los constantes y subidos fenómenos místicos de su vida espiritual, dispondrá la ciencia teológica de un testimonio de la mayor significación. Éxtasis, locuciones, visiones, raptos, repetidos innumerables veces, y sobre todo una práctica habitual y silenciosa de heroicas virtudes.

Por lo que hace a sus escritos, se dividen en dos tipos, claramente caracterizados. Los unos, más numerosos, tuvieron como fin dar cuenta a su director espiritual de las vivencias sobrenaturales de su alma, y de las pruebas y consolaciones que experimentaba en la práctica de la santidad. En ellos escribió acerca de la Santísima Trinidad, de la Virgen y de San José; sobre las virtudes de obediencia, humildad, vencimiento propio, temor de Dios, del castigo de los Ángeles y de las tentaciones; sobre la Sagrada Eucaristía, sobre los caminos, felicidad y amistades de Dios, sobre la distinción entre el buen y el mal espíritu, y sobre otros muchos temas divinos y de vida espiritual.

El segundo tipo de escritos es el de los que estaban directamente dirigidos a difundir devociones y prácticas piadosas. Comprende dos obras: el Silabario de la escuela divina, y el Decenario al Espíritu Santo.

El primero de ellos, aún inédito, está dedicado a las almas que aspiran a la perfección, para ayudarlas a que siendo muchas las que emprenden el camino de la santidad, sean también muchas las que lo sigan hasta el fin. Para ello propone al Espíritu Santo como maestro de esta escuela divina, describe sus lecciones, y en general desarrolla la misma doctrina que en el Decenario, parte de cuyo contenido repite.

***

El Decenario al Espíritu Santo fue publicado por primera vez en Salamanca el año 1932. Aquella primera edición, ya hace mucho tiempo agotada, se reproduce ahora en ésta del moda más riguroso, incluso conservando irregularidades de dicción o puntuación, y sólo se han introducido unas ligeras modificaciones tipográficas, que eran imprescindibles para hacer más fácil la lectura y el empleo del libro como devocionario, al modo habitual.

Acerca de su valor, parece que el mejor testimonio será reproducir (*) literalmente el dictamen que el Emmo. y Rvdmo. Sr. Cardenal Almaraz, arzobispo de Sevilla-que conoció y estimó mucho a la autora-pidió en 1915 al Dr. D. Francisco Roldán, quien entre otros juicios emitió los siguientes:

«…Trátase, con efecto, de un libro no vulgar, no tan sólo por la materia sobre que versa, dé la más elevada Teología especulativa y práctica, sino principalmente por la forma en que se expone dicha sublime materia.

“De la más elevada Teología especulativa, decimos, porque si la Teología de la Beatísima Trinidad señala el ápice de la ciencia teológica, penetrar en la vida íntima de las Divinas Personas y sorprender sus propias operaciones, representa lo más elevado de esa celestial ciencia.

“Pues de esta vida íntima, de estas operaciones propias de las divinas personas se trata aquí con tal inteligencia, con tal sutileza, con tal aplomo y propiedad, que el más docto teólogo, lejos de hallar nada reprensible dentro del dogma católico, tendrá por fuerza que admitir la sana y profunda doctrina aquí expuesta.

Véase, si no, y lo señalamos por vía de ejemplo, cuán admirablemente se expone la quizá a primera vista extraña proposición escogida para el primer día, de «cuanto debemos amar al Espíritu Santo las criaturas por ser él como el motor de nuestra existencia y la causa de ser criadas para gozar eternamente de los mismos gozos de Dios», y estimamos que se ha de convenir en nuestro humilde juicio.

“Y por lo que hace a la Teología práctica, la ciencia de la salvación y santificación, no hay a la verdad caminos más seguros, más expeditos, más libres de todo engaño, que los que aquí se señalan para llegar a las más elevadas cumbres de la santidad cristiana.

“Pero aunque tan elevada la materia del presente libro, lo que más le separa de cualquier otro, aun versando sobre idénticos motivos que el presente, es la forma con que se expone tan sublime materia.

“Porque por poco que se entre en su lectura, se deja ver bien pronto que no es su autor el teólogo, que trata de la vida íntima de Dios y de los íntimos caminos del alma en su santificación como de cosas vistas por de fuera, en la aridez del estudio y de la especulación santifica, sino un alma que ha aprendido esa altísima ciencia sintiéndola en la escuela soberana del Divino Espíritu, que es a la postre el maestro que el autor de este libro propone a sus lectores, para llevarlos a la 1raí.v elevada santidad, cual es la vida del más puro amor divino, no por los bienes temporales y aun espirituales con que nos pueda la bondad divina enriquecer, ni siquiera por la gracia, por las virtudes, por la gloria misma, ni por los goces que trae aparejada la comunicación con Dios, sino por purísimo amor: amar por amar.

“Y en esta escuela del divino amor se lleva a las almas por caminos tan secretos, al par que seguros y expeditos, se exponen tan de relieve los escollos que puedan encontrarse para llegar a tan purísimo amor, se manifiestan tan claramente los ardides del demonio contra la obra de nuestra santificación, que causa maravilla y asombro.

“De otra parte, se expone todo ello con tal ingenuidad, con tal candor, con tal unción y persuasión divina, que subyuga y hace ver que siente lo que dice, y lo dice por haberlo sentido.

“Por último, aunque esto sea muy secundario en nuestro propósito, el lenguaje es castizo, la dicción tersa y limpia, y las más de las veces elegantísima.

“En suma, y para terminar, estimamos, en nuestro humilde juicio, que el presente libro por el fondo y por la forma no desmerecería en nada al lado de los mejores escritos de nuestros más renombrados místicos, San Juan de la Cruz y Santa Teresa de Jesús.

“Sevilla, en la fiesta del Espíritu Santo, 23 de mayo de 1915. Dr. Federico Roldán.

“Emmo. y Rvdmo. Cardenal Arzobispo de esta Diócesis. »

Distribuido el texto en epígrafes diferentes y en grupos según los diez días consecutivos, las advertencias iniciales subrayan las disposiciones que el alma necesita al iniciar los actos de esta devoción. En el día primero están agrupados por su orden los epígrafes que componen la práctica diaria de la misma; a partir del segundo deberán, como es lógico, repetirse el acto de contrición, la oración inicial, la letanía y la oración final, sustituyendo en el momento oportuno las lecturas correspondientes a la consideración y el obsequio.

Es evidente que el libro puede ser empleado también, con fruto grande, al modo de la lectura espiritual ordinaria.

El lenguaje, como dice el juicio más arriba citado, es castizo y la dicción limpia. A la autora le resulta espontáneo el escribir con calidad, en castellano de buena estirpe, aunque su estilo carece de ritmos literarios, y de la sintaxis cuidada y pulcra que es propia de los escritores cultos.

Es frecuente, en efecto, que en las invocaciones a la Divinidad emplee el singular dirigido al Dios uno, alternando en la misma frase con el plural referente a las tres Personas de la Trinidad Santísima. Desde el primer párrafo de la dedicatoria vemos, asimismo, apelaciones a la Esencia divina, hechas en el “tú” de la segunda persona, junto con alusiones indirectas redactadas en tercera, o el empleo simultáneo del «tú» y el «vos», con lo que parece subrayar unas veces la proximidad íntima del alma al Santificador y otras la lejanía insondable entre el Creador y la criatura. Hay también a veces formas ambiguas que fuerzan quiebros acaso enérgicos en la atención del lector.

Todo el texto está lleno, por otra parte, de giros populares-«mira que te pego si haces tal y cual cosa», «en un instante sabe todo el pueblo que hay quema, y dónde la hay»-o también de giros coloquiales, que subrayan la llana viveza del lenguaje: «ya sabes lo que te quiero decir», declara en alguna ocasión el alma, dirigiéndose a Dios. Y es, sin duda, que la pobre mujer sin letras se cansa a veces de la lucha desigual con lo inefable.

Quizás por todo eso ?por lo subido y profundo de la doctrina, y por la elementalidad a veces tosca de las expresiones? se hace explicable que este libro áureo no resulte fácil para la fama espectacular en grandes públicos. No otra cosa sucede con muchos de los clásicos espirituales, concretamente con los de la ascética y mística españolas del Siglo de Oro de nuestra tradición cultural.

* * *

Y, sin embargo, en cuanto a su actualidad viva, sin saber por qué se me antoja que hay muy hondas razones de congruencia que hacen propicia la coyuntura moral de nuestro tiempo para que ahora, a nuestras gentes de hoy, se les acerque, con las reimpresiones de este libro, la perspectiva divina que de sus páginas surte.

Muchas almas, muchas de ellas muy santas, y alguna excepcionalmente egregia, sacaron frutos de bendición con la lectura meditada de la primera edición de este Decenario: Su renovada difusión traerá también con toda seguridad grandes bienes y luces claras al espíritu de muchos cristianos.

Vivimos un tiempo en que, en medio del caos tecnificado de las grandes ciudades, en medio de las maravillosas complicaciones de la civilización, en medio de la velocidad vertiginosa de las imágenes retransmitidas a los cinco continentes y de los reactores que vencen a la gravedad y al viento, muchedumbres enteras de hombres inadaptados sufren la congoja lacerante de no poder resistir tanta presión sobre sus ánimos débiles. A ellos el crecimiento de posibilidades históricas se les manifiesta más como tragedia que como poderío.

En estas páginas hay paz y silencios insondables, el fulgor de las profundidades sobrenaturales del espíritu humano, la confortadora firmeza que el hombre recobra cuando vuelve a unirse con fe a las raíces verdaderas de su vida.

La publicación de un libro, de este libro, ¿parecerá ocasión demasiado leve para con motivo de ella evocar temas tan en tono mayor como las propias transformaciones contemporáneas de la Historia humana? De ninguna manera. Incalculable es el alcance, los posibles ecos, la repercusión quizás lejanísima, de una piedra cualquiera que se lanza contra las aguas inciertas del porvenir. Mucho más cuando la piedra alberga en la dura entraña de su cristal de roca los destellos vivientes del “Gran Desconocido”, los eternos tesoros de la verdad de Dios.

Los hombres de nuestro siglo están seguros de sí y del poder que han alcanzado sobre las latentes energías del mundo material. Por eso necesitan ?como todos, como siempre, pero quizás también ahora de una manera muy particular? que por todos los medios se les fuerce a volver la mirada ?soberbia e ingenua? hacia horizontes mucho más lejanos y poderosos todavía.

En el bosque cerrado que es la existencia humana, el caminante pierde con frecuencia el norte. Y tanto más cuanto con paso más seguro y confiado se adentra en la espesura. Por todas partes le cercan pronto las ardillas, las orugas, la maleza, quizás también las alimañas. Aunque no quiera declararlo ni a sí mismo, es bien seguro que a veces siente miedo. Son temerosas las negras entrañas del bosque y de la vida. A ratos, por entre algunos claros fugaces, se ven a lo lejos luces inciertas, temblorosas, pálidas. Son las estrellas, o quizás son sólo las luciérnagas brillantes de la tierra. La orgullosa altanería de los tiempos iniciales fáciles viene a parar entonces, con reveladora monotonía, en el terror de sentirse perdido.

El verdadero Sol, que tras una ausencia corta reaparece siempre en la majestad estremecida de la aurora ?triunfador de las sombras, de las nubes y de los temores? es el centro al que han de volverse todos aquellos que, después de la noche, se disponen esperanzadamente a recuperar-con la firme luz de la mañana-el tenso calor alegre de la nueva vida.

FLORENTINO PÉREZ-EMBID

Ciudad Ducal,

Domingo de Ramos, 10 de abril de 1960.

 

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Diccionario de Harry Potter

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Diccionario de Harry Potter

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A
– Adrián Pucey: Es uno de los cazadores del equipo de Slytherin
– Albus Dumblemore: Es el actual director de Hogwarts y está considerado el más importante mago del tiempo actual. Entre sus múltiples hazañas, destacan la de derrotar al mago tenebroso Grindelaw en 1945, descubrir las doce aplicaciones para la sangre de Dragón y su trabajo en alquimia con su compañero y amigo Nicolás Flamel. Tiene un gran aprecio por Harry y le dio la capa invisible de su padre. Hace 50 años era profesor de transformaciones. Es el único mago vivo al que Voldemort teme. Es un gran aficionado a la música de cámara. Es un mago alto, con el pelo y la barba largos y plateados. También lleva una pequeñas y doradas, gafas de media luna.
– Alicia Spinnet: Es una de las cazadoras del equipo de Gryffindor
– Angélica Jonhson: Es otra de las cazadoras del equipo de Gryffindor
– Argus Filtch: Es el conserje de Hogwarts. Tiene una gata llamada señora Norris. Conoce los pasadizos del colegio mejor que nadie (excepto los que alguna vez en su vida hallan visto el mapa del merodeador) Todos los estudiantes lo detestan, y más de uno desearía darle una patada en el trasero a su gata. Odia a los alumnos, por que es un Squib. Además de a los alumnos también detesta a Peeves
– Armando Dippet: Era el director de Hogwarts hace 50 años, cuando se abrió la cámara de los secretos. Era un mago de aspecto delicado, con muchas arrugas y calvo.
– Arthur Weasley: Trabaja en el misterio de magia en el departamento para el uso incorrecto de objetos Muggles del que es el director. Al señor Weasley le apasiona todo lo que tenga que ver con las cosas que inventan los Muggles, y le encanta encantar los objetos Muggles. Es un hombre delgado, con gafas, bastante calvo y con el poco pelo que le queda, tan rojo como sus hijos. Le gustan los gnomos porque los encuentra divertidos.
– Animagos: Son brujos que pueden transformarse en animales.
– Aragog: Es una araña gigante que Hagrid ha criado desde pequeña, cuando nació de un huevo, y la metió en un armario de Hogwarts. También le consiguió una esposa, Mosag, y ahora vive en el bosque, ella fue la razón por la que expulsaron a Hagrid del colegio creyendo que había salido de la camara de los secretos. Su enemigo mortal es el basilisco.
B
– Baruffio: Es un mago que en un encantamiento, pronuncio <<ese>> en lugar de <<efe>> y se encontró tirado en el suelo con un búfalo en el pecho.
– Bill Weasley: Hermano mayor de Ron. Fue delegado de su clase en sus años de Hogwarts, y estuvo en Gryffindor, pero ahora trabaja en Africa ocupándose de asuntos para Gringotts, deshaciendo los hechizos del banco en Egipto. Todavía no ha aparecido (de cuerpo presente) en ningún libro, pero en el 4º aparece, en bastantes capítulos.
– Bletchley: Es el guardián del equipo de Slytherin.
– Bones: Es un de las familias de magos asesinados por Voldemort
– Borgin: Es el propietario de una de las tiendas del callejón Knockturn, en la que Harry encontró a Draco Malfoy y a su padre.
– Babosas Carnivoras: Son unos bichos mágicos que comen Berzas. Se puede encontrar un remedio para matarlas en el Callejon Knockturn
– Bane: Es uno de los centauros que viven en el bosque prohibido. Tiene el pelo y el cuerpo de color negro, y una aparencia salvaje
– Barón Sanguinario: Es el fantasma residente en Slytherin; temido por todos los demás, es el unico ser al que Peeves obedece. Normalmente tiene los ojos fijos y sin expresión, el rostro demacrado y las ropas manchadas de sangre.
– Basilisco: De las muchas bestias pavorosas y mostruos terribles que vagan por la tierra, no hay ninguna mas sorprendente ni mas letal que el basilisco, conocido como el rey de las serpientes. Puede alcanzar un tamaño de hasta 12 metros y su vida dura varios siglos, nace del huevo de una gallina empollado por un sapo. Sus metodos para matar son de lo mas extraordinario, pues ademas de sus colmillos mortalmente venenosos , el basilisco mata con la mirada, y todos cuantos fijen su mirada en el brillo de sus ojos han de sufrir una expontanea muerte. Las arañas huyen del basilisco , que es su mortal enemigo, y solo huye del canto del gallo que para él es mortal. Es el mostruo que se ocultaba en la cámara secreta. Se desplazaba por las cañerias y solo Harry podia oirlo porque habla pársel .
– Binns: Es el único profesor de Hogwarts que es un fantasma. Ya era muy viejo cuando se lavanto del sillon de la sala de profesores dejando atrás su cuerpo. Habla monotonamente, mientras escribe nombres y fechas y hace que Elmerico el Malvado y Ulrico el Chiflado se confundan.
– Boggart: Son seres que cambia de forma y adopta la forma de aquello que mas miedo le da a la persona que lo tiene delante. Les gustan los lugares oscuros y cerrados. Solo se le puede vencer con la risa, y se le vence con un sencillo hechizo. Siempre es mejor estar acompañado al enfrentarse a un boggart, por que duda en que cosa convertirse.
– Buckbeak: Es un hipógrifo gris, que fue condenado a muerte pero logró escapar junto con Sirus Black, los dos se han hecho muy buenos amigos.
C
– Centauro: Son seres legendarios mitad caballo mitad hombre. No se les ha de intentar hacer una pregunta directa, porque siempre acaban hablando de astrología. Los centauros son

Dicc Harry Potter.pdb

Diccionario Español- Inglés

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Diccionario Español- Inglés

añada = append
añadidura = affix
año = year
aún = yet
abadía = abbey
abadías = abbeys
abad = abbot
abajo = down
abandonado = abandoned
abandono = abandonment
abarque = encompass
abatir, envilecer = to abase
abdómen = abdomen
abdicación = abdication
abdicar = to abdicate
abdomen = abdomen
abedul = birch
abeja = bee
abejorro = bumblebee
aberración = aberration
aberrante = aberrant
aberrantemente = aberrantly
abertura = aperture
abeto = fir
abiertamente = aboveboard
abierto = open
abigarramiento = motley
abisal = abyssal
abismal = abysmal
abismo = abyss
abjura = abjures
abjuración = abjuration
abjurado = abjured
abjurar = to abjurer
ablandar = to soften
ablande = soften
ablativo = ablative

 

Dic esp ing.pdb

Ricos y Pobres, Leonardo Polo

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Ricos y Pobres, Leonardo Polo

INDICE
1. La familia humana.
2. De la familia a la sociedad civil.
PREGUNTAS
3. Justicia conmutativa y distributiva.
4. La descentralización.
5. La comunicación.
6. Conocimiento y trabajo.
Interpretaciones históricas del trabajo
Crisis de la sociedad industrial
La institucionalización social del saber
Nota biografica
 

Ricos y Pobres. Polo.pdb

Cómo descargar libros gratis: PDF, epub y más. Guía fácil.


Muchos os preguntáis cómo descargar libros gratis. Es sencillo.

Hay muchas páginas web donde descargar libros gratis. Una de ellas es esta: http://descargarlibrosgratis.eu

Cómo descargar libros de esta web:

  1. Primero tienes que encontrar el libro que quieres. Eso puedes hacerlo yendo a la página de inicio y navegando por las categorías hasta encontrarlo. O acudiendo al buscador de libros (en la parte de arriba de la página) y buscando los libros que más te interesen. También puedes buscar entre los últimos 100 libros subidos a esta web o los 25 libros con más descargas.
  2. Cuando encuentras el libro que te gusta pinchas sobre él.
  3. Llegas a una página específica sobre ese libro. Lees la información y detalles sobre el libro, para asegurarte de que es el que quieres, bajas hacia abajo y pinchas el link verde que hay tras la descripción del libro, para descargarlo.
  4. El libro se descarga a tu ordenador de forma gratuita.
  5. Si el libro es PDF o DOC lo podrás leer sin problemas, pero hay otros tipos de libros más complicados de leer. Si es .pdb tienes que bajarte el programa Isilo para leerlo (desde la web isilo.com). Algunos libros, como los .epub, no se suelen leer en el ordenador, sino que se suelen pasar al smartphone, para poder leerlos ahí (aunque también hay programas especiales para leer los .epub en el ordenador: los puedes buscar en Google).

Espero que con esta mini guía puedas bajarte todos los libros que quieras…

También podéis encontrar otras páginas web con información sobre cómo bajarte libros gratis. Hay todo tipo de tutoriales y sistemas diferentes para descargarse los libros. Si no te convence los de una de estas webs, puedes probar con otra:

Las iniciativas apostolicas de los fieles en la educación, Errazurri

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Las iniciativas apostólicas de los fieles en el ámbito de la educación
Estudio de Carlos José Errazuri publicado en Romana

01 de marzo de 2007
Aspectos canónicos

En estas páginas pretendo afrontar en perspectiva canónica las cuestiones relativas al apostolado de los fieles en el campo de la educación. Trataré de las iniciativas educativas promovidas por los fieles, como fruto de su personal responsabilidad, en un sector vital para la conformación cristiana de la sociedad. Para comenzar este análisis, me parece oportuno una referencia a las fuentes, principalmente al nuevo Código de Derecho Canónico[1], interpretado a la luz de los documentos del Concilio Vaticano II que constituyen su inmediato y principal fundamento magisterial.

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Net force, Tom Clancy

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Net force, Tom Clancy

Uno

Martes, 7 de setiembre de 2010, 23.24 horas
Washington, D. C.

–Bien, comandante –dijo Boyle. – Todo despejado.

Steve Day salió del restaurante con aire acondicionado al bochorno de la noche otoñal, todavía rodeado de los exquisitos aromas de la cocina italiana. Ya en la acera, Boyle, escolta en jefe de Day, habló por su comunicador. La limusina estaba allí, pero Boyle era un joven muy cauteloso, uno de los mejores del FBI. Sólo después de que hubo hablado, se abrió el cierre eléctrico de la puerta trasera del vehículo. En todo momento, Boyle miraba a todas partes salvo a Day.

Day saludó con la cabeza al conductor, el nuevo individuo. ¿Larry?, ¿Lou?… algo parecido. Cuando se instaló en el asiento de piel sintética, se sentía muy a gusto. No había nada como una comida de siete platos y tres clases diferentes de vino excelente para poner a alguien de buen humor. Umberto’s era un nuevo restaurante de por lo menos cuatro tenedores, o lo sería cuando alguien se decidiera a catalogarlo, aunque Day confiaba en que eso tardara en suceder. Nunca fallaba. Siempre que encontraba un nuevo lugar de comida decente, éste no tardaba en ser «descubierto» y era imposible obtener una reserva.

Ciertamente, él era el comandante de la recién fundada Net Force, todavía lo más espectacular en los círculos de poder de Washington, pero eso no tenía mucho peso cuando los que le precedían en la cola eran ricos senadores o diplomáticos extranjeros aún más adinerados. Incluso los propietarios de restaurantes en esta ciudad sabían a quién debían besarle el trasero, e indudablemente no encabezaba la lista alguien con un cargo político situado en un eslabón tan bajo de la cadena alimentaria como Day. Por lo menos, de momento.

No obstante, la comida había sido excelente: pasta al dente con gambas y una salsa obstructora de las arterias, ensalada y sorbetes para limpiar el paladar. Day se sentía agradablemente satisfecho y ligeramente embriagado. Menos mal que no tenía que conducir.

Su virgil soltó unos pitidos.

Boyle se sentó junto a Day, cerró la puerta y golpeo con los nudillos el cristal blindado que los separaba del conductor.

El coche arrancó en el momento en que Day levantaba el Virgil de su cinturón y lo miraba.

El icono de un teléfono parpadeaba en la parte superior derecha de la pequeña pantalla LCD de su Virtual Global Interface Link, conocido como virgil. Tocó el icono y apareció un número en la pantalla. Marilyn lo llamaba desde su casa. Consultó la hora: era poco después de las once; debía de haber regresado temprano de su reunión con las Hijas de la Revolución Norteamericana. Normalmente esas charlas solían durar hasta después de la medianoche. Hizo una mueca, tocó dos veces el número y esperó la conexión. El virgil, no mucho mayor que un paquete de cigarrillos –cuyo tamaño todavía recordaba a pesar de que había dejado de fumar hacía veinte años, era un juguete maravilloso. Era un ordenador, unidad de GPS, teléfono, reloj, radio, televisión, módem, tarjeta de crédito, cámara, explorador e incluso un pequeño fax, todo en uno. El GPS indicaba su posición en cualquier lugar del planeta, y por ser un funcionario de alto rango del FBI, su unidad era mucho más precisa que las comerciales, con un margen de error inferior a cinco metros. Le permitía conectarse con cualquier teléfono u ordenador, por un canal hiperdigital codificado de tal densidad que lo denominaban manguera y que un experto en criptografía tardaría una eternidad en descifrar. Esa unidad en particular, con la clave adecuada, permitía a Day acceder directamente a los ordenadores centrales conectados a la red del FBI y de Net Force, con sus enormes bases de datos. Si hubiera querido, Day podría haber espolvoreado la huella digital del camarero en el plato con una pizca de azúcar en polvo del pastel de queso que había comido de postre, haber comprobado la huella, identificado al individuo y obtenido su historial antes de acabar de cenar.

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Biotecnología y Derecho: Del Modelo Industrializador al modelo tripolar de la modernidad, L Diaz M.

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BIOTECNOLOGIA Y DERECHO: DEL MODELO INDUSTRIALIZADOR AL MODELO TRIPOLAR DE LA MODERNlDAD

 

Luis Díaz Müller*

El tema de las biotecnologías, punto central de este ensayo prelimi­nar, aparece en la discusión académica conjuntamente con los gran­des avances científicos que dan vida a la Tercera Revolución In­dustrial o Revolución del Conocimiento. En efecto, las “nuevas tecnologías” (informática, robótica, microelectrónica, ingeniería genética, etc.) originaron una verdadera “revolución” o ruptura de las estrategias tecnológicas conocidas has­ta ese momento. El comienzo de esta transformación se inauguró con la ingeniería genética, que abrir los espacios de aplicación de las biotecnologías: la manipulación de la información genética para crear organismos “nuevos” y para colocar el desciframiento del me­tabolismo de la vida al servicio de la producción de riquezas. Esto constituye un cambio tecnológico “revolucionario”. Estamos en el umbral de un nuevo paradigma científico tecnológico. El propio sistema internacional, económico y político, se ve alte­rado por el impacto de esta tercera Revolución Industrial. La compe­tencia de mercados, entre los Estados Unidos, Japón y la Europa Comunitaria se relaciona directamente con las posibilidades de ad­quisición de estas nuevas tecnologías, que pueden significar la venta­ja estratégica para el control de los mercados internacionales. El do­minio del conocimiento, como postula Herbert Simon, constituirá la esencia del desarrollo en el siglo XXI. Los propósitos de este trabajo son, fundamentalmente, dos: 1) Discutir los sistemas de protección legal de las biotecnologías; y2) Vincular esta problemática a los cambios del sistema interna­cional, en especial, los derechos humanos, planteando el derrum­be del paradigma industrializador y la emergencia del paradigma tripolar de la modernidad.  

 

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Iter Jurídico 3, Amadeo de Fuenmayor, Valentín Gomez Iglesis y Pedro Rodríguez

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Iter Jurídico 3, Amadeo de Fuenmayor, Valentín Gomez Iglesis y Pedro RodríguezCAPÍTULO IX : EL CONGRESO GENERAL ESPECIAL  1. EL CONCILIO VATICANO II: NUEVAS PERSPECTIVAS Como ya señalamos en páginas anteriores, el clima general de renovación difundido en la Iglesia a partir del anuncio de la celebración de un nuevo Concilio Ecuménico, fue uno de los factores que facilitó a Mons. Escrivá iniciar los trámites en orden a la obtención de un estatuto jurídico del Opus Dei acomodado a su naturaleza. En rigor, las peticiones formuladas por el Fundador del Opus Dei eran independientes del clima o ambiente conciliar, puesto que no venían sino a expresar el carisma fundacional originario. Pero sin la nueva actitud que, poco a poco, se fue abriendo paso en los ambientes eclesiásticos, y particularmente vaticanos, a partir de 1959 -y, sobre todo, una vez clausurado el Concilio -, y sin algunas de las decisiones y enseñanzas conciliares, la historia jurídica posterior del Opus Dei no habría podido darse o, por mejor decir, debería haber adoptado tonos o requerido tiempos muy diversos.En este contexto hay que mencionar, ante todo, el gran progreso en la doctrina eclesiológica marcado por la Constitución Dogmática Lumen gentium y, más concretamente, por el hecho de que esa Constitución conciliar comenzara con un capítulo dedicado a la Iglesia como misterio, así como por la decisión, madurada en octubre de 1963, en virtud de la cual el capítulo sobre el Pueblo de Dios se anticipó, colocándolo delante del dedicado a tratar de la Jerarquía (1). Se recalcaba, así, de una parte, prolongando adquisiciones consagradas en la Mystici Corporis, que la Iglesia no. es mera sociedad, ni mera institución depositaria de una doctrina y de unos medios salvíficos, sino misterio, realidad vivida, comunicación de Dios en acto; y, de otra, se ponía de manifiesto que la Iglesia es comunidad peregrinante, pueblo que surca la historia como sacramento universal de salvación, dotado de misión, en cuanto llamado a comunicar al mundo la vida que lo sustenta y lo anima.

 

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Memoria e Identitad, Juan Pablo II

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Juan Pablo II
MEMORIA E IDENTIDAD
Conversaciones al filo de dos milenios

 
Nota del editor
El siglo xx ha sido testigo de acontecimientos históricos que han marcado un cambio decisivo en la situación política y social de muchas naciones, con gran incidencia en la vida de los ciudadanos. Hace ahora sesenta años del final de la guerra que, de 1939 a 1945, involucró al mundo en una tragedia de destrucción y muerte. En los años sucesivos, la dictadura comunista se extendió a diversas naciones de Europa centro oriental, mientras que la ideología marxista se propagaba en otras naciones del continente, así como en África, Latinoamérica y Asia. Además, el paso al siglo xxi se ha visto trágicamente afectado por la plaga del terrorismo a escala mundial: la destrucción de las Torres Gemelas en Nueva York ha sido su manifestación más impresionante. ¿Cómo no ver en todos estos acontecimientos la presencia activa del mysterium iniquitatis?
Sin embargo, junto al mal, no ha faltado el bien. Las dictaduras establecidas al otro lado del «telón de acero» no consiguieron sofocar el anhelo de libertad de los pueblos subyugados. En Polonia, a pesar de la obstrucción del régimen, nació y se consolidó el movimiento sindical conocido como Solidarnos´c´. Fue una señal de reanimación que tuvo eco también en otras partes. Y llegó 1989, que ha pasado a la historia como el año de la caída del Muro de Berlín, comenzando rápidamente el desmoronamiento de la dictadura comunista en las naciones europeas en las que había dominado por decenios. El siglo xx ha sido también el siglo en que muchas naciones, desde hacía tiempo bajo régimen colonial, han logrado su independencia. Han nacido así nuevos Estados que, aun entre condicionamientos y presiones, tienen ahora la facultad de decidir su propio destino. Hay que recordar, además, la institución de varios organismos internacionales que, tras la Segunda Guerra Mundial, han asumido la tarea de salvaguardar la paz y seguridad de los pueblos, comprometiéndose a una distribución ecuánime de los recursos disponibles, a proteger los derechos de cada persona y a reconocer las legítimas aspiraciones de los diversos grupos sociales. Finalmente, no se puede omitir el nacimiento y sucesiva ampliación de la Unión Europea.
Tampoco en la vida de la Iglesia faltaron acontecimientos que han dejado una huella profunda, dando el impulso necesario para efectuar cambios de considerable importancia para el presente y, se espera, también para el futuro del Pueblo de Dios. Entre ellos descuella sin duda el Concilio Vaticano II (1962-1965), con las iniciativas que puso en marcha: la reforma litúrgica, la constitución de nuevos organismos pastorales, el gran impulso misionero, el compromiso en el campo ecuménico y el diálogo interreligioso, por citar sólo las más destacadas. Además, ¿cómo no valorar todo el bien espiritual y eclesial surgido de la celebración del Gran Jubileo del año 2000?
****
Testigo de excepción de todos estos acontecimientos es el Papa Juan Pablo II. Ha vivido en primera persona las dramáticas y heroicas vicisitudes de su país, Polonia, al cual se ha sentido siempre muy allegado. En las últimas décadas ha sido también protagonista —primero como sacerdote, después como obispo, y finalmente como Papa— de muchos episodios de la historia de Europa y del mundo entero. Este libro presenta algunas de sus experiencias y reflexiones, que ha madurado bajo la presión de muchas formas de mal, pero sin perder de vista la perspectiva del bien, convencido de que éste, al final, saldrá victorioso. Al revisar diversos aspectos de la realidad actual, con una serie de «conversaciones al filo de dos milenios», el Santo Padre se ha detenido a reflexionar sobre fenómenos del presente a la luz de las vicisitudes del pasado, en las que ha intentado descubrir las raíces de lo que ocurre en el mundo de hoy, para ofrecer a sus contemporáneos, como individuos y como pueblos, la posibilidad de llegar, mediante un retorno a la «memoria», a una conciencia más viva de la propia «identidad».
Al escribir este libro, Juan Pablo II ha retomado los temas principales de unas conversaciones mantenidas en 1993 en Castel Gandolfo. Dos filósofos polacos, los profesores Józef Tischner y Krzysztof Michalski, fundadores del Instituto de Ciencias Humanas (Institut für die Wissenschaften von Menschen) con sede en Viena, le propusieron desarrollar un análisis crítico, tanto desde el punto de vista histórico como filosófico, de las dos dictaduras que han marcado el siglo xx: el nazismo y el comunismo. Dichas conversaciones fueron grabadas entonces y después transcritas. Pero el Santo Padre, aunque se remite a las cuestiones planteadas en aquellos coloquios, ha considerado oportuno ampliar la perspectiva de sus reflexiones. Ha querido ir más allá del contenido de aquellas conversaciones: así ha nacido este libro, en el que se tratan algunos temas cruciales para el destino de la humanidad, tras los primeros pasos del tercer milenio.
El texto mantiene la forma literaria de la conversación, para que el lector perciba más claramente que no se trata de un discurso académico, sino de un diálogo familiar en el que, si bien se afrontan con rigor los problemas planteados y se buscan las respuestas apropiadas, no se pretende hacer un desarrollo exhaustivo. Las preguntas, en su forma actual, son obra de la Redacción, y tienen el objetivo de estimular la atención del lector y facilitar la correcta comprensión del pensamiento papal. Es de desear que quienquiera que lea este libro encuentre en él respuesta, al menos, a algunos interrogantes que seguramente inquietan su corazón.
 

Memoria e Identidad JPII.PDB

Salvifici Doloris, Juan Pablo II

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SALVIFICI DOLORIS
El valor salvífico del sufrimiento

ÍNDICE
I. INTRODUCCIÓN
II. EL MUNDO DEL SUFRIMIENTO HUMANO
III. A LA BÚSQUEDA DE UNA RESPUESTA A LA PREGUNTA SOBRE EL SENTIDO DEL SUFRIMIENTO
IV. JESUCRISTO: EL. SUFRIMIENTO, VENCIDO POR EL AMOR
V. PARTÍCIPES DE LOS SUFRIMIENTOS DE CRISTO
VI. EL EVANGELIO DEL SUFRIMIENTO
VII. EL BUEN SAMARITANO
VIII. CONCLUSIÓN

 

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Sabes porqué el Papa está cansado?

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Sabes porque el Papa esta cansado? EN 23 AÑOS Y 5 MESES DE PONTIFICADO ESTAS SON ALGUNAS DE LAS RAZONES PORLAS QUE EL PAPA ESTA CANSADO.Numero de viajes fuera de Italia: 95umero de viajes en Italia sin incluir Roma: 140Visitas en Roma y Castelgandolfo: 726Beatificaciones: 1,282Canonizaciones: 456Numero de naciones visitadas: 130Numero de ciudades visitadas: 604Numero de discursos fuera de Italia: 3,430Discursos en su Pontificado: 20,341Documentos: 13 enciclicas, 13 exhortacionesapostolicas, 11constituciones apostolicas, 41 cartasapostolicas, catecismo.

Sabes porque el Papa esta cansado.doc

Porqué confesare.. E. Volpachio

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Porqué confesare.. E. Volpachio

 

Un hecho innegable: la necesidad del perdón de mis pecados

Todos tenemos muchas cosas buenas…, pero al mismo tiempo, la presencia del mal en nuestra vida es un hecho: somos limitados, tenemos una cierta inclinación al mal y defectos;  y como consecuencia de esto nos equivocamos, cometemos errores y pecados. Esto es evidente y Dios lo sabe. De nuestra parte, tonto sería negarlo. En realidad… sería peor que tonto… San Juan dice que “si decimos que no tenemos pecado, nos engañamos y la verdad no está en nosotros. Si confesamos nuestros pecados, fiel y justo es El para perdonar nuestros pecados y purificarnos de toda injusticia. Si decimos que no hemos pecado, le hacemos mentiroso y su palabra no está en nosotros” (1 Jn 1,9-10).

De aquí que una de las cuestiones más importantes de nuestra vida sea ¿cómo conseguir “deshacernos” de lo malo que hay en nosotros? ¿de las cosas malas que hemos hecho o de las que hemos hecho mal?  Esta es una de las principales tareas que tenemos entre manos: purificar nuestra vida de lo que no es bueno, sacar lo que está podrido, limpiar lo que está sucio, etc.: librarnos de todo lo que no queremos de nuestro pasado. ¿Pero cómo hacerlo?

No se puede volver al pasado, para vivirlo de manera diferente… Sólo Dios puede renovar nuestra vida con su perdón. Y El quiere hacerlo… hasta el punto que el perdón de los pecados ocupa un lugar muy importante en nuestras relaciones con Dios.

Como respetó nuestra libertad, el único requisito que exige es que nosotros queramos ser perdonados: es decir, rechacemos el pecado cometido (esto es el arrepentimiento) y queramos no volver a cometerlo. ¿Cómo nos pide que mostremos nuestra buena voluntad? A través de un gran regalo que Dios nos ha hecho.

¿POR QUÉ CONFESARSEs.PDB

Poemas,San Juan de la Cruz

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Poemas,San Juan de la Cruz 

Cántico  ¿Adónde te escondiste,Amado, y me dexaste con gemido?Como el ciervo huystehaviéndome herido;salí tras ti clamando, y eras ydo. Pastores, los que fuerdesallá por las majadas al otero,si por ventura vierdesaquél que yo más quiero,decilde que adolezco, peno y muero. Buscando mis amores,yré por esos montes y riberas;ni cogeré las flores,ni temeré las fieras,y passaré los fuertes y fronteras. ¡O bosques y espesuras,plantadas por la mano del Amado!,¡o prado de verduras,de flores esmaltado!,dezid si por vosotros ha passado. Mil gracias derramandopasó por estos sotos con presura;y, yéndolos mirando,con sola su figuravestidos los dejó de hermosura. ¡Ay!, ¿quién podrá sanarme?Acaba de entregarte ya de vero;no quieras embiarmede oy más ya mensajeroque no saben dezirme lo que quiero.

Cruz, San Juan de la – Poemas.rtf

Personalidad y Soberbia, Aguiló

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Personalidad y Soberbia, Aguiló

  • Historia de un viejo cacique
  •  

  • Intentos de supremacía
  •  

  • Personajes presuntuosos
  •  

  • El orgullo
  •  

  • Reparto de culpas
  •  

  • Nuestra verdad
  •  

  • El mal genio
  •  

  • Susceptibilidad. Piensa bien y acertarás
  • Personalidad_y_soberbia.pdb

    Informe sobre la Fe, Cardenal Joseph Ratzinger

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    INFORME SOBRE LA FE

    Card. Joseph Ratzinger

     ÍNDICE: Capítulo I: Encuentro insólitoCapítulo II: Descubrir de nuevo el concilioCapítulo III: La raiz de la crisis: la idea de iglesiaCapítulo IV: Entre sacerdotes y obisposCapítulo V: Señales de peligroCapítulo VI: El drama de la moralCapítulo VII: Las mujeres: una mujerCapítulo VII: Una espiritualidad para hoyCapítulo IX: La liturgia entre antugüedad y novedadCapítulo X: Sobre los novisimosCapítulo XI: Hermanos pero separadosCapítulo XII: Sobre una cierta “liberación”Capítulo XIII: Predicar de nuevo a cristo

    INFORME SOBRE LA FE.doc

    El Retrato de Dorian Gray, Oscar Wilde

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    El Retrato de Dorian Gray, Oscar Wilde

    Prefacio

    El artista es creador de belleza.
    Revelar el arte y ocultar al artista es la meta del arte.
    El crítico es quien puede traducir de manera distinta o con nuevos materiales su impresión de la belleza. La forma más elevada de la crítica, y también la más rastrera, es una modalidad de autobiografía.
    Quienes descubren significados ruines en cosas hermosas están corrompidos sin ser elegantes, lo que es un defecto. Quienes encuentran significados bellos en cosas hermosas son espíritus cultivados. Para ellos hay esperanza.
    Son los elegidos, y en su caso las cosas hermosas sólo significan belleza.
    No existen libros morales o inmorales.
    Los libros están bien o mal escritos. Eso es todo.
    La aversión del siglo por el realismo es la rabia de Calibán al verse la cara en el espejo.
    La aversión del siglo por el romanticismo es la rabia de Calibán al no verse la cara en un espejo.
    La vida moral del hombre forma parte de los temas del artista, pero la moralidad del arte consiste en hacer un uso perfecto de un medio imperfecto. Ningún artista desea probar nada. Incluso las cosas que son verdad se pueden probar.
    El artista no tiene preferencias morales. Una preferencia moral en un artista es un imperdonable amaneramiento de estilo.
    Ningún artista es morboso. El artista está capacitado para expresarlo todo.
    Pensamiento y lenguaje son, para el artista, los instrumentos de su arte.
    El vicio y la virtud son los materiales del artista. Desde el punto de vista de la forma, el modelo de todas las artes es el arte del músico. Desde el punto de vista del sentimiento, el modelo es el talento del actor.
    Todo arte es a la vez superficie y símbolo.
    Quienes profundizan, sin contentarse con la superficie, se exponen a las consecuencias.
    Quienes penetran en el símbolo se exponen a las consecuencias.
    Lo que en realidad refleja el arte es al espectador y no la vida.
    La diversidad de opiniones sobre una obra de arte muestra que esa obra es nueva, compleja y que está viva. Cuando los críticos disienten, el artista está de acuerdo consigo mismo.
    A un hombre le podemos perdonar que haga algo útil siempre que no lo admire. La única excusa para hacer una cosa inútil es admirarla infinitamente.
    Todo arte es completamente inútil.
    OSCAR WILDE

     

    Wilde_RetratoDorianGray.pdb

    El derecho de los farmaceuticos a negarse a vender productos abortivos según el Papa

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    Los farmacéuticos tienen derecho y deber a negarse a vender

    productos abortivos

    El Papa afirmó en el Congreso internacional de Farmacéuticos Católicos que las

    medicinas no pueden concebirse para acabar con la vida de las personas. Recordó su

    papel educativo en el justo uso de los medicamentos y sus implicaciones éticas.

    noticia farmaceuticos abortivos_pdf.pdf

    Collected work of Poe

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    Collected work of Poe

    The Raven Edition
    THE WORKS OF
    EDGAR ALLAN POE
    IN FIVE VOLUMES
    VOLUME I

    Contents
    Edgar Allan Poe, An Appreciation
    Life of Poe, by James Russell Lowell
    Death of Poe, by N. P. Willis
    The Unparalled Adventures of One Hans Pfall
    The Gold Bug
    Four Beasts in One
    The Murders in the Rue Morgue
    The Mystery of Marie Rogêt
    The Balloon Hoax
    MS. Found in a Bottle
    The Oval Portrait
    EDGAR ALLAN POE
    AN APPRECIATION

    Collected Works of Poe.pdb

    Camino de Infancia Espiritual en los Caminos de San Josemaría

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    Camino de Infancia Espiritual en los Caminos de San Josemaría

    INDICE
     
     
    1.- El camino de Infancia Espiritual en la vida del San Josemaría.
    2.- ¿Qué es?
    3.-Oración
    4.- Abandono
    5.-Miserias
    6.- Desagravio, Penitencia
    7.- Audacia, Apostolado
    8.- Niñadas
    9.- La Virgen
    —————————————
    1.- El camino de Infancia Espiritual en la vida del San Josemaría:
     
    1.1.- En los meses de septiembre y octubre de 1931, cuando en el corazón de aquel joven sacerdote germinaban tan copiosamente los afectos de amor, el Señor le confirmaba en el camino del verdadero abandono filial. Y del torrente de aquellas gracias brotó fortalecida otra vena de agua: una particular vida de infancia espiritual.
    Tenía por costumbre, no pocas veces, cuando era joven -nos dice el Fundador-, no emplear ningún libro para la meditación. Recitaba, paladeando, una a una, las palabras del Pater Noster, y me detenía -saboreando- cuando consideraba que Dios era Pater, mi Padre, que me debía sentir hermano de Jesucristo y hermano de todos los hombres.
    No salía de mi asombro, contemplando que era ¡hijo de Dios! Después de cada reflexión me encontraba más firme en la fe, más seguro en la esperanza, mas encendido en el amor. Y nacía en mi alma la necesidad, al ser hijo de Dios, de ser un hijo pequeño, un hijo menesteroso. De ahí salió en mi vida interior vivir mientras pude -mientras puedo- la vida de infancia, que he recomendado siempre a los míos, dejándolos en libertad. (Andrés Vázquez de Prada, El Fundador del Opus Dei, p.404)
     
    2.1.- El 2 de octubre, fiesta de los Ángeles Custodios, tercer aniversario de la fundación del Opus Dei, y víspera de la fiesta de Santa Teresita de Lisieux, invocó ardientemente a los espíritus celestiales, y de manera especial a su Ángel Custodio:
    Le eché piropos y le dije que me enseñe a amar a Jesús, siquiera, siquiera, como le ama él. Indudablemente Santa Teresita [ …] quiso anticiparme algo por su  fiesta y logró de mi Ángel Custodio que me enseñara hoy a hacer oración de infancia.
     ¡Qué cosas más pueriles le dije a mi Señor! Con la confiada confianza de un niño que habla al Amigo Grande, de cuyo amor está seguro; Que yo viva sólo para tu Obra –le  pedí-, que yo viva sólo para tu Gloria, que yo viva sólo para tu Amor. […]
     Recordé y reconocí lealmente que todo lo hago mal: eso, Jesús mío, no puede llamarte la atención: es imposible que yo haga nada a derechas. Ayúdame Tú, hazlo Tú por mí y verás qué bien sale. Luego, audazmente y sin apartarme de la verdad te digo: empápame, emborráchame de tu espíritu y así haré tu Voluntad. Quiero hacerla. Si no la hago es… que no me ayudas.
                Y hubo afectos de amor para mi Madre y mi Señora, y me siento ahora mismo muy hijo de mi Padre-Dios.

