Detente

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 Detente

Hablar con Dios. Ese es el objetivo. Tú, ¿has logrado hablar con Él?
 
Empecemos por el principio: ¿lo has intentado? Sobre el papel no es difícil, porque sabes que Dios está en todas partes y que te escucha. Pero, si lo has intentado, tendrás la misma sensación que hemos tenido los demás: no es fácil.
 
Quizá por eso, algunos santos (y otros que no lo son) nos han dejado escritos explicando cómo se reza. Unos, nos dejaron unas preciosas oraciones que repetimos con frecuencia; por ejemplo, el Avemaría, el Gloria, la Salve, el Señor mío Jesucristo, el Acordaos, etc. Nos sirven para pedir a Dios, para suplicarle perdón, para honrar a la Virgen… Cuando los empleamos, estamos haciendo lo que se llama “oración vocal”: repetir oraciones ya hechas (precocinadas, vamos)
 
También han escrito sobre el modo de hacer otro tipo de oración. Esa que consiste en hablar de tú a Tú con Dios y que se llama “oración mental”. En teoría está chupado: vas y le cuentas a Dios lo que quieras. No tienes que memorizar oraciones, no se trata de repetir siempre lo mismo, vale cualquier tema, cualquier lugar (aunque algunos son mejores que otros), es original, discreta, “secreta”,… ¡todo ventajas! ¡Pero…!. Hay un pero. Pronto te quedas sin gasolina. Agotas los temas, te repites y sientes que no estás hablando con Dios; sólo estás liándote la cabeza contándote historietas.
 
Estás ante tu primera dificultad, ¿te vas a rendir tan pronto? Para entendernos es como si empiezas el partido sacando y resulta que el equipo contrario recupera el balón, ¿dejas el partido?, ¿saludas al árbitro y te vas a la ducha?

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