El cardenal del Kremblin, Tom Clancy

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El cardenal del Kremblin, Tom Clancy

 
Prólogo
Amenazas — Viejas, nuevas y eternas
 
Lo llamaban el Arquero. Era un título honorable, aunque sus compatriotas habían abandonado sus elásticos arcos hacía más de un siglo, tan pronto como conocieron el uso de las armas de fuego. En cierto modo, el nombre reflejaba la naturaleza eterna de la lucha. El primero de los invasores occidentales porque eso era lo que pensaban de ellos— había sido Alejandro el Grande, y otros lo habían seguido desde entonces. A la larga, todos fracasaban. Los miembros de las tribus afganas sostenían que la razón de su resistencia era su fe islámica, pero el obstinado valor de esos hombres formaba parte de su herencia racial tanto como sus oscuros y despiadados ojos.
El Arquero era un hombre joven.., y viejo. En las ocasiones en que tenía a la vez el deseo y la oportunidad de bañarse en algún río de montaña, cualquiera podía notar los juveniles músculos de su cuerpo de treinta años. Eran los músculos tersos de alguien para quien trepar trescientos metros sobre la roca desnuda era una parte de la vida tan irrelevante como una caminata hasta el buzón.
Eran sus ojos los que parecían viejos. Los afganos son un pueblo atractivo y elegante, cuyos rasgos enérgicos y piel blanca sufren muy pronto por el viento, el sol y el polvo, haciéndolos parecer generalmente más viejos de lo que son. En el caso del Arquero, no había sido el viento el causante del daño. Hasta hacía tres años era profesor de matemáticas, graduado de los primeros años de la universidad en un país donde la mayoría consideraba suficiente ser capaz de leer el sagrado Corán; se había casado joven como era costumbre en su tierra, y tenido dos hijos. Pero su esposa e hija ahora estaban muertas, las habían matado los cohetes disparados desde un Sukhoi-24, cazabombardero de ataque. Su hijo había desaparecido. Secuestrado. Después que los soviéticos arrasaron la aldea de la familia de su mujer con ataques aéreos, llegaron sus tropas de superficie, matando a los adultos sobrevivientes y barriendo con todos los huérfanos para transportarlos a la Unión Soviética, donde los educarían y formarían en otras modernas formas de vida. Todo porque su esposa había querido que su madre viera a los nietos antes de morir, recordaba el Arquero, todo porque una patrulla soviética había recibido disparos de arma a unos pocos kilómetros de distancia de la aldea. El día en que se enteró de esto — una semana después de lo ocurrido— el profesor de álgebra y geometría apiló cuidadosamente los libros sobre su escritorio y abandonó el pequeño pueblo de Ghazni para marchar a las montañas. Una semana más tarde después de oscurecer, volvió al pueblo, con otros tres hombres y demostró que era digno de su herencia matando a tres soldados soviéticos y apoderándose de sus armas. Aún llevaba consigo aquel primer Kalashnikov.

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