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    Handbook on Faith, Hope, and Love, Saint Augustine

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    Handbook on Faith, Hope, and Love, Saint Augustine

    Translated by Albert C. Outler
    This book is a brief handbook or enchiridion on the proper mode of serving God, through Faith, Hope, and Love.
    Contents
    Title Page
    1. The Occasion and Purpose of this “Manual”
    2. The Creed and the Lord’s Prayer as Guides to the Interpretation of the Theological Virtues of Faith, Hope, and Love
    3. God the Creator of All; and the Goodness of All Creation
    4. The Problem of Evil
    5. The Kinds and Degrees of Error
    6. The Problem of Lying
    7. Disputed Questions about the Limits of Knowledge and Certainty in Various Matters
    8. The Plight of Man After the Fall
    9. The Replacement of the Fallen Angels By Elect Men (28-30); The Necessity of Grace (30-32)
    10. Jesus Christ the Mediator
    11. The Incarnation as Prime Example of the Action of God’s Grace
    12. The Role of the Holy Spirit
    13. Baptism and Original Sin
    14. The Mysteries of Christ’s Mediatorial Work (48-49) and Justification (50-55)
    15. The Holy Spirit (56) and the Church (57-60)
    16. Problems About Heavenly and Earthly Divisions of the Church
    17. Forgiveness of Sins in the Church
    18. Faith and Works
    19. Almsgiving and Forgiveness
    20. Spiritual Almsgiving
    21. Problems of Casuistry
    22. The Two Causes of Sin

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    La neutralidad engañosa, Andrés Ollero

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      La neutralidad engañosa, Andrés Ollero

    Toda sociedad necesita establecer un mínimo ético, deslindando la frontera entre moral y derecho. El problema surge a la hora de obtener los criterios para resolver si un determinado problema, por su relevancia pública, debe ser regulado por el derecho. Hoy día a menudo se intentan imponer sin debate soluciones ideológicas que se presentan como neutrales. Andrés Ollero, catedrático de la Facultad de Derecho de la Universidad Rey Juan Carlos (Madrid), aborda este problema en una conferencia pronunciada en un reciente simposio sobre la objeción de conciencia. Ofrecemos un extracto.
    No cabe imponer las propias convicciones a los demás. Tan tajante afirmación, a más de drástica, suena a perogrullada. ¿Qué es eso de pretender que todos piensen como nosotros? Analizado desde otro ángulo, más jurídico, quizá cambie el panorama. Si fuera imaginable una sociedad en la que cada cual pudiera comportarse con arreglo a su leal saber y entender, ¿sería necesario el derecho? (…)

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    El Fuego de los Primeros Cristianos

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    El fuego de los primeros cristianos

    ¿Cómo reaccionaron los primeros cristianos ante el mundo que les rodeaba? A veces, aparece la tentación de atribuir la expansión del Evangelio a prodigios y milagros. Sin embargo, la fe fue el prodigio que arrastró a hombres de toda clase, condición y cultura. La fe, y el amor hacia Cristo.

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    El derecho a la Libertad Religiosa

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    El derecho a la Libertad Religiosa

    LECCIÓN 4 àANTECEDENTES HISTÓRICOS DELDERECHO DE LIBERTAD RELIGIOSA
     
    I. PRECEDENTES HISTÓRICOS.
                En el s.XIX los Documentos Pontificios rechazan la doctrina liberal. Se realiza también una valoración de las libertades proclamadas en la declaración de derechos. Basándose en ello, se explica la persecución sufrida por la Iglesia Católicaen la Revolución Francesa, e igualmente determinados preceptos anticlericales desarrollados en países europeos liberales.
     
                El Liberalismo proclama el ideal de un estado laico que se autoproclame como incompetente en materia religiosa. Frente a ello, la Iglesia Católicase opone a la separación Iglesia-Estado; los Romanos Pontífices van a tratar de impulsar un concepto cristiano del Estado, cuyo argumento principal es que si se separa la Iglesia del Estado estaríamos apartando la legislación humana de aquellas cuyo origen es humano y divino, lo que resulta inadmisible para el papado.

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    Infancia de la virgen y San Jose, Emmerick.docx

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    INFANCIA DE LA VIRGEN MARÍA
    Y SAN JOSÉ
    Revelaciones de Jesús a la
    Beata Ana Catalina Emmerick

    I Los ascendientes de María Santísima
    II Ascendientes de Santa Ana
    III San Joaquín y Santa Ana
    IV La Santa e Inmaculada Concepción de María
    V La visión de Joaquín
    VI Joaquín recibe el misterio del Arca de la Alianza
    VII Encuentro de Joaquín y Ana
    VIII El misterio de la Inmaculada Concepción
    IX Anuncio del Mesías
    X Imágenes de la Inmaculada Concepción
    XI Misterios de la vida de María
    XII Víspera de la Natividad de Nuestra Señora
    XIII Oraciones para la fiesta del Nacimiento de María
    XIV Natividad de La Virgen Santísima
    XV La Natividad de María en el Orbe
    XVI Anuncio del Nacimiento de María Virgen
    XVII La Niña recibe el dulce Nombre de María
    XVIII Preparativos para la presentación de María en el Templo
    XIX Partida al Templo de Jerusalén
    XX Jerusalén
    XXI Presentación de la Niña María en el Templo
    XXII María en el Templo
    XXIII El nacimiento de Juan es anunciado a Zacarías
    XXIV Infancia y juventud de San José
    XXV Desposorio de la Virgen María con San José
    XXVI El anillo nupcial de María
    XXVII La Casa de Nazaret y
    XXVIII Traslado de La santa casa de Nazaret a Loreto

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    Anecdotas y Virtudes, J. Eugui

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    Anecdotas y Virtudes, J.

     

    , III)
    JULIO EUGUI
    AGRADECIMIENTO
    ALEGRÍA
    AMOR A DIOS
    ÁNGELES CUSTODIOS
    APOSTOLADO
    CARIDAD
    CASTIDAD
    CIELO
    COMUNIÓN DE LOS SANTOS
    CONCIENCIA
    CONFESIÓN SACRAMENTAL
    CONTRICIÓN
    CONVERSIÓN
    COSAS PEQUEÑAS
    CRUZ
    DEMONIO
    DIRECCIÓN ESPIRITUAL
    EJEMPLARIDAD
    ENVIDIA
    ESPERANZA
    ESPÍRITU SANTO
    EUCARISTÍA
    EXAMEN
    FE
    FELICIDAD
    FILIACIÓN DIVINA
    FIN DEL HOMBRE
    FORMACIÓN
    FORTALEZA
    GENEROSIDAD

    Anecdotas Eugui3s.PDB

    Devocionario

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    Devocionario

     

    Devociones y Oraciones en honor a la Santísima Trinidad

     

    Devociones Eucarísticas

     

    Para antes de la Misa

     

    Oraciones para el sacerdote

     

    Para después de la Misa

     

    Oraciones para el sacerdote

     

    A Jesús Sacramentado

     

    Devociones a Santa María

     

    Devociones a San José

     

    Para fomentar la Contrición y preparar el Sacramento de la Penitencia

     

    Oraciones por los difuntos

     

    Salmos y cánticos de la Sagrada Escritura

     

    Bendición de la mesa

     

    Oraciones de la mañana

     

    Oraciones de la noche

     

    Devociones a Santos y Santas

     

    Otras oraciones y devociones

    DEVOCIONES Y ORACIONES EN HONOR A LA SANTISIMA TRINIDAD

     

    Al santiguarse [Latín]

     

    Al signarse [Latín]

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    Carta Pastoral con Motivo de la Eucaristía, Mons Javier Echevarría

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    Carta pastoral con motivo del Año de la Eucaristía
    S.E. Mons. Javier Echevarría
    Prelado del Opus Dei
    Roma, 6 de octubre de 2004

     
    «En la Santísima Eucaristía se contiene todo el bien espiritual de la Iglesia, es decir, Cristo mismo, nuestra Pascua y Pan vivo, que por su Carne vivificada y que vivifica por el Espíritu Santo, da vida a los hombres»[1]. Esta misteriosa e inefable manifestación del amor de Dios por la humanidad, ocupa un lugar privilegiado en el corazón de los cristianos y, concretamente, de los hijos de Dios en el Opus Dei. Así lo enseñó nuestro queridísimo Padre con su ejemplo, con su predicación y con sus escritos, cuando afirmaba que la Eucaristía constituye «el centro y la raíz de la vida espiritual del cristiano»[2].
    Por eso, nos ha llenado de alegría la decisión del Santo Padre, hecha pública en la pasada Solemnidad del Corpus Christi, de celebrar un Año de la Eucaristía en la Iglesia universal. Recordáis que este tiempo comienza en este mes de octubre, con el Congreso Eucarístico Internacional de Guadalajara (México), y se concluirá en octubre de 2005, con la Asamblea ordinaria del Sínodo de Obispos, dedicada precisamente a este admirable Sacramento.
    En continuidad ideal con el Jubileo del 2000 y en el espíritu de la Carta Apostólica Novo Millennio ineunte, deseo que los fieles de la Prelatura, los Cooperadores y las personas que se forman al calor del espíritu de la Obra, diariamente secundemos al Romano Pontífice y procuremos con todas nuestras fuerzas que la Sagrada Eucaristía ocupe cada vez más el núcleo de nuestra existencia entera. También os sugiero que, en este Año

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    En las Afueras de Jericó, Julian Herranz

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    En las Afueras de Jericó, Julian Herranz

    En las afueras de Jericó, un mendigo ciego, Bartimeo (cfr. Mc 10, 46-52), se hallaba sentado junto al camino por donde pasaba, entre el ruido de la multitud, Jesús Nazareno, aquel que había dicho: “Yo soy la luz del mundo; el que me sigue no caminará en tinieblas” (Jn 8, 12). Entonces Bartimeo gritó y gritó:
    -¡Jesús, Hijo de David, ten compasión de mí!
    Desde hace dos mil años resuenan en el mundo las palabras del conmovedor diálogo que siguió:
    – ¿Qué quieres que te haga?
    – ¡Domine, ut videam!- ¡Señor, que vea!
    Y Jesús, misericordioso, iluminó los ojos y la vida entera de aquel hombre:
    – Anda, tu fe te ha salvado.
    Al instante, Bartimeo recobró la vista y comenzó a seguir a Jesús.
    Muchas veces, a lo largo de los veintidós años de convivencia diaria que pasé con san Josemaría, desde 1953 a 1975, le oí decir: “Meditando hace tantos años este pasaje del Evangelio e intuyendo que Jesús esperaba algo de mí, aunque no sabía qué, repetía incesantemente como el pobre ciego de Jericó: Domine, ut videam, ¡Señor, que yo vea lo que Tú quieres de mí!”.
    La inmensa muchedumbre llegada de todo el mundo que, el 6 de octubre de 2002, asistió gozosa y orante a la solemne canonización del fundador del Opus Dei, sabía que Jesús había escuchado muchos años antes la plegaria confiada y tenaz de Josemaría, al igual que escuchó en su día la de Bartimeo.
    El lector de este libro ya habrá advertido que, en el subtítulo, se incluye la preposición con. En efecto, no todos los recuerdos personales que aquí se recogen son de san Josemaría -esto es, recuerdos de él o de hechos vividos junto a él hasta su muerte-, sino también de posteriores acontecimientos y situaciones de la vida de la Iglesia y de mi trabajo en la Santa Sede, especialmente de los años cerca de Juan Pablo II, de 1978 a 2005.
    Transcribo una frase de un apunte personal mío, escrito en Jerusalén la noche del 25 de junio de 1999: “De un arbusto crecido junto al camino de Jericó he cortado una pequeña rama, para tocar con ella la urna donde reposan en Roma los amadísimos restos del hombre que fue el instrumento de quien Dios se sirvió para que mi alma en tinieblas clamase a Cristo, lo encontrase al fin, se enamorase de El y lo siguiera”.

    En las afueras de Jericó.pdb

    Dificultades en la etapa adolescente, Aguiló Pastrana

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    Dificultades en la etapa adolescente, Aguiló Pastrana

     

  • Vencer la timidez. El caso de Marcos
  •  

  • Superar el egoísmo. Algunos ejemplos
  •  

  • La carcoma de la envidia. Cirugía a tiempo
  •  

  • La esclavitud de la pereza
  •  

  • No rendirse a lo fácil. Un caso típico
  •  

  • Ante la falta de dotes naturales. Alicia
  •  

  • Un error advertido a tiempo. Roberto y Marta
  •  

  • La “movida
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    Entrevista a D. Alvaro

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    Entrevista a D. Alvaro 

    Agradecimiento

    Ante todo, deseo dejar constancia de mi más profundo reconocimiento a Mons. Alvaro del Portillo por la generosidad con que ha puesto a mi alcance sus recuerdos personales, junto con cartas y documentos, que iluminan rasgos hasta ahora inéditos de la atrayente figura del Fundador del Opus Dei, al que desde el 17 de mayo de 1992 la Iglesia venera como Beato.

    Por sus cuarenta años de convivencia con Mons. Josemaría Escrivá, Mons. Alvaro del Portillo es un testigo privilegiado –es más, único– de la vida santa del Fundador y de su incansable y heroica actividad por el bien de la Iglesia y de todas las almas.

    Este libro es relativamente breve, ya que sólo aborda algunos aspectos de la personalidad del Fundador y de su correspondencia a la iniciativa divina, sin pretender ser exhaustivo. Es tan grande su riqueza espiritual que tal vez ni siquiera pueda describirse adecuadamente en un libro más extenso. Considero que el mensaje del Fundador –una espiritualidad encarnada– se pone especialmente de manifiesto a través de un conjunto de anécdotas, hechos concretos, experiencias vividas, casi mejor que en una exposición conceptual. Este libro, por tanto, no pretende sustituir a las biografías del Fundador del Opus Dei, cuyo conocimiento en cierto sentido se presupone y, además, ayuda a situar históricamente las informaciones, en gran parte inéditas, que aquí se proporcionan.

    Realizar esta entrevista ha constituido una experiencia profesional y espiritual gratificante. Profundizar en el conocimiento de un hombre de Dios, tan querido, a través de la experiencia viva del hijo más próximo, ha sido motivo de una íntima alegría.

    Sólo me resta desear a los lectores de estas páginas que su alma quede removida por la vida y las virtudes del Beato Josemaría, fidelísimamente reflejadas en las palabras de su sucesor, Mons. Alvaro del Portillo.

     

    Entrevista a Don Alvaro.PDB.pdb

    Obras de Benedicto XVI

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    Obras de Benedicto XVI

    Encíclicas
    Motu propio
    Constituciones apostólicas
    Exortaciones apostólicas
    Cartas apostólicas
    Cartas
    Discursos
    Audiencias
    Mensajes
    Visitas Ad Limina Apostolorum
    Homilías
    Viajes
    Ángelus
    Biografía

    Benedicto XVI.pdb

    ¿Qué afinidades políticas tenía Jesús?, Francisco Varo.pdf

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    ¿Qué afinidades políticas tenía Jesús?, Francisco Varo

    Jesús fue acusado ante la autoridad romana de

    promover una revuelta política (cf. Lc 23, 2).

    Mientras deliberaba, el procurador Pilato recibió

    presiones para que lo condenase a muerte por ese

    motivo: «¡Si sueltas a ése no eres amigo del César!

    ¡Todo el que se hace rey va contra el César!» (Jn

    19,12). Por eso, en el titulus crucis donde se

    indicaba el motivo de la condena estaba escrito:

    «Jesús Nazareno, rey de los judíos».

    Sus acusadores tomaron como pretexto la

    predicación que Jesús había realizado acerca del

    Reino de Dios, un reino de justicia, amor y paz, para

    presentarlo como un adversario político que podría

    acabar planteando problemas a Roma. Pero Jesús no

    participó directamente en la política ni tomó partido

    por ninguno de los bandos o tendencias en los que

    se alineaban las opiniones y la acción política de las

    gentes que entonces vivían en Galilea o Judea.

    Esto no quiere decir que Jesús se desentendiera

    50.pdf

    SOLLICITUDO REI SOCIALIS, Juan Pablo II

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    SOLLICITUDO REI SOCIALIS, Juan Pablo III. INTRODUCCIÓN La preocupación social de la Iglesia 20 aniversario de la Populorum Progressio Continuidad y renovación de la Doctrina Social de la Iglesia Momento histórico dramático II. NOVEDAD DE LA ENCÍCLICA «POPULORUM PROGRESSIO» Aplicación de las enseñanzas del Concilio Desarrollo de los pueblos Universalidad de la cuestión social «El desarrollo es el nuevo nombre de la Paz» III. PANORAMA DEL MUNDO La esperanza de desarrollo, muy lejana de la realidad Alargamiento del abismo entre Norte y Sur Indicaciones del subdesarrollo Causas de este empeoramiento Crisis de la vivienda Desempleo y subdesempleo La deuda internacional Dos bloques contrapuestos: Capitalismo liberal y Colectivismo marxista Actitud crítica de la Iglesia Tendencia al imperialismo Producción y comercio de armas El problema demográfico Aspectos positivos IV. EL AUTÉNTICO DESARROLLO La mera acumulación de bienes no proporciona la felicidad humana Realidad trascendente del hombre Cooperar al desarrollo de todo hombre y de todos los hombres Los adornos superfluos de los templos y los objetos preciosos del culto, al servicio de los pobres. Un imperativo común Carácter moral de desarrollo Conservación de la naturaleza  V. UNA LECTURA TEOLÓGICA: DE LOS PROBLEMAS MODERNOS Un mundo sometido a estructuras de pecado Afán de ganancia exclusiva y sed de poder Creciente interdependencia entre los hombres y entre naciones La solidaridad, un camino hacia la paz y hacia el desarrollo Solidaridad humana y cristiana VI. ALGUNAS ORIENTACIONES PARTICULARES La Iglesia no tiene técnicas Opción preferencial por los pobres Algunas reformas necesarias Colaboración internacional VII. CONCLUSIÓN


     

    sollicitudo.doc

    Cristianismo como adviento, Joseph Ratzinger

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    CRISTIANISMO COMO ADVIENTO
    ¿ESTAMOS SALVADOS? O, JOB HABLA CON DIOS
    JOSEPH RATZINGER

    LA Iglesia celebra esta semana el adviento, y nosotros con ella. Si reflexionamos sobre lo que aprendimos en nuestra infancia acerca del adviento y su sentido, recordaremos que se nos dijo que la corona de adviento, con sus luces, es un recuerdo de los miles de años (quizás miles de siglos) de la historia de la humanidad antes de Jesucristo. Nos recuerda a todos aquella época en que una humanidad irredenta esperaba la salvación. Nos trae a la memoria las tinieblas de una historia todavía no redimida, en la que las luces de la esperanza sólo se encendían lentamente hasta que, al fin, vino Cristo, luz del mundo, y lo libró de las tinieblas de la condenación. Aprendimos también que estos miles de años antes de Cristo eran un tiempo de condenación, a causa del pecado original, mientras que los siglos posteriores al nacimiento del Señor son «anni salutis reparatae», años de la salvación restablecida. Recordaremos, finalmente, que se nos dijo que en adviento la Iglesia, además de pensar en el pasado, en el período de condenación y de espera de la humanidad, se fija también en la multitud de los que aún no han sido bautizados, para los que todavía sigue siendo adviento, porque esperan y viven en las tinieblas de la falta de salvación.

    xmo_es_adviento_Rtzgr.pdb

    Del Amor y Otros Demonios pdf, García Marquez.pdf

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    Del Amor y Otros Demonios pdf, García Marquez

    El 26 de octubre de 1949 no fue un día de grandes noticias.

    El maestro Clemente Manuel Zabala, jefe de redacción del diario

    donde hacía mis primeras letras de reportero, terminó la reunión

    de la mañana con dos o tres sugerencias de rutina. No

    encomendó una tarea concreta a ningún redactor. minutos

    después se enteró, por teléfono de .que estaban vaciando las

    criptas funerarias del antiguo convento de Santa Clara, y me

    ordenó sin ilusiones:

    «Date una vuelta por allá a ver qué se te ocurre».

    (El histórico convento de las clarisas, convertido en hospital

    desde hacía un siglo, iba a ser vendido para construir en su lugar

    un hotel de cinco estrellas. Su preciosa capilla estaba casi a la

    intemperie por el derrumbe paulatino del tejado, pero en sus

    criptas permanecían enterradas tres generaciones de obispos y

    abadesas y otras gentes principales. El primer paso era

    desocuparlas, entregar los restos a quienes los reclamaran, y tirar

    el saldo en la fosa común, Me sorprendió el primitivismo del

    método. Los obreros destapaban las fosas a piocha y azadón,

    sacaban los ataúdes podridos que se desbarataban con sólo

    moverlos, y separaban los huesos del mazacote de polvo con

    jirones de ropa y cabellos marchitos. Cuanto más ilustre era el

    muerto más arduo era el trabajo, porque había que escarbar en

    los escombros de los cuerpos y cerner muy fino sus residuos para

    rescatar las piedras preciosas y las prendas de orfebrería.

    El maestro de obra copiaba los datos de la lápida en un

    cuaderno de escolar, ordenaba los huesos en montones

    separados, y ponía la hoja con el nombre encima de cada uno

    para que no se confundieran. Así que mi primera visión al entrar

    en el templo fue una larga fila de montículos de huesos,

    recalentados por el bárbaro sol de octubre que se metía a

    chorros por los portillos del techo, y sin más identidad que el

    nombre escrito a lápiz en un pedazo de papel. Casi medio siglo

    después siento todavía el estupor que me causó aquel testimonio

    terrible del paso arrasador de los años.

    Allí estaban, entre muchos otros, un virrey del Perú y su

    amante secreta; don Toribio de Cáceres y Virtudes, obispo de

    esta diócesis; varias abadesas del convento, entre ellas la madre

    Josefa Miranda, y el bachiller en artes don Cristóbal de Eraso, que

    había consagrado media vida a fabricar los artesonados. Había

    una cripta cerrada con la lápida del segundo marqués de

    Casalduero, don Ygnacio de Alfaro y Dueñas, pero cuando la

    abrieron se vio que estaba vacía y sin usar. En cambio los restos

    de su marquesa, doña Olalla de Mendoza, estaban con su lápida

    propia en la cripta vecina. El maestro de obra no le dio

    importancia: era normal que un noble criollo hubiera aderezado

    su propia tumba y que lo hubieran sepultado en otra.

    Garcia Marquez, Gabriel – Del Amor y otros Demonios.pdf

    35 mensajes de Papa en Sidney

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    35 mensajes del Papa en Sidney

    “Profetas de una nueva época”, ha llamado Benedicto XVI a los jóvenes en Australia. Para quienes han estado y para quienes no, resumimos en 35 ideas breves algunas intervenciones del Santo Padre.

     

    Textos BXVI JMJ 08-.pdb

    La Fidelidad, Juan Pablo II

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    LA FIDELIDAD ES LA PRIMERA

     CONDICION DE LA EXISTENCIA Y DEL

     DESARROLLO DE LA IGLESIA EN EL

     MUNDO

    Discurso de Su Santidad Juan Pablo II a un grupo de peregrinos polacos

    . «Te alabamos, Señor. En ti confiamos (…). Te alaba el blanco ejército de los mártires». Estas palabras, tomadas del himno de acción de gracias Te Deum, fueron el lema de mi encuentro con la Iglesia de Bielsko­Zywiec, en Skoczow. Hoy las repito en Roma, ante las tumbas de los Apóstoles, como saludo a un grupo tan numeroso de peregrinos de esa diócesis. Saludo con alegría al querido monseñor Tadeusz, ordinario de la diócesis de Bielsko­Zywiec, a su colaborador monseñor Janusz y a los sacerdotes que representan a todo el presbiterio de la diócesis. Saludo a los representantes del voivodato y de las ciudades. Doy la bienvenida y saludo cordialmente a todos los peregrinos aquí reunidos. A través de vosotros quiero saludar también a los ausentes, unidos espiritualmente a nosotros. Cuando me hallaba en la colina de Kaplicowha, abarcaba con mi mirada y con mi corazón la sierra de Bielsko, Zywiec, la Silesia de Cieszyn, Oswiecim, Kety y Andrychow. Hoy, desde la colina vaticana, mi mirada se dirige hacia toda la Polonia meridional, que está siempre muy cerca de mi corazón por mis raíces, por el recuerdo de su admirable belleza, pero sobre todo por el testimonio antiguo y actual de su fidelidad al Evangelio y a la Iglesia, de la que me he alimentado abundantemente desde los anos de mi adolescencia.

    LaFidelidad.rtf

    Isidoro Zorzano y José Miguel Pero Sanz, José Mª Palomar Garcés

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    Isidoro Zorzano y José Miguel Pero Sanz, José Mª Palomar Garcés

     Índice:
    Capítulo 1 : Agradecimientos
    Capítulo 2 : Nace Isidoro, de padres inmigrantes
    Capítulo 3 : Infancia en Logroño
    Capítulo 4 : Alumno de bachillerato
    Capítulo 5 : Preparando el ingreso
    Capítulo 6 : Los Zorzano arruinados
    Capítulo 7 : Fin de carrera
    Capítulo 8 : Ingeniero de ferrocarriles
    Capítulo 9 : En los ferrocarriles andaluces
    Capítulo 10 : Aprendiendo a ser santo
    Capítulo 11 : Últimos años malagueños
    Capítulo 12 : Isidoro en Madrid
    Capítulo 13 : Por cárceles y embajadas
    Capítulo 14 : Al servicio de todos, para todos
    Capítulo 15 : Director en Madrid
    Capítulo 16 : Jefe de estudios de material y tracción
    Capítulo 17 : Como un hijo mayor
    Capítulo 18 : Herido ya de muerte
    Capítulo 19 : A la casa del cielo
    Capítulo 20 : Una lamparilla que se consume
    Capítulo 21 : Epílogo
     
    Capítulo 1 : Agradecimientos
     
    El autor agradece, de todo corazón, las abundantes ayudas que le han permitido llevar a cabo su trabajo.
    En primer lugar, el acceso a la documentación proporcionado por el Archivo General y por la Postulación de la Prelatura del Opus Dei, en Roma; lo mismo que por parte de la Vicepostulación en Madrid.
    También agradece, de modo señalado, a doña María Teresa Munárriz Zorzano (q.e.p.d.), sobrina de Isidoro, por su colaboración insustituible.
    Es análogamente de justicia reseñar las facilidades de trabajo encontradas en el Archivo y en la Hemeroteca municipales de Madrid; en las bibliotecas Nacional, de la Bolsa de Comercio y del Banco de España; en los archivos de las parroquias madrileñas de San Miguel y San Justo, San Sebastián, Santiago, San Ginés y San José; así como en el de las parroquias madrileñas de San Miguel y San Justo, San Sebastián, Santiago, San Ginés y San José; así como en el de la Escuela Técnica Superior de Ingenieros Industriales y en el del Cuartel General del Ejército.
    Manifiesta su gratitud, en La Rioja, a los archivos parroquiales de Nuestra Señora del Buen Suceso (Peñaloscintos), San Martín (Ortigosa) y Santa María de la Redonda (Logroño); al Archivo Municipal de Logroño; al del Colegio de San José de los Hermanos Maristas y al del Instituto “Práxedes Mateo Sagasta”. También al Registro Civil de la capital riojana.
    Quede constancia, igualmente, de la colaboración hallada por el autor en Málaga: en el Archivo Municipal (incluida su hemeroteca), así como en los de la Escuela de Ingenieros Técnicos, de la antigua Escuela Industrial y de la Catedral. Lo mismo que en otras instituciones, como la Sociedad Excursionista o la Casa del Niño Jesús.
    En otras localidades españolas, también han prestado su apoyo el Archivo General Militar (Segovia) y el de la Parroquia de San Andrés (Navalmoral de la Mata, Cáceres).
    Por lo que se refiere a Buenos Aires, merecen reconocimiento las facilidades recibidas por el autor en el Archivo General de la Nación; en la Biblioteca (y hemeroteca) Nacional; en el Centro de Estudios Migratorios Latinoamericanos; en la Dirección de Migraciones y en los archivos parroquiales de San Miguel, Nuestra Señora de la Piedad y Nuestra Señora de Balvanera. También el Archivo General del Registro del Estado Civil y Capacidad de las Personas, de la Municipalidad de Buenos Aires, proporcionó la documentación solicitada. Sin olvidar la magnífica hospitalidad y apoyo por parte del Centro Universitario de Estudios (CUDES).
    En cuanto a colaboraciones personales, son dignos de gratitud los parientes, amigos, compañeros, alumnos y subordinados de Isidoro, que -tanto en Argentina, como en La Rioja, Madrid y Málaga- proporcionaron informaciones y orientación. En su lugar se citan oportunamente los testimonios al autor, por parte de D. Ramón Alesanco, Dña. Angelita Altisent, Dña. María Enriqueta Cañada Zorzano, D. Francisco Cobos, D. Tomás Delgado Pérez de Alba, D. Santiago Escrivá de Balaguer, D. Andrés Félez, Dña. Ángeles Gómez Clavero, Dña. Carmen González Prados, D. Ramón Hernández Zorzano, D. Enrique Leal León, Dña. María del Carmen Lewin, Dña. Ángeles López, D. Ángel Martínez Hoyuelos, D. Adolfo Mendoza Noblejas, Dña. María Dolores Monserrate Mendoza, Dña. Carmen Nájera, Dña. María Luz Parra Aramendía, Dña. Feli Pérez García, las hermanas Elvira, Isabel y Olga Pérez Welschy, Dña. Victoria Prados, D. Matías Prats y Dña. Rafaela Vicente. (A estos nombres, que se citan, habría que añadir los de quienes también han facilitado informaciones de interés. Por ejemplo, Dña. Balbina Marín, D. Isaías García y su hermana Dña. Mercedes, D. Eduardo Gantes, D. Manuel Otaola, las esposas de D. Ricardo Pérez Calvet y D. Calixto García, o la hija de D. Manuel Avello.)
    Muchas otras personas, sin aportar declaraciones propias, prestaron ayudas muy valiosas. Es el caso, en Buenos Aires, del licenciado Esteban Miller, que buscó documentos e hizo de guía eficaz para el autor; en Logroño, el doctor Fernando Pons; en Málaga, el doctor José Miguel Ponce. Un reconocimiento similar merecen el Rvmo. P. Luigi Favero (actualmente Superior General de los Misioneros de San Carlos), Dña. Carmen de la Hera, D. Sebastián Ferrer, D. José Ramón Sacristán, D. José Calderón, la Sra. Condesa de Artaza, D. Javier Arbaiza, D. Mariano Retegui, D. Agustín Robledo y tantos otros, cuya relación sería interminable.
    El autor, por último, quiere destacar la generosa, entusiasta y eficacísima colaboración recibida de los doctores Josemaría Revuelta Somalo y José Antonio Pero-Sanz Elorz.

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    Carta alos Jefes de Estado, Juan Pablo II

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    Carta alos Jefes de Estado, Juan Pablo IISeñor presidente:  La comunidad de las naciones ha iniciado desde hace poco la celebración del Año internacional de la familia, oportunamente promovido por la Organización de las Naciones Unidas.  La Conferencia internacional sobre la población y el desarrollo, convocada también por la ONU y que tendrá lugar en El Cairo durante el mes de septiembre de 1994, constituirá igualmente una cita importante dentro del presente año. Los responsables de las naciones tendrán así la oportunidad de verificar las reflexiones y los compromisos de las anteriores Conferencias, que sobre temas similares tuvieron lugar en Bucarest (1974) y en Ciudad de México (1984). Sin embargo, la opinión pública espera, sobre todo del encuentro de El Cairo, orientaciones para el futuro, bien consciente de los grandes retos que se presentan a todos, tales como el bienestar y el desarrollo de los pueblos, el crecimiento demográfico mundial, el envejecimiento de la población en algunos países industrializados, la lucha contra las enfermedades o los éxodos forzosos de poblaciones enteras.  La Santa Sede, fiel a su misión y con los medios que le son propios, se asocia gustosamente a todos estos esfuerzos en favor de la gran familia humana. Para la Iglesia católica ha comenzado también, el 26 de diciembre pasado, un Año de la familia, con el que se invita a todos los fieles a una reflexión espiritual y moral sobre esta realidad humana, fundamental en la vida de los hombres y de las sociedades.

     

    CARTA A LOS JEFES DE ESTADO .doc

    Textos de Santa Teresa de Avila

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    Textos de Santa Teresa de Avila 

    Santa Teresa de Ávila
    (Colección de textos recopilados de: htp:\\www.interrogantes.net y preparados por José Luis López Lubián: jl_lopez@retamar.com)
     
    Obrar con decisión

    Digo que importa mucho, y el todo, una grande y muy determinada determinación de no parar hasta llegar, venga lo que viniere, suceda lo que sucediere, trabájese lo que se trabajare, murmure quien murmurare, siquiera llegue allá, siquiera se muera en el camino o no tenga corazón para los trabajos que hay en él, siquiera se hunda el mundo, como muchas veces parece cuando decimos: «hay peligros», «fulana por aquí se perdió», «el otro se engañó», «el otro, que rezaba mucho, cayó», «hacen daño a la virtud», «no es para mujeres, que les podrán venir ilusiones», «mejor será que hilen», «no han menester esas delicadeces»… (Camino de perfección, cap. 21, 2).

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    Anecdotas Varias

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    Anecdotas 

     Abandono
    5
    UNA ORACIÓN “DE BOLSILLO”
    En Caglio, cerca del lago Como, al norte de Italia, pasan unos días de descanso. El Padre y don Álvaro llegan cansados, breados por un año de trabajo muy exigente y en el que determinadas buenas personas del Vaticano -concretamente, uno- han seguido dando pábulo a esa atmósfera de desconfianza, de diffidenza, contra la Obra, que dura ya demasiado tiempo.
    Este año 1971, en los momentos más inclementes, nuestro Fundador repite unas palabras, una especie de oración de bolsillo, que escribió a vuela pluma, para dejarlo todo en las manos poderosas de Dios:
    Señor, Dios mío, en tus manos abandono lo pasado, lo presente y lo futuro, lo pequeño y lo grande, lo poco y lo mucho, lo temporal y lo eterno.
    Pilar Urbano, El hombre de Villa Tevere

    SOY DIOS Y NADA HUMANO ME ES AJENO
    Dicen que el Génesis y el Apocalipsis, alfa y omega de la literatura revelada, son metáforas. Y dicen bien, lo son, en cierto modo. ¿Habría otra manera de explicar, para hombres… para niños, la creación y la regeneración del universo cósmico? También Jesucristo -la palabra de Dios que se expresa y se pronuncia con palabrillas y acentos y entonaciones humanas-, para explicar qué inmensa y portentosa cosa es el Reino de los cielos, recurre a la semejanza, a la parábola, al cuentecillo fácil y de remoto parecido… No está, pues, fuera de lugar echar mano a la metáfora y llamar juego divino o jugada maestra de Dios a esa trama que se da entre el cielo y la tierra. Dios mismo tiene declarado que sus delicias son estar con los hijos de los hombres, y que ese deleite es lúdico: ludens in orbe terrarum, Dios juega sobre el orbe de las tierras. Dios se divierte, Dios disfruta, Dios goza… con los gestos y las gestas de los hombres. ¡Dios baila con los hombres!
    Cuando Dios mira a su Hijo, Cristo, dice Hombre, y cuando mira a su hijo, hombre, dice Cristo. Si Dios leyera a los clásicos, al echarse a la cara a Terencio -no Epicteto como cita Pilar Urbano- (Soy hombre y nada humano me es ajeno), seguro que sonreiría: Soy Dios y nada humano me es ajeno.
    Pilar Urbano, El hombre de Villa Tevere

    Aborto

    Tono Chang
     Y ahora viene aquí como anillo al dedo, para atemperar la emoción, la bienhumorada historia que hace un momento os prometía y que el Padre refería de un hijo suyo, chino, Doctor en medicina, que trabajaba en una nación americana: Es una cosa verdaderamente original. Fue una indita, empujada por la propaganda diabólica que algún Estado hace en tierras americanas, para decirle que quería abortar. Este médico le aclaraba:
     -¡Esto no se puede hacer, es un crimen! ¡Esto es un asesinato!
     “Yo suscribo que es un asesinato: un asesinato diabólico, porque esa pobre criatura ni siquiera se puede defender…
     Además, para mí, que tengo la fe entera, es privarle del Cielo. Esa criatura, sin recibir el bautismo ¿a dónde irá?. Sacar todas las consecuencias que queráis, porque estáis en lo cierto.
     Cuando vio que no podía con aquella mujer, que se iría seguramente a otro médico, tuvo una moción verdaderamente sobrenatural: algo así como un juicio de Salomón. Le preguntó:
     -¿Cuántos hijos tienes?
     La indita contestó que seis o siete.
     – Y el mayor ¿qué edad tiene?
     – Nueve años.
     -¿Por qué no quieres tener este otro?
     – Porque no les puedo dar de comer.
     Entonces le dijo ese hijo mío:
     – Pues mira, no; a este que te va a nacer, no; pero tráeme al de nueve años, que te lo mataré.
     La mujer se llevó las manos a la cabeza:
     -¡No!, ¡no!

    Anécdotas1.PDB

    Discurso en el Congreso “el desafío del secularismo y el futuro de la fe”, Juan Pablo II

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    Dios no es el rival del hombre, sino el garante de su libertad y la fuente de su felicidad

    Discurso de S.S. Juan Pablo II
    al Congreso Internacional
    «El desafío del secularismo y el futuro de la fe
    en el umbral del tercer milenio»
    Roma, 2 de diciembre de 1995

    Señores cardenales; ilustres profesores; amadísimos hermanos y hermanas:

    1. Me alegra acogeros al término del Congreso internacional dedicado al tema: «El desafío del secularismo y el futuro de la fe en el umbral del tercer milenio». Saludo cordialmente a cada uno de vosotros, en particular a los señores cardenales Paul Poupard, presidente del Consejo pontificio para la cultura y Jozef Tomko, prefecto de la Congregación para la evangelización de los pueblos y gran canciller de la Pontificia Universidad Urbaniana, que han organizado el congreso. Asimismo, saludo a los colaboradores, a los expertos y a todos los participantes en los trabajos de este congreso.

    En la carta apostólica Tertio millennio adveniente he centrado la atención en el hecho de que la época actual, además de muchas luces también presenta algunas sombras, especialmente «la indiferencia religiosa» y «la atmósfera de secularismo y relativismo ético» (n. 36), y he pedido «que se estimen y profundicen los signos de esperanza presentes en este último tramo de siglo, a pesar de las sombras que con frecuencia los esconden a nuestros ojos» (n. 46). Doy gracias de corazón a la Pontificia Universidad Urbaniana, que cuenta con la colaboración activa del Instituto superior para el estudio de la no creencia, de la religión y de las culturas, por haber respondido, junto con el Consejo pontificio para la cultura, a mi invitación.

    DIOS NO ES RIVAL DEL HOMBRE.doc

    ADORO TE DEVOTE

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    ADORO TE DEVOTE
     

    + Adoro te, devote, latens déitas, quæ sub his figúris vere látitas. Tibi se cor meum totum súbiicit, quia te contémplans totum déficit
    + Visus, tactus, gustus in te fállitur, sed audítu solo tuto créditur; credo quidquid dixit Dei Fílius: nil hoc verbo veritatis vérius
    + In Cruce latébat sola déitas, at hic latet simul et humánitas; ambo tamen credens atque cónfitens, peto quod petívit latro poenitens
    + Plagas, sicut Thomas, non intúeor, Deum tamen meum te confíteor; fac me tibi semper magis crédere, in te spem habére, te dilígere
    + O memoriále mortis Dómini! Panis vivus, vitam præstans hómini; præsta meæ menti de te vívere, et te illi semper dulce sápere
    + Pie pellicáne, Iesu Dómine, me immundum munda tuo sánguine: cuius una stilla salvum fácere totum mundum quit ad omni scélete
    + Iesu, quem velátum nunc aspício, oro, fiat illud quod tam sítio; ut te reveláta cernens fácie, visu sim beátus tuæ gloriæ Amen
     
    Deus, qui nobis sub Sacraménto mirábili passiónis tuæ memoriam reliquísti, tríbue quæsumus, ita nos Córporis et Sánguinis tui sacra mystéria venerari, ut redemptiónis tuæ fructum in nobis iúgiter sentiamus. Qui vivis et regnas in sæcula sæculórum. (Amen)
    [Inicio]
     

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    Virgen María, Juan Pablo II

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    Virgen María, Juan Pablo II

    Dirigíos con frecuencia a María en vuestras oraciones, porque
    «jamás se oyó decir que ninguno
    de los que han acudido a su protección,
    implorado su socorro y pedido su intercesión
    haya sido desamparado de Ella».
    Totus Tuus. Esta fórmula no tiene solamente un carácter piadoso, no es una simple expresión de devoción: es algo más. La orientación hacia una devoción tal se afirmó en mí en el período en que, durante la segunda guerra mundial, trabajaba de obrero en una fábrica. En un primer momento me había parecido que debía alejarme un poco de la devoción mariana de la infancia, en beneficio de un cristianismo cristocéntrico. Gracias a san Luis Grignon de Montfort comprendí que la verdadera devoción a la Madre de Dios es, sin embargo, cristocéntrica, más aún, que está profundamente arraigada en el Misterio trinitario de Dios, y en los misterios de la Encarnación y la Redención.
    María Santísima continúa siendo la amorosa consoladora en tantos dolores físicos y morales que afligen y atormentan a la humanidad. Ella conoce nuestros dolores y nuestras penas, porque también Ella ha sufrido, desde Belén al Calvario: «Y una espada atravesará tu alma.» María es nuestra Madre espiritual, y la madre comprende siempre a los propios hijos y los consuela en sus angustias.

