El Fuego de los Primeros Cristianos

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El Fuego de los Primeros Cristianos

El fuego de los primeros cristianos
¿Cómo reaccionaron los primeros cristianos ante el mundo que les rodeaba? A veces, aparece la tentación de atribuir la expansión del Evangelio a prodigios y milagros. Sin embargo, la fe fue el prodigio que arrastró a hombres de toda clase, condición y cultura. La fe, y el amor hacia Cristo.

01 de diciembre de 2006
Aún faltan unas horas para que amanezca. Un hombre pasea por la orilla de una playa, contemplando el mar. Es famoso en muchos círculos intelectuales. No tarda en descubrir a otra persona en este lugar ahora desierto: es un anciano. El intelectual se pregunta qué puede hacer aquí a estas horas, pero no dice nada. Sólo lo mira, sorprendido. El anciano percibe su desconcierto y se dirige a él. Le explica que espera a unos familiares, que están navegando. La conversación prosigue. El intelectual opina sobre cualquier tema: cultura, política, religión. Le gusta hablar. El anciano sabe escuchar y he aquí que, cuando interviene, lo hace con sentido cristiano. Tal vez, en otra ocasión, el intelectual hubiera ironizado o dado por terminado el diálogo. Sin embargo, la sencillez del anciano le desarma. El intelectual puede no compartir sus ideas, pero reconoce que tienen mucho en común. Mira con simpatía la fe inocente del anciano. Pasan las horas. Se despiden. Nunca se volverán a ver.

El intelectual no olvidará este encuentro. Meses después, comprenderá que sólo las palabras del anciano parecen dar razón de sus ansias de verdad. Un encuentro fortuito le ha acercado a la fe, abriéndole un horizonte más amplio del que le presentaban todas sus ideas anteriores. Al poco tiempo, Justino, el filósofo, recibirá el bautismo y se convertirá en uno de los más grandes apologetas cristianos [1].

Tal vez un suceso similar se ha producido en amigos nuestros, o en nosotros mismos. La historia de San Justino es actual porque las respuestas a las preguntas que el hombre no puede dejar de hacerse –el sentido de la vida, la posibilidad de la felicidad, el modo de lograrla, la existencia del sufrimiento– sólo se encuentran en Cristo. Sin embargo, no es evidente que en la Cruz esté la felicidad y la plenitud de la vida. Tal vez por eso, en ocasiones desviamos nuestra atención del problema. Buscamos huir del dolor a cualquier precio; pero el dolor es inevitable. Dirigimos la vida hacia el éxito, la seguridad del dinero, el placer; pero son fundamentos que se demuestran falsos, que acaban saturando y fallando. Al final sólo queda la soledad que sintió el hijo pródigo, el desamparo del hombre que ha intentado construir su vida sin Dios [2].

Al leer las Confesiones de San Agustín o las vidas de los primeros conversos, descubrimos que sus inquietudes esenciales son las mismas que las del hombre de hoy. Las mismas ansiedades, las mismas soluciones, los mismos sucedáneos, la misma única respuesta real: Cristo. Hay quien intenta negar esta realidad, presentando a los hombres del siglo I como incapaces de diferenciar realidad y ficción. Se presenta la creencia en Dios como imposible a la luz del progreso actual, incompatible con el sentido moderno de la libertad. Tal modo de considerar a los primeros cristianos –¡y a sus coetáneos!– les hace poca justicia: también en la antigua Roma abundaban modernos que aprovechaban el progreso para su mayor placer y defendían en nombre de la libertad los propios egoísmos. Los primeros cristianos supieron afrontar las mismas dificultades que nosotros, correspondiendo a la gracia. Incluso puede que sus dificultades fueran objetivamente mayores, pues vivieron en un mundo ajeno a las ideas del cristianismo. Un mundo en el que, junto a un nivel técnico y cultural nunca antes conocido, palabras como “justicia” o “igualdad” estaban reservadas a unos pocos; donde los crímenes contra la vida eran moneda común; donde la diversión incluía contemplar la muerte de otros. A veces se habla del mundo moderno como post-cristiano, con un tono negativo. Tal consideración olvida que incluso quienes buscan negar el mensaje de Cristo, no pueden –ni quieren– prescindir de sus valores humanos. El terreno común es patente a los hombres de buena voluntad, que nunca faltan. De algún modo, la realidad, después de Cristo, es cristiana.

 

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