Cinco panes y dos peces, Van Thuan

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Cinco panes y dos peces, Van Thuan

Queridos jóvenes:

C

 

 

ontemplar un hermoso panorama, las colinas y el mar azul con olas blancas, me hace pensar en Jesús en medio de la multitud. Mirándoles a ustedes a la cara, con los ojos de Jesús, les digo con todo mi corazón: «¡Jóvenes, los amo! ¡Los amo!».

Quiero inspirarme en el Evangelio de san Juan, capítulo 6, para hablarles hoy. Pónganse de pie, escuchen la palabra de Jesús:

«Al ver Jesús que mucha gente acudía a Él, dijo a Felipe: ¿Dónde podríamos comprar pan para dar de comer a todos éstos? Dijo esto para ver su reacción, pues Él sabía lo que iba a hacer. Felipe le contestó: con doscientos denarios no compraríamos bastante para que cada uno tomara un poco. Entonces intervino otro de sus discípulos, Andrés, el hermano de Simón Pedro, diciendo: Aquí hay un muchacho que tiene cinco panes y dos peces; pero ¿qué es esto para tanta gente? Jesús mandó que se sentaran todos pues había mucha hierba en aquel lugar. Eran unos cinco mil hombres. Luego tornó los panes, y después de haber dado gracias a Dios, los distribuyo entre todos. Hizo los mismo con los peces y les dio todo lo que quisieron» (Jn 6, 5-11).

En el camino hacia el Jubileo del 2000, buscamos quién es Jesús, por qué lo amamos, cómo dejarnos amar por Jesús, hasta seguirlo en el radicalismo de nuestras decisiones, sin pensar en lo largo del recorrido, en el cansancio de la marcha bajo el sol del verano, ni en la lejanía de todo alivio.

El Santo Padre escribió: «En comunicación con todo el pueblo de Dios que camina hacia el Jubileo del año 2000, quiero invitaros este año a fijar la mirada en Jesús, Maestro y Señor de nuestra vida, mediante las palabras contenidas en el Evangelio de Juan: «Maestro, dónde vives?». «Vengan y lo verán» (Jn 1, 38-39); (Mensaje para la XII Jornada Mundial de la juventud, 1997).

Como joven, sacerdote, obispo, ya he recorrido parte del camino, a veces con gozo, a veces en el sufrimiento, en la cárcel, pero siempre llevando en el corazón una esperanza rebosante.

Me sentí incómodo cuando se me pidió que contara mi experiencia de seguimiento de Jesús. No es agradable hablar de uno mismo. Pero recuerdo que el llorado Cardenal Suenens, en un escrito suyo, preguntó a Verónica: «Usted me deja hablar de su vida solo hasta hoy, ¿por qué no lo había permitido antes?». «Porque ahora comprendo que mi vida no me pertenece a mí, sino toda ella es de Dios; Dios puede disponer de ella como quiera para bien de las almas».

Juan Pablo II ha condensado este pensamiento en el titulo de su autobiografía: Don y misterio, como lo hizo María en el Magnificat.

Así pues, queridos jóvenes, yo hago como dice el pasaje del Evangelio en que Jesús da cinco panes y dos peces: eso es nada ante una multitud de miles de personas, pero es todo suyo y Jesús lo hace todo, es don y misterio. Como el muchacho del Evangelio, resumo mi experiencia en siete puntos: cinco panes y dos peces. Es nada pero es todo lo que tengo. Jesús hará el resto.

Muchas veces sufro interiormente porque los medios de comunicación quieren hacerme contar cosas sensacionales, acusar, denunciar, excitar la lucha, la venganza… Esta no es mi intención. Mi más grande deseo es transmitirles mi mensaje del Amor, en la serenidad y en la verdad, en el perdón y la reconciliación. Quiero compartir mis experiencias: cómo he encontrado a Jesús en cada momento de mi existencia diaria, en el discernimiento entre Dios y las obras de Dios, en la oración, en la Eucaristía, en mis hermanos y en mis hermanas, en la Virgen María, guía de mi camino. Junto con ustedes quiero gritar: « ¡Vivimos el testamento de Jesús! ¡Cruzamos el dintel de la esperanza!».

Roma, 2 de febrero 1997, fiesta de la Purificación de María.

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