    Virgen María JPII.PDB

    El licenciado vidriera, Cervantes

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    El licenciado vidriera, Cervantes

     Paseándose dos caballeros estudiantes por las riberas de Tormes, hallaron en ellas, debajo de un árbol durmiendo, a un muchacho de hasta edad de once años, vestido como labrador. Mandaron a un criado que le despertase; despertó y preguntáronle de adónde era y qué hacía durmiendo en aquella soledad. A lo cual el muchacho respondió que el nombre de su tierra se le había olvidado, y que iba a la ciudad de Salamanca a buscar un amo a quien servir, por sólo que le diese estudio. Preguntáronle si sabía leer; respondió que sí, y escribir también.
    -Desa manera -dijo uno de los caballeros-, no es por falta de memoria habérsete olvidado el nombre de tu patria.
    -Sea por lo que fuere -respondió el muchacho-; que ni el della ni del de mis padres sabrá ninguno hasta que yo pueda honrarlos a ellos y a ella.
    -Pues, ¿de qué suerte los piensas honrar? -preguntó el otro caballero.
    -Con mis estudios -respondió el muchacho-, siendo famoso por ellos; porque yo he oído decir que de los hombres se hacen los obispos.
    Esta respuesta movió a los dos caballeros a que le recibiesen y llevasen consigo, como lo hicieron, dándole estudio de la manera que se usa dar en aquella universidad a los criados que sirven. Dijo el muchacho que se llamaba Tomás Rodaja, de donde infirieron sus amos, por el nombre y por el vestido, que debía de ser hijo de algún labrador pobre. A pocos días le vistieron de negro, y a pocas semanas dio Tomás muestras de tener raro ingenio, sirviendo a sus amos con tanta fidelidad, puntualidad y diligencia que, con no faltar un punto a sus estudios, parecía que sólo se ocupaba en servirlos. Y, como el buen servir del siervo mueve la voluntad del señor a tratarle bien, ya Tomás Rodaja no era criado de sus amos, sino su compañero.
    Finalmente, en ocho años que estuvo con ellos, se hizo tan famoso en la universidad, por su buen ingenio y

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    El silencio del Kremlin, Tom Clancy

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    El silencio del Kremlin, Tom Clancy

    PRÓLOGO

    Viernes, 17.50, San Petersburgo

    –Pável –dijo Piotr Volodia–, no lo entiendo.

    Pável Odina apretaba fuertemente el volante. Miraba incómodo al hombre que se sentaba junto a él en la furgoneta.

    –¿Qué es lo que no entiendes, Piotr?

    –Si perdonas a los franceses –respondió Piotr rascándose una ensortijada patilla–, ¿por qué a los alemanes no? Ambos han invadido la madre Rusia.

    Pável frunció el ceño.

    –Si no ves la diferencia, Piotr, eres idiota.

    –Eso no es una respuesta –manifestó Iván, uno de los cuatro hombres que se sentaban detrás.

    –Es verdad –afirmó sonriendo Eduard, que estaba sentado junto a él–, pero Iván tiene razón, eso no es una respuesta.

    Pável cambió de marcha. Esa era la parte que más odiaba del trayecto de media hora que hacían cada noche hasta los apartamentos Nepokorennij Prospekt. A sólo dos minutos del museo del Ermitage, tenían que aminorar la marcha al acercarse al embotellamiento que solía producirse en el puente sobre el río Neva. Quedaban sumidos en la densidad del tráfico mientras sus rivales políticos pasaban a toda velocidad.

    Pável sacó un cigarrillo escrupulosamente liado del bolsillo de la camisa y Piotr se lo encendió.

    –Gracias, Piotr.

    –Aún no me has contestado –recordó Piotr.

    –Lo haré –prometió Pável– cuando lleguemos al puente. No puedo pensar y maldecir al mismo tiempo.

    Pável realizó un brusco viraje para pasar del carril central al izquierdo y los hombres salieron disparados hacia el lado opuesto. Oleg y Konstantin, que se habían quedado dormidos al salir del Ermitage, se despertaron sobresaltados.

    –Eres demasiado impaciente, Pável –dijo Iván–. ¿Por qué tienes tanta prisa en llegar a casa?, ¿por tu mujer? ¿Desde cuándo?

    –Muy gracioso –replicó Pável.

    Lo cierto es que no tenía prisa por acceder a ninguna parte. Estaba impaciente por liberarse de aquella presión, por llegar de una vez a esa fecha límite que les agobiaba sin tregua desde hacía meses. Ahora que casi se había cumplido el plazo, ardía en deseos por volver a diseñar software de animación por ordenador para los estudios cinematográficos Mosfilm.

    Volvió a cambiar de marcha y se escabulló zigzagueando entre hileras de pequeños Zporozhets–968, con sus rugientes motores de cuarenta y tres caballos, y los más grandes Volga M–124 de cinco asientos. También había un gran número de matrículas de coches extranjeros, aunque sólo los conducían funcionarios del gobierno y traficantes del mercado negro, pues no se hallaban al alcance de cualquiera. Sus camaradas y él no podrían conducir ni siquiera esa furgoneta si el estudio de televisión no se la hubiera proporcionado. El poderoso vehículo de fabricación suiza era lo único que añoraría.

    Clancy_T_22_El Silencio Del Kremlin (Op-Center II).zip

    INACTUALIDAD Y POTENCIALIDAD DE LO FÍSICO, L. POLO

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    INACTUALIDAD Y POTENCIALIDAD DE LO FÍSICO, L. POLO

               La inactualidad de lo físico puede entenderse de dos maneras:

      a) Ante todo, inactualidad de lo físico parece expresar que la consideración filosófica de lo físico ha pasado de moda, está en desuso, anticuada, o ha cedido el paso en el plano pragmático, e incluso en el teórico a las ciencias positivas. Aunque algo hay de esto, no es en este sentido en el que aquí hablamos de inactualidad de lo físico.

     

     

      b) La inactualidad de lo físico significa más estrictamente inobjetividad de lo físico; y en este sentido, que afecta también a la ciencia moderna, sí nos interesa. Hemos de dirigir la atención hacia el estatuto de lo físico anterior a la ciencia, es decir, anterior a su objetivación por el hombre: intentamos conocer lo físico en tanto que físico. Y es preciso distinguir lo físico en tanto que físico de lo físico en tanto que pensado, o sentido, por el hombre.

     

     

    ART 24_POLO INACTUALIDAD Y POTENCIALIDAD DE LO F+ìSICO.doc

    Orar con los poetas

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    hablar con Jesús
    ORAR CON POETAS

    1. DEL DESEO DE DIOS Y DE LA RELACIÓN CON ÉL

    CÁNTICO DEL HERMANO SOL
    SAN FRANCISCO DE ASÍS
    1182-1226

    ¡Altísimo Señor, Omnipotente !
    Sean tuyos la gloria, los loores
    y toda bendición.
    Sólo a ti corresponden y hombre alguno
    es digno de nombrarte.

    Loado, mi Señor, seas por todas
    las criaturas; sobre todas ellas
    por mi señor hermano el Sol.
    Con su lumbre y su luz nos das el día.
    ¡Cuán bello es y esplendoroso! El lleva
    tu representación, ¡ oh Dios Altísimo !

    Por el hermano Viento;
    por el Aire, la Nube y las Estrellas
    y por la hermana Luna
    seas loado, mi Señor, que bellas
    y claras cosas en el cielo hiciste.

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    Etica y Creatividad

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    Etica y Creatividad

     

    1. La conversión de los objetos en ámbitos
     
    2. Los ámbitos crean los modos más elevados de relación
     
    3. Los ámbitos dan lugar a diversos modos de entreveramiento que tejen la trama de la vida humana
     
    4. El entreveramiento de ámbitos y el sentido de los acontecimientos humanos
     
    5. Las experiencias reversibles y la actitud creativa
     
    6. Ejercicios para captar la honda expresividad de las imágenes
     
    7. Ejercicios para descubrir la riqueza de las experiencias reversibles
     
    8. Ideas para una síntesis
     
    9. Textos y cuestiones para la autoevaluación
     

     

     

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    Carácter y Relaciones Humanas, Aguiló

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    Carácter y Relaciones Humanas, Aguiló

     

  • El símil de la cuenta bancaria
  •  

  • Claridad en las expectativas recíprocas
  •  

  • Lealtad, cercanía
  •  

  • No basta con pedir disculpas
  •  

  • Evitar antagonismos innecesarios
  •  

  • Conjugar lo que parece difícil de conjugar
  •  

  • Acuerdos yo-gano/tú-ganas
  •  

  • Descubrir y potenciar sinergias
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    Antología poética

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    Antología poética

    Romances Anónimos
    – Romance del cautivo
    – Romance del conde Arnaldos
    – Romance de Abenámar
    – Rey don Sancho…
    Marqués de Santillana
    Iñigo López de Mendoza (1398-1458)
    – Serranilla VI (La vaquera de la Finojosa)
    Juan del Encina (¿1469?-¿1529?)
    – No te tardes
    – Las cosas que deseamos
    Jorge Manrique (1440-1479)
    – Coplas a la muerte de su padre:
    Parte I (I-XIV) Reflexiones sobre la vida
    Parte II (XV-XXIV) Ubi sunt?
    Parte III (XXV-XL) Elogio a su padre y diálogo con la Muerte 
    Garcilaso de la Vega (1501-1536)
    – Soneto X ¡Oh dulces prendas, por mi mal halladas!
    – Soneto XXIII En tanto que de rosa y azucena
    – Soneto XI Hermosas ninfas que, en el río metidas
    – A Dafne ya los brazos le crecían
    – Estoy continuo en lágrimas bañado.
    Santa Teresa de Jesús (1515-1582)
    – Nada te turbe
    – Vivo sin vivir en mí
    Fray Luis de León (1527-1591)
    – Al salir de la cárcel
    – Oda a la vida retirada
    – Noche serena
    – Oda a Francisco Salinas
    San Juan de la Cruz (1542-1591)
    – La noche oscura
    – Llama de amor viva
    – Cántico espiritual
    – Coplas a lo divino
    Luis de Góngora y Argote (1561-1627)
    – Mientras por competir
    – De un caminante enfermo que se enamoró donde fue hospedado
    – La dulce boca
    Lope de Vega (1562-1635)
    – Desmayarse, atreverse

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    El Malestar en la Cultura, Sigmund Freud

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    El Malestar en la Cultura, Sigmund Freud

                NO podemos eludir la impresión de que el hombre suele aplicar cánones falsos en sus apreciaciones, pues mientras anhela para sí y admira en los demás el poderío, el éxito y la riqueza menosprecia, en cambio, los valores genuinos que la vida le ofrece. No obstante, al formular un juicio general de esta especie, siempre se corre peligro de olvidar la abigarrada variedad del mundo humano y de su vida anímica, ya que existen, en efecto, algunos seres a quienes no se les niega la veneración de sus coetáneos, pese a que su grandeza reposa en cualidades y obras muy ajenas a los objetivos y los ideales de las masas. Se pretenderá aducir que sólo es una minoría selecta la que reconoce en su justo valor a estos grandes hombres, mientras que la gran mayoría nada quiere saber de ellos; pero las discrepancias entre las ideas y las acciones de los hombres son tan amplias y sus deseos tan dispares que dichas reacciones seguramente no son tan simples.             Uno de estos hombres excepcionales se declara en sus cartas amigo mío. Habiéndole enviado yo mi pequeño trabajo que trata de la religión como una ilusión, me respondió que compartía sin reserva mi juicio sobre la religión, pero lamentaba que yo no hubiera concedido su justo valor a la fuente última de la religiosidad. Esta residiría, según su criterio, en un sentimiento particular que jamás habría dejado de percibir, que muchas personas le habrían confirmado y cuya existencia podría suponer en millones de seres humanos; un sentimiento que le agradaría designar «sensación de eternidad»; un sentimiento como de algo sin límites ni barreras, en cierto modo «oceánico». Se trataría de una experiencia esencialmente subjetiva, no de un artículo del credo; tampoco implicaría seguridad alguna de inmortalidad personal; pero, no obstante, ésta sería la fuente de la energía religiosa, que, captada por las diversas Iglesias y sistemas religiosos, es encauzada hacia determinados canales y seguramente también consumida en ellos. Sólo gracias a éste sentimiento oceánico podría uno considerarse religioso, aunque se rechazara toda fe y toda ilusión. 

    Freud, Sigmund – El malestar en la cultura.doc

    La preceptuación, 29-10-2005

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    La preceptuación
    ch cv clubes TC 29.10.05

     
    La figura del preceptor
    –La preceptuación no es una simple sucesión de entrevistas.
    –Liderazgo personal, autoridad moral, modelo.
    –Todo lo que dice o hace o deja de hacer cada preceptor es un mensaje que forma o deforma.
     
    –Hay estrategias mejores y peores, pero lo fundamental no es cuestión de estrategias
    –Empezamos hablando de la figura del buen director de almas. No quisiera que esta sesión pareciera como de estrategias. No se trata de hablar sobre cómo captar la confianza de la gente, de cómo hacernos con ellos…; es cierto que buscamos su confianza, y su sinceridad, pero no como fines en sí mismos, ni como estrategia para generar morbosamente confidencias, ni para repartir consejos de modo paternalista, ni para lograr la sumisión de nadie.
    –Buscamos mejorar nosotros y mejorar nuestra capacidad de ayudar a otros, mejorando el conocimiento de las personas y la comunicación con ellas, en una relación de confianza mutua que será siempre origen de un enriquecimiento mutuo, porque aprenderemos siempre mucho de los demás.
     

    Preceptuación cv TC clubes 2005 guión desarrollado-.pdb

    La Santa Misa, Rivas

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    La Santa Misa, Rivas

     
    En la maravillosa catequesis con la que el Señor y la Virgen María nos han ido instruyendo -en primer lugar enseñándonos la forma de rezar el Sto. Rosario, de orar con el corazón, de meditar y disfrutar de los momentos de encuentro con Dios y con nuestra Madre bendita; la manera de confesarse bien-está la del conocimiento de lo que sucede en la Santa Misa y la forma de vivirla con el corazón.
     
    Este es el testimonio que debo y quiero dar al mundo entero, para mayor Gloria de Dios y para la salvación de todo aquel que quiera abrir su corazón al Señor.
    Para que muchas almas consagradas a Dios, reaviven el fuego del amor a Cristo, unas que son dueñas de las manos que tienen el poder de traerlo a la tierra para que sea nuestro alimento, las otras, para que pierdan la “costumbre rutinaria” de recibirlo y revivan el asombro del encuentro cotidiano con el amor. Para que mis hermanos y hermanas laicos del mundo entero vivan el mayor de los Milagros con el corazón: la celebración de la Santa Eucaristía.
     

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    Escritos Varios, Santa Teresita

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    Escritos Varios, Santa Teresita

    I. EN LOS BUISSONNETS (1880-1884)
    1.    Notas de retiros 5-7 de mayo de 1884. Notas del retiro 17-20 de mayo de 1885. Notas del retiro Octubre de 1885. Notas del retiro
    2.    Notas cronológicas (1884-1886) Comuniones
    3.    Dictado y ejercicios de redacción Dictado (5 de junio de 1880) Enero de 1885. Ejercicios de redacción 15 de octubre de 1885. Ejercicios de redacción Diciembre de 1886 – Enero de 1887. Ejercicio de redacción Marzo (?) de 1886. Ejercicio de redacción 1887. Ejercicio de redacción Junio de 1887. Ejercicio de redacción Marzo o abril de 1887. Ejercicio de redacción
    4.    Notas sacadas de Arminjon 30 de mayo de 1887. Copia 4-5 de junio de 1887. Copia
    II. EN EL CARMELO (1888-1897)
    1.    Estampas bíblicas Est 1 Cristo en la cruz (julio-agosto de 1896) Est 2 Juana de Arco en prisión (julio? de 1896) Est 3 La adoración de los pastores (segundo semestre de 1898) Est 4 La Sagrada Familia (verano de 1896) Est 5 y 6 «Recuerdo del breve destierro» (agosto-septiembre de 1896) Est 7 La Navidad (agosto de 1896 – marzo de 1897) Est 8 Ecce Homo – Virgen de los Dolores (agosto de 1897?) Est 9 El Niño Jesús («de Messine» – 1897)
    1.    Memoria sobre la madre Genoveva de Santa Teresa Confidencias de la madre Genoveva. Relato (después del 8 de septiembre de 1890)
    2.    Memoria sobre la madre Genoveva. Relato
    (primavera de 1892)
    2.    Textos diversos 24 de noviembre de 1888. Testamento de san Juan de la Cruz Primavera (?) de 1889. Notas del retiro (P. Pichon). Copia 24 de noviembre de 1891. Testamento de san Juan de la Cruz 19 de marzo de 1892. Testamento de san José. Copia 1892-1893. Consejo espiritual. Nota 1892-1895. Sentencias para estampas. Copia 20 de febrero de 1893. Exhortación del canónigo Delatroëtte 12 de junio de 1896. Deseo del Sagrado Corazón Comienzos de julio de 1896. «Mil vidas…» Julio de 1896. Para la fotografía del P. Roulland Alrededor del 20 de junio de 1896. Fechas 21 de noviembre de 1896. Cartas de Teófano Vénard Diciembre de 1896. Boletín del Sagrado Corazón 1 de mayo de 1897. P. Mazel Junio de 1897. «Me colmas de alegría»
    3.    Selecciones bíblicas Concordancia pascual (1896 ó 1897) Recordatorio del señor Martin (1894) Album de la madre María de Gonzaga
    I. EN LOS BUISSONNETS (1880-1884)

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    Citas de las Escrituras

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    Citas de las Escrituras

    Indice Citas Escritura
     
    ACCIONES DE GRACIAS
    ALEGRIA
    AMOR
    AMOR A DIOS
    AMOR DE DIOS A LOS HOMBRES
    APOSTOLADO
    AVARICIA
    AYUNO
    BAUTISMO
    BIENES TEMPORALES
    BUEN PASTOR
    CARIDAD
    CASTIDAD
    CIELO
    COMPRENSION
    COMUNION
    COMUNION DE LOS SANTOS
    CONCIENCIA
    CONFESION
    CONFIANZA EN DIOS
    CONOCIMIENTO PROPIO
    CONTRICION
    CONVERSION
    CORAZON
    CORRECION FRATERNA
    CORRESPONDENCIA A LA GRACIA
    COSAS PEQUEÑAS
    CRISTIANOS
    CRUZ
    DEMONIO
    DESPREDIMIENTO
    DIFAMACION
    DIFICULTADES
    DIRECCION ESPIRITUAL
    EJEMPLARIDAD
    ENFERMOS
    ENTREGA
    ENVIDIA
    ESCANDALO
    ESPERANZA
    ESPIRITU SANTO
    ETERNIDAD
    EUCARISTIA
    EXAMEN DE CONCIENCIA
    FAMILIA
    FE
    FELICIDAD
    FIESTAS Y TIEMPOS LITURGICOS
    FILIACION DIVINA
    FIN DEL HOMBRE
    FLAQUEZAS
    FORMACION DOCTRINAL
    FORTALEZA
    FRUTOS
    GENEROSIDAD
    GRACIA
    HUMILDAD
    IGLESIA
    INFIERNO
    INSTRUMENTOS DE DIOS
    IRA
    JESÚS
    JUICIO
    JUICIO TEMERARIO
    JUSTICIA
    LIBERTAD
    LIMOSNA
    LUCHA ASCETICA
    LUGARES Y OBJETOS DE CULTO
    MANSEDUMBRE
    MILAGROS
    MISA
    MISERICORDIA
    MISERICORDIA DIVINA
    MORTIFICACION
    MUERTE
    OBEDIENCIA
    OMISIONES
    ORACION
    ORACION DE PETICION
    PACIENCIA
    PAZ
    PECADO
    PECADO VENIAL
    PENITENCIA
    PERDONAR LAS OFENSAS
    PERDON DE LOS PECADOS
    PEREZA
    PERSEVERANCIA
    PIEDAD
    PREDICACION
    PREMIO
    PRESENCIA DE DIOS
    PROVIDENCIA
    PRUDENCIA
    PURGATORIO
    PURIFICACION
    RECOGIMIENTO
    RECTITUD DE INTENCION
    REDENCION
    ROMANO PONTIFICE
    SABIDURIA
    SACERDOCIO
    SACRAMENTOS
    SAGRADA ESCRITURA
    SAN JOSE
    SANTIDAD
    SERVIR A DIOS
    SINCERIDAD
    SOBERBIA
    TEMOR DE DIOS
    TEMPLANZA
    TENTACION
    TIBIEZA
    TIEMPO
    TRABAJO
    TRISTEZA
    UNIDAD
    VANAGLORIA
    VERACIDAD
    VIDA SOBRENATURAL
    VIGILANCIA
    VIRGEN SANTISIMA
    VIRGINIDAD
    VOCACION
    VOLUNTAD DE DIOS
     
     

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    Soliloquios, San Agustin de Hipona

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    Soliloquios, San Agustin de Hipona 

    CAPÍTULO I PLEGARIA A DIOS 1. Durante largo tiempo anduve considerando en mi interior muchos y diferentes asuntos, y tratando con empeño durante días de conocerme a mí mismo, qué debo hacer y qué he de evitar; de improviso me dijo una voz, no sé si mía o de otro, de fuera o de dentro (pues eso mismo es lo que principalmente quiero esclarecer); me dijo, pues, aquella voz: Razón.– Veamos, pon que has hallado ya alguna verdad. ¿A quién la encomendarás para seguir adelante?Agustín. –A la memoria. R.– Pero ¿es lo bastante firme para retener bien tus pensamientos? A.– Difícil me parece, o más bien, imposible. R.– Luego es necesario escribir. Mas ¿qué te ocurre, que por tu salud te resistes al trabajo de escribir? Mira: estas cosas no se pueden dictar, pues requieren completa soledad. A.– Verdad dices. Y por eso no sé qué hacer R.– Pide fuerza y ayuda para lograrlo, y pon esa misma petición por escrito, para que escribiendo aumenten tus bríos. Después resume lo que vayas descubriendo en conclusiones breves. No te inquietes por lo que pida una masa de lectores; esto bastará para tus escasos conciudadanos.  

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    Juan Pablo II El Amor humano en el Plan divino

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    Juan Pablo II El Amor humano en el Plan divino

    JUAN PABLO II
    El amor humano en el plan divino
    Selección de textos, tomados de la página Web: http:// www.gratisdate.org
    Libro realizado el 2-6-05 por José María Palomar Garcés. josemaripalomar@telefonica.net

    Indice

    Prólogo.
    I PARTE: Al principio.
    II PARTE: La purificación del corazón.
    III PARTE: La resurrección de la carne.
    IV PARTE: La virginidad cristiana.
    V PARTE:El sacramento del matrimonio.
    VI PARTE: Amor y fecundidad.

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    Redemptionis Sacramentum, Congregación. para el Culto divino y la Disciplina de los Sacramentos

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    Redemptionis Sacramentum, Congregación para el Culto divino y la Disciplina de los Sacramentos

    INSTRUCCIÓN REDEMPTIONIS SACRAMENTUM
    Sobre algunas cosas que se deben observar o evitar acerca de la Santísima Eucaristía
    ÍNDICE
     
    Proemio [1-13]
     
    Capítulo I: La Ordenación de la Sagrada Liturgia [14-18]
       1. El Obispo Diocesano, Gran Sacerdote de su Grey [19-25]
       2. La Conferencia de Obispos [26-28]
       3. Los Presbíteros [29-33]
       4. Los diáconos [34-35]
     
    Cap. II: La participación de los fieles laicos en la celebración de la Eucaristía
       1. Una participación activa y consciente [36-42]
       2. Tareas de los fieles laicos en la celebración de la s. Misa [43-47]
     
    Cap. III: La celebración correcta de la santa Misa
       1. La materia de la santísima Eucaristía [48-50]
       2. La Plegaria eucarística [51-56]
       3. Las otras partes de la Misa [57-74]
       4. La unión de varios ritos con la celebración de la Misa [75-79]
     
    Cap. IV: La sagrada Comunión
       1. Las disposiciones para recibir la sagrada Comunión [80-87]
       2. La distribución de la sagrada Comunión [88-96]
       3. La Comunión de los sacerdotes [97-99]
       4. La Comunión bajo las dos especies [100-107]
     
    Cap. V: Otros aspectos que se refieren a la Eucaristía
       1. El lugar de la celebración de la santa Misa [108-109]
       2. Diversos aspectos relacionados con la santa Misa [110-116]
       3. Los vasos sagrados [117-120]
       4. Las vestiduras litúrgicas [121-128]
     
    Cap. VI: La reserva de la s. Eucaristía y su culto fuera de la Misa
       1. La reserva de la santísima Eucaristía [129-133]
       2. Algunas formas de culto a la s. Eucaristía fuera de la Misa [134-141]
       3. Las procesiones y los congresos eucarísticos [142-145]
     
    Cap. VII: Ministerios extraordinarios de los fieles laicos [146-153]
       2. La distribución de la sagrada Comunión [88-96]
       3. La Comunión de los sacerdotes [97-99]
       4. La Comunión bajo las dos especies [100-107]
     
    Cap. V: Otros aspectos que se refieren a la Eucaristía
       1. El lugar de la celebración de la santa Misa [108-109]
       2. Diversos aspectos relacionados con la santa Misa [110-116]
       3. Los vasos sagrados [117-120]
       4. Las vestiduras litúrgicas [121-128]
     
    Cap. VI: La reserva de la s. Eucaristía y su culto fuera de la Misa
       1. La reserva de la santísima Eucaristía [129-133]
       2. Algunas formas de culto a la s. Eucaristía fuera de la Misa [134-141]
       3. Las procesiones y los congresos eucarísticos [142-145]
     
    Cap. VII: Ministerios extraordinarios de los fieles laicos [146-153]
       2. La distribución de la sagrada Comunión [88-96]
       3. La Comunión de los sacerdotes [97-99]
       4. La Comunión bajo las dos especies [100-107]
     
    Cap. V: Otros aspectos que se refieren a la Eucaristía
       1. El lugar de la celebración de la santa Misa [108-109]
       2. Diversos aspectos relacionados con la santa Misa [110-116]
       3. Los vasos sagrados [117-120]
       4. Las vestiduras litúrgicas [121-128]
     
    Cap. VI: La reserva de la s. Eucaristía y su culto fuera de la Misa
       1. La reserva de la santísima Eucaristía [129-133]
       2. Algunas formas de culto a la s. Eucaristía fuera de la Misa [134-141]
       3. Las procesiones y los congresos eucarísticos [142-145]
     
    Cap. VII: Ministerios extraordinarios de los fieles laicos [146-153]
       1. El ministro extraordinario de la sagrada Comunión [154-160]
       2. La predicación [161]
       3. Celebraciones particulares que se realizan en ausencia del sacerdote [162-167]
       4. De aquellos que han sido apartados del estado clerical [168]
     
    Cap. VIII: Los remedios [169-171]
       1. Graviora delicta [172]
       2. Los actos graves [173]
       3. Otros abusos [174-175]
       4. El Obispo diocesano [176-180]
       5. La Sede Apostólica [181-182]
       6. Quejas por abusos en materia litúrgica [183-184]
     
    Conclusión [185-186]

     

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    Carta por el 350 Aniversario de la Unión de Uzhorod, Juan Pablo II

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    CARTA
    DEL SANTO PADRE
    JUAN PABLO II
    CON OCASIÓN DEL
    350º ANIVERSARIO DE LA UNIÓN DE UZHOROD

    Amadísimos hermanos y hermanas: 1 «Ante todo, doy gracias a mi Dios por medio de Jesucristo, por todos vosotros, pues vuestra fe es alabada en todo el mundo. Porque Dios, a quien venero en mi espíritu predicando el Evangelio de su Hijo, me es testigo de cuán incesantemente me acuerdo de vosotros» (Rm 1, 8-9). 

    El feliz aniversario del 350º aniversario de la Unión de Uzhorod constituye un momento importante en el camino de una Iglesia que, con ese acto, quiso restablecer la plena unidad con el Obispo de Roma. Por tanto, es comprensible que también yo participe en la acción de gracias a Dios de cuantos se alegran con el recuerdo de ese acontecimiento significativo. Los hechos son conocidos: el 24 de abril de 1646, 63 sacerdotes bizantinos de la eparquía de Mukacevo, bajo la guía del monje basiliano Partenio Petrovyc, en la iglesia del castillo de Uzhorod, en presencia del obispo de Eger, Jorge Jakusics, fueron acogidos en la comunión plena con la Sede de Pedro.

      No se trató de un gesto aislado. Se insertaba en el camino de reunificación entre las Iglesias que había tenido su momento culminante en el concilio de Florencia (1439), cuando se firmaron los decretos de la plena comunión restablecida de las Iglesias de Oriente con la Iglesia de Roma. En efecto, fue el glorioso metropolita Isidoro de Kyiv, a su regreso del concilio de Florencia, quien se hizo heraldo, en las regiones de los Cárpatos, de la plena unidad restablecida. En 1595 los representantes de la metropolía de Kyiv se encontraron con el Papa Clemente VIII; y al año siguiente, 1596, se proclamó esa unión en Brest, con la intención de dar cumplimiento al acuerdo alcanzado en Florencia. Muy pronto el impulso proveniente del concilio ecuménico florentino llegó a los Cárpatos y, superadas algunas dificultades iniciales, se concretó en la Unión de Uzhorod. Era la semilla de mostaza evangélica que, sembrada en el fértil suelo de Mukacevo, se desarrolló con el tiempo, convirtiéndose en un árbol bajo cuya sombra se reunió un vasto grupo de fieles de tradición bizantina. Confirmando esta realidad, el 19 de septiembre de 1771, el Papa Clemente XIV, con la constitución apostólica Eximia regalium principum (1) establecía la eparquía greco-católica de Mukacevo, cuya sede sería trasladada pocos años después a la cercana Uzhorod. De ese árbol vigoroso nacieron sucesivamente, como florecientes retoños, nuevas circunscripciones eclesiásticas: las eparquías de Krizevci (1777), de Presov (1818) y de Hajdúdorog (1920). Mientras tanto, en ultramar se había hecho consistente el flujo migratorio de fieles, hijos de esa Unión. La Santa Sede, siempre atenta a descubrir los designios providenciales de Dios y a seguirlos, erigió para ellos en los Estados Unidos de América la metropolía bizantina de Pittsburgh (1969), con las eparquías sufragáneas de Passaic (1963), Parma (1969) y Van Nuys (1981).La alegría común de las diversas eparquías, nacidas de la Unión de Uzhorod, al celebrar ese acontecimiento que es la base de su identidad eclesial, constituye una ocasión magnífica para renovar la conciencia de los vínculos que derivan del origen común y reforzar el intercambio de fraternidad y la colaboración que el carácter dramático de los acontecimientos históricos ha obstaculizado durante mucho tiempo.

    CARTA 350 ANIV UNION DE UZHOROD.doc

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    Indice de La Humanidad In Vitro, Jesús Ballesteros.

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     Indice de La Humanidad In Vitro, Jesús Ballesteros

    La Humanidad In Vitro es una reflexión interdisciplinar en profundidad sobre las técnicas de reproducción asistida. El texto reune a 13 científicos españoles que se pronuncian a favor de la vida y en contra de su manipulación interesada por la industria farmacéutica. La Humanidad in Vitro invita a una reflexión crítica sobre la imposición de la técnica en lo humano haciendo una llamada en defensa de la libertad de vivir, estar y querer un mundo que acoge a todos sin discriminación.

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    Catecismo Infantil, preguntas y respuestas

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    Catecismo Infantil, preguntas y respuestas

    1 ¿Eres cristiano?
    — Soy cristiano por la gracia de Dios.
    2 ¿Qué quiere decir cristiano?
    — Cristiano quiere decir discípulo de Cristo.
    3 ¿Cuál es la señal del cristiano?
    — La señal del cristiano es la Santa Cruz.
    4 ¿Por qué la Santa Cruz es la señal del cristiano?
    — La Santa Cruz es la señal del cristiano porque en ella murió Jesucristo para redimir a los hombres.
    5 ¿Qué debe saber el cristiano?
    — El cristiano debe saber la doctrina cristiana.
    6 ¿Qué es la doctrina cristiana?
    — La doctrina cristiana es la que predicó Nuestro Señor Jesucristo para enseñarnos el camino del cielo.

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    Liturgia de Adviento

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    Liturgia de Adviento

     Adviento Propio de los santos
    I Semana      D L  M  X  J  V  S
    II Semana    D L  M  X  J  V  S
    III Semana   D  L  M  X  J  V 
    IV Semana   D 
    17 de diciembre
    18 de diciembre
    19 de diciembre
    20 de diciembre
    21 de diciembre
    22 de diciembre
    23 de diciembre
    24 de diciembre
    Navidad
     
     
    Primer Domingo de Adviento
     
    Antífona de entrada
     
    A ti, Señor, levanto mi alma; Dios mío, en ti confío, no quede yo defraudado. Que no se burlen de mí mis enemigos; pues los que esperan en ti, no quedan defraudados.
     

    Adviento.pdb

    Homilía, Un ideal para toda la vida

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    Homilía, Un ideal para toda la vida 

    Si me lo permites, amigo mío, querría continuar reflexionando contigo sobre el mismo tema. Creo que ha llegado el momento de dar gracias humildemente a Dios: Laqueus contritus est, nos libeiati sumus, las ligaduras se han desatado y por fin somos libres, según las palabras del Salmista. Se han desatado las ligaduras de los prejuicios, de las ideas falsas, y estamos ahora convencidos de que la idea de la santidad tiene que abrirse paso en nuestra mente y en todas las mentes cristianas.
    Hemos empezado el camino: la perla preciosa ha brillado ante nuestros ojos, las riquezas del tesoro escondido han alegrado nuestro corazón. Sin embargo, hermano mío, he conocido almas, muchas almas, que llegadas a este punto, por un motivo o por otro (las «razones» y las excusas nunca faltan), no supieron ir más adelante. Una experiencia dolorosa, ¿no es verdad? Pero fecunda. Almas que habían visto, pero que cerraron los ojos o se adormecieron; almas que habían empezado y no continuaron, que hubieran podido hacer mucho y no hicieron nada.
    Hace falta, como ves, pasar de la idea a la convicción, y de la convicción a la decisión. Debemos convencernos muy profundamente de que la santidad es lo que el Señor nos pide antes de cualquier otra cosa. Porro unum est necessarium: Una sola cosa es necesaria. Que nunca te falte una fe solidísima en estas palabras divinas: la única derrota que se puede concebir en una vida cristiana -en tu vida- es la de demorarse en el camino que lleva a la santidad, la de desistir de apuntar a la meta. Hermano mío, la vida y el mundo carecerían de sentido si no fuese por Dios y por las almas. Esta vida nuestra no valdría la pena de vivirla si no estuviese iluminada en todo momento por una viva y amorosa búsqueda de Dios.

    UN IDEAL PARA TODA LA VIDA.pdb

    Las Relaciones, Santa Teresa

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    Las Relaciones, Santa Teresa

     

    CAPÍTULO 1*

    Jhs

    1. La manera de proceder en la oración que ahora tengo, es la

    presente; pocas veces son las que estando en oración puedo tener

    discurso de entendimiento, porque luego comienza a recogerse el

    alma y estar en quietud o arrobamiento, de tal manera que ninguna

    cosa puedo usar de los sentidos, tanto que, si no es oír -y eso no

    para entender-, otra cosa no aprovecha.

    relac.pdf

    Officium Defunctorum

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    OFFICIUM DEFUNCTORUM

    Ad Invitatorium, Ad Officium lectionis, Ad Laudes matutinas, Ad Horam mediam, Ad Vesperas
    Ad Invitatorium
    Aperi, Dómine
    V/. Dómine, lábia.
    Ant. Regem cui ómnia vivunt, veníte, adorémus.
    Veníte, exsultémus vel Iubiláte Dómino vel Deus misereatur nostri vel Domini est terra.
    Ad Officium lectionis
    Hymnus (Pro uno defuncto, Pro una defuncta, Pro pluribus)
    Psalmodia
    Ant. 1 De terra formásti me et carne induísti me: Redémptor meus, Dómine, resúscita me in novíssimo die.
    Psalmus 39 (40), 2-14. 17-18
    Gratiarum actio et auxilii petitio
    Hostiam et oblationem noluisti, corpus autem aptasti mihi (Hebr 10, 5).
    I
      Exspéctans exspectávi Dóminum,*
         et inténdit mihi.
      Et exaudívit clamórem meum*
         et edúxit me de lacu misériæ et de luto fæcis;
      et státuit super petram pedes meos*
         et firmávit gressus meos.
      Et immísit in os meum cánticum novum,*

    Officium defunctorum.pdb

    Don y Misterio, Juan Pablo II

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    Don y Misterio, Juan Pablo II

    Don y Misterio
    En el quincuagésimo aniversario de mi sacerdocio

    Introducción
    Permanece vivo en mi recuerdo el encuentro gozoso que, por iniciativa de la Congregación para el Clero, tuvo lugar en el Vaticano en el otoño del pasado año (27 de octubre de 1995), para celebrar el trigesimo aniversario del Decreto conciliar Presbyterorum Ordinis. En el ambiente festivo de aquella asamblea diversos sacerdotes hablaron de su vocación, y también yo ofrecí mi propio testimonio. Me pareció hermoso y fructífero que, entre sacerdotes, ante el pueblo de Dios, se ofreciera este servicio de edificación recíproca.
    Las palabras que pronuncié en aquella circunstancia tuvieron un eco may grande. A raíz de ello, desde varias partes se me pidió con insistencia que volviera a tratar, de un modo más amplio, el tema de mi vocación, con ocasión del Jubileo sacerdotal.
    Confieso que la propuesta, al principio, suscitó en mí alguna resistencia comprensible. Pero después me senti como obligado a aceptar la invitación, viendo en ello un aspecto del servicio propio del ministerio petrino. Movido por algunas preguntas del Dr. Gian Franco Svidercoschi que han hecho de hilo conductor, me he dejado llevar con libertad por la ola de recuerdos, sin ninguna pretensión estrictamente documental.
    Todo lo que digo aquí, más allá de los acontecimientos históricos, pertenece a mis raíces más profundas, a mi experiencia más íntima. Lo recuerdo ante todo para dar gracias al Señor: “Misericordias Domini in aetemum cantabo!” Lo ofrezco a los sacerdotes y al pueblo de Dios como testimonio de amor.

     

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    La conciencia de la filiación divina: fuente de vida espiritual, Sesé

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    La conciencia de la filiación divina: fuente de vida espiritual
    Artículo en profundidad del profesor de Teología Javier Sesé sobre la filiación divina,

    publicado en Scripta Theologica

    09 de febrero de 2007
    1. Desde la experiencia de los santos

    “Comunícase Dios en esta interior unión al alma con tantas veras de amor, que no hay afición de madre que con tanta ternura acaricie a su hijo (…) Y así, aquí está empleado en regalar y acariciar al alma como la madre en servir y regalar a su niño, criándole a sus mismos pechos; en lo cual conoce el alma la verdad del dicho de Isaías que dice: ‘A los pechos de Dios seréis llevados y sobre sus rodillas seréis regalados’ (Is 66, 12)”. Hasta aquí San Juan de la Cruz en su Cántico espiritual….

     

    2. Amor paterno de Dios e intimidad trinitaria

    La contemplación reflexiva de textos y experiencias como los citados al principio me han llevado, en estos últimos meses, a un primer convencimiento que considero fundamental, y que propongo como idea clave de todo lo que seguirá: lo que hace reaccionar a los santos no es tanto la conciencia de ser él mismo o ella misma hija o hijo de Dios, sino la comprensión cada vez más profunda y viva de lo que significa “Dios es mi Padre”…

     

    Sese filiaciondivina–.pdb

    ¿Por qué confesarse? Dr. Eduardo Volpacchio

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    ¿Por qué confesarse? Dr. Eduardo Volpacchio 

    Un hecho innegable: la necesidad del perdón de mis pecados
    Todos tenemos muchas cosas buenas…, pero al mismo tiempo, la presencia del mal en nuestra vida es un hecho: somos limitados, tenemos una cierta inclinación al mal y defectos; y como consecuencia de esto nos equivocamos, cometemos errores y pecados. Esto es evidente y Dios lo sabe. De nuestra parte, tonto sería negarlo. En realidad… sería peor que tonto… San Juan dice que “si decimos que no tenemos pecado, nos engañamos y la verdad no está en nosotros. Si confesamos nuestros pecados, fiel y justo es El para perdonar nuestros pecados y purificarnos de toda injusticia. Si decimos que no hemos pecado, le hacemos mentiroso y su palabra no está en nosotros” (1 Jn 1,9-10)

    ¿POR QUÉ CONFESARSE.PDB

    Viacrucis Viernes Santo 2004 , Juan Pablo II

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    Viacrucis Viernes Santo 2004 , Juan Pablo II

    TEXTOS DE MEDITACIÓN
    PREPARADOS POR ABBÉ ANDRÉ LOUF

    ORACIÓN INICIAL
    El Santo Padre:
    En el nombre del Padre y del Hijo y del Espíritu Santo.
    R /. Amén.
    Hermanos y hermanas:
    una vez más nos hemos reunido para seguir al Señor Jesús en el camino que lo lleva al Calvario. Allá encontraremos a las personas que lo han seguido hasta al final – su Madre, el Discípulo amado, las mujeres que lo siguieron en el anuncio de la Buena Nueva -y cuantos, movidos por compasión, han tratado de consolarlo y de aliviar su dolor. También encontraremos a los que decidieron su muerte y qué él, en un exceso de amor, ha perdonado. Pidámosle que infunda en nuestro corazón sus sentimientos (Flp 2, 5) para que nosotros podamos “conocerlo a él, y la fuerza de su resurrección, la comunión con sus padecimientos, muriendo su misma muerte para llegar un día a la resurrección de entre los muertos” (Flp 3, 10-11). Este año, en que la fecha de la Pascua coincide providencialmente en todas las Iglesias, queremos recordar a todos los discípulos de Jesús, que en el mundo conmemoran en este mismo día su muerte y su sepultura.

