El Hombre entre la Reproducción y la Creación, Cardenal Joseph Ratzinger

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El Hombre entre la Reproducción y la Creación, Cardenal Joseph Ratzinger

 
1. REPRODUCCIÓN Y CREACIÓN. EL PROBLEMA FILOSÓFICO DE DOS TERMINOLOGÍAS
 
¿Qué es el hombre? Esta pregunta, que tal vez suene demasiado filosófica, ha entrado en un nuevo estadio desde que resulta posible «hacer» hombres o, expresado con la terminología técnica, reproducirlos in vitro. El nuevo poder de que el hombre se ha apropiado ha creado espontáneamente un nuevo lenguaje. Hasta ahora, el origen del hombre se expresaba lingüísticamente mediante los conceptos «generación» y «concepción». En las lenguas románicas existe, además, la palabra «procreación» (procreazione). Con ella se alude al creador, a quien todo hombre debe en última instancia su existencia. En la actualidad parece ser el término «reproducción», no «procreación», el más adecuado para describir de forma concluyente la transmisión de la vida humana. Ambas terminologías no son necesariamente excluyentes. Cada una se puede corresponder con un modo distinto de considerar el problema y presentarnos diferentes aspectos de lo real. Sin embargo, el lenguaje apunta siempre al todo. Resulta difícil negar, pues, que en la contraposición terminológica referida sugiere problemas más hondos. En ella resuenan efectivamente dos diferentes concepciones del hombre y dos modos distintos de entender lo real en general.
 
Tratemos de entender, en primer lugar, el nuevo lenguaje a partir de sus orígenes científicos. Posteriormente podremos acercamos con sumo cuidado a los hondos problemas que encierra. La palabra «reproducción» designa un acontecimiento singular: el nacimiento de un nuevo hombre. Su explicación del fenómeno se basa en los conocimientos de la biología sobre las propiedades de los organismos vivos, cuyo rasgo esencial consiste -frente a los artefactos- en la capacidad de «reproducirse». J. Monod, por ejemplo, habla de tres rasgos característicos definitorios de los vivientes: teleonomía propia, mosfogénesis autónoma y reproducción invariante1. Especial importancia tiene la invariancia: el código genético dado una vez, es reproducido siempre de forma invariable. Cada nuevo individuo es una repetición exacta del mismo «mensaje» 2. Así pues, el término «reproducción» expresa, en primer lugar, la identidad genética: el individuo «reproduce» siempre -y únicamente- lo común. Además alude a su carácter mecánico. Es posible describir exactamente este acontecimiento. J. Lejeune ha formulado de forma resumida lo esencial de la «reproducción» humana del siguiente modo: «Los hijos están unidos permanentemente a sus padres mediante un vínculo material, la larga molécula de ADN, en la que está inscrita, en un lenguaje en miniatura invariable, toda la información genética. En la cabeza de un espermatozoide hay un metro de ADN dividido en 23 fragmentos […]. Tan pronto como los 23 cromosomas del padre aportados por el espermatozoide se unen con los 23 de la madre aportados por el óvulo, queda reunida toda la información necesaria y suficiente para determinar la constitución genética del nuevo ser humano»3.
 
La «reproducción» de la especie hombre, podemos decir de forma muy resumida, se efectúa mediante la unión de dos cintas de información. La exactitud de esta descripción está fuera de toda duda. Ahora bien, ¿es también una explicación completa? Dos preguntas surgen inmediatamente sobre este asunto. La primera se puede formular así: ¿es el ser engendrado de ese modo un individuo más exclusivamente, un ejemplar reproducido de la especie hombre? La segunda de este otro modo: ¿no será, más bien, una persona, es decir, un ser que aun cuando represente de forma invariante lo común del género hombre constituye un individuo nuevo, único, irreproducible, con una singularidad que trasciende la mera individuación de la esencia común? ¿De dónde procede esta originalidad? Con estos interrogantes se halla estrechamente vinculado este otro: ¿cómo llegan a unirse las dos bandas que contienen la información? Esta pregunta, de apariencia tan sencilla, se ha convertido hoy día en una cuestión decisiva. Las teorías sobre el hombre se separan unas de otras según la respuesta que le dan. Es también el interrogante en el que la praxis se torna encarnación de la teoría y el que le confiere su tremenda seriedad. En principio, la respuesta parece ser, como ya hemos dicho, lo más evidente del mundo: las dos informaciones complementarias llegan a juntarse merced a la unión del hombre y la mujer, cuando los dos «se hacen una sola carne», como señala la Biblia. El fenómeno biológico de la reproducción queda envuelto en el acontecimiento personal de la donación en alma y cuerpo de dos seres humanos.
 
Como consecuencia del éxito en aislar en el laboratorio la parte bioquímica del fenómeno completo, han surgido estas nuevas preguntas: ¿Hasta qué punto es necesaria la conexión referida? ¿Es esencial al acontecimiento como tal? ¿Debe y tiene que ser así? ¿No se tratará, más bien, de la astucia de la naturaleza -por decirlo con terminología de Hegel-, que se sirve de la inclinación de los seres humanos entre sí de forma semejante a como en el reino vegetal el viento utiliza las abejas y otros procedimientos para transportar el polen? ¿Se puede distinguir un fenómeno esencial aislado de los modos meramente fácticos de unión y considerado como lo único verdaderamente importante? ¿Cabe sustituir el fenómeno natural por otros métodos dirigidos racionalmente? A estos interrogantes se puede responder formulando nuevas preguntas. ¿Es legítimo definir la entrega recíproca del hombre y la mujer como mero fenómeno natural? ¿Es la donación espiritual de ambos exclusivamente una manifestación de la astucia de la naturaleza, que los engaña haciéndoles creer que obran como personas en vez de como individuos de una especie? ¿No es más correcto decir que con el amor de dos personas, con la libertad espiritual de la que procede, se descubre una dimensión nueva de lo real? ¿No es en ese horizonte nuevo también el hijo más que repetición de informaciones invariantes? ¿No es persona, un yo original y libre, un nuevo centro en el mundo? ¿No está sencillamente ciego quien niega esta novedad y lo reduce todo a pura mecánica, aun cuando para ello se vea obligado a inventar una naturaleza astuta que no es sino un mito irracional y cruel?

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