En las Afueras de Jericó, Julian Herranz

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En las Afueras de Jericó, Julian Herranz

En las afueras de Jericó, un mendigo ciego, Bartimeo (cfr. Mc 10, 46-52), se hallaba sentado junto al camino por donde pasaba, entre el ruido de la multitud, Jesús Nazareno, aquel que había dicho: “Yo soy la luz del mundo; el que me sigue no caminará en tinieblas” (Jn 8, 12). Entonces Bartimeo gritó y gritó:
-¡Jesús, Hijo de David, ten compasión de mí!
Desde hace dos mil años resuenan en el mundo las palabras del conmovedor diálogo que siguió:
– ¿Qué quieres que te haga?
– ¡Domine, ut videam!- ¡Señor, que vea!
Y Jesús, misericordioso, iluminó los ojos y la vida entera de aquel hombre:
– Anda, tu fe te ha salvado.
Al instante, Bartimeo recobró la vista y comenzó a seguir a Jesús.
Muchas veces, a lo largo de los veintidós años de convivencia diaria que pasé con san Josemaría, desde 1953 a 1975, le oí decir: “Meditando hace tantos años este pasaje del Evangelio e intuyendo que Jesús esperaba algo de mí, aunque no sabía qué, repetía incesantemente como el pobre ciego de Jericó: Domine, ut videam, ¡Señor, que yo vea lo que Tú quieres de mí!”.
La inmensa muchedumbre llegada de todo el mundo que, el 6 de octubre de 2002, asistió gozosa y orante a la solemne canonización del fundador del Opus Dei, sabía que Jesús había escuchado muchos años antes la plegaria confiada y tenaz de Josemaría, al igual que escuchó en su día la de Bartimeo.
El lector de este libro ya habrá advertido que, en el subtítulo, se incluye la preposición con. En efecto, no todos los recuerdos personales que aquí se recogen son de san Josemaría -esto es, recuerdos de él o de hechos vividos junto a él hasta su muerte-, sino también de posteriores acontecimientos y situaciones de la vida de la Iglesia y de mi trabajo en la Santa Sede, especialmente de los años cerca de Juan Pablo II, de 1978 a 2005.
Transcribo una frase de un apunte personal mío, escrito en Jerusalén la noche del 25 de junio de 1999: “De un arbusto crecido junto al camino de Jericó he cortado una pequeña rama, para tocar con ella la urna donde reposan en Roma los amadísimos restos del hombre que fue el instrumento de quien Dios se sirvió para que mi alma en tinieblas clamase a Cristo, lo encontrase al fin, se enamorase de El y lo siguiera”.

En las afueras de Jericó.pdb

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