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    Carta del Prelado, Febrero 2007

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    Carta del Prelado (Febrero 2007)

    El Prelado invita a aceptar la voluntad de Dios, también cuando nos resulte difícil: “Acoger con generosidad esos requerimientos, quizá después de un momento inicial de resistencia o desconcierto, configura el camino seguro para seguir de cerca a Jesús”.

     

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    Milagros del Manto de Guadalupe

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    MILAGROS DEL MANTO DE GUADALUPE
     

    1. El primer milagro del manto de la Virgen la misma lo hace el mismo día 12 de diciembre de 1531 cuando las flores que estaban en le manto que Juan Diego no las podía ocultar al ir a la presencia del obispo y que por eso lo habían de molestar, empujar o aporrear, descubrieron un poco que eran flores; y al ver que todas eran diferentes flores de Castilla sacadas del monte del Tepeyac en pleno invierno que no crecían ni una flor, se asombraron mucho por ello y al querer tomar las mismas desaparecían de las manos de quienes querían
    arrebatárselas a Juan Diego.-
     
    2. Al desenvolver el manto delante del obispo se dibujo en el la Imagen de la Siempre Virgen Maria la Madre del Verdadero Dios (como le había anunciado a Juan Diego, confirmando de esta forma lo que los católicos creen que la Virgen fue Virgen antes,
    durante, y después del parto) y que hasta hoy se conserva y el obispo y todos los que estaban se arrodillaron y la veneraron.-
     
    /3. El día 26 de Diciembre de 1531 cuando iban en procesión al monte del Tepeyac en la misma iban muchos indios festejando como eran la costumbre de los indios chichimecas jugando con los arcos y las flechas y danzando los que iban a pie y desde una canoa a uno de ellos se le disparo una flecha con tan mala suerte que atravesó la garganta de un indio que iba caminado acompañando el manto.- El mismo murió en el acto
    en que la flecha le atravesó la yugular.- Luego de haberle extraído la flecha delante mismo del manto el indio revivió solo le quedo la cicatriz hasta el día en que murió.-

    /4. A raíz de ello 9.000.000 de indios se convirtieron al cristianismo.-

    /5. En el ano 1751 fue analizado por Miguel Cabrera junto con José Ibarra y comprobaban que en la Imagen no hay rastros mirando por atrás y por delante era visible la pintura pero no había rastros de pinceladas.
     
    /6. En el ano 1791 en el lado derecho superior cae ácido muriático en proporción de un 50% de ácido nítrico y 50% de ácido clorhídrico haciendo un agujero de cerca de 10 centímetros de diámetro.- En 30 días se reconstituyo solo sin que nadie hubiera hecho algo para remendarlo, cocerlo o entretejerlo.  Hoy en día solo queda el rastro de la mancha y
    solo con instrumental preciso se puede rastrear aun restos de ácido muriático en la Tilma.-

    /7. En el siglo XVIII se hizo una replica lo mas parecida al original y se pudo comprobar que el poncho confeccionado con las mismas fibras de maguey se hizo polvo en solo 15 anos.- La conservación en si mismo de 468 años es un verdadero fenómeno inexplicable, mide 1,65 de largo por 1,20 de ancho.-
     
    /8. El día 14/11/1921 el pedrero Luciano Pérez un español anarquista depositó un arreglo de flores al lado de la Tilma de Juan Diego y en ellas tenia una carga de dinamita que destruyo todo alrededor, mas la Tilma no sufrió absolutamente nada.-

    /9. En 1929 el fotógrafo Alfonso Marcue González descubre una figura humana en el ojo derecho de la Virgen.-

    Morales Madre de la Gracia…pdb

    La necesidad de magisterio, Ratzinger.pdb

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    La necesidad de magisterio, Ratzinger
    Pamplona, 31.I.98
    >> Discurso de la ceremonia de su investidura como doctor honoris causa por la Universidad de Navarra, Pamplona, 31.I.98
    (…) Quizá pudiera plantearse una objeción seria respecto de mi persona: ¿el cargo de Prefecto de la Congregación para la Doctrina de la Fe (…) no estará quizás en cierta contradicción con la esencia de la ciencia y, por tanto, también con la naturaleza de la teología? ¿No se excluirían quizás ciencia y autoridad externa? (…)

    Preguntas como estas, que tocan a la esencia de la teología católica, (…) nos ponen ante la cuestión fundamental: ¿Qué es propiamente la teología? ¿Quedaría suficientemente caracterizada si la describiéramos como una reflexión metódica y sistemática sobre los interrogantes de la religión, de la relación del hombre con Dios? Mi respuesta sería: no, pues de ese modo sólo habríamos alcanzado a situarnos ante la llamada “ciencia de la religión”. (…) Si la teología quiere y debe ser algo distinto de la ciencia de la religión, (…) entonces ha de basarse únicamente en el hecho de que surge de una respuesta que nosotros no hemos inventado. (…)
    Necesidad magisterio _Rtzgr.pdb

    ¿Que significa tener buen Carácter? Aguiló

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    ¿Que significa tener buen Carácter? Aguiló

     

  • Persona de carácter
  •  

  • Una educación inteligente
  •  

  • Aprender a ser feliz
  •  

  • Talante positivo
  •  

  • Razones para sonreír
  •  

  • ¿Por qué no eres más feliz?
  •  

     

    Qué significa_tener_buen_carácter.pdb

    Iter Juridico del Opus Dei.pdb

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    Iter Juridico del Opus Dei
    CAPITULO I : CON LA FUERZA DEL CARISMA  FUNDACIONAL
    1. EL MOMENTO FUNDACIONAL DEL OPUS DEI
    El invierno de 1917-1918 marcó un giro transcendental en la vida de Josemaría Escrivá de Balaguer. Tenía entonces quince-dieciséis años, y era un joven estudiante de los últimos cursos de bachillerato. De carácter alegre, había recibido, en su familia y en los colegios en que había estudiado, una buena formación católica. Era, en suma, un muchacho normal y piadoso, aunque, hasta ese momento, sin particulares inquietudes religiosas. En esa fecha, un hecho en sí mismo pequeño -la visión de las huellas dejadas por un carmelita descalzo sobre la nieve que durante ese invierno cubrió las calles de Logroño, la ciudad en la que vivía-, desencadenó un hondo proceso interior (1). Sintió que Dios se metía en su vida y le pedía una mayor profundidad en su fe, más aún, una disponibilidad plena y radical para secundar cuanto el Señor, en el futuro, pudiera ir manifestándole: eran los barruntos del Amor divino, como le gustará repetir andando los años.

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    Meditar con María el Rosario, Juan Pablo II

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    Meditar con María el Rosario, Juan Pablo II

    HOMILÍA DEL 2 DE OCTUBRE DE 1983

    El saludo del arcángel Gabriel a María

     1. «Ella se turbó ante estas palabras y se preguntaba qué saludo aquél…».Hoy, primer domingo de octubre, os saludo a todos los miembros de los Movimientos marianos, devotos del «Saludo del ángel» que estáis en Roma con ocasión del Jubileo extraordinario de nuestra Redención.(…)El Evangelista Lucas dice que María «se turbó» ante las palabras que le dirigió el arcángel Gabriel en el momento de la anunciación y «se preguntaba qué saludo era aquél».

    Esta meditación de María constituye el modelo primero de la oración del Rosario. Es la oración de quienes aman el saludo del ángel a María. Lss personas que rezan el Rosario vuelven a tomar con el pensamiento y el corazón la meditación de María y rezando meditan «qué saludo era aquel

    MEDITAR CON MARÍA EL ROSARIO.doc

    Refranero Español

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    Refranero Español

    A quien madruga, Dios le ayuda.
    Al pan, pan; y al vino, vino.
    Allá donde fueres, haz lo que vieres.
    Ajo, cebolla, y limón, y déjate de inyección.
    Años de nones, muchos montones.
    Arrastrando, arrastrando, el caracol se va encaramando.
    Abierto el cajón, convidado está el ladrón.

    EL REFRANERO ESPANOL2.PDB.pdb

    Tratado de la devoción a la Santísima Virgen, San Luis María Grignion de Montfort

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    Tratado de la devoción a la Santísima Virgen, San Luis María Grignion de Montfort

    María en el designio de Dios

     

    1. Por medio de la Santísima Virgen vino Jesucristo al mundo y por medio de Ella debe también reinar en el mundo.

     

    MARIA ES UN MISTERIO:

     

    a.    a causa de su humildad.

     

    2. La vida de María fue oculta. Por ello, el Espíritu Santo y la Iglesia la llaman alma mater. Madre oculta y escondida. Su humildad fue tan grande que no hubo para Ella anhelo más firme y constante que el de ocultarse a sí misma y a todas las creaturas, para ser conocida solamente de Dios.

     

    3.   Ella pidió pobreza y humildad. Y Dios, escuchándola, tuvo a bien ocultarla en su concepción, nacimiento, vida, misterios, resurrección y asunción, a casi todos los hombres. Sus propios padres no la conocían. Y los ángeles se preguntaban con frecuencia uno a otros ¿Quién es ésta?. Porque el Altísimo se la ocultaba. O, si algo les manifestaba de Ella, era infinitamente más lo que les encubría.

     

    b.    por disposición divina.

     

    4.    Dios Padre a pesar de haberle comunicado su poder, consintió en que no hiciera ningún milagro al menos portentoso durante su vida.

    Dios Hijo a pesar de haberle comunicado su sabiduría consintió en que Ella casi no hablara.

     

    Dios Espíritu Santo a pesar de ser Ella su fiel Esposa consintió en que los Apóstoles y Evangelistas hablaran de Ella muy poco y sólo cuanto era necesario para dar a conocer a Jesucristo.

     

    c.     por su grandeza excepcional.

     

    5.    María es la excelente obra maestra del Altísimo.

     

    Quien se ha reservado a sí mismo el conocimiento y posesión de Ella.

    María es la Madre admirable del Hijo. Quien tuvo a bien humillarla y ocultarla durante su vida, para fomentar su humildad, llamándola mujer, como si se tratara de una extraña, aunque en su corazón la apreciaba y amaba más que a todos los ángeles y hombres.

     

    María es la fuente sellada, en la que sólo puede entrar el Espíritu Santo, cuya Esposa fiel es Ella.

     

    María es el santuario y tabernáculo de la Santísima Trinidad, donde Dios mora más magnífica y maravillosamente que en ningún otro lugar del universo sin exceptuar los querubines y serafines: a ninguna creatura, por pura que sea, se le permite entrar allí sin privilegio especial.

     

    6.     Digo con los santos, que la excelsa María es el paraíso terrestre del nuevo Adán, quien se encarnó en él por obra del Espíritu Santo para realizar allí maravillas incomprensibles. Ella es el sublime y divino mundo de Dios, lleno de bellezas y tesoros inefables. Es la magnificencia del Altísimo, quien ocultó allí, como en su seno, a su Unigénito y con El todo lo más excelente y precioso.

    ¡Oh qué portentos y misterios ha ocultado Dios en esta admirable creatura, como Ella misma se ve obligada a confesarlo no obstante su profunda humildad ¡El Poderoso ha hecho obras grandes por mí! El mundo los desconoce porque es incapaz e indigno de conocerlo.

    Tratado d…doc

    De patientia

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    De patientia

     

    CAPITULO I.  —- QUE NO TIENE AUTORIDAD PARA ENSEÑAR VIRTUDES EL QUE NO LAS PROFESA.
    CAPITULO II. —- QUE DÍOS NUESTRO SEÑOR FUÉ EL MAESTRO DE LA PACIENCIA.
    CAPITULO III. —- DE LA PACIENCIA DE CRISTO NUESTRO SEÑOR.
    CAPITULO IV. —- DE LA OBEDIENCIA PACIENTISIMA QUE DEBEMOS TENER Á DIOS.
    CAPITULO V. —- DEL NACIMIENTO DE LA IMPACIENCIA, DE SU CRECIMIENTO Y SUS HIJOS.
    CAPITULO VI. —- DE LA COMPAÑÍA QUE HACE LA PACIENCIA I LA PE.
    CAPITULO VII. —- QUE LA PACIENCIA NO SIENTE LA PÉRDIDA DE LOS BIENES DEL MUNDO.
    CAPITULO VIII. —- QUE LA PACIENCIA ENSEÑA i SUFRIR LAS INJURIAS.
    CAPITULO IX. —- QUE EN LA MUERTE DE LAS PERSONAS PROPIAS SE HA DE GUARDAR EN EL DOLOR LA TEMPLANZA QUE PRESCRIBE LA PACIENCIA.
    CAPITULO X. —- QUE LA PACIENCIA DICTA NO TOMAR VENGANZA DE LOS ENEMIGOS.
    CAPITULO XI. —- QUE SON DICHOSÍSIMOS LOS QUE SABEN PADECER.
    CAPITULO XII. —- QUE LA PACIENCIA ES MINISTRA DE LA PAZ, DE LA PENITENCIA Y DE LA CARIDAD.
    CAPITULO XIII. —- QUE ES NECESARIA NO SÓLO LA PACIENCIA DEL ALMA, PERO TAMBIÉN LA DEL CUERPO.
    CAPITULO XIV. —- QUE LA PACIENCIA CRISTIANA TIENE EJEMPLO EN OTROS HOMBRES PACIENTISIMOS.
    CAPITULO XV. —- DE LAS VIRTUDES QUE Á LA PACIENCIA ACOMPAÑAN; DE SU SEMBLANTE Y VESTIDO.
    CAPITULO XVI. —- QUE LA PACIENCIA DE LOS INFIELES ES INFAME.

     

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    La vuelta de Martin Fierro, Jose Hernandez

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    La Vuelta de Martín Fierro
     
    de José Hernández
     
    Buenos Aires,
    Librería del Plata,
    Calle Tacuarí 17.
    1879.
     
    Cuatro palabras de conversación con los lectores
     
    Entrego á la benevolencia pública, con el título LA VUELTA DE MARTIN FIERRO, la segunda parte de una obra que ha tenido una acogida tan generosa, que en seis años se han repetido once ediciones con un total de cuarenta y ocho mil ejemplares.
     
    Esto no es vanidad de autor, porque no rindo tributo á esa falsa diosa; ni bombo de Editor, porque no lo he sido nunca de mis humildes producciones.
     
    Es un recuerdo oportuno y necesario, para explicar porque el primer tiraje del presente libro consta de 20 mil ejemplares, divididos en cinco secciones ó ediciones de 4 mil números cada una -y agregaré, que confío en que el acreditado Establecimiento Tipográfico del Sr. Coni, hará una impresión esmerada, como la que tienen todos los libros que salen de sus talleres.
     
    Lleva también diez ilustraciones incorporadas en el testo, y creo que en los dominios de la literatura es la primera vez que una obra sale de las prensas nacionales con esta mejora.
     
    Así se empieza.
    Las láminas han sido dibujadas y calcadas en la piedra por D. Cárlos Clerice, artista compatriota que llegará á ser notable en su ramo, porque es joven, tiene escuela, sentimiento artístico, y amor al trabajo.
     
    El grabado ha sido ejecutado por el señor Supot, que posee el arte, nuevo y poco generalizado todavía entre nosotros, de fijar en láminas metálicas lo que la habilidad del litógrafo ha calcado en la piedra, creando ó imaginando posiciones que interpreten con claridad y sentimiento la escena descrita en el verso.
     
    No se ha omitido, pues, ningún sacrificio á fin de hacer una publicación en las mas aventajadas condiciones artísticas…

    LaVueltadeMartinFierro.pdb

    Parábolas para aprender

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    Parábolas para aprender

    1. ¿A cual alimentas?
    2. Parábola de la acción de gracias
    3. Parábola de la acción y de la atención
    4. Aceptar lo que se es
    5. Afile la sierra
    6. Agradar al vecino
    7. Agradezcan que soy creyente
    8. Agua maravillosa
    9. ¿Águila o Gallina?
    10. Al fin, libre
    11. Al gusto de Dios
    12. Al mal tiempo, buena cara
    13. Al más grande de todos
    14. Al otro lado del seto
    15. Alas para volar
    16. Alegre, a pesar de todo
    17. Alejandro Magno
    18. Alejandro y Aristóteles
    19. Alguien nos esta vigilando
    20. Alguien que lo entendió
    21. Parábola de altura de miras

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    Año Mariano

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    Año Mariano

    1.- MARIA EN EL ANTIGUO TESTAMENTO
    2.- MARIA EN EL NUEVO TESTAMENTO
    3.- MARIA EN EL CATECISMO DE LA IGLESIA
    4.- MARIA EN EL COMPENDIO DEL CATECISMO DE LA IGLESIA CATOLICA
    5.- TRADICION: ANTOLOGIA DE TEXTOS
     
    El nombre de María
    Predestinación de María
    Plenitud de gracia y exención de todo pecado
    Virginidad perpetua
    Madre de Dios y Madre nuestra
    Confianza y trato filial
    Omnipotencia suplicante
    Madre de la Iglesia
    Corredentora del mundo
    Mediadora universal
    Dispensadora universal de todas las gracias
    Reina y Señora de cielos y tierra
    Devociones a Santa María
    María, ejemplo de todos los cristianos
    Honrar a María es alabar a Dios
    Amor a la Virgen
     
    6.- ROSARIUM VIRGINIS MARIA
    7.- REDEMPTORIS MATER
    8.- ESCRITOS DE SAN JOSEMARIA
     
    Camino
    Por María hacia Jesús
    La Virgen Santa, causa de nuestra alegría
    Madre de Dios, Madre nuestra
    Santo Rosario 
     
    9.- ORACIONES A LA VIRGEN
     

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    Orthodoxy, Chesterton

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    Orthodoxy, Chesterton 

    This book is in the public domain.
    PREFACE.. 3
    I-Introduction in Defence of Everything Else. 5
    II-The Maniac. 8
    III-The Suicide of Thought 17
    IV-The Ethics of Elfland. 26
    V-The Flag of the World. 37
    VI-The Paradoxes of Christianity. 46
    VII-The Eternal Revolution. 58
    VIII-The Romance of Orthodoxy. 70
    IX-Authority and the Adventurer 80
     

    PREFACE
     
    THIS book is meant to be a companion to “Heretics,” and to put the positive side in addition to the negative. Many critics complained of the book called “Heretics” because it merely criticised current philosophies without offering any alternative philosophy. This book is an attempt to answer the challenge. It is unavoidably affirmative and therefore unavoidably autobiographical. The writer has been driven back upon somewhat the same difficulty as that which beset Newman in writing his Apologia; he has been forced to be egotistical only in order to be sincere. While everything else may be different the motive in both cases is the same. It is the purpose of the writer to attempt an explanation, not of whether the Christian Faith can be believed, but of how he personally has come to believe it. The book is therefore arranged upon the positive principle of a riddle and its answer. It deals first with all the writer’s own solitary and sincere speculations and then with all the startling style in which they were all suddenly satisfied by the Christian Theology. The writer regards it as amounting to a convincing creed. But if it is not that it is at least a repeated and surprising coincidence.
                                                              GILBERT K. CHESTERTON.

     

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    La Dolorosa Pasión de Nuestro Señor Jesucristo, Ana Catalina Emmerich

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    La Dolorosa Pasión de Nuestro Señor Jesucristo, Ana Catalina Emmerich

    1
    En el Monte de los Olivos
    21
    Simón Cirineo – Tercera caída de Jesús
    2
    Encarcelamiento y primeros juicios – Prisión de Jesús
    22
    La Verónica y el Sudario
    3
    Jesús delante de Anás
    23
    Las hijas de Jerusalén
    4
    Jesús delante de Caifás
    24
    Jesús sobre el Gólgota
    5
    Negación de Pedro
    25
    María y las santas mujeres van al Calvario
    6
    María en casa de Caifás
    26
    Jesús despojado de sus vestiduras y clavado en la Cruz
    7
    Juicio de la mañana
    27
    Exaltación de la Cruz
    8
    Desesperación de Judas
    28
    Crucifixión de los ladrones
    9
    Jesús conducido a presencia de Pilatos
    29
    Jesús crucificado y los dos ladrones
    10
    Origen del Via Crucis
    30
    Primera palabra de Jesús en la Cruz
    11
    Pilatos y su mujer
    31
    Eclipse de sol – Segunda y tercera palabras de Jesús
    12
    Jesús delante de Herodes
    32
    Estado de la ciudad y del templo – Cuarta palabra de Jesús
    13
    De Herodes a Pilatos
    33
    Quinta, sexta y séptima palabras. Muerte de Jesús
    14
    La Flagelación
    34
    Temblor de tierra – Aparición de los muertos en Jerusalén
    15
    La coronación de espinas
    35
    José de Arimatea pide a Pilatos el cuerpo de Jesús
    16
    ¡Ecce Homo!
    36
    Abertura del costado de Jesús – Muerte de los ladrones
    17
    Jesús condenado a muerte
    37
    El descendimiento
    18
    Jesús con la Cruz a cuestas
    38
    Jesús metido en el sepulcro
    19
    Primera caída de Jesús debajo de la Cruz
    39
    Los judíos ponen guardia en el sepulcro
    20
    Jesús encuentra a su Santísima Madre – Segunda caída
     
     

