Castillo Interior, Las Moradas, Santa Teresa

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Castillo Interior, Las Moradas, Santa Teresa

El Castillo interior es una lección magistral de la autora. Fruto maduro de su última jornada terrena, refleja el estadio definitivo de su evolución espiritual, y completa el mensaje de las obras anteriores, Vida y Camino. El relato autobiográfico de Vida tiene ahora una nueva versión, más sobria y discreta, disfrazada de anonimato e integrada por las experiencias del último decenio. Igualmente, la pedagogía del Camino rebasa ahora los tanteos de entreno en la vida espiritual, para bogar hacia lo hondo del misterio: la plenitud de la vida cristiana.
A completar la lección vendrán sucesivamente las Fundaciones y las Cartas, para refrendar la consigna de las séptimas moradas: que la suprema vivencia mística no saca de órbita al cristiano, sino que lo mantiene con pie en tierra, en diálogo con los hermanos.
El punto de partida
El primer proyecto del Castillo empalma con la autobiografía teresiana. Vista a distancia de doce años, la Vida resultaba incompleta. Había que reanudar el relato y ultimarlo. O quizás rehacerlo de sana planta con enfoque teológico nuevo.
En posdata a una de sus cartas, escribe la Santa a su hermano Lorenzo el 17.1.77: “Al obispo (de Avila, Don Alvaro) envié a pedir el libro (la Vida), porque quizá se me antojará de acabarle con lo que después me ha dado el Señor, que se podría hacer otro y grande”.
El motivo del “antojo” era doble: los últimos doce años habían aportado un caudal de experiencias netamente superior a las historiadas en Vida. Las ha anotado fragmentariamente en las Relaciones. Pero no se trataba sólo de nuevos materiales de construcción. Las vivencias del último quinquenio especialmente a partir del magisterio de fray Juan de la Cruz (1572) habían suministrado una nueva clave de interpretación de todo el arco de su vida. Con visión más unitaria y profunda. Con mejores posibilidades de síntesis teológica.
De momento, el proyecto fracasó. Don Alvaro no envió el ejemplar de Vida. Y por remate, pocos días después el exceso de trabajo quebraba la salud de la Santa. Fue una crisis de agotamiento, con un profundo trauma físico. Grandes dolores y rumores de cabeza, que la dejan “escarmentada” y temerosa de “quedar inhabilitada para todo” (1). Tiene que recurrir a los servicios de una amanuense casera para despachar la correspondencia, por expresa orden del médico. Así se desvanece el proyecto de refundición de la Vida.
La orden de escribir
Medianamente repuesta del achaque de febrero, la Santa se encuentra a fines de mayo con el padre Gracián. Los dos conversan en el locutorio del carmelo de Toledo. El va de prisa, de Andalucía a Madrid, convocado por el Nuncio. Ella cumple la orden de reclusión, impuesta por el Capítulo General de la Orden. Un retazo de la conversación nos llega directamente, de la pluma de Gracián:
“Lo que pasa acerca del libro de las Moradas es que, siendo yo su Prelado y tratando una vez en Toledo muchas cosas de su espíritu, ella me decía: ¡Oh qué bien escrito está ese punto en el libro de mi Vida que está en la Inquisición!
Yo le dixe: Pues que no lo podemos haber, haga memoria de lo que se le acordare y de otras cosas, y escriba otro libro, y diga la doctrina en común, sin que nombre a quien le haya sucedido aquello que allí dixere.
Y así le mandé que escribiese este libro de las Moradas, diciéndole para más la persuadir que lo tratase también con el Doctor Velázquez, que la confesaba algunas veces. Y se lo mandó” (2).
Años más tarde, Gracián mismo completa el informe:
“Persuadíale yo estando en Toledo a la madre Teresa de Jesús con mucha importunación que escribiese el libro que después escribió que se llama de Las Moradas. Ella me respondía la misma razón que he dicho, y la dice muchas veces en sus libros, casi con estas palabras:
