El y Yo, Gabriela Bossis

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El y Yo, Gabriela Bossis

PROLOGO DE MONS. VILLEPELLET,
OBISPO DE NANTES
 
Durante cosa de medio siglo han venido circu­lando varias publicaciones de “diarios íntimos”.
Casi se podría pensar en algo así como una nueva “invasión de los místicos”, según la expresión del Abbé Bremond.
 
Podríamos citar, entre los más conocidos, los escritos de Lucía-Cristina, los de la Madre Luisa Claret de la Touche, los de Sor Isabel de la Trinidad, los de Sor Anselma, los de Elisa­beth Leseur, los de Sor Josefa Menéndez, así como las páginas reunidas bajo el título “Cum clamore Valido”, sin olvidarnos del más célebre de todos esos escritos, la “Historia de un alma” de Santa Teresa del Niño Jesús.
 
Con todo esto, sera oportuno añadir toda­vía otro “Diario Intimo”, que no lleva otra
indi­cación fuera del título, breve y expresivo, de EL Y YO?
 
Lo que distingue a EL Y YO de todos esos libros hermanos, es que su autora no parece vivir entre los muros de un claustro ni llevar una vida sedentaria, ni siquiera la vida quieta de una madre de familia entregada a su hogar. Los hori­zontes de este libro no son algo así como el ámbito de un pequeño jardín cerrado; sino que las notas espirituales se van como regando a través del mundo entero. Se trata de las Nota espirituales de una mujer de mundo. Por todos los caminos de Francia, y más allá aún, desde Montreal a Argel, de Roma a Quebec, de Kai­ruam a Palerma; a bordo de un ferrocarril o en barco o en carro; lo mismo en el metro que en el teatro, El, el Divino Compañero, se hace pre­sente de continuo a un alma atenta que se recoge y escucha, y esto no obstante las mil distracciones a que se ve continuamente expuesta. Si como lo dice la Imitación de Cristo, “los que viajan mucho rara vez se santifican”, la conversación entre EL Y YO es una excepción a la regla.
 
Esta es la razón de que para nuestros con­temporáneos, que viven en el seno de una
civili­zación complicada y enemiga del recogimiento, estas páginas alcancen el valor de un verdadero “testimonio”, ya que demuestran que no es en manera alguna imposible, mantenerse en el sen­timiento de la presencia de Dios en toda clase de situaciones.
 
Porque de hecho, todo debería servir como un escalón para subir hasta Dios. Nos vienen a la mente los deliciosos actos de un Olier en su “Jornada Cristiana” para todas las circunstan­cias de la vida: “Cuando uno sale el campo, cuan­do ve el sol, la tierra, las hierbas y las flores y los frutos; o cuando se oyen cantar los pájaros o se ve obligada a bajar de una carroza.” No es probable que la autora de EL Y YO haya nunca conocido los escritos de Olier; y sin embargo, los toma por su propia cuenta y a su manera; multiplica las observaciones, y las lanza rumbo al cielo como flechas. En su vida agitada y errante, la autora sabe detenerse ante humildes paisajes para descifrar en ellos las huellas de la Sabiduría, la Potencia y la Bondad de Dios, una gaviota que vuela por encima de un navío, los geranios en un jardín, rosas que se marchitan, incluso los escalones desgastados de una vieja escalera: todo lleva en sí un mensaje divino para quien sabe escucharlo. Este hábito de percibir lo Invisible en lo visible es precisamente lo que los autores espirituales llaman “la oración conti­nua”, la plegaria del corazón; “constante dispo­sición de amor de Dios”, según el decir del Pa­dre Grou, “de confianza en El, de una sumisión­ a su Voluntad en todos los acontecimientos de la vida; atención continua a la Voz de Dios que se hace oír en el fondo de la conciencia y nos sugiere sin cesar pensamientos de bondad y per­fección; una disposición en que deben estar todos los cristianos, disposición en la que se han encontrado todos los santos, y que viene a ser como la médula de la vida interior…”

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