    1
    Ayer tarde fue cuando tuvo lugar la última gran comida del Señor y sus amigos, en casa de Simón el Leproso, en Betania, en donde María Magdalena derramó por la última vez los perfumes sobre Jesús. Los discípulos habían preguntado ya a Jesús dónde quería celebrar la Pascua. Hoy, antes de amanecer, llamó el Señor a Pedro, a Santiago y a Juan: les habló mucho de todo lo que debían preparar y ordenar en Jerusalén, y les dijo que cuando subieran al monte de Sión, encontrarían al hombre con el cántaro de agua. Ellos conocían ya a este hombre, pues en la última Pascua, en Betania, él había preparado la comida de Jesús: por eso San Mateo dice: cierto hombre. Debían seguirle hasta su casa y decirle: “El Maestro os manda decir que su tiempo se acerca, y que quiere celebrar la Pascua en vuestra casa”. Después debían ser conducidos al Cenáculo, y ejecutar todas las disposiciones necesarias. Yo vi los dos Apóstoles subir a Jerusalén; y encontraron al principio de una pequeña subida, cerca de una casa vieja con muchos patios, al hombre que el Señor les había designado: le siguieron y le dijeron lo que Jesús les había mandado. Se alegró mucho de esta noticia, y les respondió que la comida estaba ya dispuesta en su casa (probablemente por Nicodemus); que no sabía para quién, y que se alegraba de saber que era para Jesús. Este hombre era Elí, cuñado de Zacarías de Hebrón, en cuya casa el año anterior había Jesús anunciado la muerte de Juan Bautista. Iba todos los años a la fiesta de la Pascua con sus criados, alquilaba una sala, y preparaba la Pascua para las personas que no tenían hospedaje en la ciudad. Ese año había alquilado un Cenáculo que pertenecía a Nicodemus y a José de Arimatea. Enseñó a los dos Apóstoles su posición y su distribución interior.
    2
    Sobre el lado meridional de la montaña de Sión, se halla una antigua y sólida casa, entre dos filas de árboles copudos, en medio de un patio espacioso cercado de buenas paredes. Al lado izquierdo de la entrada se ven otras habitaciones contiguas a la pared; a la derecha, la habitación del mayordomo, y al lado, la que la Virgen y las santas mujeres ocuparon con más frecuencia después de la muerte de Jesús. El Cenáculo, antiguamente más espacioso, había servido entonces de habitación a los audaces capitanes de David: en él se ejercitaban en manejar las armas. Antes de la fundación del templo, el Arca de la Alianza había sido depositada allí bastante tiempo, y aún hay vestigios de su permanencia en un lugar subterráneo. Yo he visto también al profeta Malaquías escondido debajo de las mismas bóvedas; allí escribió sus profecías sobre el Santísimo Sacramento y el sacrificio de la Nueva Alianza. Cuando una gran parte de Jerusalén fue destruida por los babilonios, esta casa fue respetada: he visto otras muchas cosas de ella; pero no tengo presente más que lo que he contado. Este edificio estaba en muy mal estado cuando vino a ser propiedad de Nicodemus y de José de Arimatea: habían dispuesto el cuerpo principal muy cómodamente y lo alquilaban para servir de Cenáculo a los extranjeros, que la Pascua atraía a Jerusalén. Así el Señor lo había usado en la última Pascua. El Cenáculo, propiamente, está casi en medio del patio; es cuadrilongo, rodeado de columnas poco elevadas. Al entrar, se halla primero un vestíbulo, adonde conducen tres puertas; después de entra en la sala interior, en cuyo techo hay colgadas muchas lámparas; las paredes están adornadas, para la fiesta, hasta media altura, de hermosos tapices y de colgaduras. La parte posterior de la sala está separada del resto por una cortina. Esta división en tres partes da al Cenáculo cierta similitud con el templo. En la última parte están dispuestos, a derecha e izquierda, los vestidos necesarios para la celebración de la fiesta. En el medio hay una especie de altar; en esta parte de la sala están haciendo grandes preparativos para la comida pascual. En el nicho de la pared hay tres armarios de diversos colores, que se vuelven como nuestros tabernáculos para abrirlos y cerrarlos; vi toda clase de vasos para la Pascua; más tarde, el Santísimo Sacramento reposó allí. En las salas laterales del Cenáculo hay camas en donde se puede pasar la noche. Debajo de todo el edificio hay bodegas hermosas. El Arca de la Alianza fue depositada en algún tiempo bajo el sitio donde se ha construido el hogar. Yo he visto allí a Jesús curar y enseñar; los discípulos también pasaban con frecuencia las noches en las laterales.
    3
    Vi a Pedro y a Juan en Jerusalén entrar en una casa que pertenecía a Serafia (tal era el nombre de la que después fue llamada Verónica). Su marido, miembro del Consejo, estaba la mayor parte del tiempo fuera de la casa atareado con sus negocios; y aun cuando estaba en casa, ella lo veía poco. Era una mujer de la edad de María Santísima, y que estaba en relaciones con la Sagrada Familia desde mucho tiempo antes: pues cuando el niño se quedó en el templo después de la fiesta, ella le dio de comer. Los dos apóstoles tomaron allí, entre otras cosas, el cáliz de que se sirvió el Señor para la institución de la Sagrada Eucaristía. El cáliz que los apóstoles llevaron de la casa de Verónica, es un vaso maravilloso y misterioso. Había estado mucho tiempo en el templo entre otros objetos preciosos y de gran antigüedad, cuyo origen y uso se había olvidado. Había sido vendido a un aficionado de antigüedades. Y comprado por Serafia había servido ya muchas veces a Jesús para la celebración de las fiestas, y desde ese día fue propiedad constante de la santa comunidad cristiana. El gran cáliz estaba puesto en una azafata, y alrededor había seis copas. Dentro de él había otro vaso pequeño, y encima un plato con una tapadera redonda. En su pie estaba embutida una cuchara, que se sacaba con facilidad. El gran cáliz se ha quedado en la iglesia de Jerusalén, cerca de Santiago el Menor, y lo veo todavía conservado en esta villa: ¡aparecerá a la luz como ha aparecido esta vez! Otras iglesias se han repartido las copas que lo rodeaban; una de ellas está en Antioquía; otra en Efeso: pertenecían a los Patriarcas, que bebían en ellas una bebida misteriosa cuando recibían y daban la bendición, como lo he visto muchas veces. El gran cáliz estaba en casa de Abraham: Melquisedec lo trajo consigo del país de Semíramis a la tierra de Canaán cuando comenzó a fundar algunos establecimientos en el mismo sitio donde se edificó después Jerusalén: él lo usó en el sacrificio, cuando ofreció el pan y el vino en presencia de Abraham, y se lo dejó a este Patriarca.
    4
    Por la mañana, mientras los dos Apóstoles se ocupaban en Jerusalén en hacer los preparativos de la Pascua, Jesús, que se había quedado en Betania, hizo una despedida tierna a las santas mujeres, a Lázaro y a su Madre, y les dio algunas instrucciones. Yo vi al Señor hablar solo con su Madre; le dijo, entre otras cosas, que había enviado a Pedro, el Apóstol de la fe, y a Juan, el Apóstol del amor, para preparar la Pascua en Jerusalén. Dijo que María Magdalena, cuyo dolor era muy violento, que su amor era grande, pero que todavía era un poco según la carne, y que por ese motivo el dolor la ponía fuera de sí. Habló también del proyecto de Judas, y la Virgen Santísima rogó por él. Judas había ido otra vez de Betania a Jerusalén con pretexto de hacer un pago. Corrió todo el día a casa de los fariseos, y arregló la venta con ellos. Le enseñaron los soldados encargados de prender al Salvador. Calculó sus idas y venidas de modo que pudiera explicar su ausencia. Volvió al lado del Señor poco antes de la cena. Yo he visto todas sus tramas y todos sus pensamientos. Era activo y servicial; pero lleno de avaricia, de ambición y de envidia, y no combatía estas pasiones. Había hecho milagros y curaba enfermos en la ausencia de Jesús. Cuando el Señor anunció a la Virgen lo que iba a suceder, Ella le pidió de la manera más tierna que la dejase morir con Él. Pero Él le recomendó que tuviera más resignación que las otras mujeres; le dijo también que resucitaría, y el sitio donde se le aparecería. Ella no lloró mucho, pero estaba profundamente triste. El Señor le dio las gracias, como un hijo piadoso, por todo el amor que le tenía. Se despidió otra vez de todos, dando todavía diversas instrucciones. Jesús y los nueve Apóstoles salieron a las doce de Betania para Jerusalén; anduvieron al pie del monte de los Olivos, en el valle de Josafat y hasta el Calvario. En el camino no cesaba de instruirlos. Dijo a los Apóstoles, entre otras cosas, que hasta entonces les había dado su pan y su vino, pero que hoy quería darles su carne y su sangre, y que les dejaría todo lo que tenía. Decía esto el Señor con una expresión tan dulce en su ara, que su alma parecía salirse por todas partes, y que se deshacía en amor, esperando el momento de darse a los hombres. Sus discípulos no lo comprendieron: creyeron que hablaba del cordero pascual. No se puede expresar todo el amor y toda la resignación que encierran los últimos discursos que pronunció en Betania y aquí. Cuando Pedro y Juan vinieron al Cenáculo con el cáliz, todos los vestidos de la ceremonia estaban ya en el vestíbulo. En seguida se fueron al valle de Josafat y llamaron al Señor y a los nueve Apóstoles. Los discípulos y los amigos que debían celebrar la Pascua en el Cenáculo vinieron después.
    5
    Jesús y los suyos comieron el cordero pascual en el Cenáculo, divididos en tres grupos: el Salvador con los doce Apóstoles en la sala del Cenáculo; Natanael con otros doce discípulos en una de las salas laterales; otros doce tenían a su cabeza a Eliazim, hijo de Cleofás y de María, hija de Helí: había sido discípulo de San Juan Bautista. Se mataron para ellos tres corderos en el templo. Había allí un cuarto cordero, que fue sacrificado en el Cenáculo: éste es el que comió Jesús con los Apóstoles. Judas ignoraba esta circunstancia; continuamente ocupado en su trama, no había vuelto cuando el sacrificio del cordero; vino pocos instantes antes de la comida. El sacrificio del cordero destinado a Jesús y a los Apóstoles fue muy tierno; se hizo en el vestíbulo del Cenáculo. Los Apóstoles y los discípulos estaban allí cantando el salmo CXVIII. Jesús habló de una nueva época que comenzaba. Dijo que los sacrificios de Moisés y la figura del Cordero pascual iban a cumplirse; pero que, por esta razón, el cordero debía ser sacrificado como antiguamente en Egipto, y que iban a salir verdaderamente de la casa de servidumbre. Los vasos y los instrumentos necesarios fueron preparados. Trajeron un cordero pequeñito, adornado con una corona, que fue enviada a la Virgen Santísima al sitio donde estaba con las santas mujeres. El cordero estaba atado, con la espalda sobre una tabla, por el medio del cuerpo: me recordó a Jesús atado a la columna y azotado. El hijo de Simeón tenía la cabeza del cordero. El Señor lo picó con la punta de un cuchillo en el cuello, y el hijo de Simeón acabó de matarlo. Jesús parecía tener repugnancia de herirlo: lo hizo rápidamente, pero con gravedad; la sangre fue recogida en un baño, y le trajeron un ramo de hisopo que mojó en la sangre. En seguida fue a la puerta de la sala, tiñó de sangre los dos pilares y la cerradura, y fijó sobre la puerta el ramo teñido de sangre. Después hizo una instrucción, y dijo, entre otras cosas, que el ángel exterminador pasaría más lejos; que debían adorar en ese sitio sin temor y sin inquietud cuando Él fuera sacrificado, a Él mismo, el verdadero Cordero pascual; que un nuevo tiempo y un nuevo sacrificio iban a comenzar, y que durarían hasta el fin del mundo. Después se fueron a la extremidad de la sala, cerca del hogar donde había estado en otro tiempo el Arca de la Alianza. Jesús vertió la sangre sobre el hogar, y lo consagró como un altar; seguido de sus Apóstoles, dio la vuelta al Cenáculo y lo consagró como un nuevo templo. Todas las puertas estaban cerradas mientras tanto. El hijo de Simeón había ya preparado el cordero. Lo puso en una tabla: las patas de adelante estaban atadas a un palo puesto al revés; las de atrás estaban extendidas a lo largo de la tabla. Se parecía a Jesús sobre la cruz, y fue metido en el horno para ser asado con los otros tres corderos traídos del templo. Los convidados se pusieron los vestidos de viaje que estaban en el vestíbulo, otros zapatos, un vestido blanco parecido a una camisa, y una capa más corta de adelante que de atrás; se arremangaron los vestidos hasta la cintura; tenían también unas mangas anchas arremangadas. Cada grupo fue a la mesa que le estaba reservada: los discípulos en las salas laterales, el Señor con los Apóstoles en la del Cenáculo. Según puedo acordarme, a la derecha de Jesús estaban Juan, Santiago el Mayor y Santiago el Menor; al extremo de la mesa, Bartolomé; y a la vuelta, Tomás y Judas Iscariote. A la izquierda de Jesús estaban Pedro, Andrés y Tadeo; al extremo de la izquierda, Simón, y a la vuelta, Mateo y Felipe. Después de la oración, el mayordomo puso delante de Jesús, sobre la mesa, el cuchillo para cortar el cordero, una copa de vino delante del Señor, y llenó seis copas, que estaban cada una entre dos Apóstoles. Jesús bendijo el vino y lo bebió; los Apóstoles bebían dos en la misma copa. El Señor partió el cordero; los Apóstoles presentaron cada uno su pan, y recibieron su parte. La comieron muy de prisa, con ajos y yerbas verdes que mojaban en la salsa. Todo esto lo hicieron de pie, apoyándose sólo un poco sobre el respaldo de su silla. Jesús rompió uno de los panes ácimos, guardó una parte, y distribuyó la otra. Trajeron otra copa de vino; y Jesús decía: “Tomad este vino hasta que venga el reino de Dios”. Después de comer, cantaron; Jesús rezó o enseñó, y habiéndose lavado otra vez las manos, se sentaron en las sillas. Al principio estuvo muy afectuoso con sus Apóstoles; después se puso serio y melancólico, y les dijo: “Uno de vosotros me venderá; uno de vosotros, cuya mano está conmigo en esta mesa”. Había sólo un plato de lechuga; Jesús la repartía a los que estaban a su lado, y encargó a Judas, sentado en frente, que la distribuyera por su lado. Cuando Jesús habló de un traidor, cosa que espantó a todos los Apóstoles, dijo: “Un hombre cuya mano está en la misma mesa o en el mismo plato que la mía”, lo que significa: “Uno de los doce que comen y beben conmigo; uno de los que participan de mi pan”. No designó claramente a Judas a los otros, pues meter la mano en el mismo plato era una expresión que indicaba la mayor intimidad. Sin embargo, quería darle un aviso, pues, que metía la mano en el mismo plato que el Señor para repartir lechuga. Jesús añadió: “El hijo del hombre se va, según esta escrito de Él; pero desgraciado el hombre que venderá al Hijo del hombre: más le valdría no haber nacido”. Los Apóstoles, agitados, le preguntaban cada uno: “Señor, ¿soy yo?”, pues todos sabían que no comprendían del todo estas palabras. Pedro se recostó sobre Juan por detrás de Jesús, y por señas le dijo que preguntara al Señor quién era, pues habiendo recibido algunas reconvenciones de Jesús, tenía miedo que le hubiera querido designar. Juan estaba a la derecha de Jesús, y, como todos, apoyándose sobre el brazo izquierdo, comía con la mano derecha: su cabeza estaba cerca del pecho de Jesús. Se recostó sobre su seno, y le dijo: “Señor, ¿quién es?”. Entonces tuvo aviso que quería designar a Judas. Yo no vi que Jesús se lo dijera con los labios: “Este a quien le doy el pan que he mojado”. Yo no sé si se lo dijo bajo; pero Juan lo supo cuando el Señor mojó el pedazo de pan con la lechuga, y lo presentó afectuosamente a Judas, que preguntó también: “Señor, ¿soy yo?”. Jesús lo miró con amor y le dio una respuesta en términos generales. Era para los judíos una prueba de amistad y de confianza. Jesús lo hizo con una afección cordial, para avisar a Judas, sin denunciarlo a los otros; pero éste estaba interiormente lleno de rabia. Yo vi, durante la comida, una figura horrenda, sentada a sus pies, y que subía algunas veces hasta su corazón. Yo no vi que Juan dijera a Pedro lo que le había dicho Jesús; pero lo tranquilizó con los ojos.
    6
    Se levantaron de la mesa, y mientras arreglaban sus vestidos, según costumbre, para el oficio solemne, el mayordomo entró con dos criados para quitar la mesa. Jesús le pidió que trajera agua al vestíbulo, y salió de la sala con sus criados. De pie en medio de los Apóstoles, les habló algún tiempo con solemnidad. No puedo decir con exactitud el contenido de su discurso. Me acuerdo que habló de su reino, de su vuelta hacia su Padre, de lo que les dejaría al separarse de ellos. Enseñó también sobre la penitencia, la confesión de las culpas, el arrepentimiento y la justificación. Yo comprendí que esta instrucción se refería al lavatorio de los pies; vi también que todos reconocían sus pecados y se arrepentían, excepto Judas. Este discurso fue largo y solemne. Al acabar Jesús, envió a Juan y a Santiago el Menor a buscar agua al vestíbulo, y dijo a los Apóstoles que arreglaran las sillas en semicírculo. Él se fue al vestíbulo, y se puso y ciñó una toalla alrededor del cuerpo. Mientras tanto, los Apóstoles se decían algunas palabras, y se preguntaban entre sí cuál sería el primero entre ellos; pues el Señor les había anunciado expresamente que iba a dejarlos y que su reino estaba próximo; y se fortificaban más en la opinión de que el Señor tenía un pensamiento secreto, y que quería hablar de un triunfo terrestre que estallaría en el último momento. Estando Jesús en el vestíbulo, mandó a Juan que llevara un baño y a Santiago un cántaro lleno de agua; en seguida fueron detrás de él a la sala en donde el mayordomo había puesto otro baño vacío. Entró Jesús de un modo muy humilde, reprochando a los Apóstoles con algunas palabras la disputa que se había suscitado entre ellos: les dijo, entre otras cosas, que Él mismo era su servidor; que debían sentarse para que les lavara los pies. Se sentaron en el mismo orden en que estaban en la mesa. Jesús iba del uno al otro, y les echaba sobre los pies agua del baño que llevaba Juan; con la extremidad de la toalla que lo ceñía, los limpiaba; estaba lleno de afección mientras hacía este acto de humildad. Cuando llegó a Pedro, éste quiso detenerlo por humildad, y le dijo: “Señor, ¿Vos lavarme los pies?”. El Señor le respondió: “Tú no sabes ahora lo que hago, pero lo sabrás mas tarde”. Me pareció que le decía aparte: “Simón, has merecido saber de mi Padre quién soy yo, de dónde vengo y adónde voy; tú solo lo has confesado expresamente, y por eso edificaré sorbe ti mi Iglesia, y las puertas del infierno no prevalecerán contra ella. Mi fuerza acompañará a tus sucesores hasta el fin del mundo”. Jesús lo mostró a los Apóstoles, diciendo: “Cuando yo me vaya, él ocupará mi lugar”. Pedro le dijo: “Vos no me lavaréis jamás los pies”. El Señor le respondió: “Si no te lavo los pies, no tendrás parte conmigo”. Entonces Pedro añadió: “Señor, lavadme no sólo los pies, sino también las manos y la cabeza”. Jesús respondió: “El que ha sido ya lavado, no necesita lavarse más que los pies; está purificado en todo el resto; vosotros, pues, estáis purificados, pero no todos”. Estas palabras se dirigían a Judas. Había hablado del lavatorio de los pies como de una purificación de las culpas diarias, porque los pies, estando sin cesar en contacto con la tierra, se ensucian constantemente si no se tiene una grande vigilancia. Este lavatorio de los pies fue espiritual, y como una especie de absolución. Pedro, en medio de su celo, no vio más que una humillación demasiado grande de su Maestro: no sabía que Jesús al día siguiente, para salvarlo, se humillaría hasta la muerte ignominiosa de la cruz. Cuando Jesús lavó los pies a Judas, fue del modo más cordial y más afectuoso: acercó la cara a sus pies; le dijo en voz baja, que debía entrar en sí mismo; que hacía un año que era traidor e infiel. Judas hacía como que no le oía, y hablaba con Juan. Pedro se irritó y le dijo: “Judas, el Maestro te habla”. Entonces Judas dio a Jesús una respuesta vaga y evasiva, como: “Señor, ¡Dios me libre!”. Los otros no habían advertido que Jesús hablaba con Judas, pues hablaba bastante bajo para que no le oyeran, y además, estaban ocupados en ponerse su calzado. En toda la pasión nada afligió más al Salvador que la traición de Judas. Jesús lavó también los pies a Juan y a Santiago. Enseñó sobre la humildad: les dijo que el que serví a los otros era el mayor de todos; y que desde entones debían lavarse con humildad los pies los unos a los otros; en seguida se puso sus vestidos. Los Apóstoles desataron los suyos, que los habían levantado para comer el cordero pascual.
    7
    Por orden del Señor, el mayordomo puso de nuevo la mesa, que había lazado un poco: habiéndola puesto en medio de la sala, colocó sobre ella un jarro lleno de agua y otro lleno de vino. Pedro y Juan fueron a buscar al cáliz que habían traído de la casa de Serafia. Lo trajeron entre los dos como un Tabernáculo, y lo pusieron sobre la mesa delante de Jesús. Había sobre ella una fuente ovalada con tres panes asimos blancos y delgados; los panes fueron puestos en un paño con el medio pan que Jesús había guardado de la Cena pascual: había también un vaso de agua y de vino, y tres cajas: la una de aceite espeso, la otra de aceite líquido y la tercera vacía. Desde tiempo antiguo había la costumbre de repartir el pan y de beber en el mismo cáliz al fin de la comida; era un signo de fraternidad y de amor que se usaba para dar la bienvenida o para despedirse. Jesús elevó hoy este uso a la dignidad del más santo Sacramento: hasta entonces había sido un rito simbólico y figurativo. El Señor estaba entre Pedro y Juan; las puertas estaban cerradas; todo se hacía con misterio y solemnidad. Cuando el cáliz fue sacado de su bolsa, Jesús oró, y habló muy solemnemente. Yo le vi explicando la Cena y toda la ceremonia: me pareció un sacerdote enseñando a los otros a decir misa. Sacó del azafate, en el cual estaban los vasos, una tablita; tomó un paño blanco que cubría el cáliz, y lo tendió sobre el azafate y la tablita. Luego sacó los panes asimos del paño que los cubría, y los puso sobre esta tapa; sacó también de dentro del cáliz un vaso más pequeño, y puso a derecha y a izquierda las seis copas de que estaba rodeado. Entonces bendijo el pan y los óleos, según yo creo: elevó con sus dos manos la patena, con los panes, levantó los ojos, rezó, ofreció, puso de nuevo la patena sobre la mesa, y la cubrió. Tomó después el cáliz, hizo que Pedro echara vino en él y que Juan echara el agua que había bendecido antes; añadió un poco de agua, que echó con una cucharita : entonces bendijo el cáliz, lo elevó orando, hizo el ofertorio, y lo puso sobre la mesa. Juan y Pedro le echaron agua sobre las manos. No me acuerdo si este fue el orden exacto de las ceremonias: lo que sé es que todo me recordó de un modo extraordinario el santo sacrificio de la Misa. Jesús se mostraba cada vez más afectuoso; les dijo que les iba a dar todo lo que tenía, es decir, a Sí mismo; y fue como si se hubiera derretido todo en amor. Le volverse transparente; se parecía a una sombra luminosa. Rompió el pan en muchos pedazos, y los puso sobre la patena; tomó un poco del primer pedazo y lo echó en el cáliz. Oró y enseñó todavía: todas sus palabras salían de su boca como el fuego de la luz, y entraban en los Apóstoles, excepto en Judas. Tomó la patena con los pedazos de pan y dijo: Tomad y comed; este es mi Cuerpo, que será dado por vosotros. Extendió su mano derecha como para bendecir, y mientras lo hacía, un resplandor salía de Él: sus palabras eran luminosas, y el pan entraba en la boca de los Apóstoles como un cuerpo resplandeciente: yo los vi a todos penetrados de luz; Judas solo estaba tenebroso. Jesús presentó primero el pan a Pedro, después a Juan; en seguida hizo señas a Judas que se acercara: éste fue el tercero a quien presentó el Sacramento, pero fue como si las palabras del Señor se apartasen de la boca del traidor, y volviesen a Él. Yo estaba tan agitada, que no puedo expresar lo que sentía. Jesús le dijo: “Haz pronto lo que quieres hacer”. Después dio el Sacramento a los otros Apóstoles. Elevó el cáliz por sus dos asas hasta la altura de su cara, y pronunció las palabras de la consagración: mientras las decía, estaba transfigurado y transparente: parecía que pasaba todo entero en lo que les iba a dar. Dio de beber a Pedro y a Juan en el cáliz que tenía en la mano, y lo puso sobre la mesa. Juan echó la sangre divina del cáliz en las copas, y Pedro las presentó a los Apóstoles, que bebieron dos a dos en la misma copa. Yo creo, sin estar bien segura de ello, que Judas tuvo también su parte en el cáliz. No volvió a su sitio, sino que salió en seguida del Cenáculo. Los otros creyeron que Jesús le había encargado algo. El Señor echó en un vasito un resto de sangre divina que quedó en el fondo del cáliz; después puso sus dedos en el cáliz, y Pedro y Juan le echaron otra vez agua y vino. Después les dio a beber de nuevo en el cáliz, y el resto lo echó en las copas y lo distribuyó a los otros Apóstoles. En seguida limpió el cáliz, metió dentro el vasito donde estaba el resto de la sangre divina, puso encima la patena con el resto del pan consagrado, le puso la tapadera, envolvió el cáliz, y lo colocó en medio de las seis copas. Después de la Resurrección, vi a los Apóstoles comulgar con el resto del Santísimo Sacramento. Había en todo lo que Jesús hizo durante la institución de la Sagrada Eucaristía, cierta regularidad y cierta solemnidad: sus movimientos a un lado y a otro estaban llenos de majestad. Vi a los Apóstoles anotar alguna cosa en unos pedacitos de pergamino que traían consigo.
    8
    Jesús hizo una instrucción particular. Les dijo que debían conservar el Santísimo Sacramento en memoria suya hasta el fin del mundo; les enseñó las formas esenciales para hacer uso de él y comunicarlo, y de qué modo debían, por grados, enseñar y publicar este misterio. Les enseñó cuándo debían comer el resto de las especies consagradas, cuándo debían dar de ellas a la Virgen Santísima, cómo debían consagrar ellos mismos cuando les hubiese enviado el Consolador. Les habló después del sacerdocio, de la unción, de la preparación del crisma, de los santos óleos. Había tres cajas: dos contenían una mezcla de aceite y de bálsamo. Enseñó cómo se debía hacer esa mezcla, a qué partes del cuerpo se debía aplicar, y en qué ocasiones. Me acuerdo que citó un caso en que la Sagrada Eucaristía no era aplicable: puede ser que fuera la Extremaunción; mis recuerdos no están fijos sobre ese punto. Habló de diversas unciones, sobre todo de las de los Reyes, y dijo que aun los Reyes inicuos que estaban ungidos, recibían de la unción una fuerza particular. Después vi a Jesús ungir a Pedro y a Juan: les impuso las manos sorbe la cabeza y sobre los hombros. Ellos juntaron las manos poniendo el dedo pulgar en cruz, y se inclinaron profundamente delante de Él, hasta ponerse casi de rodillas. Les ungió el dedo pulgar y el índice de cada mano, y les hizo una cruz sobre la cabeza con el crisma. Les dijo también que aquello permanecería hasta el fin del mundo. Santiago el Menor, Andrés, Santiago el Mayor y Bartolomé recibieron asimismo la consagración. Vi que puso en cruz sobre el pecho de Pedro una especie de estola que llevaba al cuello, y a los otros se la colocó sobre el hombro derecho. Yo vi que Jesús les comunicaba por esta unción algo esencial y sobrenatural que no sé explicar. Les dijo que en recibiendo el Espíritu Santo consagrarían el pan y el vino y darían la unción a los Apóstoles. Me fue mostrado aquí que el día de Pentecostés, antes del gran bautismo, Pedro y Juan impusieron las anos a los otros Apóstoles, y ocho días después a muchos discípulos. Juan, después de la Resurrección, presentó por primera vez el Santísimo Sacramento a la Virgen Santísima. Esta circunstancia fue celebrada entre los Apóstoles. La Iglesia no celebra ya esta fiesta; pero la veo celebrar en la Iglesia triunfante. Los primeros días después de Pentecostés yo vi a Pedro y a Juan consagrar solos la Sagrada Eucaristía: más tarde, los otros hicieron lo mismo. El Señor consagró también el fuego en una copa de hierro, y tuvieron cuidado de no dejarlo apagar jamás: fue conservado al lado del sitio donde estaba puesto el Santísimo Sacramento, en una parte del antiguo hornillo pascual, y de allí iban a sacarlo siempre para los usos espirituales. Todo lo que hizo entonces Jesús estuvo muy secreto y fue enseñado sólo en secreto. La Iglesia ha conservado lo esencial, extendiéndolo bajo la inspiración del Espíritu Santo para acomodarlo a sus necesidades. Cuando estas santas ceremonias se acabaron, el cáliz que estaba al lado del crisma fue cubierto, y Pedro y Juan llevaron el Santísimo Sacramento a la parte mas retirada de la sala, que estaba separada del resto por una cortina, y desde entonces fue el santuario. José de Arimatea y Nicodemus cuidaron el Santuario y el Cenáculo en la ausencia de los Apóstoles. Jesús hizo todavía una larga instrucción, y rezó algunas veces. Con frecuencia parecía conversar con su Padre celestial: estaba lleno de entusiasmo y de amor. Los Apóstoles, llenos de gozo y de celo, le hacían diversas preguntas, a las cuales respondía. La mayor parte de todo esto debe estar en la Sagrada Escritura. El Señor dijo a Pedro y a Juan diferentes cosas que debían comunicar después a los otros Apóstoles, y estos a los discípulos y a las santas mujeres, según la capacidad de cada uno para estos conocimientos. Yo he visto siempre así la Pascua y la institución de la Sagrada Eucaristía. Pero mi emoción antes era tan grande, que mis percepciones no podían ser bien distintas: ahora lo he visto con más claridad. Se ve el interior de los corazones; se ve el amor y la fidelidad del Salvador: se sabe todo lo que va a suceder. Como sería posible observar exactamente todo lo que no es más que exterior, se inflama uno de gratitud y de amor, no se puede comprender la ceguedad de los hombres, la ingratitud del mundo entero y sus pecados. La Pascua de Jesús fue pronta, y en todo conforme a las prescripciones legales. Los fariseos añadían algunas observaciones minuciosas.
    En el Monte de los Olivos
    1
    Cuando Jesús, después de instituido el Santísimo Sacramento del altar, salió del Cenáculo con los once Apóstoles, su alma estaba turbada, y su tristeza se iba aumentando. Condujo a los once por un sendero apartado en el valle de Josafat. El Señor, andando con ellos, les dijo que volvería a este sitio a juzgar al mundo; que entonces los hombres temblarían y gritarían: “¡Montes, cubridnos!”. Les dijo también: “Esta noche seréis escandalizados por causa mía; pues está escrito: Yo heriré al Pastor, y las ovejas serán dispersadas. Pero cuando resucite, os precederé en Galilea”. Los Apóstoles conservaban aún algo del entusiasmo y del recogimiento que les había comunicado la santa comunión y los discursos solemnes y afectuosos de Jesús. Lo rodeaban, pues, y le expresaban su amor de diversos modos, protestando que jamás lo abandonarían; pero Jesús continuó hablándoles en el mismo sentido, y entonces dijo Pedro: “Aunque todos se escandalizaren por vuestra causa, yo jamás me escandalizaré”. El Señor le predijo que antes que el gallo cantare le negaría tres veces, y Pedro insistió de nuevo, y le dijo: “Aunque tenga que morir con Vos, nunca os negaré”. Así hablaron también los demás. Andaban y se paseaban alternativamente, y la tristeza de Jesús se aumentaba cada vez más. Querían ellos consolarlo de un modo puramente humano, asegurándole que lo que preveía no sucedería. Se cansaron en esta vana tentativa, comenzaron a sudar, y vino sobre ellos la tentación. Atravesaron el torrente de Cedrón, no por el puente donde fue conducido preso Jesús más tarde, sino por otro, pues habían dado un rodeo. Getsemaní, adonde se dirigían, está a media legua del Cenáculo. Desde el Cenáculo hasta la puerta del valle de Josafat, hay un cuarto de legua, y otro tanto desde allí hasta Getsemaní. Este sitio, donde Jesús en los últimos días había pasado algunas noches con sus discípulos, se componía de varias casas vacías y abiertas, y de un gran jardín rodeado de un seto, adonde no había más que plantas de adorno y árboles frutales. Los Apóstoles y algunas otras personas tenían una llave de este jardín, que era un lugar de recreo y de oración. El jardín de los Olivos estaba separado del de Getsemaní por un camino; estaba abierto, cercado sólo por una tapia baja, y era más pequeño que el jardín de Getsemaní. Había en él grutas, terraplenes y muchos olivos, y fácilmente se encontraban sitios a propósito para la oración y para la meditación. Jesús fue a orar al más retirado de todos.
    2
    Eran cerca de las nueve cuando Jesús llegó a Getsemaní con sus discípulos. La tierra estaba todavía oscura; pero la luna esparcía ya su luz en el cielo. El Señor estaba triste y anunciaba la proximidad del peligro. Los discípulos estaban sobrecogidos, y Jesús dijo a ocho de los que le acompañaban que se quedasen en el jardín de Getsemaní, mientras él iba a orar. Llevó consigo a Pedro, Juan y Santiago, y entró en el jardín de los Olivos. Estaba sumamente triste, pues el tiempo de la prueba se acercaba. Juan le preguntó cómo Él, que siempre los había consolado, podía estar tan abatido. “Mi alma está triste hasta la muerte”, respondió Jesús; y veía por todos lados la angustia y la tentación acercarse como nubes cargadas de figuras terribles. Entonces dijo a los tres Apóstoles: “Quedaos ahí: velad y orad conmigo para no caer en tentación”. Jesús bajó un poco a la izquierda, y se ocultó debajo de un peñasco en una gruta de seis pies de profundidad, encima de la cual estaban los Apóstoles en una especie de hoyo. El terreno se inclinaba poco a poco en esta gruta, y las plantas asidas al peñasco formaban una especie de cortina a la entrada, de modo que no podía ser visto. Cuando Jesús se separó de los discípulos, yo vi a su alrededor un círculo de figuras horrendas, que lo estrechaban cada vez más. Su tristeza y su angustia se aumentaban; penetró temblando en la gruta para orar, como un hombre que busca un abrigo contra la tempestad; pero las visiones amenazadoras le seguían, y cada vez eran más fuertes. Esta estrecha caverna parecía presentar el horrible espectáculo de todos los pecados cometidos desde la caída del primer hombre hasta el fin del mundo, y su castigo. A este mismo sitio, al monte de los Olivos, habían venido Adán y Eva, expulsados del Paraíso, sobre una tierra ingrata; en esta misma gruta habían gemido y llorado. Me pareció que Jesús, al entregarse a la divina justicia en satisfacción de nuestros pecados, hacía volver su Divinidad al seno de la Trinidad Santísima; así, concentrado en su pura, amante e inocente humanidad, y armado sólo de su amor inefable, la sacrificaba a las angustias y a los padecimientos. Postrado en tierra, inclinado su rostro ya anegado en un mar de tristeza, todos los pecados del mundo se le aparecieron bajo infinitas formas en toda su fealdad interior; los tomó todos sobre sí, y se ofreció en la oración, a la justicia de su Padre celestial para pagar esta terrible deuda. Pero Satanás, que se agitaba en medio de todos estos horrores con una sonrisa infernal, se enfurecía contra Jesús; y haciendo pasar ante sus ojos pinturas cada vez más horribles, gritaba a su santa humanidad: “¡Como!, ¿tomarás tú éste también sobre ti?, ¿sufrirás su castigo?, ¿quieres satisfacer por todo esto?”. Entre los pecados del mundo que pesaban sobre el Salvador, yo vi también los míos; y del círculo de tentaciones que lo rodeaban vi salir hacia mí como un río en donde todas mis culpas me fueron presentadas. Al principio Jesús estaba arrodillado, y oraba con serenidad; pero después su alma se horrorizó al aspecto de los crímenes innumerables de los hombres y de su ingratitud para con Dios: sintió un dolor tan vehemente, que exclamó diciendo: “¡Padre mío, todo os es posible: alejad este cáliz!”. Después se recogió y dijo: “Que vuestra voluntad se haga y no la mía”. Su voluntad era la de su Padre; pero abandonado por su amor a las debilidades de la humanidad temblaba al aspecto de la muerte. Yo vi la caverna llena de formas espantosas; vi todos los pecados, toda la malicia, todos los vicios, todos los tormentos, todas las ingratitudes que le oprimían: el espanto de la muerte, el terror que sentía como hombre al aspecto de los padecimientos expiatorios, le asaltaban bajo la figura de espectros horrendos. Sus rodillas vacilaban; juntaba las manos; inundábalo el sudor, y se estremecía de horror. Por fin se levantó, temblaban sus rodillas, apenas podían sostenerlo; tenía la fisonomía descompuesta, y estaba desconocido, pálido y erizados los cabellos sobre la cabeza. Eran cerca de las diez cuando se levantó, y cayendo a cada paso, bañado de sudor frío, fue adonde estaban los tres Apóstoles, subió a la izquierda de la gruta, al sitio donde esto se habían dormido, rendidos, fatigados de tristeza y de inquietud. Jesús vino a ellos como un hombre cercado de angustias que el terror le hace recurrir a sus amigos, y semejante a un buen pastor que, avisado de un peligro próximo, viene a visitar a su rebaño amenazado, pues no ignoraba que ellos también estaban en la angustia y en la tentación. Las terribles visiones le rodeaban también en este corto camino. Hallándolos dormidos, juntó las manos, cayó junto a ellos lleno de tristeza y de inquietud, y dijo: “Simón, ¿duermes?”. Despertáronse al punto; se levantaron y díjoles en su abandono: “¿No podíais velar una hora conmigo?”. Cuando le vieron descompuesto, pálido, temblando, empapado en sudor; cuando oyeron su voz alterada y casi extinguida, no supieron qué pensar; y si no se les hubiera aparecido rodeado de una luz radiante, lo hubiesen desconocido. Juan le dijo: “Maestro, ¿qué tenéis? ¿Debo llamar a los otros discípulos? ¿Debemos huir?”. Jesús respondió: “Si viviera, enseñara y curara todavía treinta y tres años, no bastaría para cumplir lo que tengo que hacer de aquí a mañana. No llames a los otros ocho; helos dejados allí, porque no podrían verme en esta miseria sin escandalizarse: caerían en tentación, olvidarían mucho, y dudarían de Mí, porque verían al Hijo del hombre transfigurado, y también en su oscuridad y abandono; pero vela y ora para no caer en la tentación, porque el espíritu es pronto, pero la carne es débil”. Quería así excitarlos a la perseverancia, y anunciarles la lucha de su naturaleza humana contra la muerte, y la causa de su debilidad. Les habló todavía de su tristeza, y estuvo cerca de un cuarto de hora con ellos. Se volvió a la gruta, creciendo siempre su angustia: ellos extendían las manos hacia Él, lloraban, se echaban en los brazos los unos a los otros, y se preguntaban: “¿Qué tiene?, ¿qué le ha sucedido?, ¿está en un abandono completo?”. Comenzaron a orar con la cabeza cubierta, llenos de ansiedad y de tristeza. Todo lo que acabo de decir ocupó el espacio de hora y media, desde que Jesús entró en el jardín de los Olivos. En efecto, dice en la Escritura: “¿No habéis podido velar una hora conmigo?”. Pero esto no debe entenderse a la letra y según nuestro modo de contar. Los tres Apóstoles que estaban con Jesús habían orado primero, después se habían dormido, porque habían caído en tentación por falta de confianza. Los otros ocho, que se habían quedado a la entrada, no dormían: la tristeza que encerraban los últimos discursos de Jesús los había dejado muy inquietos; erraban por el monte de los Olivos para buscar algún refugio en caso de peligro.
    3
    Había poco ruido en Jerusalén; los judíos estaban en sus casas ocupados en los preparativos de la fiesta; yo vi acá y allá amigos y discípulos de Jesús, que andaban y hablaban juntos; parecían inquietos y como si esperasen algún acontecimiento. La Madre del Señor, Magdalena, Marta, María hija de Cleofás, María Salomé, y Salomé, habían ido desde el Cenáculo a la casa de María, madre de Marcos. María asustada de lo que decían sobre Jesús, quiso venir al pueblo para saber noticias suyas. Lázaro, Nicodemus, José de Arimatea, y algunos parientes de Hebrón, vinieron a velar para tranquilizarla. Pues habiendo tenido conocimiento de las tristes predicciones de Jesús en el Cenáculo, habían ido a informarse a casa de los fariseos conocidos suyos, y no habían oído que se preparase ninguna tentativa contra Jesús: decían que el peligro no debía ser tan grande; que no atacarían al Señor tan cerca de la fiesta; ellos no sabían nada de la traición de Judas. María les habló de la agitación de éste en los últimos días; de qué manera había salido del Cenáculo; seguramente había ido a denunciar a Aquél: Ella le había dicho con frecuencia que era un hijo de perdición. Las santas mujeres se volvieron a casa de María, madre de Marcos.
    4
    Cuando Jesús volvió a la gruta y con Él todos sus dolores, se prosternó con el rostro contra la tierra y los brazos extendidos, y en esta actitud rogó a su Padre celestial; pero hubo una nueva lucha en su alma, que duró tres cuartos de hora. Vinieron ángeles a mostrarle en una serie de visiones todos los dolores que había de padecer para expiar el pecado. Mostráronle cuál era la belleza del hombre antes de su caída, y cuánto lo había desfigurado y alterado ésta. Vio el origen de todos los pecados en el primer pecado; la significación y la esencia de la concupiscencia; sus terribles efectos sobre las fuerzas del alma humana, y también la esencia y la significación de todas las penas correspondientes a la concupiscencia. Le mostraron, en la satisfacción que debía de dar a la divina Justicia, un padecimiento de cuerpo y alma que comprendía todas las penas debidas a la concupiscencia de toda la humanidad; la deuda del género humano debía ser satisfecha por la naturaleza humana, exenta de pecado, del Hijo de Dios. Los ángeles le presentaban todo esto bajo diversas formas, y yo percibía lo que decían, a pesar de que no oía su voz. Ningún lenguaje puede expresar el dolor y el espanto que sobresaltaron el alma de Jesús a la vista de estas terribles expiaciones; el dolor de esta visión fue tal, que un sudor de sangre salió de todo su cuerpo. Mientras la humanidad de Jesucristo estaba sumergida en esta inmensidad de padecimientos, yo noté en los ángeles un movimiento de compasión; hubo un momento de silencio; me pareció que deseaban ardientemente consolarle, y que por eso oraban ante el trono de Dios. Hubo como una lucha de un instante entre la misericordia y la justicia de Dios, y el amor que se sacrificaba. Me pareció que la voluntad divina del Hijo se retiraba al Padre, para dejar caer sobre su humanidad todos los padecimientos que la voluntad humana de Jesús pedía a su Padre que alejara de Él. Vi esto en el momento de consolar a Jesús, y en efecto, recibió en ese instante algún alivio. Entonces todo desapareció, y los ángeles abandonaron al Señor cuya alma iba a sufrir nuevos ataques.
    5
    Habiendo resistido victoriosamente Jesús a todos estos combates por su abandono completo a la voluntad de su Padre celestial, le fue presentado un nuevo círculo de horribles visiones. La duda y la inquietud que preceden al sacrificio en el hombre que se sacrifica, asaltaron el alma del Señor, que se hizo esta terrible pregunta: “¿Cuál será el fruto de este sacrificio?”. Y el cuadro más terrible vino a oprimir su amante corazón. Apareciéronse a los ojos de Jesús todos los padecimientos futuros de sus Apóstoles, de sus discípulos y de sus amigos; vio a la Iglesia primitiva tan pequeña, y a medida que iba creciendo vio las herejías y los cismas hacer irrupción, y renovar la primera caída del hombre por el orgullo y la desobediencia; vio la frialdad, la corrupción y la malicia de un número infinito de cristianos; la mentira y la malicia de todos los doctores orgullosos, los sacrilegios de todos los sacerdotes viciosos, las funestas consecuencias de todos estos actos, la abominación y la desolación en el reino de Dios en el santuario de esta ingrata humanidad, que Él quería rescatar con su sangre al precio de padecimientos indecibles. Vio los escándalos de todos los siglos hasta nuestro tiempo y hasta el fin del mundo, todas las formas del error, del fanatismo furioso y de la malicia; todos los apóstatas, los herejes, los reformadores con la apariencia de Santos; los corruptores y los corrompidos lo ultrajaban y lo atormentaban como si a sus ojos no hubiera sido bien crucificado, no habiendo sufrido como ellos lo entendían o se lo imaginaban, y todos rasgaban el vestido sin costura de la Iglesia; muchos lo maltrataban, lo insultaban, lo renegaban: muchos al oír su nombre alzaban los hombros y meneaban la cabeza en señal de desprecio; evitaban la mano que les tendía, y se volvían al abismo donde estaban sumergidos. Vio una infinidad de otros que no se atrevían a dejarlo abiertamente, pero que se alejaban con disgusto de las llagas de su Iglesia, como el levita se alejó del pobre asesinado por los ladrones. Se alejaban de su esposa herida, como hijos cobardes y sin fe abandonan a su madre cuando llega la noche, cuando vienen los ladrones, a los cuales, la negligencia o la malicia ha abierto la puerta. El Salvador vio con amargo dolor toda la ingratitud, toda la corrupción de los cristianos de todos los tiempos; juntaba las manos, caía como abrumado sobre sus rodillas, y su voluntad humana libraba un combate tan terrible contra la repugnancia de sufrir tanto por una raza tan ingrata, que el sudor de sangre caía de su cuerpo a gotas sobre el suelo. En medio de su abandono, miraba alrededor como para hallar socorro, y parecía tomar el cielo, la tierra y los astros del firmamento por testigos de sus padecimientos. Como elevaba la voz los tres Apóstoles se despertaron, escucharon y quisieron ir hacia Él; pero Pedro detuvo a los otros dos, y dijo: “Estad quietos: yo voy a Él”. Lo vi correr y entrar en la gruta, exclamando: “Maestro, ¿qué tenéis?” . Y se quedó temblando a la vista de Jesús ensangrentado y aterrorizado. Jesús no le respondió. Pedro se volvió a los otros, y les dijo que el Señor no le había respondido, y que no hacía más que gemir y suspirar. Su tristeza se aumentó, cubriéronse la cabeza, y lloraron orando. Muchas veces le oí gritar: “Padre mío, ¿es posible que he de sufrir por esos ingratos? ¡Oh Padre mío! ¡Si este cáliz no se puede alejar de mí, que vuestra voluntad se haga y no la mía!”.
    6
