Deuda de Honor, Tom Clancy

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Deuda de Honor, Tom Clancy 
 

 Visto después, podría parecer un modo un tanto extraño de empezar una guerra. Sólo uno de los implicados sabía lo que de verdad sucedía, y por casualidad. La firma del contrato de propiedad fue pospuesta a causa del fallecimiento de un familiar del notario que, al fin, saldría hacia Hawai en un vuelo especial dentro de dos horas.
  Era la primera propiedad que mister Yamata adquiría en suelo americano. Aunque poseía varias en los Estados Unidos continentales, el efectivo registro de las escrituras lo gestionaron siempre otros notarios ?invariablemente ciudadanos norteamericanos? que hacían aquello para lo que se les pagaba y, por lo general, bajo la supervisión de uno de los empleados de mister Yamata. Pero en esta ocasión no. Y por varias razones: la compra era a título personal y no para una empresa; y la propiedad estaba cerca, a sólo dos horas en reactor privado desde su domicilio. Mister Yamata le había dicho al notario que compraba la propiedad con la intención de construirse una casa para fines de semana.
  Con el astronómico precio a que estaba el suelo en Tokio, podía comprar varios cientos de hectáreas por lo mismo que le hubiese costado un ático, no demasiado grande, en la ciudad en la que residía. Desde la casa que proyectaba construir, en un altozano, tendría una impresionante vista a las azules aguas del Pacífico y a otras islas del archipiélago de las Marianas; y el aire más limpio del mundo. Por todas estas razones, mister Yamata había ofrecido pagar una soberana minuta, y de mil amores.
  Y había otra razón.
  Los distintos documentos pasaban, en el sentido de las agujas del reloj, por una mesa circular. Se detenían frente a cada silla para que cada uno firmase en el lugar adecuado y pegase la adhesiva nota amarilla con las señas a las que debían enviar la copia. Sólo faltaba que mister Yamata echase mano al bolsillo de la chaqueta y sacase un sobre con un cheque para el notario, cosa que sucedió al finalizar el papeleo.
 
  ?Gracias, mister Yamata ?dijo el notario con ese respetuoso tono de voz que emplean siempre los americanos cuando hay dinero de por medio.
  Parecía mentira lo que eran capaces de hacer por dinero. Hasta hacía tres años, la ley prohibía a los ciudadanos japoneses comprar tierra en Estados Unidos, pero si se ponía uno en manos del bufete adecuado, sabía plantear la cuestión y pagaba lo conveniente en estos casos, también se podía comprar.
  ?La escritura quedará legalizada esta tarde.
  Yamata miró al vendedor con una cortés sonrisa y una leve inclinación de cabeza. Luego, se levantó y salió del edificio. Abajo le aguardaba un coche. Yamata se sentó en el asiento delantero y urgió al chófer a arrancar con ostensibles ademanes. La operación había terminado y con ella la necesidad de mostrarse amable.
  Al igual que muchas islas del Pacífico, Saipan es de origen volcánico. Justo en su límite oriental se abre la fosa de las Marianas, una depresión de más de once kilómetros de profundidad, producida al cortar verticalmente una placa tectónica a otra. El resultado es una cadena de montañas de forma cónica de las que las islas no son más que los picos.
  El Toyota Land Cruiser se dirigió hacia el norte por una carretera de firme relativamente suave, bordeando el monte Achugao y el Club de Campo Mariana, hacia Marpi Point, donde se detuvo.
  Yamata bajó del vehículo y posó unos instantes la mirada en unas dependencias de la granja que no tardarían en ser demolidas. Pero en lugar de dirigirse hacia el emplazamiento elegido para su nueva casa, enfiló hacia el escarpado borde del acantilado.
  Pese a tener más de sesenta años, cruzaba el desigual terreno con zancada firme y resuelta. Aquello podría ser una granja, se dijo, aunque bien pobre; un lugar muy poco acogedor para vivir, que no otra cosa había sido más de una vez, y por más de una razón.
  La expresión de su rostro no se alteró lo más mínimo al llegar al borde de lo que los nativos llamaban Banzai Cliff. Soplaba un suave marero y podía ver y oír el ejército de cabrillas estrellarse contra las rocas al pie del acantilado ?las mismas rocas que destrozaron los cuerpos de sus padres y de sus hermanos cuando, como tantos otros, saltaron para no ser capturados por los marines norteamericanos en su avance?. Los marines se horrorizaron al verlo, pero mister Yamata no lo tuvo en cuenta ni lo apreció jamás.
  El empresario dio una palmada e inclinó la cabeza para llamar la atención de los errantes espíritus y mostrarles el debido reconocimiento a su influencia en su destino. Pensaba que era apropiado que la compra de aquel trozo de tierra significase que, más de cincuenta años después de la muerte de su familia a manos de los americanos, el 50,016 % del suelo de Saipan estaba de nuevo en manos japonesas.
  Sintió un frío que atribuyó a la emoción del momento, o quizá a la cercanía de los espíritus de sus antepasados. Aunque sus cuerpos hubiesen sido arrastrados mar adentro por el incesante oleaje, suskami no habrían abandonado el lugar, aguardando a su retorno. Se estremeció y se abrochó la chaqueta. Por supuesto que iba a construir la casa allí, pero antes había que hacer otra cosa.
  Primero, tenía que destruir.
 
 
  Fue uno de esos momentos perfectos, lejos del mundanal ruido. El driver lo hizo suavemente hacia atrás, separándose de la bola. Describió un preciso arco; se detuvo un instante, casi imperceptible, y aceleró hacia abajo siguiendo el mismo arco. El hombre que empuñaba el palo desplazó el peso de su cuerpo de una pierna a otra. En el momento justo, dio a sus muñecas

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