Dialogos sobre el mando, André Maurois

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Dialogos sobre el mando, André Maurois

En París a veinte de abril de mil novecientos veintitrés en casa de
Mr. R…
Hay dos clases de causas: Una necesaria, otra divina.
PLATÓN.
EL TENIENTE llama a la puerta del filósofo, que acude a abrir.
EL FILÓSOFO: (Jovialmente). -¡Ah! Aquí tenemos al Conquistador.
EL TENIENTE: El Conquistador, mi querido maestro, llega de Marruecos,
que otros conquistaron, muy extrañado de verse en el país de
los cristianos… He venido en avión y el cambio es brusco.
EL FILÓSOFO: (Haciéndole entrar). Sus visitas son raras y preciosas.
Desde que la guerra, arrancándonos de las clases de St. Louis,
hizo del alumno un oficial, y del maestro un soldado, apenas le veo…
y, sin embargo, en el instante en que ha llamado, pensaba en usted.
EL TENIENTE: Eso mismo hubiera podido decirle más de una vez, si
hubiese ido a sorprenderme en mi Campamento. A menudo, por la
noche, escojo uno de sus libros, me tumbo en una esterilla, junto a mi
perro, y me pongo a argumentar contra usted. Al correr del tiempo,
aunque no comparto sus ideas, admiro sobre todo su carácter, que en
definitiva es lo que importa. ¿Por qué pensaba usted en mí ?
EL FILÓSOFO: (Sentándose cerca del fuego, mientras que el oficial,
de pie, se apoya en la chimenea). Pues, también era un libro lo que
me hacía desear su presencia. El autor habla en él de cosas del Ejército,
y en particular del Mando, con mucho escepticismo. Usted sabe
que he sido soldado durante esta guerra. El humorismo obtenido a
costa de los Jefes me ha divertido. Me agrada el Kutusow de Tolstoi,
que se duerme durante los Consejos y logra la victoria gracias a su
inmovilidad; me gusta igualmente, el Joffre que pinta Pierrefeu y su
maciza inercia. Pero desconfío de mi juicio cuando se halla influído
por sus pasiones. Deseando en el fondo del corazón que mi autor hubiera
tenido razón, me preguntaba aquella noche: “¿Qué dirá el Conquistador?
¿No encontraría él los argumentos debidos?”, y yo mismo
los buscaba. Pero ya estáis aquí; ya puedo renunciar a esta “conversación
de los lóbulos de mi cerebro” y convertirme sin escrúpulos en el
abogado del diablo.

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