    En medio de todas esas apariciones, yo veía a Satanás moverse bajo diversas formas horribles, que representaban diferentes especies de pecados. Estas figuras diabólicas arrastraban, a los ojos de Jesús, una multitud de hombres, por cuya redención entraba en el camino doloroso de la cruz. Al principio vi rara vez la serpiente, después la vi aparecer con una corona en la cabeza: su estatura era gigantesca, su fuerza parecía desmedida, y llevaba contra Jesús innumerables legiones de todos los tiempos, de todas las razas. En medio de esas legiones furiosas, de las cuales algunas me parecían compuestas de ciegos, Jesús estaba herido como si realmente hubiera sentido sus golpes; en extremo vacilante, tan pronto se levantaba como se caía, y la serpiente, en medio de esa multitud que gritaba sin cesar contra Jesús, batía acá y allá con su cola, y desollaba a todos lo que derribaba. Entonces me fue revelado que estos enemigos del Salvador eran los que maltrataban a Jesucristo realmente presente en el Santísimo Sacramento. Reconocí entre ellos todas las especies de profanadores de la Sagrada Eucaristía. Yo vi con horror todos esos ultrajes desde la irreverencia, la negligencia, la omisión, hasta el desprecio, el abuso y el sacrilegio; desde la adhesión a los ídolos del mundo, a las tinieblas y a la falsa ciencia, hasta el error, la incredulidad, el fanatismo y la persecución. Vi entre esos hombres, ciegos, paralíticos, sordos, mudos y aun niños. Ciegos que no querían ver la verdad, paralíticos que no querían andar con ella, sordos que no querían oír sus avisos y amenazas; mudos que no querían combatir por ella con la espada de la palabra, niños perdidos por causa de padres o maestros mundanos y olvidados de Dios, mantenidos con deseos terrestres, llenos de una vana sabiduría y alejados de las cosas divinas. Vi con espanto muchos sacerdotes, algunos mirándose como llenos de piedad y de fe, maltratar también a Jesucristo en el Santísimo Sacramento. Yo vi a muchos que creían y enseñaban la presencia de Dios vivo en el Santísimo Sacramento, pero olvidaban y descuidaban el Palacio, el Trono, lugar de Dios vivo, es decir, la Iglesia, el altar, la custodia, los ornamentos, en fin, todo lo que sirve al uso y a la decoración de la Iglesia de Dios. Todo se perdía en el polvo y el culto divino estaba si no profanado interiormente, a lo menos deshonrado en el exterior. Todo eso no era el fruto de una pobreza verdadera, sino de la indiferencia, de la pereza, de la preocupación de vanos intereses terrestres, y algunas veces del egoísmo y de la muerte interior. Aunque hablara un año entero, no podría contar todas las afrentas hechas a Jesús en el Santísimo Sacramento, que supe de esta manera. Vi a los autores de ellas asaltar al Señor, herirle con diversas armas, según la diversidad de sus ofensas. Vi cristianos irreverentes de todos los siglos, sacerdotes ligeros o sacrílegos, una multitud de comuniones tibias o indignas. ¡Qué espectáculo tan doloroso! Yo veía la Iglesia, como el cuerpo de Jesús, y una multitud de hombres que se separaban de la Iglesia, rasgaban y arrancaban pedazos enteros de su carne viva. Jesús los miraba con ternura, y gemía de verlos perderse. Vi las gotas de sangre caer sobre la pálida cara del Salvador. Después de la visión que acabo de hablar, huyó fuera de la caverna. Cuando vino hacia los Apóstoles, tenían la cabeza cubierta, y se habían sentado sobre las rodillas en la misma posición que tiene la gente de ese país cuando está de luto o quiere orar. Jesús, temblando y gimiendo, se acercó a ellos, y despertaron. Pero cuando a la luz de la luna le vieron de pie delante de ellos, con la cara pálida y ensangrentada, no lo conocieron de pronto, pues estaba muy desfigurado. Al verle juntar las manos, se levantaron, y tomándole por los brazos, le sostuvieron con amor, y Él les dijo con tristeza que lo matarían al día siguiente, que lo prenderían dentro de una hora, que lo llevarían ante un tribunal, que sería maltratado, azotado y entregado a la muerte más cruel. No le respondieron, pues no sabían qué decir; tal sorpresa les había causado su presencia y sus palabras. Cuando quiso volver a la gruta, no tuvo fuerza para andar. Juan y Santiago lo condujeron y volvieron cuando entró en ella; eran las once y cuarto, poco más o menos.
    7
    Durante esta agonía de Jesús, vi a la Virgen Santísima llena de tristeza y de amargura en casa de María, madre de Marcos. Estaba con Magdalena y María en el jardín de la casa, encorvada sobre una piedra y apoyada sobre sus rodillas. Había enviado un mensajero a saber de Él, y no pudiendo esperar su vuelta, se fue inquieta con Magdalena y Salomé hacia el valle de Josafat. Iba cubierta con un velo, y con frecuencia extendía sus brazos hacia el monte de los Olivos, pues veía en espíritu a Jesús bañado de un sudor de sangre, y parecía que con sus manos extendidas quería limpiar la cara de su Hijo. En aquel momento los ocho Apóstoles vinieron a la choza de follaje de Getsemaní, conversaron entre sí, y acabaron por dormirse. Estaban dudosos, sin ánimo, y atormentados por la tentación. Cada uno había buscado un sitio en donde poderse refugiar, y se preguntaban con inquietud: “¿Qué haremos nosotros cuando le hayan hecho morir? Lo hemos dejado todo por seguirle; somos pobres y desechados de todo el mundo; nos hemos abandonado enteramente a Él, y ahora está tan abatido, que no podemos hallar en Él ningún consuelo”.
    8
    Vi a Jesús orando todavía en la gruta, luchando contra la repugnancia de su naturaleza humana, y abandonándose a la voluntad de su Padre. Aquí el abismo se abrió delante de Él, y los primeros grados del limbo se le presentaron. Vi a Adán y a Eva, los Patriarcas, los Profetas, los justos, los parientes de su Madre y Juan Bautista, esperando su llegada al mundo inferior, con un deseo tan violento, que esta vista fortificó y animó su corazón lleno de amor. Su muerte debía abrir el Cielo a estos cautivos. Cuando Jesús hubo mirado con una emoción profunda estos Santos del antiguo mundo, los ángeles le presentaron todas las legiones de los bienaventurados futuros que, juntando sus combates a los méritos de su Pasión, debían unirse por medio de Él al Padre celestial. Era esta una visión bella y consoladora. Vio la salvación y la santificación saliendo como un río inagotable del manantial de redención abierto después de su muerte. Los Apóstoles, los discípulos, las vírgenes y las mujeres, todos los mártires, los confesores y los ermitaños, los Papas y los Obispos, una multitud de religiosos, en fin, todo el ejército de los bienaventurados se presentó a su vista. Todos llevaban una corona sobre la cabeza, y las flores de la corona diferían de forma, de color, de olor y de virtud, según la diferencia de los padecimientos, de los combates, de las victorias con que habían adquirido la gloria eterna. Toda su vida y todos sus actos, todos sus méritos y toda su fuerza, como toda la gloria de su triunfo, venían únicamente de su unión con los méritos de Jesucristo. Pero estas visiones consoladoras desaparecieron, y los ángeles le presentaron su Pasión, que se acercaba. Vi todas las escenas presentarse delante de Él, desde el beso de Judas hasta las últimas palabras sobre la Cruz. Vi allí todo lo que veo en mis meditaciones de la Pasión. La traición de Judas, la huida de los discípulos, los insultos delante de Anás y de Caifás, la apostasía de Pedro, el tribunal de Pilatos, los insultos de Herodes, los azotes, la corona de espinas, la condenación a muerte, el camino de la Cruz, el sudario de la Verónica, la crucifixión, los ultrajes de los fariseos, los dolores de María, la Magdalena y de Juan, la abertura del costado; en fin, todo le fue presentado con las más pequeñas circunstancias. Lo aceptó todo voluntariamente, y a todo se sometió por amor de los hombres.
    9
    Al fin de las visiones sobre la Pasión, Jesús cayó sobre su cara como un moribundo; los ángeles desaparecieron; el sudor de la sangre corrió con más abundancia y atravesó sus vestidos. La más profunda oscuridad reinaba en la caverna. Vi bajar un ángel hacia Jesús. Estaba vestido como un sacerdote, y traía delante de él, en sus manos, un pequeño cáliz, semejante al de la Cena. En la boca de este cáliz se veía una cosa ovalada del grueso de una haba, que esparcía una luz rojiza. El ángel, sin bajar hasta el suelo, extendió la mano derecha hacia Jesús, que se enderezó, le metió en la boca este alimento misterioso y le dio de beber en el pequeño cáliz luminoso. Después desapareció. Habiendo Jesús aceptado libremente el cáliz de sus padecimientos y recibido una nueva fuerza, estuvo todavía algunos minutos en la gruta, en una meditación tranquila, dando gracias a su Padre celestial. Estaba todavía afligido, pero confortado naturalmente hasta el punto de poder ir al sitio donde estaban los discípulos sin caerse y sin sucumbir bajo el peso de su dolor. Cuando Jesús llegó a sus discípulos, estaban éstos acostados como la primera vez; tenían la cabeza cubierta, y dormían. El Señor les dijo que no era tiempo de dormir, que debían despertarse y orar. “Ved aquí a hora en que el Hijo del hombre será entregado en manos de los pecadores, les dijo; levantaos y andemos: el traidor está cerca: más le valdría no haber nacido”. Los Apóstoles se levantaron asustados, mirando alrededor con inquietud. Cuando se serenaron un poco, Pedro dijo con animación: “Maestro, voy a llamar a los otros para que os defendamos”. Pero Jesús le mostró a cierta distancia del valle, del lado opuesto del torrente del Cedrón, una tropa de hombres armados que se acercaban con faroles, y le dijo que uno de ellos le había denunciado. Les habló todavía con serenidad, les recomendó que consolaran a su Madre, y les dijo: “Vamos a su encuentro: me entregaré sin resistencia entre las manos de mis enemigos”. Entonces salió del jardín de los Olivos con sus tres discípulos, y vino al encuentro de los soldados en el camino que estaba entre el jardín y Getsemaní.
    II
    Encarcelamiento y primeros juicios – Prisión de Jesús
    10. No creía Judas que su traición tendría el resultado que tuvo; el dinero sólo preocupaba su espíritu, y desde mucho tiempo antes se había puesto en relación con algunos fariseos y algunos saduceos astutos, que le excitaban a la traición halagándole. Estaba cansado de la vida errante y penosa de los Apóstoles. En los últimos meses no había cesado de robar las limosnas de que era depositario, y su avaricia, excitada por la liberalidad de Magdalena cuando derramó los perfumes sobre Jesús, lo llevó al último de sus crímenes. Había esperado siempre en un reino temporal de Jesús, y en él un empleo brillante y lucrativo. Se acercaba más y más cada día a sus agentes, que le acariciaban y le decían de un modo positivo que en todo caso pronto acabarían con Jesús. Se cebó cada vez más en estos pensamientos criminales, y en los últimos días había multiplicado sus viajes para decidir a los príncipes de los sacerdotes a obrar. Estos no querían todavía comenzar, y lo trataron con desprecio. Decían que faltaba poco tiempo antes de la fiesta, y que esto causaría desorden y tumulto. El Sanhedrín sólo prestó alguna atención a las proposiciones de Judas. Después de la recepción sacrílega del Sacramento, Satanás se apoderó de él, y salió a concluir su crimen. Buscó primero a los negociadores que le habían lisonjeado hasta entonces, y que le acogieron con fingida amistas. Vinieron después otros, entre los cuales estaban Caifás y Anás; este último le habló en tono altanero y burlesco. Andaban irresolutos, y no estaban seguros del éxito, porque no se fiaban de Judas. Cada uno presentaba una opinión diferente, y antes de todo preguntaron a Judas: “¿Podremos tomarlo? ¿No tiene hombres armados con Él?”. Y el traidor respondió: “No; está solo con sus once discípulos: Él está abatido, y los once son hombres cobardes”. Les dijo que era menester tomar a Jesús ahora o nunca, que otra vez no podría entregarlo, que no volvería más a su lado, que hacía algunos días que los otros discípulos de Jesús comenzaban a sospechar de él. Les dijo también que si ahora no tomaban a Jesús, se escaparía, y volvería con un ejército de sus partidarios para ser proclamado rey. Estas amenazas de Judas produjeron su efecto. Fueron de su modo de pensar, y recibió el precio de su traición: las treinta monedas. Judas, resentido del desprecio que le mostraban, se dejó llevar por su orgullo hasta devolverles el dinero hasta que lo ofrecieran en el templo, a fin de parecer a sus ojos como un hombre justo y desinteresado. Pero no quisieron, porque era el precio de la sangre que no podía ofrecerse en el templo. Judas vio cuánto le despreciaban, y concibió un profundo resentimiento. No esperaba recoger los frutos amargos de su traición antes de acabarla; pero se había entremetido tanto con esos hombres, que estaba entregado a sus manos, y no podía librarse de ellos. Observábanle de cerca, y no le dejaban salir hasta que explicó la marcha que habían de seguir para tomar a Jesús. Cuando todo estuvo preparado, y reunido el suficiente número de soldados, Judas corrió al Cenáculo, acompañado de un servidor de los fariseos para avisarles si estaba allí todavía. Judas volvió diciendo que Jesús no estaba en el Cenáculo, pero que debía estar ciertamente en el monte de los Olivos, en el sitio donde tenía costumbre de orar. Pidió que enviaran con él una pequeña partida de soldados, por miedo de que los discípulos, que estaban alertas, no se alarmasen y excitasen una sedición. El traidor les dijo también tuviesen cuidado de no dejarlo escapar, porque con medios misteriosos se había desaparecido muchas veces en el monte, volviéndose invisible a los que le acompañaban. Les aconsejó que lo atasen con una cadena, y que usaran ciertos medio mágicos para impedir que la rompiera. Los judíos recibieron estos avisos con desprecio, y le dijeron: “Si lo llegamos a tomar, no se escapará”. Judas tomó sus medidas con los que lo debían acompañar, y besar y saludar a Jesús como amigo y discípulo; entonces los soldados se presentarían y tomarían a Jesús. Deseaba que creyeran que se hallaba allí por casualidad; y cuando ellos se presentaran, él huiría como los otros discípulos, y no volverían a oír hablar de él. Pensaba también que habría algún tumulto; que los Apóstoles se defenderían, y que Jesús desaparecería, como hacía con frecuencia. Este pensamiento le venía cuando se sentía mortificado por el desprecio de los enemigos de Jesús; pero no se arrepentía, porque se había entregado enteramente a Satanás. Los soldados tenían orden de vigilar a Judas y de no dejarlo hasta que tomaran a Jesús, porque había recibido su recompensa, y temían que escapase con el dinero. La tropa escogida para acompañar a Judas se componía de veinte soldados de la guardia del templo y de los que estaban a las órdenes de Anás y de Caifás. Judas marchó con los veinte soldados; pero fue seguido a cierta distancia de cuatro alguaciles de la última clase, que llevaban cordeles y cadenas; detrás de éstos venían seis agentes con los cuales había tratado Judas desde el principio. Eran un sacerdote, confidente de Anás, un afiliado de Caifás, dos fariseos y dos saduceos, que eran también herodianos. Estos hombres eran aduladores de Anás y de Caifás; le servían de espías, y Jesús no tenía mayores enemigos. Los soldados estuvieron acordes con Judas hasta llegar al sitio donde el camino separa el jardín de los Olivos del de Getsemaní; al llegar allí, no quisieron dejarlo ir solo delante, y lo trataron dura e insolentemente.
    11. Hallándose Jesús con los tres Apóstoles en el camino, entre Getsemaní y el jardín de los Olivos, Judas y su gente aparecieron a veinte pasos de allí, a la entrada del camino: hubo una disputa entre ellos, porque Judas quería que los soldados se separasen de él para acercarse a Jesús como amigo, a fin de no aparecer en inteligencia con ellos; pero ellos, parándolo, le dijeron: “No, camarada; no te acercarás hasta que tengamos al Galileo”. Jesús se acercó a la tropa, y dijo en voz alta e inteligible: “¿A quién buscáis?”. Los jefes de los soldados respondieron: “A Jesús Nazareno”. – “Yo soy”, replicó Jesús. Apenas había pronunciado estas palabras, cuando cayeron en el suelo, como atacados por apoplejía. Judas, que estaba todavía al lado de ellos, se sorprendió, y queriendo acercarse a Jesús, el Señor le tendió la mano, y le dijo: “Amigo mío, ¿qué has venido a hacer aquí?”. Y Judas balbuceando, habló de un negocio que le habían encargado. Jesús le respondió en pocas palabras, cuya sustancia es ésta: “¡Más te valdría no haber nacido!”. Mientras tanto, los soldados se levantaron y se acercaron al Señor, esperando la señal del traidor: el beso que debía dar a Jesús. Pedro y los otros discípulos rodearon a Judas y le llamaron ladrón y traidor. Quiso persuadirlos con mentiras, pero no pudo, porque los soldados lo defendían contra los Apóstoles, y por eso mismo atestiguaban contra él. Jesús dijo por segunda vez: “¿A quién buscáis?”. Ellos respondieron también: “A Jesús Nazareno”. “Yo soy, ya os lo he dicho; soy yo a quien buscáis; dejad a éstos”. A estas palabras los soldados cayeron una segunda vez con contorsiones semejantes a las de la epilepsia. Jesús dijo a los soldados: “Levantaos”. Se levantaron, en efecto, llenos de terror; pero como los soldados estrechaban a Judas, los soldados le libraron de sus manos y le mandaron con amenazas que les diera la señal convenida, pues tenían orden de tomar a aquél a quien besara. Entonces Judas vino a Jesús, y le dio un beso con estas palabras: “Maestro, yo os saludo”. Jesús le dijo: “Judas, ¿tu vendes al Hijo del hombre con un beso?”. Entonces los soldados rodearon a Jesús, y los alguaciles, que se habían acercado, le echaron mano. Judas quiso huir, pero los Apóstoles lo detuvieron: se echaron sobre los soldados, gritando: “Maestro, ¿debemos herir con la espada?”. Pedro, más ardiente que los otros, tomó la suya, pegó a Malco, criado del Sumo Sacerdote, que quería rechazar a los Apóstoles, y le hirió en la oreja: éste cayó en el suelo, y el tumulto llegó entonces a su colmo. Los alguaciles habían tomado a Jesús para atarlo: los soldados le rodeaban un poco más de lejos, y, entre ellos, Pedro que había herido a Malco. Otros soldados estaban ocupados en rechazar a los discípulos que se acercaban; o en perseguir a los que huían. Cuatro discípulos se veían a lo lejos: los soldados no se habían aún serenado del terror de su caída, y no se atrevían a alejarse por no disminuir la tropa que rodeaba a Jesús. Tal era el estado de cosas cuando Pedro pegó a Malco, mas Jesús le dijo en seguida: “Pedro, mete tu espada en la vaina, pues el que a cuchillo mata a cuchillo muere: ¿crees tú que yo no puedo pedir a mi Padre que me envíe más de doce legiones de ángeles? ¿No debo yo apurar el cáliz que mi Padre me ha dado a beber? ¿Cómo se cumpliría la Escritura si estas cosas no sucedieran?”. Y añadió: “Dejadme curar a este hombre”. Se acercó a Malco, tocó su oreja, oró, y la curó. Los soldados que estaban a su alrededor con los alguaciles y los seis fariseos; éstos le insultaron, diciendo a la tropa: “Es un enviado del diablo; la oreja parecía cortada por sus encantos, y por sus mismos encantos la ha curado”. Entonces Jesús les dijo: “Habéis venido a tomarme como un asesino, con armas y palos; he enseñado todos los días en el templo, y no me habéis prendido; pero vuestra hora, la hora del poder de las tinieblas, ha llegado”. Mandaron que lo atasen, y lo insultaban diciéndole: “Tu no has podido vencernos con tus encantos”. Jesús les dio una respuesta, de la que no me acuerdo bien, y los discípulos huyeron en todas direcciones. Los cuatro alguaciles y los seis fariseos no cayeron cuando los soldados, y por consecuencia no se habían levantado. Así me fue revelado, porque estaban del todo entregados a Satanás, lo mismo que Judas, que tampoco se cayó, aunque estaba al lado de los soldados. Todos los que se cayeron y se levantaron se convirtieron después, y fueron cristianos. Estos soldados habían puesto las manos sobre Él. Malco se convirtió después de su cura, y en las horas siguientes sirvió de mensajero a María y a los otros amigos del Salvador.
    12. Los alguaciles ataron a Jesús con la brutalidad de un verdugo. Eran paganos, y de baja extracción. Tenían el cuello, los brazos y las piernas desnudos; eran pequeños, robustos y muy ágiles; el color de la cara era moreno rojizo, y parecían esclavos egipcios. Ataron a Jesús las manos sobre el pecho con cordeles nuevos y durísimos; le ataron el puño derecho bajo el codo izquierdo, y el puño izquierdo bajo el codo derecho. Le pusieron alrededor del cuerpo una especie de cinturón lleno de puntas de hierro, al cual le ataron las manos con ramas de sauce; le pusieron al cuello una especie de collar lleno de puntas, del cual salían dos correas que se cruzaban sobre el pecho como una estola, y estaban atadas al cinturón. De éste salían cuatro cuerdas, con las cuales tiraban al Señor de un lado y de otro, según su inhumano capricho. Se pusieron en marcha, después de haber encendido muchas hachas. Diez hombres de la guardia iban delante; después seguían los alguaciles, que tiraban a Jesús por las cuerdas; detrás los fariseos que lo llenaban de injurias: los otros diez soldados cerraban la marcha. Los alguaciles maltrataban a Jesús de la manera más cruel, para adular bajamente a los fariseos, que estaban llenos de odio y de rabia contra el Salvador. Lo llevaban por caminos ásperos, por encima de las piedras, por el lodo, y tiraban de las cuerdas con toda su fuerza. Tenían en la mano otras cuerdas con nudos, y con ellas le pegaban. Andaban de prisa y llegaron al puente sobre el torrente de Cedrón. Antes de llegar a él vi a Jesús dos veces caer en el suelo por los violentos tirones que le daban. Pero al llegar al medio del puente, su crueldad no tuvo límites: empujaron brutalmente a Jesús atado, y lo echaron desde su altura en el torrente, diciéndole que saciara su sed. Sin la asistencia divina, esto sólo hubiera bastado para matarlo. Cayó sobre las rodillas y sobre la cara, que se le hubiera despedazado contra los cantos, que estaban apenas cubiertos con un poco de agua, si no le hubiera protegido con los brazos juntos atados; pues se habían desatado de la cintura, sea por una asistencia divina, o sea porque los alguaciles lo habían desatado. Sus rodillas, sus pies, sus codos y sus dedos, se imprimieron milagrosamente en la piedra donde cayó, y esta marca fue después un objeto de veneración. Las piedras eran más blandas y más creyentes que el corazón de los hombres, y daban testimonio, en aquellos terribles momentos, de la impresión que la verdad suprema hacía sobre ellas. Yo no he visto a Jesús beber, a pesar de la sed ardiente que siguió a su agonía en el jardín de los Olivos; le vi beber agua del Cedrón cuando le echaron en él, y supe que se cumplió un pasaje profético de los Salmos, que dice que beberá en el camino del agua del torrente (Salmo 109). Los alguaciles tenían siempre a Jesús atado con las cuerdas. Pero no pudiéndole hacer atravesar el torrente, a causa de una obra de albañilería que había al lado opuesto, volvieron atrás, y lo arrastraron con las cuerdas hasta el borde. Entonces aquéllos lo empujaron sobre el puente, llenándolo de injurias, de maldiciones y de golpes. Su larga túnica de lana, toda empapada en agua, se pegaba a sus miembros; apenas podía andar, y al otro lado del puente cayó otra vez en el suelo. Lo levantaron con violencia, le pegaron con las cuerdas, y ataron a su cintura los bordes de su vestido húmedo. No era aún media noche cuando vi a Jesús al otro lado del Cedrón, arrastrado inhumanamente por los cuatro alguaciles por un sendero estrecho, entre las piedras, los cardos y las espinas. Los seis perversos fariseos iban lo más cerca de Él que el camino les permitía, y con palos de diversas formas le empujaban, le picaban o le pegaban. Cuando los pies desnudos y ensangrentados de Jesús se rasgaban con las piedras o las espinas, le insultaban con una cruel ironía, diciendo: “Su precursor Juan Bautista no le ha preparado un buen camino”; o bien: “La palabra de Malaquías: Envío delante de Ti mi ángel para prepararte el camino, no se aplica aquí”. Y cada burla de estos hombres era como un aguijón para los alguaciles, que redoblaban los malos tratamientos con Jesús.
    13. Sin embargo, advirtieron que algunas personas se aparecían acá y allá a lo lejos; pues muchos discípulos se habían juntado al oír la prisión del Señor, y querían saber qué iba a suceder a su Maestro. Los enemigos de Jesús, temiendo algún ataque, dieron con sus gritos señal para que les enviasen refuerzo. Distaban todavía algunos pasos de una puerta situada al mediodía del templo, y que conduce, por un arrabal, llamado Ofel, a la montaña de Sión, adonde vivían Anás y Caifás. Vi salir de esta puerta unos cincuenta soldados. Llevaban muchas hachas, eran insolentes, alborotadores y daban gritos para anunciar su llegada y felicitar a los que venían de la victoria. Cuando se juntaron con la escolta de Jesús, vi a Malco y a algunos otros aprovecharse del desorden, ocasionado por esta reunión, para escaparse al monte de los Olivos. Los cincuenta soldados eran un destacamento de una tropa de trescientos hombres, que ocupaba las puertas y las calles de Ofel; pues el traidor Judas había dicho a los príncipes de los sacerdotes que los habitantes de Ofel, pobres obreros la mayor parte, eran partidarios de Jesús, y que se podía temer que intentaran libertarlo. El traidor sabía que Jesús había consolado, enseñado, socorrido y curado un gran número de aquellos pobres obreros. En Ofel se había detenido el Señor en su viaje de Betania a Hebrón, después de la degollación de Juan Bautista, y había curado muchos albañiles heridos en la caída de la torre de Siloé. La mayor parte de aquella pobre gente, después de Pentecostés, se reunieron a la primera comunidad cristiana. Cuando los cristianos se separaron de los judíos y establecieron casas para la comunidad, se elevaron chozas y tiendas desde allí hasta el monte de los Olivos, en medio del valle. También vivía allí San Esteban. Los buenos habitantes de Ofel fueron despertados por los gritos de los soldados. Salieron de sus casas y corrieron a las calles y las puertas para saber lo que sucedía. Mas los soldados los empujaban brutalmente hacia sus casas, diciéndoles: “Jesús, el malhechor, vuestro falso profeta, va a ser conducido preso. El Sumo Sacerdote no quiere dejarle continuar el oficio que tiene. Será crucificado”. Al saber esta noticia, no se oían más gemidos y llantos. Aquella pobre gente, hombres y mujeres, corrían acá y allá, llorando, o se ponían de rodillas con los brazos extendidos, y gritaban al Cielo recordando los beneficios de Jesús. Pero los soldados los empujaban, les pegaban, los hacían entrar por fuerza en sus casas, y no se hartaban de injuriar a Jesús, diciendo: “Ved aquí la prueba de que es un agitador del pueblo”. Sin embargo, no querían ejercer grandes violencias contra los habitantes de Ofel, por miedo de que opusieran una resistencia abierta, y se contentaban con alejarlos del camino que debía seguir Jesús. Mientras tanto, la tropa inhumana que conducía al Salvador se acercaba a la puerta de Ofel. Jesús se había caído de nuevo, y parecía no poder andar más. Entonces un soldado caritativo dijo a los otros: “Ya veis que este infeliz hombre no puede andar. Si hemos de conducirle vivo a los príncipes de los sacerdotes, aflojadle las manos ara que pueda apoyarse cuando se caiga”. La tropa se paró, y los alguaciles desataron los cordeles; mientras tanto, un soldado compasivo le trajo un poco de agua de una fuente que estaba cerca. Jesús le dio las gracias, y citó con este motivo un pasaje de los Profetas, que habla de fuentes de agua viva, y esto le valió mil injurias y mil burlas de parte de los fariseos. Vi a estos dos hombres, el que le hizo desatar las manos y el que le dio de beber, ser favorecidos de una luz interior de la gracia. Se convirtieron antes de la muerte de Jesús, y se juntaron con sus discípulos. Se volvieron a poner en marcha y en todo el camino no cesaron de maltratar al Señor.
    III
    Jesús delante de Anás
    14. Anás y Caifás habían recibido inmediatamente el aviso de la prisión de Jesús, y en su casa estaba todo en movimiento. Los mensajeros corrían por el pueblo para convocar los miembros del Consejo, los escribas y todos los que debían tomar parte en el juicio. Toda la multitud de los enemigos de Jesús iba al tribunal de Caifás, conducida por los fariseos y los escribas de Jerusalén, a los cuales se juntaban muchos de los vendedores, echados del templo por Jesús, muchos doctores orgullosos, a los cuales había cerrado la boca en presencia del pueblo y otros muchos instrumentos de Satanás, llenos de rabia interior contra toda santidad, y por consecuencia contra el Santo de los santos. Esta escoria del pueblo judío fue puesta en movimiento y excitada por alguno de los principales enemigos de Jesús, y corría por todas partes al palacio de Caifás, para acusar falsamente de todos los crímenes al verdadero Cordero sin mancha, que lleva los pecados del mundo, y para mancharlo con sus obras, que, en efecto, ha tomado sobre sí y expiado. Mientras que esta turba impura se agitaba, mucha gente piadosa y amigos de Jesús, tristes y afligidos, pues no sabían el misterio que se iba a cumplir, andaban errantes acá y allá, y escuchaban y gemían. Otras personas bien intencionadas, pero débiles e indecisas, se escandalizaban, caían en tentación, y vacilaban en su convicción. El número de los que perseveraba pequeño. Entonces sucedía lo que hoy sucede: se quiere ser buen cristiano cuando no se disgusta a los hombres, pero se avergüenza de la cruz cuando el mundo la ve con mal ojo. Sin embargo, hubo muchos cuyo corazón fue movido por la paciencia del Salvador en medio de tantas crueldades y que se retiraron silenciosos y desmayados.
    15. A media noche Jesús fue introducido en el palacio de Anás, y lo llevaron a una sala muy grande. En frente de la entrada estaba sentado Anás, rodeado de veintiocho consejeros. Su silla estaba elevada del suelo por algunos escalones. Jesús, rodeado aún de una parte de los soldados que lo habían arrestado, fue arrastrado por los alguaciles hasta los primeros escalones. El resto de la sala estaba lleno de soldados, de populacho, de criados de Anás, de falsos testigos, que fueron después a casa de Caifás. Anás esperaba con impaciencia la llegada del Salvador Estaba lleno de odio y animado de una alegría cruel. Presidía un tribunal, encargado de vigilar la pureza de la doctrina, y de acusar delante de los príncipes de los sacerdotes a los que la infrigían. Vi al divino Salvador delante de Anás, pálido, desfigurado, silencioso, con la cabeza baja. Los alguaciles tenían la punta de las cuerdas que apretaban sus manos. Anás, viejo, flaco y seco, de barba clara, lleno de insolencia y orgullo, se sentó con una sonrisa irónica, haciendo como que nada sabía y que extrañaba que Jesús fuese el preso que le habían anunciado. He aquí lo que dijo a Jesús, o a lo menos el sentido de sus palabras: “¿Cómo, Jesús de Nazareth? Pues ¿dónde están tus discípulos y tus numerosos partidarios? ¿dónde está tu reino? Me parece que las cosas no se han vuelto como tú creías; han visto que ya bastaba de insultos a Dios y a los sacerdotes, de violaciones de sábado. ¿Quiénes son tus discípulos? ¿dónde están? ¿Callas? ¡Habla, pues, agitador, seductor! ¿No has comido el cordero pascual de un modo inusitado, en un tiempo y en un sitio adonde no debías hacerlo? ¿Quieres tú introducir una nueva doctrina? ¿Quién te ha dado derecho para enseñar? ¿Dónde has estudiado? Habla, ¿cuál es tu doctrina?”. Entonces Jesús levantó su cabeza cansada, miró a Anás, y dijo: “He hablado en público, delante de todo el mundo: he enseñado siempre en el templo y en las sinagogas, adonde se juntan los judíos. Jamás he dicho nada en secreto. ¿Por qué me interrogas? Pregunta a los que me han oído lo que les he dicho. Mira a tu alrededor; ellos saben lo que he dicho”. A estas palabras de Jesús, el rostro de Anás expresó el resentimiento y el furor. Un infame ministro que estaba cerca de Jesús lo advirtió; y el miserable pegó con su mano cubierta de un guante de hierro, una bofetada en el rostro del Señor, diciendo: “¿Así respondes al Sumo Pontífice?”. Jesús, empujado por la violencia del golpe, cayó de un lado sobre los escalones, y la sangre corrió por su cara. La sala se llenó de murmullos, de risotadas y de ultrajes. Levantaron a Jesús, maltratándolo, y el Señor dijo tranquilamente: “Si he hablado mal, dime en qué; pero si he hablado bien, ¿por qué me pegas?”. Exasperado Anás por la tranquilidad de Jesús, mandó a todos los que estaban presentes que dijeran lo que le habían oído decir. Entonces se levantó una explosión de clamores confusos y de groseras imprecaciones. “Ha dicho que era rey; que Dios era su padre; que los fariseos eran unos adúlteros; subleva al pueblo; cura, en nombre del diablo, el sábado; los habitantes de Ofel le rodeaban con furor, le llaman su Salvador y su Profeta; se deja nombrar Hijo de Dios; se dice enviado por Dios; no observa los ayunos; come con los impuros, los paganos, los publicanos y los pecadores”. Todos estos cargos los hacían a la vez: los acusadores venían a echárselos en cara, mezclándolos con las más groseras injurias, y los alguaciles le pegaban y le empujaban, diciéndole que respondiera. Anás y sus consejeros añadían mil burlas a estos ultrajes, y le decían: “¡Esa es tu doctrina! ¿Qué respondes? ¿Qué especia de Rey eres tu? Has dicho que eres más que Salomón. No tengas cuidado, no te rehusaré más tiempo el título de tu dignidad real”. Entonces Anás pidió una especie de cartel, de una vara de largo y tres dedos de ancho; escribió en él una serie de grandes letras, cada una indicando una acusación contra el Señor. Después lo envolvió, y lo metió en una calabacita vacía, que tapó con cuidado y ató después a una caña. Se la presentó a Jesús, diciéndole con ironía: “Este es el cetro de tu reino: ahí están reunidos tus títulos, tus dignidades y tus derechos. Llévalos al Sumo Sacerdote para que conozca tu misión y te trate según tu dignidad. Que le aten las manos a ese Rey, y que lo lleven delante del Sumo Sacerdote”. Ataron de nuevo las manos a Jesús; sujetaron también con ello el simulacro del cetro, que contenía las acusaciones de Anás; y condujeron a Jesús a casa de Caifás, en medio de la risa, de las injurias y de los malos tratamientos de la multitud. La casa de Anás estaría a trescientos pasos de la de Caifás. El camino, que era a lo largo de paredes y de pequeños edificios dependientes del tribunal del Sumo Pontífice, estaba alumbrado con faroles y cubierto de judíos, que vociferaban y se agitaban. Los soldados podían apenas abrir por medio de la multitud. Los que habían ultrajado a Jesús en casas de Anás repetían sus ultrajes delante del pueblo; y el Salvador fue injuriado y maltratado todo el camino. Vi hombres armados rechazar algunos grupos que parecían comparecer al Señor, dar dinero a los que se distinguían por su brutalidad con Jesús y dejarlos entrar en el patio de Caifás.
    IV
    Jesús delante de Caifás
    16. Para llegar al tribunal de Caifás se atraviesa un primer patio exterior, después se entra en otro patio, que rodea todo el edificio. La casa tiene doble de largo que de ancho. Delante hay una especie de vestíbulo descubierto, rodeado de tres órdenes de columnas, formando galerías cubiertas. Jesús fue introducido en el vestíbulo en medio de los clamores, de las injurias y de los golpes. Apenas estuvo en presencia del Consejo, cuando Caifás exclamó: “¡Ya estás aquí, enemigo de dios, que llenas de agitación esta santa noche!”. La calabaza que contenía las acusaciones de Anás fue desatada del cetro ridículo puesto entre las manos de Jesús. Después que las leyeron, Caifás con más ira que Anás, hacía una porción de preguntas a Jesús, que estaba tranquilo, paciente, con los ojos mirando al suelo. Los alguaciles querían obligarle a hablar, lo empujaban, le pegaban, y un perverso le puso el dedo pulgar con fuerza en la boca, diciéndole que mordiera. Pronto comenzó la audiencia de los testigos, y el populacho excitado daba gritos tumultuosos, y se oía hablar a los mayores enemigos de Dios, entre los fariseos y los saduceos reunidos en Jerusalén de todos los puntos del país. Repetían las acusaciones a que Él había respondido mil veces: “Que curaba a los enfermos y echaba a los demonios por arte de éstos, que violaba el Sábado, que sublevaba al pueblo, que llamaba a los fariseos raza de víboras y adúlteros, que había predicho la destrucción de Jerusalén, frecuentaba a los publicanos y los pecadores, que se hacía llamar Rey, Profeta, Hijo de Dios; que hablaba siempre de su Reino, que desechaba el divorcio, que se llamaba Pan de vida”. Así sus palabras, sus instrucciones y sus parábolas eran desfiguradas, mezcladas con injurias, y presentadas como crímenes. Pero todos se contradecían, se perdían en sus relatos y no podían establecer ninguna acusación bien fundada. Los testigos comparecían más bien para decirle injurias en su presencia que para citar hechos. Se disputaban entre ellos, y Caifás aseguraba muchas veces que la confusión que reinaba en las deposiciones de los testigos era efecto de sus hechizos. Algunos dijeron que había comido la Pascua la víspera, que era contra la ley y que el año anterior había ya hecho innovaciones en la ceremonia. Pero los testigos se contradijeron tanto, que Caifás y los suyos estaban llenos de vergüenza y de rabia al ver que no podían justificar nada que tuviera algún fundamento. Nicodemus y José de Arimatea fueron citados a explicar sobre que había comido la pascua en una sala perteneciente a uno de ellos, y probaron, con escritos antiguos, que de tiempo inmemorial los galileos tenían el permiso de comer la Pascua un día antes. Al fin, se presentaron los dos diciendo: “Jesús ha dicho: Yo derribaré el templo edificado por las manos de los hombres y en tres días reedificaré uno que no estará hecho por mano de los hombres”. No estaban éstos tampoco acordes. Caifás, lleno de cólera, exasperado por los discursos contradictorios de los testigos, se levantó, bajó los escalones, y dijo: “Jesús: ¿No respondes tú nada a ese testimonio?”. Estaba muy irritado porque Jesús no lo miraba. Entonces los alguaciles, asiéndolo por los cabellos, le echaron la cabeza atrás y le pegaron puñadas bajo la barba; pero sus ojos no se levantaron. Caifás elevó las manos con viveza, y dijo en tono de enfado: “Yo te conjuro por el Dios vivo que nos digas si eres el Cristo, el Mesías, el Hijo de Dios”. Había un profundo silencio, y Jesús, con una voz llena de majestad indecible, con la voz del Verbo Eterno, dijo: “Yo lo soy, tú lo has dicho. Y yo os digo que veréis al Hijo del hombre sentado a la derecha de la Majestad Divina, viniendo sobre las nubes del cielo”. Mientras Jesús decía estas palabras, yo le vi resplandeciente: el cielo estaba abierto sobre Él, y en una intuición que no puedo expresar, vi a Dios Padre Todopoderoso; vi también a los ángeles, y la oración de los justos que subía hasta su Trono. Debajo de Caifás vi el infierno como una esfera de fuego, oscura, llena de horribles figuras. Él estaba encima, y parecía separado sólo por una gasa. Vi toda la rabia de los demonios concentrada en él. Toda la casa me pareció un infierno salido de la tierra. Cuando el Señor declaró solemnemente que era el Cristo, Hijo de Dios, el infierno tembló delante de Él, y después vomitó todos sus furores en aquella casa. Caifás asió el borde de su capa, lo rasgó con ruido, diciendo en alta voz: “¡Has blasfemado! ¿Para qué necesitamos testigos? ¡Habéis oído? Él blasfema: ¿cuál es vuestra sentencia?”. Entonces todos los asistentes gritaron cuna voz terrible: “¡Es digno de muerte! ¡Es digno de muerte!”. Durante esta horrible gritería, el furor del infierno llegó a lo sumo. Parecía que las tinieblas celebraban su triunfo sobre la luz. Todos los circunstantes que conservaban algo bueno fueron penetrados de tan horror que muchos se cubrieron la cabeza y se fueron. Los testigos más ilustres salieron de la sala con la conciencia agitada. Los otros se colocaron en el vestíbulo alrededor del fuego, donde les dieron dinero, de comer y de beber. El Sumo Sacerdote dijo a los alguaciles: “Os entrego este Rey; rendid al blasfemo los honores que merece”. En seguida se retiró con los miembros del Consejo a otra sala donde no se le podía ver desde el vestíbulo.
    17. Cuando Caifás salió de la sala del tribunal, con los miembros del Consejo, una multitud de miserables se precipitó sobre Nuestro Señor, como un enjambre de avispas irritadas. Ya durante el interrogatorio de los testigos, toda aquella chusma le había escupido, abofeteado, pegado con palos y pinchado con agujas. Ahora, entregados sin freno a su rabia insana, le ponían sobre la cabeza coronas de paja y de corteza de árbol y decían: “Ved aquí al hijo de David con la corona de su padre. Es el Rey que da una comida de boda para su hijo”. Así se burlaban de las verdades eternas, que Él presentaba en parábolas a los hombres que venía a salvar; y no cesaban de golpearle con los puños o con palos. Le taparon los ojos con un trapo asqueroso, y le pegaban, diciendo: “Gran Profeta, adivina quién te ha pegado”. Jesús no abría la boca; pedía por ellos interiormente y suspiraba. Vi que todo estaba lleno de figuras diabólicas; era todo tenebroso, desordenado y horrendo. Pero también vi con frecuencia una luz alrededor de Jesús, desde que había dicho que era el Hijo de Dios. Muchos de los circunstantes parecían tener un presentimiento de ello, más o menos confuso; sentían con inquietud que todas las ignominias, todos los insultos no podían hacerle perder su indecible majestad. La luz que rodeaba a Jesús parecía redoblar el furor de sus ciegos enemigos.
    V
    Negación de Pedro
    18. Pedro y Juan que habían seguido a Jesús de lejos, lograron entrar en el tribunal de Caifás. Ya no tuvieron fuerzas para contemplar en silencio las crueldades e ignominias que su Maestro tuvo que sufrir. Juan fue a juntarse con la Madre de Jesús, que en estos momentos se hallaba en casa de Marta. Pedro estaba silencioso; pero su silencio mismo y su tristeza lo hacían sospechoso. La portera se acercó, y oyendo hablar de Jesús y de sus discípulos, miró a Pedro con descaro, y le dijo: “Tú eres también discípulo del Galileo”. Pedro, asustado, inquieto y temiendo ser maltratado por aquellos hombres groseros, respondió: “Mujer, no le conozco; no sé lo que quieres decir”. Entonces se levantó y queriendo deshacerse de aquella compañía, salió del vestíbulo. Era el momento en que el gallo cantaba la primera vez. Al salir, otra criada le miró, y dijo: “Este también se ha visto con Jesús de Nazareth”; y los que estaban a su lado preguntaron: “¿No eras tú uno de sus discípulos?”. Pedro, asustado, hizo nuevas protestas, y contestó: “En verdad, yo no era su discípulo; no conozco a ese hombre”. Atravesó el primer patio, y vino al del exterior. Ya no podía hallar reposo, y su amor a Jesús lo llevó de nuevo al patio interior que rodea el edificio. Mas como oía decir a algunos: “¿Quién es ese hombre?”, se acercó a la lumbre, donde se sentó un rato. Algunas personas que habían observado su agitación se pusieron a hablarle de Jesús en términos injuriosos. Una de ellas le dijo: “Tú eres uno de sus partidarios; tú eres Galileo; tu acento te hace conocer”. Pedro procuraba retirarse; pero un hermano de Maleo, acercándose a él le dijo: “¿No eres tú el que yo he visto con ellos en el jardín de las Olivas, y que ha cortado la oreja de mi hermano?”. Pedro, en su ansiedad, perdió casi el uso de la razón: se puso a jurar que no conocía a ese hombre, y corrió fuera del vestíbulo al patio interior. Entonces el gallo cantó por segunda vez, y Jesús, conducido a la prisión por medio del patio, se volvió a mirarle con dolor y compasión. Las palabras de Jesús: “Antes que el gallo cante dos veces, me has de negar tres”, le vinieron a la memoria con una fuerza terrible. En aquel instante sintió cuán enorme era su culpa, y su corazón se partió. Había negado a su Maestro cuando estaba cubierto de ultrajes, entregado a jueces inicuos, paciente y silencioso en medio de los tormentos. Penetrado de arrepentimiento, volvió al patio exterior con la cabeza cubierta y llorando amargamente. Ya no temía que le interpelaran: ahora hubiera dicho a todo el mundo quién y cuán culpable era.
    VI
    María en casa de Caifás
    19. La Virgen Santísima, hallándose constantemente en comunicación espiritual con Jesús, sabía todo lo que le sucedía, y sufría con Él. Estaba como Él en oración continua por sus verdugos; pero su corazón materno clamaba también a Dios, para que no dejara cumplirse este crimen, y que apartara esos dolores de su Santísimo Hijo. Tenía un vivo deseo de acercarse a Jesús, y pidió a Juan que la condujera cerca del sitio donde Jesús sufría. Juan, que no había dejado a su divino Maestro más que para consolar a la que estaba más cerca de su corazón después de Él, condujo a las santas mujeres a través de las calles, alumbradas por el resplandor de la luna. Iban con la cabeza cubierta; pero sus sollozos atrajeron sobre ellas la atención de algunos grupos, y tuvieron que oír palabras injuriosas contra el Salvador. La Madre de Jesús contemplaba interiormente el suplicio de su Hijo, y lo conservaba en su corazón como todo lo demás, sufriendo en silencio como Él. Al llegar a la casa de Caifás, atravesó el patio exterior y se detuvo a la entrada del interior, esperando que le abrieran la puerta. Esta se abrió, y Pedro se precipitó afuera, llorando amargamente. María le dijo: “Simón, ¿qué ha sido de Jesús, mi Hijo?”. Estas palabras penetraron hasta lo íntimo de su alma. No pudo resistir su mirada; pero María se fue a él, y le dijo con profunda tristeza: “Simón, ¿no me respondes?”. Entonces Pedro exclamó, llorando: “¡Oh Madre, no me hables! Lo han condenado a muerte, y yo le he negado tres veces vergonzosamente”. Juan se acercó para hablarle; pero Pedro, como fuera de sí, huyó del patio y se fue a la caverna del monte de las Olivas. La Virgen Santísima tenía el corazón destrozado. Juan la condujo delante del sitio donde el Señor estaba encerrado. María estaba en espíritu con Jesús; quería oír los suspiros de su Hijo y los oyó con las injurias de los que le rodeaban. Las santas mujeres no podían estar allí mucho tiempo sin ser vistas; Magdalena mostraba una desesperación demasiado exterior y muy violenta; y aunque la Virgen en lo más profundo de su dolor conservaba una dignidad y un silencio extraordinario, sin embargo, al oír estas crueles palabras: “¿No es la madre del Galileo? Su hijo será ciertamente crucificado; pero no antes de la fiesta, a no ser que sea el mayor de los criminales”; Juan y las santas mujeres tuvieron que llevarla más muerta que viva. La gente no dijo nada, y guardó un extraño silencio: parecía que un espíritu celestial había atravesado aquel infierno.
    VII
    María en casa de Caifás
    20. Jesús estaba encerrado en un pequeño calabozo abovedado, del cual se conserva todavía una parte. Dos de los cuatro alguaciles se quedaron con Él, pero pronto los relevaron otros. Cuando el Salvador entró en la cárcel, pidió a su Padre celestial que aceptara todos los malos tratamientos que había sufrido y que tenía aún que sufrir, como un sacrificio expiatorio por sus verdugos y por todos los hombres que, sufriendo iguales padecimientos, se dejaran llevar de la impaciencia o de la cólera. Los verdugos no le dieron un solo instante de reposo. Lo ataron en medio del calabozo a un pilar, y no le permitieron que se apoyara; de modo que apenas podía tenerse sobre sus pies cansados, heridos e hinchados. No cesaron de insultarle y de atormentarle, y cuando los dos de guardia estaban cansados, los relevaban otros, que inventaban nuevas crueldades. Puedo contar lo que esos hombres crueles hicieron sufrir al Santo de los Santos; estoy muy mala, y estaba casi muerta a esta vista. ¡Ah! ¡qué vergonzoso es para nosotros que nuestra flaqueza no pueda decir u oír sin repugnancia la historia de los innumerables ultrajes que el Redentor ha padecido por nuestra salvación! Nos sentimos penetrados de un horror igual al de un asesino obligado a poner la mano sobre las heridas de su víctima. Jesús lo sufrió todo sin abrir la boca; y eran los hombres, los pecadores, los que derramaban su rabia sobre su Hermano, su Redentor y su Dios. Yo también soy una pobre pecadora; yo también soy causa de su dolorosa pasión. El día del juicio, cuando todo se manifieste, veremos todos la parte que hemos tomado en el suplicio del Hijo de Dios por los pecados que no cesamos de cometer, y que son una participación en los malos tratamientos que esos miserables hicieron sufrir a Jesús. En su prisión el Divino Salvador pedía sin cesar por sus verdugos; y como al fin le dejaron un instante de reposo, lo vi recostado sobre el pilar, y completamente rodeado de luz. El día comenzaba a alborear: era el día de su Pasión, el día de nuestra redención; un tenue rayo de luz caía por el respiradero del calabozo sobre nuestro Cordero pascual. Jesús elevó sus manos atadas hacia la luz que venía, y dio gracias a su Padre, en alta voz y de la manera más tierna, por el don de este día tan deseado por los Patriarcas, por el cual Él mismo había suspirado con tanto ardor desde la llegada a la tierra. Antes ya había dicho a sus discípulos: “Debo ser bautizado con otro bautismo, y estoy en la impaciencia hasta que se cumpla”. He orado con Él, pero no puedo referir su oración; tan abatida estaba. Cuando daba gracias por aquel terrible dolor que sufría también por mí, yo no podía sino decir sin cesar: “¡Ah! Dadme, dadme vuestros dolores: ellos me pertenecen, son el precio de mis pecados”. Era un espectáculo que partía el corazón verlo recibir así el primer rayo de luz del grande día de su sacrificio. Parecía que ese rayo llegaba hasta Él como el verdugo que visita al reo en la cárcel, para reconciliarse con él antes de la ejecución. Los alguaciles, que se habían dormido un instante, despertaron y le miraron con sorpresa, pero no le interrumpieron. Jesús estuvo poco más de una hora en esta prisión. Entre tanto Judas, que había andado errante como un desesperado en el valle de Hinón, se acercó al tribunal de Caifás. Tenía todavía colgadas de su cintura las treinta monedas, precio de su traición. Preguntó a los guardias de la casa, sin darse a conocer, qué harían con el Galileo. Ellos le dijeron: “Ha sido condenado a muerte y será crucificado”. Judas se retiró detrás del edificio para no ser visto, pues huía de los hombres como Caín, y la desesperación dominaba cada vez más a su alma. Permaneció oculto en los alrededores, esperando la conclusión del juicio de la mañana. VIII