¿Para qué quieren que escriba? Escriban los letrados, que han estudiado, que yo soy una tonta y no sabré lo que me digo: pondré un vocablo por otro, con que haré daño. Hartos libros hay escritos de cosas de oración; por amor de Dios, que me dejen hilar mi rueca y seguir mi coro y oficios de religión, como las demás hermanas, que no soy para escribir ni tengo salud y cabeza para ello, etc.” (3).
Gracián y Velázquez vencieron la resistencia de la Madre. Lo recordará ella en el prólogo del Castillo subrayando lo dificultoso de su “obediencia” y repitiendo los motivos de su oposición: desde el dolor de cabeza, hasta la total falta de inspiración literaria; con una velada alusión al libro de su Vida, que sigue preso en la Inquisición, y a la imposibilidad de “traer a la memoria” las muchas cosas contenidas en él, “que decían estaban bien dichas, por si se hubieren perdido”. No refundirá el relato autobiográfico. Se atendrá a las consignas de los dos consejeros, sujetándose en todo a su parecer, “que son personas de grandes letras”. Escribirá el nuevo libro no para sus confesores como el de la Vida, sino para las lectoras de sus carmelos, gente sencilla y ojos benévolos que acogerán con amor cualquier página suya.
Proyecto modestísimo, que será desbordado desde el primer capítulo del libro.
La tarea de escribir
Grafía firme y redacción rápida. De la aridez del prólogo no queda rastro. La Santa escribe con fluidez, como conversa. En folios amplios, de 210×310 mm. Ha datado el prólogo el 3 de junio de 1577. En quince días de tarea normal, alternando con el coro y el carteo, redacta las moradas primeras, segundas y terceras. De pronto llega de Madrid una noticia fatal: el “nuncio santo”, Nicolás Ormaneto ha muerto (1819 de junio). Ella acusa el golpe que prevé catastrófico para la Reforma, y prepara el viaje a su primer carmelo de San José de Avila.
Ha escrito 26 folios (52 páginas llenas). Ha terminado el capítulo primero de las moradas cuartas. Pero tiene que interrumpir la labor y tardará en reanudarla. “Válgame Dios en lo que me he metido! Ya tenía olvidado lo que trataba, porque los negocios y salud me hace dejarlo al mejor tiempo; y como tengo poca memoria, irá todo desconcertado por no poder tornarlos a leer” (4).
Así, entre interrupciones, viajes y sobresaltos, redactará los cinco capítulos siguientes: 19 folios más. Sólo cuatro o cinco meses más tarde reanudará la tarea en firme. Es ya invierno en Avila, y allí, en la gélida celdilla de San José, escribirá de un tirón el resto del libro, a partir del capítulo cuarto de las moradas quintas: 16 capítulos, de los 27 que cuenta la obra. Desde el folio 46r hasta el 110r.
Siguen todavía dos folios con el epílogo o carta de acompañamiento, colocados antes del prólogo en el autógrafo primitivo (páginas 25) (5). Rezuman el sano humor de la autora al terminar la tarea: las lectoras carmelitas, que no siempre disponen de espacio suficiente dentro del monasterio, “sin licencia de la priora podéis entraros y pasearos por él (por este castillo) a cualquier hora”.
Para dar forma de libro a esos 113 folios, faltan sólo dos operaciones: estructurarlos internamente en moradas y capítulos, y darles un título. La Santa relee en diagonal los cuadernillos, y busca un hueco entre líneas para intercalar la indicación “moradas primeras”, “capítulo” o similares (6). No ha quedado espacio para el epígrafe de cada capítulo, y por lo tanto lo extenderá en folio aparte, hoy perdido. Utilizará el vuelto de la primera hoja en blanco, para titular la obra: “Este tratado, llamado Castillo interior, escribió Teresa de Jesús, monja de nuestra Señora del Carmen, a sus hermanas e hijas las monjas carmelitas descalzas”. En el margen superior de cada página ha ido anotando el título corriente, como en los libros de molde: en la página de la izquierda “mdas” (moradas), y en la de la derecha el número correspondiente “primeras”, “segundas”, etc.

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