Cuentos Inconclusos II, J. R. Tolkien

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Cuentos Inconclusos II, J. R. TolkienLa relación de la Isla de Númenor que aquí sigue se basa en descripciones y mapas rudimentarios que durante mucho tiempo se preservaron en los archivos de los Reyes de Gondor. Estos no representan en verdad sino una pequeña parte de todo lo que alguna vez se escribió, pues los hombres eruditos de Númenor compusieron muchos tratados de historia natural y geografía; pero éstos, lo mismo que casi todo otro rastro de la grandeza de Númenor en las artes y las ciencias, desaparecieron en h gran inundación.Aun los documentos preservados en Gondor  o en Imladris (donde los tesoros de los reyes númenóreanos del norte fueron depositados al cuidado de Elrond) se perdieron o fueron destruidos por negligencia. Porque aunque los sobrevivientes que se establecieron en la Tierra Media sentían «nostalgia», como ellos decían, por Akallabêth, la Derribada, y aun al cabo de prolongadas edades nunca dejaron de considerarse en cierto sentido exiliados, cuando fue evidente que la Tierra del Don les había sido quitada y que Númenor había desaparecido para siempre, casi todos, salvo unos pocos, consideraron que el estudio de lo que quedaba de su historia de nada servía y sólo era causa de lamentaciones inútiles. En edades posteriores sólo se recordaba la historia de Ar-Pharazôn y de su flota impía. 

El perímetro de la tierra de Númenor se asemejaba a una estrella de cinco puntas o pentágono, con una porción central de unas doscientas cincuenta millas de norte a sur y de este a oeste, a partir de la cual se extendían cinco grandes promontorios peninsulares. Estos promontorios se consideraban regiones separadas, y se llamaban Forostar (Tierras Septentrionales), Andustar (Tierras Occidentales), Hyarnustar (Tierras Sur occidentales), Hyarrostar (Tierras Australes) y Orrostar (Tierras Orientales). La porción central se llamaba Mittalmar (Tierra Adentro), y no tenía costa, salvo los terrenos en torno a Rómenna y la cabeza del estuario. Una pequeña parte de Mittalmar, empero, estaba separada del resto, y se llamaba Arandor, la Tierra del Rey. En Arandor se encontraban el puerto de Rómenna, el Meneltarma, y Armenelos, la Ciudad de los Reyes; y en todo tiempo fue la región más populosa de Númenor.

La Mittalmar se levantaba por sobre los promontorios (sin tener en cuenta la altura de las montañas y colinas); era una región cubierta de hierbas y ondulaciones bajas, y pocos eran los árboles que allí crecían. Cerca del centro de Mittalmar se alzaba la elevada montaña llamada Meneltarma, Pilar de los Cielos, consagrada a la veneración de Eru Ilúvatar. Aunque la parte inferior de la ladera de la montaña era suave y cubierta de hierba, se iba elevando cada vez más escarpada, y la cima no podía escalarse; pero se construyó sobre ella un serpenteante camino en espiral que empezaba al pie en el sur y terminaba bajo el borde de la cima al norte. Porque la cima era algo aplanada y hundida, y podía dar cabida a una gran multitud, pero nadie puso el pie en ella a todo lo largo de la historia de Númenor. Ni un edificio, ni un altar, ni una pila de piedras se alzó nunca allí; y ninguna otra cosa que se asemejara a un templo tuvieron nunca los Númenóreanos en los días de gracia, hasta la llegada de Sauron. Nunca se habían llevado allí herramientas o armas; y nadie podía hablar allí, salvo el Rey. Tres veces al año hablaba el Rey: la oración a la llegada del año en la Erukyermë en los primeros días de la primavera, la alabanza de Eru Ilúvatar en la Erulaitalë a mitad del verano, y la acción de gracias que se le consagraba en la Eruhantalë a fines de otoño. En estas ocasiones el Rey ascendía la montaña a pie, seguido por la muchedumbre del pueblo, vestido de blanco y enguirlandado, pero en silencio. En otras ocasiones se permitía que los del pueblo ascendieran solos o en grupos; pero se dice que el silencio era tan grande, que ni siquiera un extranjero que nada supiera de Númenor y de su historia, si hubiera sido transportado allí, se habría atrevido a hablar en voz alta. Ninguna ave llegaba allí nunca, excepto las águilas. Si alguien se aproximaba a la cima, tres águilas aparecían inmediatamente y se posaban sobre tres rocas cerca del borde occidental; pero en el tiempo de las Tres Oraciones, no descendían, y se mantenían en el cielo volando en círculos sobre el pueblo. Se las llamaba los Testigos de Manwë, y se creía que éste las enviaba desde Aman para vigilar la Montaña Sagrada y toda la tierra en derredor.

Cuentos inconclusos II – La segunda edad.doc

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