    Juicio de la mañana
    21. Al amanecer, Caifás, Anás, los ancianos y los escribas se juntaron de nuevo en la gran sala del tribunal, para pronunciar un juicio en forma, pues no era legal el juzgar en la noche: podía haber sólo una instrucción preparatoria, a causa de la urgencia. La mayor parte de los miembros había pasado el resto de la noche en casa de Caifás. La asamblea era numerosa, y había en todos sus movimientos mucha agitación. Como querían condenar a Jesús a muerte, Nicodemus, José y algunos otros se opusieron a sus enemigos, y pidieron que se difiriese el juicio hasta después de la fiesta: hicieron presente que no se podía fundar un juicio sobre las acusaciones presentadas ante el tribunal, porque todos los testigos se contradecían. Los príncipes de los sacerdotes y sus adeptos se irritaron y dieron a entender claramente a los que contradecían, que siendo ellos mismos sospechosos de ser favorables a las doctrinas del Galileo, les disgustaba ese juicio, porque los comprendía también. Hasta quisieron excluir del Consejo a todos los que eran favorables a Jesús; estos últimos, declarando que no tomarían ninguna parte en todo lo que pudieran decidir, salieron de la sala y se retiraron al templo. Desde aquel día no volvieron a entrar en el Consejo. Caifás ordenó que trajeran a Jesús delante de los jueces, y que se preparasen para conducirlo a Pilatos inmediatamente después del juicio. Los alguaciles se precipitaron en tumulto a la cárcel, desataron las manos de Jesús, le ataron cordeles al medio del cuerpo, y le condujeron a los jueces. Todo esto se hizo precipitadamente y con una horrible brutalidad. Caifás, lleno de rabia contra Jesús, le dijo: “Si tú eres el ungido por Dios, si eres el Mesías, dínoslo”. Jesús levantó la cabeza, y dijo con una santa paciencia y grave solemnidad: “Si os lo digo, no me creeréis; y si os interrogo, no me responderéis, ni me dejaréis marchar; pero desde ahora el Hijo del hombre está sentado a la derecha del poder de Dios”. Se miraron entre ellos, y dijeron a Jesús: “¿Tú eres, pues, el Hijo de Dios?”. Jesús, con la voz de la verdad eterna, respondió: “Vos lo decís: yo lo soy”. Al oír esto, gritaron todos: “¿Para qué queremos más pruebas? Hemos oído la blasfemia de su propia boca”. Al mismo tiempo prodigaban a Jesús palabras de desprecio: “¡Ese miserable, decían, ese vagabundo, que quiere ser el Mesías y sentarse a la derecha de Dios!”. Le mandaron atar de nuevo y poner una cadena al cuello, como hacían con los condenados a muerte, para conducirlo a Pilatos. Habían enviado ya un mensajero a éste para avisarle que estuviera pronto a juzgar a un criminal, porque debían darse prisa a causa de la fiesta. Hablaban entre sí con indignación de la necesidad que tenían de ir al gobernador romano para que ratificase la condena; porque en las materias que no concernían a sus leyes religiosas y las del templo, no podían ejecutar la sentencia de muerte sin su aprobación. Lo querían hacer pasar por un enemigo del Emperador, y bajo este aspecto principalmente la condenación pertenecería a la jurisdicción de Pilatos. Los príncipes de los sacerdotes y una parte del Consejo iban delante; detrás, el Salvador rodeado de soldados; el pueblo cerraba la marcha. En este orden bajaron de Sión a la parte inferior de la ciudad, y se dirigieron al palacio de Pilatos.
    IX
    Desesperación de Judas
    22. Mientras conducían a Jesús a casa de Pilatos, el traidor Judas oyó lo que se decía en el pueblo, y entendió palabras semejantes a éstas: “Lo conducen ante Pilatos; el gran Consejo ha condenado al Galileo a muerte; tiene una paciencia excesiva, no responde nada, ha dicho sólo que era el Mesías, y que estaría sentado a la derecha de Dios; por eso le crucificarán; el malvado que le ha vendido era su discípulo, y poco antes aún había comido con Él el cordero pascual; yo no quisiera haber tomado parte en esa acción; que el Galileo, sea lo que sea, al menos no ha conducido a la muerte a un amigo suyo por el dinero: “¡verdaderamente ese miserable merecería ser crucificado!”. Entonces la angustia, el remordimiento y la desesperación luchaban en el alma de Judas. Huyó, corrió como un insensato hasta el templo, donde muchos miembros del Consejo se habían reunido después del juicio de Jesús. Se miraron atónitos, y con una risa de desprecio lanzaron una mirada altanera sobre Judas, que, fuera de sí, arrancó de su cintura las treinta piezas, y presentándoselas con la mano derecha, dijo con voz desesperada: “Tomad vuestro dinero, con el cual me habéis hecho vender al Justo; tomad vuestro dinero, y dejad a Jesús. Rompo nuestro pacto; he pecado vendiendo la sangre del inocente”. Los sacerdotes le despreciaron; retiraron sus manos del dinero que les presentaba, para no manchársela tocando la recompensa del traidor, y le dijeron: “¡Qué nos importa que hayas pecado! Si crees haber vendido la sangre inocente, es negocio tuyo; nosotros sabemos lo que hemos comprado, y lo hallamos digno de muerte!”. Estas palabras dieron a Judas tal rabia y tal desesperación, que estaba como fuera de sí; los cabellos se le erizaron; rasgó el cinturón donde estaban las monedas, las tiró en el templo, y huyó fuera del pueblo. Lo vi correr como un insensato en el vale de Hinón. Satanás, bajo una forma horrible, estaba a su lado, y le decía al oído, para llevarle a la desesperación, ciertas maldiciones de los Profetas sobre este valle, donde los judíos habían sacrificado sus hijos a los ídolos. Parecía que todas sus palabras lo designaban, como por ejemplo: “Saldrán y verán los cadáveres de los que han pecado contra mí, cuyos gusanos no morirán, cuyo fuego no se apagará”. Después repetía a sus oídos: “Caín ¿dónde está tu hermano Abel? ¿qué has hecho? Su sangre me grita: eres maldito sobre la tierra, estás errante y fugitivo”. Cuando llegó al torrente de Cedrón, y vio el monte de los Olivos, empezó a temblar, volvió los ojos y oyó de nuevo estas palabras: “Amigo mío, ¿qué vienes a hacer? ¡Judas, tú vendes al Hijo del hombre con un beso!”. Penetrado de horror hasta el fondo de su alma, llegó al pie de la montaña de los Escándalos, a un lugar pantanoso, lleno de escombros y de inmundicias. El ruido de la ciudad llegaba de cuando en cuando a sus oídos con más fuerza, y Satanás le decía: “Ahora le llevan a la muerte; tú le has vendido; ¿sabes tú lo que hay en la ley? El que vendiere un alma entre sus hermanos los hijos de Israel, y recibiere el precio, debe ser castigado con la muerte. ¡Acaba contigo, miserable, acaba!”. Entonces Judas, desesperado, tomó su cinturón y se colgó de un árbol que crecía en un bajo y que tenía muchas ramas. Cuando se hubo ahorcado, su cuerpo reventó, y sus entrañas se esparcieron por el suelo.
    X
    Jesús conducido a presencia de Pilatos
    23. Condujeron al Salvador a Pilatos por en medio de la parte más frecuentada de la ciudad. Caifás, Anás y muchos miembros del gran Consejo marchaban delante con sus vestidos de fiesta; los seguían un gran número de escribas y de judíos, entre los cuales estaban todos los falsos testigos y los perversos fariseos que habían tomado la mayor parte de la acusación de Jesús. A poca distancia seguía el Salvador, rodeado de soldados. Iba desfigurado por los ultrajes de la noche, pálido, la cara ensangrentada; y las injurias y los malos tratamientos continuaban sin cesar. Habían reunido mucha gente, para aparentar su entrada del Domingo de Ramos. Lo llamaban Rey, por burla; echaban delante de sus pies piedras, palos y pedazos de trapos; se burlaban de mil maneras de su entrada triunfal. Jesús debía probar en el camino cómo los amigos nos abandonan en la desgracia; pues los habitantes de Ofel estaban juntos a la orilla del camino, y cuando lo vieron en un estado de abatimiento, su fe se alteró, no pudiendo representarse así al Rey, al Profeta, al Mesías, al Hijo de Dios. Los fariseos se burlaban de ellos a causa de su amor a Jesús, y les decían: “Ved a vuestro Rey, saludadlo. ¿No le decís nada ahora que va a su coronación, antes de subir al trono? Sus milagros se han acabado; el Sumo Sacerdote ha dado fin a sus sortilegios”; y otros discursos de esta suerte. Estas pobres gentes, que habían recibido tantas gracias y tantos beneficios de Jesús, se resfriaron con el terrible espectáculo que daban las personas más reverenciadas del país, los príncipes, los sacerdotes y el Sanhedrín. Los mejores se retiraron, dudando; los peores se juntaron al pueblo en cuanto les fue posible; pues los fariseos habían puesto guardias para mantener algún orden.
    24. Eran poco más o menos las seis de la mañana, según nuestro modo de contar, cuando la tropa que conducía a Jesús llegó delante del palacio de Pilatos. Anás, Caifás y los miembros del Consejo se pararon en los bancos que estaban entre la plaza y la entrada del tribunal. Jesús fue arrastrado hasta la escalera de Pilatos, quien estaba sobre una especie de azotea avanzada. Cuando vio llegar a Jesús en medio de un tumulto tan grande, se levantó y habló a los judíos con aire de desprecio. “¿Qué venís a hacer tan temprano? ¿Cómo habéis puesto a ese hombre en tal estado? ¿Comenzáis tan temprano a desollar vuestras víctimas?”. Ellos gritaron a los verdugos: “¡Adelante, conducidlo al tribunal!”; y después respondieron a Pilatos: “Escuchad nuestras acusaciones contra ese criminal. Nosotros no podemos entrar en el tribunal para no volvernos impuros”. Los alguaciles hicieron subir a Jesús los escalones de mármol, y lo condujeron así detrás de la azotea desde donde Pilatos hablaba a los sacerdotes judíos. Pilatos había oído hablar mucho de Jesús. Al verle tan horriblemente desfigurado por los malos tratamientos y conservando siempre una admirable expresión de dignidad, su desprecio hacia los príncipes de los sacerdotes se redobló; les dio a entender que no estaba dispuesto a condenar a Jesús sin pruebas, y les dijo con tono imperioso: “¿De qué acusáis a este hombre?”. Ellos le respondieron: “Si no fuera un malhechor, no os lo hubiéramos presentado”. – “Tomadle, replicó Pilatos, y juzgadle según vuestra ley”. Los judíos dijeron: “Vos sabéis que nuestros derechos son muy limitados en materia de pena capital”. Los enemigos de Jesús estaban llenos de violencia y de precipitación; querían acabar con Jesús antes del tiempo legal de la fiesta, para poder sacrificar el Cordero pascual. No sabían que el verdadero Cordero pascual era el que habían conducido al tribunal del juez idólatra, en el cual temían contaminarse. Cuando el gobernador les mandó que presentasen sus acusaciones, lo hicieron de tres principales, apoyada cada una por diez testigos, y se esforzaron, sobre todo, en hacer ver a Pilatos que Jesús había violado los derechos del Emperador. Le acusaron primero de ser un seductor del pueblo, que perturbaba la paz pública y excitaba a la sedición, y presentaron algunos testimonios. Añadieron que seducía al pueblo con horribles doctrinas, que decía que debían comer su carne y beber su sangre para alcanzar la vida eterna. Pilatos miró a sus oficiales sonriéndose, y dirigió a los judíos estas palabras picantes: “Parece que vosotros queréis seguir también su doctrina y alcanzar la vida eterna, pues queréis comer su carne y beber su sangre”. La segunda acusación era que Jesús excitaba al pueblo, a no pagar el tributo al Emperador. Aquí Pilatos, lleno de cólera, los interrumpió con el tono de un hombre encargado especialmente de esto, y les dijo: “Es un grandísimo embuste; yo debo saber eso mejor que vosotros”. Entonces los judíos pasaron a la tercera acusación. “Este hombre oscuro, de baja extracción, se ha hecho un gran partido, se ha hecho dar los honores reales; pues ha enseñado que era el Cristo, el ungido del Señor, el Mesías, el Rey prometido a los judíos, y se hace llamar así”. Esto fue también apoyado por diez testigos. Cuando dijeron que Jesús se hacía llamar el Cristo, el Rey de los judíos, Pilato pareció pensativo. Fue desde la azotea a la sala del tribunal que estaba al lado, echó al pasar una mirada atenta sobre Jesús, y mandó a los guardas que se lo condujeran a la sala. Pilatos era un pagano supersticioso, de un espíritu ligero y fácil de perturbar. No ignoraba que los Profetas de los judíos les habían anunciado, desde mucho tiempo, un ungido del Señor, un Rey libertador y Redentor, y que muchos judíos lo esperaban. Pero no creía tales tradiciones sobre un Mesías, y si hubiese querido formarse una idea de ellas, se hubiera figurado un Rey victorioso y poderoso, como lo hacían los judíos instruidos de su tiempo y los herodianos. Por eso le pareció tan ridículo que acusaran a aquel hombre, que se le presentaba en tal estado de abatimiento, y de haberse tenido por ese Mesías y por ese Rey. Pero como los enemigos de Jesús habían presentado esto como un ataque a los derechos del Emperador, mandó traer al Salvador a su presencia para interrogarle. Pilatos miró a Jesús con admiración, y le dijo: “¿Tú eres, pues, el Rey de los judíos?”. Y Jesús respondió: “¿Lo dices tú por ti mismo, o porque otros te lo han dicho de mí?”. Pilatos, picado de que Jesús pudiera creerle bastante extravagante para hacer por sí mismo una pregunta tan rara, le dijo: “¿Soy yo acaso judío para ocuparme de semejantes necedades? Tu pueblo y sus sacerdotes te han entregado a mis manos, porque has merecido la muerte. Dime lo que has hecho”. Jesús le dijo con majestad: “Mi reino no es de este mundo. Si mi reino fuese de este mundo, yo tendría servidores que combatirían por mí, para no dejarme caer en las manos de los judíos; pero mi reino no es de este mundo”. Pilatos se sintió perturbado con estas graves palabras y le dijo con tono más serio: “¿Tú eres Rey?”. Jesús respondió: “Como tú lo dices, yo soy Rey. He nacido y he venido a este mundo para dar testimonio de la verdad. El que es de la verdad, escucha mi voz”. Pilatos le miró, y dijo, levantándose: “¡La verdad! ¿Qué es la verdad?”. Hubo otras palabras, de que no me acuerdo bien. Pilatos volvió a la azotea: no podía comprender a Jesús; pero veía bien que no era un rey que pudiera dañar al Emperador, pues no quería ningún reino de este mundo. Y el Emperador se inquietaba poco por los reinos del otro mundo. Y así gritó a los príncipes de los sacerdotes desde lo alto de la azotea: “No hallo ningún crimen en este hombre”. Los enemigos de Jesús se irritaron, y por todas partes salió un torrente de acusaciones contra Él. Pero el Salvador estaba silencioso, y oraba por los pobres hombres; y cuando Pilatos se volvió hacia Él, diciéndole: “¿No respondes nada a esas acusaciones?”, Jesús no dijo una palabra. De modo que Pilatos, sorprendido, le volvió a decir: “Yo veo bien que no dicen más que mentiras contra ti”. Pero los acusadores continuaron hablando con furor, y dijeron: “¡Cómo!, ¿no halláis crimen contra Él? ¿Acaso no es un crimen el sublevar al pueblo y extender su doctrina en todo el país, desde la Galilea hasta aquí?”. Al oír la palabra Galilea, Pilatos reflexionó un instante, y dijo: “¿Este hombre es Galileo y súbdito de Herodes?”. “Sí – respondieron ellos -: sus padres han vivido en Nazareth, y su habitación actual es Cafarnaum”. “Si es súbdito de Herodes – replicó Pilatos – conducidlo delante de él: ha venido aquí para la fiesta, y puede juzgarle”. Entonces mandó conducir a Jesús fuera del tribunal, y envió un oficial a Herodes para avisarle que le iban a presentar a Jesús de Nazareth, súbdito suyo. Pilatos, muy satisfecho con evitar así la obligación de juzgar a Jesús, deseaba por otra parte hacer una fineza a Herodes, quien estaba reñido con él, y quería ver a Jesús. Los enemigos del Salvador, furiosos de ver que Pilatos los echaba así en presencia de todo el pueblo, hicieron recaer su rencor sobre Jesús. Lo ataron de nuevo, y lo arrastraron, llenándolo de insultos y de golpes en medio de la multitud que cubría la plaza hasta el palacio de Herodes. Algunos soldados romanos se habían juntado a la escolta. Claudia Procla, mujer de Pilatos, le mandó a decir que deseaba muchísimo hablarle; y mientras conducían a Jesús a casa de Herodes, subió secretamente a una galería elevada, y miraba la escolta con mucha agitación y angustia.
    XI
    Origen del Via Crucis
    25. Durante esta discusión, la Madre de Jesús, Magdalena y Juan estuvieron en una esquina de la plaza, mirando y escuchando con un profundo dolor. Cuando Jesús fue conducido a Herodes, Juan acompañó a la Virgen y a Magdalena por todo el camino que había seguido Jesús. Así volvieron a casa de Caifás, a casa de Anás, a Ofel, a Getsemaní, al jardín de los Olivos, y en todos los sitios, donde el Señor se había caído o había sufrido, se paraban en silencio, lloraban y sufrían con Él. La Virgen se prosternó más de una vez, y besó la tierra en los sitios en donde Jesús se había caído. Este fue el principio del Via Crucis y de los honores rendidos a la Pasión de Jesús, aun antes de que se cumpliera. La meditación de la Iglesia sobre los dolores de su Redentor comenzó en la flor más santa de la humanidad, en la Madre virginal del Hijo del hombre. La Virgen pura y sin mancha consagró para la Iglesia el Vía Crucis, para recoger en todos los sitios, como piedras preciosas, los inagotables méritos de Jesucristo; para recogerlos como flores sobre el camino y ofrecerlos a su Padre celestial por todos los que tienen fe. El dolor había puesto a Magdalena como fuera de sí. Su arrepentimiento y su gratitud no tenían límites, y cuando quería elevar hacia Él su amor, como el humo del incienso, veía a Jesús maltratado, conducido a la muerte, a causa de sus culpas, que había tomado sobre sí. Entonces sus pecados la penetraban de horror, su alma se le partía, y todos esos sentimientos se expresaban en su conducta, en sus palabras y en sus movimientos. Juan amaba y sufría. Conducía por la primera vez a la Madre de Dios por el camino de la cruz, donde la Iglesia debía seguirla, y el porvenir se le aparecía.
    XII
    Pilatos y su mujer
    26. Mientras conducían a Jesús a casa de Herodes, vi a Pilatos con su mujer Claudia Procla. Habló mucho tiempo con Pilatos, le rogó por todo lo que le era más sagrado, que no hiciese mal ninguno a Jesús, el Profeta, el Santo de los Santos, y le contó algo de las visiones maravillosas que había tenido acerca de Jesús la noche precedente. Mientras hablaba, yo vi la mayor parte de esas visiones, pero no me acuerdo bien de qué modo se seguían. Ella vio las principales circunstancias de la vida de Jesús: la Anunciación de María, la Natividad, la Adoración de los Pastores y de los Reyes, la profecía de Simeón y de Ana, la huida a Egipto, la tentación en el desierto. Se le apareció siempre rodeado de luz, y vio la malicia y la crueldad de sus enemigos bajo las formas más horribles, vio sus padecimientos infinitos, su paciencia y su amor inagotables, la santidad y los dolores de su Madre. Estas visiones le causaron mucha inquietud y mucha tristeza; que todos esos objetos eran nuevos para ella, estaba suspensa y pasmada, y veía muchas de esas cosas, como, por ejemplo, la degollación de los inocentes y la profecía de Simeón, que sucedían cerca de su casa. Yo sé bien hasta qué punto un corazón compasivo puede estar atormentado por esas visiones; pues el que ha sentido una cosa, debe comprender lo que sienten los demás. Había sufrido toda la noche, y visto más o menos claramente muchas verdades maravillosas, cuando la despertó el ruido de la tropa que conducía a Jesús. Al mirar hacia aquel lado, vio al Señor, el objeto de todos esos milagros que le habían sido revelados, desfigurado, herido, maltratado por sus enemigos. Su corazón se trastornó a esta vista, y mandó en seguida llamar a Pilatos, y le contó, en medio de su agitación, lo que le acababa de suceder. Ella no lo comprendía todo, y no podía expresarlo bien; pero rogaba, suplicaba, instaba a su marido del modo más tierno. Pilatos, atónito y perturbado, unía lo que le decía su mujer con lo que había recogido de un lado y de otro acerca de Jesús, se acordaba del furor de los judíos, del silencio de Jesús y de las maravillosas respuestas a sus preguntas. Agitado e inquieto, cedió a los ruegos de su mujer, y le dijo: “He declarado que no hallaba ningún crimen en ese hombre. No lo condenaré: he reconocido toda la malicia de los judíos”. Le habló también de lo que le había dicho Jesús; prometió a su mujer no condenar a Jesús, y le dio una prenda como garantía de su promesa. No sé si era una joya, un anillo o un sello. Así se separaron. Pilatos era un hombre corrompido, indeciso, lleno de orgullo, y al mismo tiempo de bajeza: no retrocedía ante las acciones más vergonzosas, cuando encontraba en ellas su interés, y al mismo tiempo se dejaba llevar por las supersticiones más ridículas cuando estaba en una posición difícil. Así en la actual circunstancia consultaba sin cesar a sus dioses, a los cuales ofrecía incienso en lugar secreto de su casa, pidiéndoles señales. Una de sus prácticas supersticiosas era ver comer a los pollos; pero todas estas cosas me parecían horribles, tan tenebrosas y tan infernales, que yo volvía la cara con horror. Sus pensamientos eran confusos, y Satanás le inspiraba tan pronto un proyecto como otro. La mayor confusión reinaba en sus ideas, y él mismo no sabía lo que quería.
    XIII
    Jesús delante de Herodes
    27. El Tetrarca Herodes tenía su palacio situado al norte de la plaza, en la parte nueva de la ciudad, no lejos del de Pilatos. Una escolta de soldados romanos se había juntado a la de los judíos, y los enemigos de Jesús, furiosos por los paseos que les hacían dar, no cesaban de ultrajar al Salvador y de maltratarlo. Herodes, habiendo recibido el aviso de Pilatos, estaba esperando en una sala grande, sentado sobre almohadas que formaban una especie de trono. Los príncipes de los sacerdotes entraron y se pusieron a los lados, Jesús se quedó en la puerta. Herodes estuvo muy satisfecho al ver que Pilatos le reconocía, en presencia de los sacerdotes judíos, el derecho de juzgar a un Galileo. También se alegraba viendo delante de su tribunal, en estado de abatimiento, a ese Jesús que nunca se había dignado presentársele. Había recibido tantas relaciones acerca de Él, de parte de los herodianos y de todos sus espías, que su curiosidad estaba excitada. Cuando Herodes vio a Jesús tan desfigurado, cubierto de golpes, la cara ensangrentada, su vestido manchado, aquel príncipe voluptuoso y sin energía sintió una compasión mezclada de disgusto. Profirió el nombre de Dios, volvió la cara con repugnancia, y dijo a los sacerdotes: “Llevadlo, limpiadlo; ¿cómo podéis traer a mi presencia un hombre tan lleno de heridas?”. Los alguaciles llevaron a Jesús al vestíbulo, trajeron agua y lo limpiaron, sin cesar de maltratarlo. Herodes reprendió a los sacerdotes por su crueldad; parecía que quería imitar la conducta de Pilatos, pues también les dijo: “Ya se ve que ha caído entre las manos de los carniceros; comenzáis las inmolaciones antes de tiempo”. Los príncipes de los sacerdotes reproducían con empeño sus quejas y sus acusaciones. Herodes, con énfasis y largamente, repitió a Jesús todo lo que sabía de Él, le hizo muchas preguntas y le pidió que hiciera un prodigio. Jesús no respondía una palabra, y estaba delante de él con los ojos bajos, lo que irritó a Herodes. Me fue explicado que Jesús no habló, por estar Herodes excomulgado, a causa de su casamiento adúltero con Herodías y de la muerte de Juan Bautista. Anás y Caifás se aprovecharon del enfado que le causaba el silencio de Jesús, y comenzaron otra vez sus acusaciones: añadieron que había llamado a Herodes una zorra, y que pretendía establecer una nueva religión. Herodes, aunque irritado contra Jesús, era siempre fiel a sus proyectos políticos. No quería condenar al que Pilatos había declarado inocente, y creía conveniente mostrarse obsequioso hacia el gobernador en presencia de los príncipes de los sacerdotes. Llenó a Jesús de desprecios, y dijo a sus criados y a sus guardias, cuyo número se elevaba a doscientos en su palacio: “Tomad a ese insensato, y rendid a ese Rey burlesco los honores que merece. Es más bien un loco que un criminal”. Condujeron al Salvador a un gran patio, donde lo llenaron de malos tratamientos y de escarnio. Uno de ellos trajo un gran saco blanco y con grandes risotadas se lo echaron sobre la cabeza a Jesús. Otro soldado trajo otro pedazo de tela colorada, y se la pusieron al cuello. Entonces se inclinaban delante de Él, lo empujaban, lo injuriaban, le escupían, le pegaban en la cara, porque no había querido responder a su Rey. Le hacían mil saludos irrisorios, le arrojaban lodo, tiraban de Él como para hacerle danzar; habiéndolo echado al suelo, lo arrastraron hasta un arroyo que rodeaba el patio, de modo que su sagrada cabeza pegaba contra las columnas y los ángulos de las paredes. Después lo levantaron, para renovar los insultos. Su cabeza estaba ensangrentada y lo vi caer tres veces bajo los golpes; pero vi también ángeles que le ungían la cabeza, y me fue revelado que sin este socorro del cielo, los golpes que le daban hubieran sido mortales. El tiempo urgía, los príncipes de los sacerdotes tenían que ir al templo, y cuando supieron que todo estaba dispuesto como lo habían mandado, pidieron otra vez a Herodes que condenara a Jesús; pero éste, para conformarse con las ideas de Pilatos, le mandó a Jesús cubierto con el vestido de escarnio.
    XIV
    De Herodes a Pilatos
    28. Los enemigos de Jesús le condujeron de Herodes a Pilatos. Estaban avergonzados de tener que volver al sitio donde había sido ya declarado inocente. Por eso tomaron otro camino mucho más largo, para presentarle en medio de su humillación a otra parte de la ciudad, y también con el fin de dar tiempo a sus agentes para que agitaran los grupos conforme a sus proyectos. Ese camino era más duro y más desigual, y todo el tiempo que duró no cesaron de maltratar a Jesús. La ropa que le habían puesto le impedía andar, se cayó muchas veces en el lodo, lo levantaron a patadas, y dándole palos en la cabeza; recibió ultrajes infinitos, tanto de parte de los que le conducían, como del pueblo que se juntaba en el camino. Jesús pedía a Dios no morir, para poder cumplir su pasión y nuestra redención. Eran las ocho y cuarto cuando llegaron al palacio de Pilatos. La Virgen Santísima, Magdalena, y otras muchas santas mujeres, hasta veinte, estaban en un sitio, donde lo podían oír todo. Un criado de Herodes había venido ya a decir a Pilatos que su amo estaba lleno de gratitud por su fineza, y que no habiendo hallado en el célebre Galileo más que un loco estúpido, le había tratado como tal, y se lo volvía. Los alguaciles hicieron subir a Jesús la escalera con la brutalidad ordinaria; pero se enredó en su vestido, y cayó sobre los escalones de mármol blanco, que se tiñeron con la sangre de su cabeza sagrada; el pueblo reía de su caída y los soldados le pegaban para levantarlo. Pilatos avanzó sobre la azotea, y dijo a los acusadores de Jesús: “Me habéis traído a este hombre, como a un agitador del pueblo, le he interrogado delante de vosotros y no le he hallado culpable del crimen que le imputáis. Herodes tampoco le encuentra criminal. Por consiguiente, le mandaré azotar y dejarle”. Violentos murmullos se elevaron entre los fariseos. Era el tiempo en que el pueblo venía delante del gobernador romano para pedirle, según una antigua costumbre, la libertad de un preso. Los fariseos habían enviado sus agentes con el fin de excitar a la multitud, a no pedir la libertad de Jesús, sino su suplicio. Pilatos esperaba que pedirían la libertad de Jesús, y tuvo la idea de dar a escoger entre Él y un insigne criminal, llamado Barrabás, que horrorizaba a todo el mundo. Hubo un movimiento en el pueblo sobre la plaza: un grupo se adelantó, encabezado por sus oradores, que gritaron a Pilatos: “Haced lo que habéis hecho siempre por la fiesta”. Pilatos les dijo: “Es costumbre que liberte un criminal en la Pascua. ¿A quién queréis que liberte: a Barrabás o al Rey de los Judíos, Jesús, que dicen el ungido del Señor?”. A esta pregunta de Pilatos hubo alguna duda en la multitud, y sólo algunas voces gritaron: “¡Barrabás!”. Pilatos, habiendo sido llamado por un criado de su mujer, salió de la azotea un instante, y el criado le presentó la prenda que él le había dado, diciéndole: “Claudia Procla os recuerda la promesa de esta mañana”. Mientras tanto los fariseos y los príncipes de los sacerdotes estaban en una grande agitación, amenazaban y ordenaban. Pilatos había devuelto su prenda a su mujer, para decirle que quería cumplir su promesa, y volvió a preguntar con voz alta: “¿Cuál de los dos queréis que liberte?”. Entonces se elevó un grito general en la plaza: “No queremos a este, sino a Barrabás”. Pilatos dijo entonces: “¿Qué queréis que haga con Jesús, que se llama Cristo?”. Todos gritaron tumultuosamente: “¡Que sea crucificado!, ¡que sea crucificado!”. Pilatos preguntó por tercera vez: “Pero, ¿qué mal ha hecho? Yo no encuentro en Él crimen que merezca la muerte. Voy a mandarlo azotar y dejarlo”. Pero el grito “¡crucificadlo!, ¡crucificadlo!” se elevó por todas partes como una tempestad infernal; los príncipes de los sacerdotes y los fariseos se agitaban y gritaban como furiosos. Entonces el débil Pilatos dio libertad al malhechor Barrabás, y condenó a Jesús a la flagelación.
    XV
    Flagelación de Jesús
    29. Pilatos, juez cobarde y sin resolución, había pronunciado muchas veces estas palabras, llenas de bajeza: “No hallo crimen en Él; por eso voy a mandarle azotar y a darle libertad”. Los judíos continuaban gritando: “¡Crucificadlo! ¡crucificadlo!”. Sin embargo, Pilatos quiso que su voluntad prevaleciera y mandó azotar a Jesús a la manera de los romanos. Al norte del palacio de Pilatos, a poca distancia del cuerpo de guardia, había una columna que servía para azotar. Los verdugos vinieron con látigos, varas y cuerdas, y las pusieron al pie de la columna. Eran seis hombres morenos, malhechores de la frontera de Egipto, condenados por sus crímenes a trabajar en los canales y en los edificios públicos, y los más perversos de entre ellos hacían el oficio de verdugos en el Pretorio. Esos hombres crueles habían ya atado a esa misma columna y azotado hasta la muerte a algunos pobres condenados. Dieron de puñetazos al Señor, le arrastraron con las cuerdas, a pesar de que se dejaba conducir sin resistencia, y lo ataron brutalmente a la columna. Esta columna estaba sola y no servía de apoyo a ningún edificio. No era muy elevada; pues un hombre alto, extendiendo el brazo, hubiera podido alcanzar la parte superior. A media altura había anillas y ganchos. No se puede expresar con qué barbarie esos perros furiosos arrastraron a Jesús: le arrancaron la capa de irrisión de Herodes y le echaron casi al suelo. Jesús abrazó a la columna; los verdugos le ataron las manos, levantadas por alto a un anillo de hierro, y extendieron tanto sus brazos en alto, que sus pies, atados fuertemente a lo bajo de la columna, tocaban apenas al suelo. El Señor fue así extendido con violencia sobre la columna de los malhechores; y dos de esos furiosos comenzaron a flagelar su cuerpo sagrado desde la cabeza hasta los pies. Sus látigos o sus varas parecían de madera blanca flexible; puede ser también que fueran nervios de buey o correas de cuero duro y blanco. El Hijo de Dios temblaba y se retorcía como un gusano. Sus gemidos dulces y claros se oían como una oración en medio del ruido de los golpes. De cuando en cuando los gritos del pueblo y de los fariseos, cual tempestad ruidosa, cubrían sus quejidos dolorosos y llenos de bendiciones, diciendo: “¡Hacedlo morir! ¡crucificadlo!”. Pilatos estaba todavía hablando con el pueblo, y cada vez que quería decir algunas palabras en medio del tumulto popular, una trompeta tocaba para pedir silencio. Entonces se oía de nuevo el ruido de los azotes, los quejidos de Jesús, las imprecaciones de los verdugos y el balido de los corderos pascuales. Ese balido presentaba un espectáculo tierno: eran las sotavoces que se unían a los gemidos de Jesús. El pueblo judío estaba a cierta distancia de la columna, los soldados romanos ocupando diferentes puntos, iban y venían, muchos profiriendo insultos, mientras que otros se sentían conmovidos y parecía que un rayo de Jesús les tocaba. Algunos alguaciles de los príncipes de los sacerdotes daban dinero a los verdugos, y les trajeron un cántaro de una bebida espesa y colorada, para que se embriagasen. Pasado un cuarto de hora, los verdugos que azotaban a Jesús fueron reemplazados por otros dos. La sangre del Salvador corría por el suelo. Por todas partes se oían las injurias y las burlas. Los segundos verdugos se echaron con una nueva rabia sobre Jesús; tenían otra especie de varas: eran de espino con nudos y puntas. Los golpes rasgaron todo el cuerpo de Jesús; su sangre saltó a cierta distancia, y ellos tenían los brazos manchados. Jesús gemía, oraba y se estremecía. Muchos extranjeros pasaron por la plaza, montados sobre camellos y se llenaron de horror y de pena cuando el pueblo les explicó lo que pasaba. Eran viajeros que habían recibido el bautismo de Juan, o que habían oído los sermones de Jesús sobre la montaña. El tumulto y los griegos no cesaban alrededor de la casa de Pilatos. Otros nuevos verdugos pegaron a Jesús con correas, que tenían en las puntas unos garfios de hierro, con los cuales le arrancaban la carne a cada golpe. ¡Ah! ¡quién podría expresar este terrible y doloroso espectáculo! La horrible flagelación había durado tres cuartos de hora, cuando un extranjero de clase inferior, pariente del ciego Ctesifón, curado por Jesús, se precipitó sobre la columna con una navaja, que tenía la figura de una cuchilla, gritando en tono de indignación: “¡Parad! No peguéis a ese inocente hasta hacerle morir”. Los verdugos, hartos, se pararon sorprendidos; cortó rápidamente las cuerdas, atadas detrás de la columna, y se escondió en la multitud. Jesús cayó, casi sin conocimiento, al pie de la columna sobre el suelo, bañado en sangre. Los verdugos le dejaron, y se fueron a beber, llamando antes a los criados, que estaban en el cuerpo de guardia tejiendo la corona de espinas.
    30. Vi a la Virgen Santísima en un éxtasis continuo durante la flagelación de nuestro divino Redentor. Ella vio y sufrió con un amor y un dolor indecibles todo lo que sufría su Hijo. Muchas veces salían de su boca leves quejidos y sus ojos estaban bañados en lágrimas. Las santas mujeres, temblando de dolor y de inquietud, rodeaban a la Virgen y lloraban como si hubiesen esperado su sentencia de muerte. María tenía un vestido largo azul, y por encima una capa de lana blanca, y un velo de un blanco casi amarillo. Magdalena, pálida y abatida de dolor, tenía los cabellos en desorden debajo de su velo. La cara de la Virgen estaba pálida y desencajada, sus ojos colorados de las lágrimas. No puedo expresar su sencillez y dignidad. Desde ayer no ha cesado de andar errante, en medio de angustias, por el valle de Josafat y las calles de Jerusalén, y, sin embargo, no hay ni desorden ni descompostura en su vestido, no hay un solo pliegue que no respire santidad; todo en ella es digno, lleno de pureza y de inocencia. María mira majestuosamente a su alrededor, y los pliegues de su velo, cuando vuelve la cabeza, tienen una vista singular. Sus movimientos son sin violencia, y en medio del dolor más amargo, su aspecto es sereno. Su vestido está húmedo del rocío de la noche y de las abundantes lágrimas que ha derramado. Es bella, de una belleza indecible y sobrenatural; esta belleza es pureza inefable, sencillez, majestad y santidad. Magdalena tiene un aspecto diferente. Es más alta y más fuerte, su persona y sus movimientos son más pronunciados. Pero las pasiones, el arrepentimiento, su dolor enérgico han destruido su belleza. Da miedo al verla tan desfigurada por la violencia de su desesperación; sus largos cabellos cuelgan desatados debajo de su velo despedazado. Está toda trastornada, no piensa más que en su dolor, y parece casi una loca. Hay mucha gente de Magdalum y de sus alrededores que la han visto llevar una vida escandalosa. Como ha vivido mucho tiempo escondida, hoy la señalan con el dedo y la llenan de injurias, y aún los hombres del populacho de Magdalum le tiran lodo. Pero ella no advierte nada, tan grande y fuerte es su dolor. Cuando Jesús, después de la flagelación, cayó al pie de la columna, vi a Claudia Procla, mujer de Pilatos, enviar a la Madre de Dios grandes piezas de tela. No sé si creía que Jesús sería libertado, y que su Madre necesitaría esa tela para curar sus llagas o si esa pagana compasiva sabía a qué uso la Virgen Santísima destinaría su regalo. María viendo a su Hijo despedazado, conducido por los soldados, extendió las manos hacia Él y siguió con los ojos las huellas ensangrentadas de sus pies. Habiéndose apartado el pueblo, María y Magdalena se acercaron al sitio en donde Jesús había sido azotado; escondidas por las otras santas mujeres, se bajaron al suelo cerca de la columna, y limpiaron por todas partes la sangre sagrada de Jesús con el lienzo que Claudia Procla había mandado. Eran las nueve de la mañana cuando acabó la flagelación.
    XVI
    La coronación de espinas
    31. La coronación de espinas (1) se hizo en el patio interior del cuerpo de guardia. El pueblo estaba alrededor del edificio; pero pronto fue rodeado de mil soldados romanos, puestos en buen orden, cuyas risas y burlas excitaban el ardor de los verdugos de Jesús, como los aplausos del público excitan a los cómicos. En medio del patio había el trozo de una columna; pusieron sobre él un banquillo muy bajo. Habiendo arrastrado a Jesús brutalmente a este asiento, le pusieron la corona de espinas alrededor de la cabeza, y le atacaron fuertemente por detrás. Estaba hecha de tres varas de espino bien trenzadas, y la mayor parte de las puntas eran torcidas a propósito para adentro. Habiéndosela atado, le pusieron una caña en la mano; todo esto lo hicieron con una gravedad irrisoria, como si realmente lo coronasen rey. Le quitaron la caña de las manos, y le pegaron con tanta violencia en la corona de espinas, que los ojos del Salvador se inundaron de sangre. Sus verdugos arrodillándose delante de Él le hicieron burla, le escupieron a la cara, y le abofetearon, gritándole: “¡Salve, Rey de los judíos!”. No podría repetir todos los ultrajes que imaginaban estos hombres. El Salvador sufría una sed horrible, su lengua estaba retirada, la sangre sagrada, que corría de su cabeza, refrescaba su boca ardiente y entreabierta. Jesús fue así maltratado por espacio de media hora en medio de la risa, de los gritos y de los aplausos de los soldados formados alrededor del Pretorio.
    XVII
    ¡Ecce Homo!
    32. Jesús, cubierto con la capa colorada, la corona de espinas sobre la cabeza, y el cetro de cañas en las manos atadas, fue conducido al palacio de Pilatos. Cuando llegó delante del gobernador, este hombre cruel no pudo menos de temblar de horror y de compasión, mientras el pueblo y los sacerdotes le insultaban y le hacían burla. Jesús subió los escalones. Tocaron la trompeta para anunciar que el gobernador quería hablar. Pilatos se dirigió a los príncipes de los sacerdotes y a todos los circunstantes, y les dijo: “Os lo presente otra vez para que sepáis que no hallo en Él ningún crimen”. Jesús fue conducido cerca de Pilatos, de modo que todo el pueblo podía verlo. Era un espectáculo terrible y lastimoso la aparición del Hijo de Dios ensangrentado, con la corona de espinas, bajando sus ojos sobre el pueblo, mientras Pilatos, señalándole con el dedo, gritaba a los judíos: “¡Ecce Homo!”. Los príncipes de los sacerdotes y sus adeptos, llenos de furia, gritaron: “¡Que muera! ¡Que sea crucificado!”. – “¿No basta ya?”, dijo Pilatos. “Ha sido tratado de manera que no le quedará gana de ser Rey”. Pero estos insensatos gritaron cada vez más: “¡Que muera! ¡Que sea crucificado!”. Pilatos mandó tocar la trompeta, y dijo: “Entonces, tomadlo y crucificadlo, pues no hallo en Él ningún crimen”. Algunos de los sacerdotes gritaron: “¡Tenemos una ley por la cual debe morir, pues se ha llamado Hijo de Dios!”. Estas palabras, se ha llamado Hijo de Dios, despertaron los temores supersticiosos de Pilatos; hizo conducir a Jesús aparte, y le preguntó de dónde era. Jesús no respondió, y Pilatos le dijo: “¿No me respondes? ¿No sabes que puedo crucificarte o ponerte en libertad?”. Y Jesús respondió: “No tendrías tú ese poder sobre mí, si no lo hubieses recibido de arriba; por eso el que me ha entregado en tus manos ha cometido un gran pecado”. Pilatos, en medio de su incertidumbre, quiso obtener del Salvador una respuesta que lo sacara de este penoso estado: volvió al Pretorio, y se estuvo solo con Él. “¿Será posible que sea un Dios? se decía a sí mismo, mirando a Jesús ensangrentado y desfigurado; después le suplicó que le dijera si era Dios, si era el Rey prometido a los judíos, hasta dónde se extendía su imperio, y de qué orden era su divinidad. No puedo repetir más que el sentido de la respuesta de Jesús. El Salvador le habló con gravedad y severidad; le dijo en qué consistía su reino y su imperio; después le reveló todos los crímenes secretos que él había cometido; le predijo la suerte miserable que le esperaba, y le anunció que el Hijo del hombre vendría a pronunciar contra él un juicio justo. Pilatos, medio atemorizado y medio irritado de las palabras de Jesús, volvió al balcón, y dijo otra vez que quería libertar a Jesús. Entonces gritaron: “¡Si lo libertas, no eres amigo del César!”. Otros decían que lo acusarían delante del Emperador, de haber agitado su fiesta, que era menester acabar, porque a las diez tenían que estar en el templo. Por todas partes se oía gritar: “¡Que sea crucificado!”; hasta encima de las azoteas, donde había muchos subidos. Pilatos vio que sus esfuerzos eran inútiles. El tumulto y los gritos eran horribles, y la agitación del pueblo era tan grande que podía temerse una insurrección. Pilatos mandó que le trajesen agua; un criado se la echó sobre las manos delante del pueblo, y el gritó desde lo alto de la azotea: “Yo soy inocente de la sangre de este Justo; vosotros responderéis por ella”. Entonces se levantó un grito horrible y unánime de todo el pueblo, que se componía de gentes de toda la Palestina: “¡Que su sangre caiga sobre nosotros y sobre nuestros descendientes!”.
    XVIII
    Jesús condenado a muerte
    33. Cuando los judíos, habiendo pronunciado la maldición sobre sí y sobre sus hijos, pidieron que esa sangre redentora, que pide misericordia para nosotros, pidiera venganza contra ellos; Pilatos mandó traer sus vestidos de ceremonia, se puso un tocado, en donde brillaba una piedra preciosa y otra capa. Estaba rodeado de soldados, precedido de oficiales del tribunal y por delante tenía un hombre que tocaba la trompeta. Así fue desde su palacio hasta la plaza, donde había, enfrente de la columna de la flagelación, un sitio elevado para pronunciar los juicios. Este tribunal se llamaba Gabbata: era una elevación redonda, donde se subía por escalones. Muchos de los fariseos se habían ido ya al templo. No hubo más que Anás, Caifás y otros veintiocho, que vinieron al tribunal cuando Pilatos se puso sus vestidos de ceremonia. Los dos ladrones también fueron conducidos al tribunal, y el Salvador, con su capa colorada y su corona de espinas, fue colocado en medio de ellos. Cuando Pilatos se sentó, dijo a los judíos: “¡Ved aquí a vuestro Rey!”; y ellos respondieron: “¡Crucificadlo!”. “¿Queréis que crucifique a vuestro Rey?”, volvió a decir Pilatos. “¡No tenemos más Rey que César!” gritaron los príncipes de los sacerdotes. Pilatos no dijo nada más, y comenzó a pronunciar el juicio. Los príncipes de los sacerdotes habían diferido la ejecución de los dos ladrones, ya anteriormente condenados al suplicio de la cruz, porque querían hacer una afrenta más a Jesús, asociándolo en su suplicio a dos malhechores de la última clase. Pilatos comenzó por un largo preámbulo, en el cual daba los nombres más sublimes al emperador Tiberio; después expuso la acusación intentada contra Jesús, que los príncipes de los sacerdotes habían condenado a muerte, por haber agitado la paz pública y violado su ley, haciéndose llamar Hijo de dios y Rey de los judíos, habiendo el pueblo pedido su muerte por voz unánime. El miserable añadió que encontraba esa sentencia conforme a la justicia, él, que no había cesado de proclamar la inocencia de Jesús, y al acabar dijo: “Condeno a Jesús de Nazareth, Rey de los judíos, a ser crucificado”; y mandó traer la cruz. Me parece que rompió un palo largo y que tiró los pedazos a los pies de Jesús. Mientras Pilatos pronunciaba su juicio inicuo, vi que su mujer Claudia Procla le devolvía su prenda y la renunciaba. La tarde de este mismo día se salió secretamente del palacio, para refugiarse con los amigos de Jesús. Ese mismo día, a poco tiempo después, vi a un amigo del Salvador grabar sobre una piedra verdusca, detrás de la altura de Gabbata, dos líneas donde había estas palabras: Judex injustus, y el nombre de Claudia Procla. Esta piedra se halla todavía en los cimientos de una casa o de una iglesia en Jerusalén, en el sitio donde estaba Gabbata. Claudia Procla se hizo cristiana, siguió a San Pablo, y fue su fiel discípula. Los dos ladrones estaban a derecha y a izquierda de Jesús: tenían las manos atadas y una cadena al cuello; el que se convirtió después, se mantuvo desde entonces tranquilo y pensativo; el otro, grosero e insolente, se unió a los alguaciles para maldecir e insultar a Jesús, que miraba a sus dos compañeros con amor, y ofrecía sus tormentos por la salvación. Los alguaciles juntaban los instrumentos del suplicio, y lo preparaban todo para esta terrible y dolorosa marcha. Anás y Caifás habían acabado sus discusiones con Pilatos: tenían dos bandas de pergamino con la copia de la sentencia, y se dirigían con precipitación al templo temiendo llegar tarde.
    XIX
    Jesús con la Cruz a cuestas
