Dios y el Mundo, Ratzinger

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 Dios y el Mundo, Ratzinger

 

Una conversación con Meter Seewald
(Adaptado para PALM por DRAKE)
PREFACIO
En 11996, Peter Seewald me propuso conversar sobre las cuestiones que el hombre actual plantea a la Iglesia y que a menudo le cierran el acceso a la fe. De ahí surgió el libro Salz der Erde (Sal de la tierra), que para muchos se convirtió en una contribución a la orientación que aceptaron con agradecimiento.
El enorme eco, asombrosamente positivo, que despertó el libro animó al señor Seewald a proponer una segunda ronda de conversaciones en la que se esclarecerían las cuestiones internas de la propia fe, que a muchos cristianos les parece una selva tan impenetrable que apenas son capaces de orientarse en ella; muchos aspectos de la misma, algunos importantes, resultan difícilmente comprensibles y aceptables para el pensamiento actual.
A este proyecto se oponía en principio mi sobrecarga profesional. En el escaso tiempo libre del que dispongo deseaba escribir, por fin, el libro sobre el espíritu de la liturgia que tenía proyectado desde comienzos de los años ochenta, pero que nunca había podido trasladar al papel. A lo largo de tres vacaciones de verano surgió finalmente la obra, que se publicó a comienzos de este año. El camino a la segunda conversación con Seewald quedaba por fin despejado, y él propuso celebrarla en una sede preñada de simbolismo: la casa matriz de la orden benedictina, la abadía de Montecassino.
Allí, fortalecidos por la hospitalidad benedictina, sostuvimos del 7 al 11 de febrero de este año nuestro último diálogo, que el señor Seewald había preparado con sumo cuidado. Yo tuve que confiar en la inspiración del momento. La tranquilidad del monasterio, la amabilidad de los monjes y del abad, el ambiente de oración y la celebración respetuosa de la liturgia nos ayudaron mucho; la suerte quiso que también pudiéramos celebrar allí, con la brillantez debida, la fiesta de la hermana de san Benito, santa Escolástica. Ambos autores, que tomaron ese lugar venerable como un lugar de inspiración, expresan su cordial agradecimiento a los monjes de Montecassino.
Huelga decir que cada uno de los dos autores habla por sí mismo y ofrece su propia aportación. Al igual que en Sal de la tierra, también esta obra -me parece- ha propiciado, precisamente por los diferentes orígenes y formas de pensar, un auténtico diálogo, en el que el carácter directo de preguntas y respuestas se revela fructífero. El señor Seewald, que grabó mis respuestas en cinta magnetofónica, se encargó de trasladarlas al papel y de realizar las correcciones estilísticas necesarias. Yo mismo las leí con ojos críticos y, cuando lo juzgué necesario, las pulí lingüísticamente o incluí con cuidado algún que otro añadido, aunque dejando en conjunto la palabra hablada tal como había surgido en su momento. Espero que este segundo libro de conversaciones encuentre una acogida de amabilidad similar a Sal de la tierra, y ayude a muchas personas a comprender la fe cristiana.
Roma, 22 de agosto de 2000
 
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