    34. Cuando Pilatos salió del tribunal, una parte de los soldados le siguió, y se formó delante del palacio; una pequeña escolta se quedó con los condenados. Veintiocho fariseos armados vinieron a caballo para acompañar al suplicio a nuestro Redentor. Los alguaciles lo condujeron al medio de la plaza, donde vinieron esclavos a echar la cruz a sus pies. Los dos brazos estaban provisionalmente atados a la pieza principal con cuerdas. Jesús se arrodilló cerca de ella, la abrazó y la besó tres veces, dirigiendo a su Padre acciones de la gracias pro la redención del género humano. Los solados levantaron a Jesús sobre sus rodillas, y tuvo que cargar con mucha pena con esta carga pesada sobre su hombro derecho. Vi ángeles invisibles ayudarle, pues si no, no hubiera podido levantarla. Mientras Jesús oraba, pusieron sobre el pescuezo a los dos ladrones las piezas traveseras de sus cruces, atándoles las manos; las grandes piezas las llevaban esclavos. La trompeta de la caballería de Pilatos tocó; uno de los fariseos a caballo se acercó a Jesús, arrodillado bajo su carga; y entonces comenzó la marcha triunfal del Rey de los reyes, tan ignominiosa sobre la tierra y tan gloriosa en el cielo. Habían atado dos cuerdas a la punta del árbol de la cruz y dos soldados la mantenían en el aire; otros cuatro tenían cuerdas atadas a la cintura de Jesús. El Salvador, bajo su peso, me recordó a Isaac, llevando a la montaña la leña para su sacrificio. La trompeta de Pilatos dio la señal de marcha, porque el gobernador en persona quería ponerse a la cabeza de un destacamento para impedir todo movimiento tumultuoso. Iba a caballo, rodeado de sus oficiales y de tropa de caballería. Detrás venía un cuerpo de trescientos hombres de infantería, todos de la frontera de Italia y de Suiza. Delante se veía una trompa que tocaba en todas las esquinas y proclamaba la sentencia. A pocos pasos seguía una multitud de hombres y de chiquillos, que traían cordeles, clavos, cuñas y cestas que contenían diferentes objetos; otros, más robustos, traían palos, escaleras y las piezas principales de las cruces de los dos ladrones. Detrás se notaban algunos fariseos a caballo, y un joven que llevaba sobre el pecho la inscripción que Pilatos había hecho para la cruz. Llevaban también en la punta de un palo la corona de espinas de Jesús, que no habían querido dejarle sobre la cabeza mientras cargaba la cruz. Al fin venía nuestro Señor, los pies desnudos y ensangrentados, abrumado bajo el peso de la cruz, temblando, debilitado por la pérdida de la sangre y devorado de calentura y de sed. Con la mano derecha sostenía la cruz sobre su hombro derecho; su mano izquierda, cansada, hacía de cuando en cuando esfuerzos para levantarse su largo vestido, con que tropezaban sus pies heridos. Cuatro soldados tenían a grande distancia la punta de los cordeles atados a la cintura; los dos de delante le tiraban; los dos que seguían le empujaban, de suerte que no podía asegurar su paso. A su rededor no había más que irrisión y crueldad; mas su boca rezaba y sus ojos perdonaban. Detrás de Jesús iban los dos ladrones, llevados también por cuerdas. La mitad de los fariseos a caballos cerraba la marcha; algunos de ellos corrían acá y allá para mantener el orden. A una distancia bastante grande venía la escolta de Pilatos: el gobernador romano tenía su uniforme de guerra; en medio de sus oficiales, precedido de un escuadrón de caballería, y seguido de trescientos infantes, atravesó la plaza, y entró en una calle bastante ancha. Jesús fue conducido por una calle estrecha, para no estorbar a la gente que iba al templo ni a la tropa de Pilatos. La mayor parte del pueblo se había puesto en movimiento, después de haber condenado a Jesús. Una gran parte de los judíos se fueron a sus casas o al templo; sin embargo, la multitud era todavía numerosa, y se precipitaban delante para ver pasar la triste procesión. La calle por donde pasaba Jesús era muy estrecha y muy sucia; tuvo mucho que sufrir; el pueblo lo injuriaba desde las ventanas, los esclavos le tiraban lodo y hasta los niños traían piedras en sus vestidos para echarlas delante de los pies del Salvador.
    XX
    Primera caída de Jesús debajo de la Cruz
    35. La calle, poco antes de su fin, tuerce a la izquierda, se ensancha y sube un poco; por ella pasa un acueducto subterráneo, que viene del monte de Sión. Antes de la subida hay un hoyo, que tiene con frecuencia agua y lodo cuando llueve, por cuya razón han puesto una piedra grande para facilitar el paso. Cuando llegó Jesús a este sitio, ya no podía andar; como los solados tiraban de Él y lo empujaban sin misericordia, cayó a lo largo contra esa piedra, y la cruz cayó a su lado. Los verdugos se pararon, llenándolo de imprecaciones y pegándole; en vano Jesús tendía la mano para que le ayudasen, diciendo: “¡Ah, presto se acabará!”, y rogó por sus verdugos; mas los fariseos gritaron: “¡Levantadlo, si no morirá en nuestras manos!”. A los dos lados del camino había mujeres llorando y niños asustados. Sostenido por un socorro sobrenatural, Jesús levantó la cabeza, y aquellos hombres atroces, en lugar de aliviar sus tormentos, le pusieron la corona de espinas. Habiéndolo levantado, le cargaron la cruz sobre los hombros, y tuvo que ladear la cabeza, con dolores infinitos, para poder colocar sobre su hombro el peso con que estaba cargado.
    XXI
    Jesús encuentra a su Santísima Madre – Segunda caída
    36. La dolorosa Madre de Jesús había salido de la plaza después de pronunciada la sentencia inicua, acompañada de Juan y de algunas mujeres, había visitado muchos sitios santificados por los padecimientos de Jesús; pero cuando el sonido de la trompeta, el ruido del pueblo y la escolta de Pilatos anunciaron la marcha hasta el Calvario, no pudo resistir al deseo de ver todavía a su Divino Hijo, y pidió a Juan que la condujese a uno de los sitios por donde Jesús debía pasar: se fueron a un palacio, cuya puerta daba a la calle, donde entró la escolta después de la primera caída de Jesús; era, si no me equivoco, la habitación del sumo pontífice Caifás. Juan obtuvo de un criado o portero compasivo el permiso de ponerse en la puerta con María y los que la acompañaban. La Madre de Dios estaba pálida y con los ojos llenos de lágrimas y cubierta enteramente de una capa parda azulada. Se oía ya el ruido que se acercaba, el sonido de la trompeta, y la voz del pregonero, publicando la sentencia en las esquinas. El criado abrió la puerta, el ruido era cada vez más fuerte y espantoso. María oró, y dijo a Juan: “¿Debo ver este espectáculo? ¿Debo huir? ¿Podré yo soportarlo?”. Al fin salieron a la puerta. María se paró, y miró; la escolta estaba a ochenta pasos; no había gente delante, sino por los lados y atrás. Cuando los que llevaban los instrumentos de suplicio se acercaron con aire insolente y triunfante, la Madre de Jesús se puso a temblar y a gemir, juntando las manos, y uno de esos hombres preguntó: “¿Quién es esa mujer que se lamenta?”; y otro respondió: “Es la Madre del Galileo”. Los miserables al oír tales palabras, llenaron de injurias a esta dolorosa madre, la señalaban con el dedo, y uno de ellos tomó en sus manos los clavos con que debían clavar a Jesús en la cruz, y se los presentó a la Virgen en tono de burla. María miró a Jesús y se agarró a la puerta para no caerse. Los fariseos pasaron a caballo, después el niño que llevaba la inscripción, detrás su Santísimo Hijo Jesús, temblando, doblado bajo la pesada carga de la cruz, inclinando sobre su hombro la cabeza coronada de espinas. Echaba sobre su Madre una mirada de compasión, y habiendo tropezado cayó por segunda vez sobre sus rodillas y sobre sus manos. María, en medio de la violencia de su dolor, no vio ni soldados ni verdugos; no vio más que a su querido Hijo; se precipitó desde la puerta de la casa en medio de los soldados que maltrataban a Jesús, cayó de rodillas a su lado, y se abrazó a Él. Yo oí estas palabras: “¡Hijo mío!” – “¡Madre mía!”. Pero no sé si realmente fueron pronunciadas, o sólo en el pensamiento. Hubo un momento de desorden: Juan y las santas mujeres querían levantar a María. Los alguaciles la injuriaban; uno de ellos le dijo: “Mujer, ¿qué vienes a hacer aquí? Si lo hubieras educado mejor, no estaría en nuestras manos”. Algunos soldados tuvieron compasión. Juan y las santas mujeres la condujeron atrás a la misma puerta, donde la vi caer sobre sus rodillas y dejar en la piedra angular la impresión de sus manos. Esta piedra, que era muy dura, fue transportada a la primera iglesia católica, cerca de la piscina de Betesda, en el episcopado de Santiago el Menor. Mientras tanto, los alguaciles levantaron a Jesús y habiéndole acomodado la cruz sobre sus hombros, le empujaron con mucha crueldad para que siguiese adelante.
    XXII
    Simón Cirineo – Tercera caída de Jesús
    37. Llegaron a la puerta de una muralla vieja, interior de la ciudad. Delante de ella hay una plaza, de donde salen tres calles. En esa plaza, Jesús, al pasar sobre una piedra gruesa, tropezó y cayó; la cruz quedó a su lado, y no se pudo levantar. Algunas personas bien vestidas que pasaban para ir al templo, exclamaron llenas de compasión: “¡Ah! ¡El pobre hombre se muere!”. Hubo algún tumulto; no podían poner a Jesús en pie, y los fariseos dijeron a los soldados: “No podremos llevarlo vivo, si no buscáis a un hombre que le ayude a llevar la cruz”. Vieron a poca distancia un pagano, llamado Simón Cirineo, acompañado de sus tres hijos, que llevaba debajo del brazo un haz de ramas menudas, pues era jardinero, y venía de trabajar en los jardines situados cerca de la muralla oriental de la ciudad. Estaba en medio de la multitud, de donde no podía salir, y los soldados, habiendo reconocido por su vestido que era un pagano y un obrero de la clase inferior, lo llamaron y le mandaron que ayudara al Galileo a llevar su cruz. Primero rehusó, pero tuvo que ceder a la fuerza. Simón sentía mucho disgusto y repugnancia, a causa del triste estado en que se hallaba Jesús, y de su ropa toda llena de lodo. Mas Jesús lloraba, y le miraba con ternura. Simón le ayudó a levantarse, y al instante los alguaciles ataron sobre sus hombros uno de los brazos de la cruz. Él seguía a Jesús, que se sentía aliviado de su carga. Se pusieron otra vez en marcha. Simón era un hombre robusto, de cuarenta años; sus hijos llevaban vestidos de diversos colores. Dos eran ya crecidos, se llamaban Rufo y Alejandro: se reunieron después a los discípulos de Jesús. El tercero era más pequeño, y lo he visto con San Esteban, aún niño. Simón no llevó mucho tiempo la cruz sin sentirse penetrado de compasión.
    XXIII
    La Verónica y el Sudario
    38. La escolta entró en una calle larga que torcía un poco a la izquierda, y que estaba cortada por otras transversales. Muchas personas bien vestidas se dirigían al templo; pero algunas se retiraban a la vista de Jesús, por el temor farisaico de contaminarse; otras mostraban alguna compasión. Habían andado unos doscientos pasos desde que Simón ayudaba a Jesús a llevar la cruz, cuando una mujer de elevada estatura y de aspecto imponente, llevando de la mano a una niña, salió de una bella casa situada a la izquierda, y se puso delante. Era Serafia, mujer de Sirac, miembro del Consejo del templo, que se llamaba Verónica, de Vera Icon (verdadero retrato), a causa de lo que hizo en ese día. Serafia había preparado en su casa un excelente vino aromatizado, con la piadosa intención de dárselo a beber al Señor en su camino de dolor. Salió a la calle, cubierta de su velo; tenía un paño sobre sus hombros; una niña de nueve años, que había adoptado pro hija, estaba a su lado, y escondió, al acercarse la escolta, el vaso lleno de vino. Los que iban delante quisieron rechazarla; mas ella se abrió paso en medio de la multitud, de los soldados y de los alguaciles, y llegando hasta Jesús, se arrodilló, y le presentó el paño extendido diciendo: “Permitidme que limpie la cara de mi Señor”. El Señor tomó el paño, lo aplicó sobre su cara ensangrentada, y se lo devolvió, dándole las gracias. Serafia, después de haberlo besado, lo metió debajo de su capa, y se levantó. La niña levantó tímidamente el vaso de vino hacia Jesús; pero los soldados no permitieron que bebiera. La osadía y la prontitud de esta acción habían excitado un movimiento en la multitud, por los que se paró la escolta como unos dos minutos. Verónica había podido presentar el sudario. Los fariseos y los alguaciles, irritados de esta parada, y sobre todo, de este homenaje público, rendido al Salvador, pegaron y maltrataron a Jesús, mientras Verónica entraba en su casa. Apenas había penetrado en su cuarto, extendió el sudario sobre la mesa que tenía delante, y cayó sin conocimiento. La niña se arrodilló a su lado llorando. Un conocido que venía a verla la halló así al lado de un lienzo extendido, donde la cara ensangrentada de Jesús estaba estampada de un modo maravilloso. Se sorprendió con este espectáculo, la hizo volver en sí, y le mostró el sudario delante del cual ella se arrodilló, llorando y diciendo: “Ahora lo quiero dejar todo, pues el Señor me ha dado un recuerdo”. Este sudario era de lana fina, tres veces más largo que ancho, y se llevaba habitualmente alrededor del cuello: era costumbre ir con un sudario semejante a socorrer a los afligidos o enfermos, o a limpiarles la cara en señal de dolor o de compasión. Verónica guardó siempre el sudario a la cabecera de su cama. Después de su muerte fue para la Virgen, y después para la Iglesia por intermedio de los Apóstoles.
    XXIV
    Las hijas de Jerusalén
    39. La escolta estaba todavía a cierta distancia de la puerta, situada en la dirección del sudoeste. Al acercarse a la puerta los alguaciles empujaron a Jesús en medio de un lodazal. Simón Cirineo quiso pasar por el lado, y habiendo ladeado la cruz, Jesús cayó por cuarta vez. Entonces, en medio de sus lamentos, dijo con voz inteligible: “¡Ah Jerusalén, cuánto te he amado! ¡He querido juntar a tus hijos como la gallina junta a sus polluelos debajo de sus alas, y tú me echas cruelmente fuera de tus puertas!”. Al oír estas palabras, los fariseos le insultaron de nuevo, y pegándole lo arrastraron para sacarlo del lodo. Simón Cirineo se indignó tanto de ver esta crueldad, que exclamó: “Si no cesáis de insultarle suelto la cruz, aunque me matéis”. Al salir de la puerta encontraron una multitud de mujeres que lloraban y gemían. Eran vírgenes y mujeres pobres de Belén, de Hebrón y de otros lugares circunvecinos, que habían venido a Jerusalén para celebrar la Pascua. Jesús desfalleció; Simón se acercó a Él y le sostuvo, impidiendo así que se cayera del todo. Esta es la quinta caída de Jesús debajo de la cruz. A vista de su cara tan desfigurada y tan llena de heridas, comenzaron a dar lamentos, y según la costumbre de los judíos, le presentaron lienzos para limpiarse el rostro. El Salvador se volvió hacia ellas, y les dijo: “Hijas de Jerusalén, no lloréis por mí; llorad por vosotras mismas y por vuestros hijos, pues vendrá un tiempo en que se dirá: “¡Felices las estériles y las entrañas que no han engendrado y los pechos que no han dado de mamar”. Entonces empezarán a decir a los montes: “¡Caed sobre nosotros!”; y a las alturas: “¡Cubridnos! Pues si así se trata al leño verde, ¿qué se hará con el seco?”. Aquí pararon en este sitio: los que llevaban los instrumentos de suplicio fueron al monte Calvario, seguidos de cien soldados romanos de la escolta de Pilatos, quien al llegar a la puerta, se volvió al interior de la ciudad.
    XXV
    Jesús sobre el Gólgota
    40. Se pusieron en marcha. Jesús, doblando bajo su carga y bajo los golpes de los verdugos, subió con mucho trabajo el rudo camino que se dirigía al norte, entre las murallas de la ciudad y el monte Calvario. En el sitio en donde el camino tuerce al mediodía se cayó por sexta vez, y esta caída fue muy dolorosa. Los malos tratamientos que aquí le dieron llegaron a su colmo. El Salvador llegó a la roca del Calvario, donde cayó por séptima vez. Simón Cirineo, maltratado también y agobiado por el cansancio, estaba lleno de indignación: hubiera querido aliviar todavía a Jesús, pero los alguaciles lo echaron, llenándole de injurias. Se reunió poco después a los discípulos. Echaron también a toda la gente que había venido por mera curiosidad. Los fariseos a caballo habían seguido caminos cómodos, situados al lado occidental del Calvario. El llano que hay en la elevación, el sitio del suplicio, es de forma circular y está rodeado de un terraplén cortado por cinco caminos. Estos cinco caminos se hallan en muchos sitios del país, en los cuales se baña, se bautiza, en la piscina de Betesda: muchos pueblos tienen también cinco puertas. Hay en esto una profunda significación profética, a causa de la abertura de los cinco medios de salvación en las cinco llagas del Salvador. Los fariseos a caballo se pararon delante de la llanura al lado occidental, donde la cuesta es suave: el lado por donde conducen a los condenados, es áspero y rápido. Cien soldados romanos se hallaban alrededor del llano. Mucha gente, la mayor parte de baja clase, extranjeros, esclavos, paganos, sobre todo mujeres, rodeaban el llano y las alturas circunvecinas, no temiendo contaminarse. Eran las doce menos cuarto cuando el Señor dio la última caída y echaron a Simón. Los alguaciles insultando a Jesús, le decían: “Rey de los judíos, vamos a componer tu trono”. Pero Él mismo se acostó sobre la cruz y lo extendieron para tomar su medida; en seguida lo condujeron setenta pasos al norte, a una especie de hoyo abierto en la roca, que parecía una cisterna: lo empujaron tan brutalmente, que se hubiera roto las rodillas contra la piedra, si los ángeles no lo hubiesen socorrido. Le oí gemir de un modo que partía el corazón. Cerraron la entrada y dejaron centinelas. Entonces comenzaron sus preparativos. En medio del llano circular estaba el punto más elevado de la roca del Calvario; era una eminencia redonda, de dos pies de altura, a la cual se subía por escalones. Abrieron en ella tres hoyos, adonde debían plantarse las tres cruces, e hicieron otros preparativos para la crucifixión.
    XXVI
    María y las santas mujeres van al Calvario
    41. La Virgen, después de su doloroso encuentro con Jesús, habíase retirado a una casa vecina; pero su amor maternal y el deseo ardiente de estar con su Hijo crecía cada instante. Se fue a casa de Lázaro, donde estaban las otras santas mujeres, y diecisiete de ellas se juntaron con Ella para seguir el camino de la Pasión. Las vi cubiertas con sus velos, ir a la plaza, sin hacer caso de las injurias del pueblo, besar el suelo en donde Jesús había cargado con la cruz, y así seguir adelante por todo el camino que había llevado. María buscaba los vestigios de sus pasos, y mostraba a sus compañeras los sitios consagrados por alguna circunstancia dolorosa. De este modo la devoción más tierna de la Iglesia fue escrita por la primera vez en el corazón maternal de María con la espada que predijo el viejo Simeón. Pasó de Ella a sus compañeras, y de éstas hasta nosotros. Estas santas mujeres entraron en casa de Verónica, porque Pilatos volvía por la misma calle con su escolta, examinaron llorando la cara de Jesús estampada en el sudario, y admiraron la gracia que había hecho a esta santa mujer. En seguida se dirigieron todas juntas hacia el Gólgota. Subieron al Calvario por el lado occidental, por donde la subida es más cómoda. La Madre de Jesús, su sobrina María, hija de Cleofás, Salomé y Juan, se acercaron hasta el llano circular; Marta, María Helí, Verónica, Juana Chusa, Susana y María, madre de Marcos, se detuvieron a cierta distancia con Magdalena, que estaba como fuera de sí. Más lejos estaban otras siete, y algunas personas compasivas que establecían las comunicaciones de un grupo al otro. ¡Qué espectáculo para María el ver este sitio del suplicio, los clavos, los martillos, las cuerdas, la terrible cruz, los verdugos, empeñados en hacer los preparativos para la crucifixión! La ausencia de Jesús prolongaba su martirio: sabía que estaba todavía vivo, deseaba verlo, y temblaba al pensar en los tormentos a que lo vería expuesto. Desde por la mañana hasta las diez hubo granizo por intervalos, mas a las doce una niebla encarnada oscureció el sol.
    XXVII
    Jesús despojado de sus vestiduras y clavado en la cruz
    42. Cuatro alguaciles fueron a sacar a Jesús del sitio en donde le habían encerrado. Le dieron golpes llenándole de ultrajes en estos últimos pasos que le quedaban por andar, y arrastráronle sobre le elevación. Cuando las santas mujeres vieron al Salvador dieron dinero a un hombre para que le procurase el permiso de dar a Jesús el vino aromatizado de Verónica. Mas los alguaciles las engañaron y se quedaron con el vino, ofreciendo al Señor una mezcla de vino y mirra. Jesús mojó sus labios, pero no bebió. En seguida los alguaciles quitaron a Nuestro Señor su capa, y como no podían sacarle la túnica sin costuras que su Madre le había hecho, a causa de la corona de espinas, arrancaron con violencia esta corona de la cabeza, abriendo todas sus heridas. No le quedaba más que un lienzo alrededor de los riñones. El Hijo del hombre estaba temblando, cubierto de llagas y despedazados sus hombros hasta los huesos. Habiéndole hecho sentar sobre una piedra le pusieron la corona sobre la cabeza, y le presentaron un vaso con hiel y vinagre; mas Jesús volvió la cabeza sin decir palabra.
    43. Después que los alguaciles extendieron al divino Salvador sobre la cruz, y habiendo estirado su brazo derecho sobre el brazo derecho de la cruz, lo ataron fuertemente; uno de ellos puso la rodilla sobre su pecho sagrado, otro le abrió la mano, y el tercero apoyó sobre la carne un clavo grueso y largo, y lo clavó con un martillo de hierro. Un gemido dulce y claro salió del pecho de Jesús y su sangre saltó sobre los brazos de sus verdugos. Los clavos era muy largos, la cabeza chata y del diámetro de una moneda mediana, tenían tres esquinas y eran del grueso de un dedo pulgar a la cabeza: la punta salía detrás de la cruz. Habiendo clavado la mano derecha del Salvador, los verdugos vieron que la mano izquierda no llegaba al agujero que habían abierto; entonces ataron una cuerda a su brazo izquierdo, y tiraron de él con toda su fuerza, hasta que la mano llegó al agujero. Esta dislocación violenta de sus brazos lo atormentó horriblemente, su pecho se levantaba y sus rodillas se estiraban. Se arrodillaron de nuevo sobre su cuerpo, le ataron el brazo para hundir el segundo clavo en la mano izquierda; otra vez se oían los quejidos del Señor en medio de los martillazos. Los brazos de Jesús quedaban extendidos horizontalmente, de modo que no cubrían los brazos de la cruz. La Virgen Santísima sentía todos los dolores de su Hijo: Estaba cubierta de una palidez mortal y exhalaba gemidos de su pecho. Los fariseos la llenaban de insultos y de burlas. Habían clavado a la cruz un pedazo de madera para sostener los pies de Jesús, a fin de que todo el peso del cuerpo no pendiera de las manos, y para que los huesos de los pies no se rompieran cuando los clavaran. Ya se había hecho el clavo que debía traspasar los pies y una excavación para los talones. El cuerpo de Jesús se hallaba contraído a causa de la violenta extensión de los brazos. Los verdugos extendieron también sus rodillas atándolas con cuerdas; pero como los pies no llegaban al pedazo de madera, puesto para sostenerlos, unos querían taladrar nuevos agujeros para los clavos de las manos; otros vomitando imprecaciones contra el Hijo de Dios, decían: “No quiere estirarse, pero vamos a ayudarle”. En seguida ataron cuerdas a su pierna derecha, y lo tendieron violentamente, hasta que el pie llegó al pedazo de madera. Fue una dislocación tan horrible, que se oyó crujir el pecho de Jesús, quien, sumergido en un mar de dolores, exclamó: “¡Oh Dios mío! ¡Oh Dios mío!”. Después ataron el pie izquierdo sobre el derecho, y habiéndolo abierto con una especie de taladro, tomaron un clavo de mayor dimensión para atravesar sus sagrados pies. Esta operación fue la más dolorosa de todas. Conté hasta treinta martillazos. Los gemidos de Jesús eran una continua oración, que contenía ciertos pasajes de los salmos que se estaban cumpliendo en aquellos momentos. Durante toda su larga Pasión el divino Redentor no ha cesado de orar. He oído y repetido con Él estos pasajes, y los recuerdo algunas veces al rezar los salmos; pero actualmente estoy tan abatida de dolor, que no puedo coordinarlos. El jefe de la tropa romana había hecho clavar encima de la cruz la inscripción de Pilatos. Como los romanos se burlaban del título de Rey de los judíos, algunos fariseos volvieron a la ciudad para pedir a Pilatos otra inscripción. Eran las doce y cuarto cuando Jesús fue crucificado, y en el mismo momento en que elevaban la cruz, el templo resonaba con el ruido de las trompetas que celebraban la inmolación del cordero pascual.
    XXVIII
    Exaltación de la Cruz
    44. Los verdugos, habiendo crucificado a Nuestro Señor, alzaron la cruz dejándola caer con todo su peso en el hueco de una peña con un estremecimiento espantoso. Jesús dio un grito doloroso, sus heridas se abrieron, su sangre corrió abundantemente. Los verdugos, para asegurar la cruz, la alzaron nuevamente, clavando cinco cuñas a su alrededor. Fue un espectáculo horrible y doloroso el ver, en medio de los gritos e insultos de los verdugos, la cruz vacilar un instante sobre su base y hundirse temblando en la tierra; mas también se elevaron hacia ella voces piadosas y compasivas. Las voces más santas del mundo, las de las santas mujeres y de todos aquellos que tenían el corazón puro, saludaron con acento doloroso al Verbo humanado elevado sobre la cruz. Sus manos vacilantes se elevaron para socorrerlo; pero cuando la cruz se hundió en el hoyo de la roca con grande estruendo, hubo un momento de silencio solemne; todo el mundo parecía penetrado de una sensación nueva y desconocida hasta entonces. El infierno mismo se estremeció de terror al sentir el golpe de la cruz que se hundió, y redobló sus esfuerzos contra ella. Las almas encerradas en el limbo lo oyeron con una alegría llena de esperanza: para ellas era el anuncio del Triunfador que se acercaba a las puertas de la Redención. La sagrada cruz se elevaba por primera vez en medio de la tierra, cual otro árbol de vida en el Paraíso, y de las llagas de Jesús salían cuatro arroyos sagrados para fertilizar la tierra, y hacer de ella el nuevo Paraíso. El sitio donde estaba clavada la cruz era más elevado que el terreno circunvecino; los pies del Salvador bastante bajos para que sus amigos pudieran besarlos. El rostro del Señor miraba al noroeste.
    XXIX
    Crucifixión de los ladrones
    45. Mientras crucificaban a Jesús, los dos ladrones estaban tendidos de espaldas a poca distancia de los guardas que lo vigilaban. Los acusaban de haber asesinado a una mujer con sus hijos, en el camino de Jerusalén a Jopé. Habían estado mucho tiempo en la cárcel antes de su condenación. El ladrón de la izquierda tenía más edad, era un gran criminal, el maestro y el corruptor del otro; los llamaban ordinariamente Dimas y Gesmas. Formaban parte de una compañía de ladrones de la frontera de Egipto, los cuales en años anteriores, habían hospedado una noche a la Sagrada Familia, en la huida a Egipto. Dimas era aquel niño leproso, que en aquella ocasión fue lavado en el agua que había servido de baño al niño Jesús, curando milagrosamente de su enfermedad. Los cuidados de su madre para con la Sagrada Familia fueron recompensados con este milagro. Dimas no conocía a Jesús; pero como su corazón no era malo, se conmovía al ver su paciencia más que humana. Entretanto los verdugos ya habían plantado la cruz del Salvador, y se daban prisa para crucificar a los dos ladrones; pues el sol se oscurecía ya, y en toda la naturaleza había un movimiento como cuando se acerca una tormenta. Arrimaron escaleras a las dos cruces ya plantadas y clavaron las piezas transversales. Sujetados los brazos de los ladrones a los de las cruces, les ataron los puños, las rodillas y los pies, apretando las cuerdas con tal vehemencia que se dislocaron las coyunturas. Dieron gritos terribles, y el buen ladrón dijo cuando lo subían: “Si nos hubieseis tratado como al pobre Galileo, no tendríais el trabajo de levantarnos así en el aire”. Mientras tanto los ejecutores habían hecho partes de los vestidos de Jesús para repartírselos. No pudiendo saber a quién le tocaría su túnica inconsútil trajeron una mesa con números, sacaron unos dados que tenían figura de habas, y la sortearon. Pero un criado de Nicodemus y de José de Arimatea vino a decirles que hallarían compradores de los vestidos de Jesús; consintieron en venderlos y así conservaron los cristianos estos preciosos despojos.
    XXX
    Jesús crucificado y los dos ladrones
    46. Los verdugos, habiendo plantado las cruces de los ladrones, aplicaron escaleras a la cruz del Salvador, para cortar las cuerdas que tenían atado su Sagrado Cuerpo. La sangre, cuya circulación había sido interceptada por la posición horizontal y compresión de los cordeles, corrió con ímpetu de las heridas, y fue tal el padecimiento, que Jesús inclinó la cabeza sobre su pecho y se quedó como muerto durante unos siete minutos. Entonces hubo un rato de silencio: se oía otra vez el sonido de las trompetas del templo de Jerusalén. Jesús tenía el pecho ancho, los brazos robustos; sus manos bellas, y, sin ser delicadas, no se parecían a las de un hombre que las emplea en penosos trabajos. Su cabeza era de una hermosa proporción, su frente alta y ancha; su cara formaba un lindo óvalo; sus cabellos, de un color de cobre oscuro, no eran muy espesos. Entre las cruces de los ladrones y la de Jesús había bastante espacio para que un hombre a caballo pudiese pasar. Los dos ladrones sobre sus cruces ofrecían un espectáculo muy repugnante y terrible, especialmente el de la izquierda, que no cesaba de proferir injurias y blasfemias contra el Hijo de Dios.
    XXXI
    Primera palabra de Jesús en la Cruz
    47. Acabada la crucifixión de los ladrones, los verdugos se retiraron, y los cien soldados romanos fueron relevados por otros cincuenta, bajo el mando de Abenadar, árabe de nacimiento, bautizado después con el nombre de Ctesifón; el segundo jefe se llamaba Casio, y recibió después el nombre de Longinos. En estos momentos llegaron doce fariseos, doce saduceos, doce escribas y algunos ancianos, que habían pedido inútilmente a Pilatos que mudase la inscripción de la cruz, y cuya rabia se había aumentado por la negativa del gobernador. pasando por delante de Jesús, menearon desdeñosamente la cabeza, diciendo: “¡Y bien, embustero; destruye el templo y levántalo en tres días! – ¡Ha salvado a otros, y no se puede salvar a sí mismo! – ¡Si eres el Hijo de Dios, baja de la cruz! – Si es el Rey de Israel, que baje de la cruz, y creeremos en Él”. Los soldados se burlaban también de Él. Cuando Jesús se desmayó, Gesmas, el ladrón de la izquierda, dijo: “Su demonio lo ha abandonado”. Entonces un soldado puso en la punta de un palo una esponja con vinagre, y la arrimó a los labios de Jesús, que pareció probarlo. El soldado le dijo: “Si eres el Rey de los judíos, sálvate tú mismo”. Todo esto pasó mientras que la primera tropa dejaba el puesto a la de Abenadar. Jesús levantó un poco la cabeza, y dijo: “¡Padre mío, perdonadlos, pues no saben lo que hacen!”. Gesmas gritó: “Si tú eres Cristo, sálvate y sálvanos”. Dimas, el buen ladrón, estaba conmovido al ver que Jesús pedía por sus enemigos. La Santísima Virgen, al oír la voz de su Hijo, se precipitó hacia la cruz con Juan, Salomé y María Cleofás. El centurión no los rechazó. Dimas, el buen ladrón, obtuvo en este momento, por la oración de Jesús, una iluminación interior: reconoció que Jesús y su Madre le habían curado en su niñez, y dijo en vos distinta y fuerte: “¿Cómo podéis injuriarlo cuando pide por vosotros? Se ha callado, ha sufrido paciente todas vuestras afrentas, es un Profeta, es nuestro Rey, es el Hijo de Dios”. Al oír esta reprensión de la boca de un miserable asesino sobre la cruz, se elevó un gran tumulto en medio de los circunstantes: tomaron piedras para tirárselas; mas el centurión Abenadar no lo permitió. Mientras tanto la Virgen se sintió fortificada con la oración de su Hijo, y Dimas dijo a su compañero, que continuaba injuriándolo: “¿No tienes temor de Dios, tú que estás condenado al mismo suplicio? Nosostros lo merecemos justamente, recibimos el castigo de nuestros crímenes; pero éste no ha hecho ningún mal. Piensa en tu última hora, y conviértete”. Estaba iluminado y tocado: confesó sus culpas a Jesús, diciendo: “Señor, si me condenáis, será con justicia; pero tened misericordia de mí”. Jesús le dijo: “Tú sentirás mi misericordia”. Dimas recibió en este momento la gracia de un profundo arrepentimiento. Todo lo que acabo de contar sucedió entre las doce y las doce y media, y pocos minutos después de la Exaltación de la cruz; pero pronto hubo un gran cambio en el alma de los espectadores, a causa de la mudanza de la naturaleza.
    XXXII
    Eclipse de sol – Segunda y tercera palabras de Jesús
    48. Cuando Pilatos pronunció la inicua sentencia, cayó un poco de granizo; después el Cielo se aclaró hasta las doce, en que vino una niebla colorada que oscureció el sol: a la sexta hora, según el modo de contar de los judíos, que corresponde a las doce y media, hubo un eclipse milagroso del sol. Yo vi cómo sucedió, mas no encuentro palabras para expresarlo. Primero fui transportada como fuera de la tierra: veía las divisiones del cielo y el camino de los astros, que se cruzaban de un modo maravilloso; vi la luna a un lado de la tierra, huyendo con rapidez, como un globo de fuego. En seguida me hallé en Jerusalén, y vi otra vez la luna aparecer llena y pálida sobre el monte de los Olivos; vino del Oriente con gran rapidez, y se puso delante del sol oscurecido con la niebla. Al lado occidental del sol vi un cuerpo oscuro que parecía una montaña y que lo cubrió enteramente. El disco de este cuerpo era de un amarillo oscuro, y estaba rodeado de un círculo de fuego, semejante a un anillo de hierro hecho ascua. El cielo se oscureció, y las estrellas aparecieron despidiendo una luz ensangrentada. Un terror general se apoderó de los hombres y de los animales: los que injuriaban a Jesús bajaron la voz. Muchos se daban golpes de pecho, diciendo: “¡Que la sangre caiga sobre sus verdugos!”. Otros de cerca y de lejos, se arrodillaron pidiendo perdón, y Jesús, en medio de sus dolores, volvió los ojos hacia ellos. Las tinieblas se aumentaban, y la cruz fue abandonada de todos, excepto de María y de los caros amigos del Salvador. Dimas levantó la cabeza hacia Jesús, y con una humilde esperanza, le dijo: “¡Señor, acordaos de mí cuando estéis en vuestro reino!”. Jesús le respondió: “En verdad te lo digo; hoy estarás conmigo en el Paraíso”. María pedía interiormente que Jesús la dejara morir con Él. El Salvador la miró con una ternura inefable, y volviendo los ojos hacia Juan, dijo a María: “Mujer, este es tu hijo”. Después dijo a Juan: “Esta es tu Madre”. Juan besó respetuosamente el pie de la cruz del Redentor. La Virgen Santísima se sintió acabada de dolor, pensando que el momento se acercaba en que su divino Hijo debía separarse de ella. No sé si Jesús pronunció expresamente todas estas palabras; pero yo sentí interiormente que daba a María por Madre a Juan, y a Juan por hijo a María. En tales visiones se perciben muchas cosas, y con gran claridad que no se hallan escritas en los Santos Evangelios. Entonces no parece extraño que Jesús, dirigiéndose a la Virgen, no la llame Madre mía, sino Mujer; porque aparece como la mujer por excelencia, que debe pisar la cabeza de la serpiente, sobre todo, en este momento en el que se cumple esta promesa por la muerte de su Hijo. También se comprende muy claramente que, dándola por Madre a Juan, la da por Madre a todos los que creen en su nombre y se hacen hijos de Dios. Se comprende también que la más pura, la más humilde, la más obediente de las mujeres, que habiendo dicho al ángel: “Ved aquí la esclava del Señor, hágase en mí según tu palabra”, se hizo Madre del Verbo hecho hombre: oyendo la voz de su Hijo moribundo obedece y consiente en ser la Madre espiritual de otro hijo, repitiendo en su corazón estas mismas palabras con una humilde obediencia, y adopta por hijos suyos a todos los hijos de Dios, a todos los hermanos de Jesucristo. Es más fácil sentir todo esto por la gracia de Dios, que expresarlo con palabras, y entonces me acuerdo de lo que me había dicho una vez el Padre celestial: “Todo está revelado a los hijos de la Iglesia que creen, que esperan y que aman”.
    XXXIII
    Estado de la ciudad y del templo – Cuarta palabra de Jesús
    49. Era poco más o menos la una y media; fue transportada la ciudad para ver lo que pasaba. La hallé llena de agitación y de inquietud; las calles estaban oscurecidas por una niebla espesa; los hombres, tendidos por el suelo con la cabeza cubierta; unos se daban golpes de pecho, y otros subían a los tejados, mirando al cielo y se lamentaban. Los animales aullaban y se escondían; las aves volaban bajo y se caían. Pilatos mandó venir a su palacio a los judíos más ancianos, y les preguntó qué significaban aquellas tinieblas; les dijo que él las miraba como un signo espantoso, que su Dios estaba irritado contra ellos, porque habían perseguido de muerte al Galileo, que era ciertamente su Profeta y su Rey; que él se había lavado las manos; que era inocente de esa muerte; mas ellos persistieron en su endurecimiento, atribuyendo todo lo que pasaba a causas que no tenían nada de sobrenatural. Sin embargo, mucha gente se convirtió, y todos aquellos soldados que presenciaron la prisión de Jesús en el monte de los Olivos, que entonces cayeron y se levantaron. La multitud se reunía delante de la casa de Pilatos, y en el mismo sitio en que por la mañana habían gritado: “¡Que muera! ¡que sea crucificado!”, ahora gritaba: “¡Muera el juez inicuo! ¡que su sangre recaiga sobre sus verdugos!”. El terror y la angustia llegaban a su como en el templo. Se ocupaban en la inmolación del cordero pascual, cuando de pronto anocheció. Los príncipes de los sacerdotes se esforzaron en mantener el orden y la tranquilidad, encendieron todas las lámparas; pero el desorden aumentaba cada vez más. Yo vi a Anás, aterrorizado, correr de un rincón a otro para esconderse. Cuando me encaminé para salir de la ciudad, los enrejados de las ventanas temblaban, y sin embargo no había tormenta. Entretanto la tranquilidad reinaba alrededor de la cruz. El Salvador estaba absorto en el sentimiento de un profundo abandono; se dirigió a su Padre celestial, pidiéndole con amor por sus enemigos. Sufría todo lo que sufre un hombre afligido, lleno de angustias, abandonado de toda consolación divina y humana, cuando la fe, la esperanza y la caridad se hallan privadas de toda luz y de toda asistencia sensible en el desierto de la tentación, y solas en medio de un padecimiento infinito. Este dolor no se puede expresar. Entonces fue cuando Jesús nos alcanzó la fuerza de resistir a los mayores terrores del abandono, cuando todas las afecciones que nos unen a este mundo y a esta vida terrestre se rompen, y que al mismo tiempo el sentimiento de la otra vida se oscurece y se apaga: nosotros no podemos salir victoriosos de esta prueba sino uniendo nuestro abandono a los méritos del suyo sobre la cruz. Jesús ofreció por nosotros su misericordia, su pobreza, sus padecimientos y su abandono: por eso el hombre, unido a Él en el seno de la Iglesia, no debe desesperar en la hora suprema, cuando todo se oscurece, cuando toda luz y toda consolación desaparecen. Jesús hizo su testamento delante de Dios, y dio todos sus méritos a la Iglesia y a los pecadores. No olvidó a nadie; pidió aún por esos herejes que dicen que Jesús, siendo Dios, no sintió los dolores de su Pasión; y que no sufrió lo que hubiera padecido un hombre en el mismo caso. En su dolor nos mostró su abandono con un grito, y permitió a todos los afligidos que reconocen a Dios por su Padre un quejido filial y de confianza. A las tres, Jesús gritó en alta voz: “¡Eli, Eli, lamma sabactani!”. Lo que significa: “¡Dios mío! ¡Dios mío! ¿Por qué me has abandonado?”. El grito de Nuestro Señor interrumpió el profundo silencio que reinaba alrededor de la cruz: los fariseos se volvieron hacia Él y uno de ellos le dijo: “Llama a Elías”. Otro dijo: “Veremos si Elías vendrá a socorrerlo”. Cuando María oyó la voz de su Hijo, nada pudo detenerla. Vino al pie de la cruz con Juan, María, hija de Cleofás, Magdalena y Salomé. Mientras el pueblo temblaba y gemía, un grupo de treinta hombres de la Judea y de los contornos de Jopé pasaban por allí para ir a la fiesta, y cuando vieron a Jesús crucificado, y los signos amenazadores que presentaba la naturaleza, exclamaron llenos de horror: “¡Mal haya esta ciudad! Si el templo de Dios no estuviera en ella, merecería que la quemasen por haber tomado sobre sí tal iniquidad”. Estas palabras fueron como un punto de apoyo para el pueblo, y todos los que tenían los mismos sentimiento se reunían. Los circunstantes se dividieron en dos partidos: los unos lloraban y murmuraban, los otros pronunciaban injurias e imprecaciones. Sin embargo, los fariseos ya no ostentaban la misma arrogancia que antes, y más bien temiendo una insurrección popular, se entendieron con el centurión Abenadar. Dieron órdenes para cerrar la puerta más cercana de la ciudad y cortar toda comunicación. Al mismo tiempo enviaron un expreso a Pilatos y Herodes, para pedir al primero quinientos hombres, y al segundo sus guardias para impedir una insurrección. Mientras tanto, el centurión Abenadar mantenía el orden e impedía los insultos contra Jesús, para no irritar al pueblo. Poco después de las tres, paulatinamente desaparecieron las tinieblas. Los enemigos de Jesús recobraron su arrogancia conforma la luz volvía. Entonces fue cuando dijeron: “¡Llama a Elías!”.
    XXXIV
    Quinta, sexta y séptima palabras. Muerte de Jesús
    50. Por la pérdida de sangre el sagrado cuerpo de Jesús estaba pálido, y sintiendo una sed abrasadora, dijo: “Tengo sed”. Uno de los soldados mojó una esponja en vinagre, y habiéndola rociado de hiel, la puso en la punta de su lanza para presentarla a la boca del Señor. De estas palabras que dijo recuerdo solamente las siguientes: “Cuando mi voz no se oiga más, la boca de los muertos hablará”. Entonces algunos gritaron: “Blasfema todavía”. Mas Abenadar les mandó estarse quietos. La hora del Señor había llegado: un sudor frío corrió sus miembros, Juan limpiaba los pies de Jesús con su sudario. Magdalena, partida de dolor, se apoyaba detrás de la cruz. La Virgen Santísima de pie entre Jesús y el buen ladrón, miraba el rostro de su Hijo moribundo. Entonces Jesús dijo: “¡Todo está consumado!”. Después alzó la cabeza y gritó en alta voz: “Padre mío, en tus manos encomiendo mi espíritu”. Fue un grito dulce y fuerte, que penetró el cielo y la tierra: en seguida inclinó la cabeza, y rindió el espíritu.
    Juan y las santas mujeres cayeron de cara sobre el suelo. El centurión Abenadar tenía los ojos fijos en la cara ensangrentada de Jesús, sintiendo una emoción muy profunda. cuando el Señor murió, la tierra tembló, abriéndose el peñasco entre la cruz de Jesús y la del mal ladrón. El último grito del Redentor hizo temblar a todos los que le oyeron. Entonces fue cuando la gracia iluminó a Abenadar. Su corazón, orgulloso y duro, se partió como la roca del Calvario; tiró su lanza, se dio golpes en el pecho gritando con el acento de un hombre nuevo: “¡Bendito sea el Dios Todopoderoso, el Dios de Abraham, de Isaac y de Jacob; éste era justo; es verdaderamente el Hijo de Dios!”. Muchos soldados, pasmados al oír las palabras de su jefe, hicieron como él. Abenadar, convertido del todo, habiendo rendido homenaje al Hijo de Dios, no quería estar más al servicio de sus enemigos. Dio su caballo y su lanza a Casio, el segundo oficial, quien tomó el mando, y habiendo dirigido algunas palabras a los soldados, se fue en busca de los discípulos del Señor, que se mantenían ocultos en las grutas de Hinnón. Les anunció la muerte del Salvador, y se volvió a la ciudad a casa de Pilatos. Cuando Abenadar dio testimonio de la divinidad de Jesús, muchos soldados hicieron como él: lo mismo hicieron algunos de los que estaban presentes, y aún algunos fariseos de los que habían venido últimamente. Mucha gente se volvía a su casa dándose golpes de pecho y llorando. Otros rasgaron sus vestidos, y se cubrieron con tierra la cabeza. Era poco más de las tres cuando Jesús rindió el último suspiro. Los soldados romanos vinieron a guardar la puerta de la ciudad y a ocupar algunas posiciones para evitar todo movimiento tumultuoso. Casio y cincuenta soldados se quedaron en el Calvario.
    XXXV
    Temblor de tierra – Aparición de los muertos en Jerusalén
    51. Cuando Jesús expiró, vi a su alma, rodeada de mucha luz, entrar en la tierra, al pie de la cruz; muchos ángeles, entre ellos Gabriel, la acompañaron. Estos ángeles arrojaron de la tierra al abismo una multitud de malos espíritus. Jesús envió desde el limbo muchas almas a sus cuerpos para que atemorizaran a los impenitentes y dieran testimonio de Él. En el templo, los príncipes de los sacerdotes habían continuado el sacrificio, interrumpido por el espanto que les causaron las tinieblas, y creían triunfar con la vuelta de la luz; mas de pronto la tierra tembló, el ruido de las paredes que se caían y del velo del templo que se rasgaba les infundió un terror espantoso. Se vio de repente aparecer en el santuario al sumo sacerdote Zacarías, muerto entre el templo y el altar, pronunciar palabras amenazadoras; habló de la muerte del otro Zacarías, padre de Juan Bautista, de la de Juan Bautista, y en general de la muerte de los profetas. Dos hijos del piadoso sumo sacerdote Simón el Justo se presentaron cerca del gran púlpito, y hablaron igualmente de la muerte de los profetas y del sacrificio que iba a cesar. Jeremías se apareció cerca del altar, y proclamó con voz amenazadora el fin del antiguo sacrificio y el principio del nuevo. Estas apariciones, habiendo tenido lugar en los sitios en donde sólo los sacerdotes podían tener conocimiento de ellas, fueron negadas o calladas, y prohibieron hablar de ellas bajo severísimas penas. Pero pronto se oyó un gran ruido: las puertas del santuario se abrieron, y una voz gritó: “Salgamos de aquí”. Nicodemus, José de Arimatea y otros muchos abandonaron el templo. Muertos resucitados se veían asimismo que andaban por el pueblo. Anás que era uno de los enemigos más acérrimos de Jesús, estaba así loco de terror: huía de un rincón a otro, en las piezas más retiradas del templo. Caifás quiso animarlo, pero fue en vano: la aparición de los muertos lo había consternado. Dominado Caifás por el orgullo y la obstinación, aunque sobrecogido por el terror, no dejó traslucir nada de lo que sentía, oponiendo su férrea frente a los signos amenazadores de la ira divina. No pudo, a pesar de sus esfuerzos, hacer continuar la ceremonia. Dijo y mandó decir a los otros sacerdotes que estos signos de la ira del cielo habían sido ocasionados por los secuaces del Galileo, que muchas cosas provenían de los sortilegios de ese hombre que en su muerte como en su vida había agitado el reposo del templo. Mientras todo esto pasaba en el templo, el mismo sobresalto reinaba en muchos sitios de Jerusalén. No sólo en el Templo hubo apariciones de muertos: también ocurrieron en la ciudad y sus alrededores. Entraron en las casas de sus descendientes, y dieron testimonio de Jesús con palabras severas contra los que habían tomado parte en su muerte. Pálidos o amarillos, su voz dotada de un sonido extraño e inaudito, iban amortajados según la usanza del tiempo en