Genio y herencia de Charles Darwin, Carlos A. Marmelada

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A los 150 años de “El origen de las especies”
Genio y herencia de Charles Darwin
Firmado por Carlos A. Marmelada
Fecha: 28 Enero 2009

Una de las doctrinas científicas que han causado mayor impacto es el evolucionismo, asociado indisolublemente al nombre de Darwin, no porque fuera el primero en sostenerlo, sino por haber elaborado la primera teoría y una serie de datos sólidos sobre los mecanismos que rigen la evolución. El 12 de febrero se cumplen 200 años del nacimiento de Darwin. ¿Cómo elaboró su teoría de la evolución? ¿Cuál fue la novedad que aportó? Y, sobre todo, ¿cuál es el valor actual de la teoría? Hoy, 150 años después de la publicación de El origen de las especies, seguimos debatiéndolo.
 
Charles Robert Darwin nació el 12 de febrero de 1809 en la ciudad inglesa de Shrewsbury. Fue el quinto de seis hermanos. Su padre, Robert Waring Darwin, y su abuelo paterno, Erasmus Darwin, eran médicos de prestigio que gozaban de una posición económica desahogada.
El padre de Charles quería que siguiera la tradición familiar y estudiara medicina en la prestigiosa Universidad de Edimburgo. Darwin se trasladó allí a finales de 1825. Pronto se dio cuenta que no estaba hecho para ser médico. Las clases le aburrían, las operaciones (que entonces se hacían sin anestesia) le resultaban insoportables, por lo que descartó esta profesión. Sin embargo, no todo fue malgastar el tiempo: allí conoció al naturalista Robert Edmond Grant (1793-1874), un evolucionista seguidor de Lamarck (1744-1829) que le reavivó su pasión por la naturaleza introduciéndole en diversas sociedades científicas de Edimburgo. Por entonces a Darwin no le convencía el evolucionismo.
Cuando su padre supo la falta de vocación de su hijo, decidió que estudiara teología en Cambridge a fin de que se convirtiera en un párroco rural anglicano. Darwin aceptó: tendría un oficio respetable y tiempo para formarse como naturalista. En enero de 1828 ingresó en el Christ’s College de Cambridge. Tampoco destacó allí por la brillantez de sus notas. A principios de 1831 aprobó el examen de graduación. No deja de ser paradójico que Charles Darwin, el hombre cuyas teorías científicas serían utilizadas por algunos como base para fundamentar el ateísmo naturalista, tuviera como única titulación académica la licenciatura en teología.
A bordo del “Beagle”
El paso por Cambridge fue decisivo en la vida de Darwin. Allí trabó amistades que le marcarían profundamente, entre las que destaca la de John Stevens Henslow (1796-1861), pastor anglicano y profesor de botánica. A finales de agosto de 1831 este le comunicó que la Marina Real Británica había decidido enviar un buque, el H.M.S. Beagle, a las aguas de Sudamérica y a la Tierra del Fuego, para cartografiar las costas y hacer mediciones con vistas a elaborar mejores cartas marinas. La expedición estaría bajo el mando del capitán Robert Fitz Roy, quien solicitaba un científico para recoger información de carácter naturalista. Tras vencer la oposición inicial de su padre, Darwin se entrevistó con Fitz Roy en Londres, y como se ganó su simpatía, el 27 de diciembre de 1831 zarpaban de Plymouth rumbo a Brasil.
En San Salvador de Bahía y Río de Janeiro Darwin pudo apreciar la exuberancia de la fauna y la flora tropical. En Montevideo vivió un intento de revolución y tuvo que empuñar las armas, aunque no necesitó utilizarlas. En Argentina descubrió esqueletos fosilizados de animales prehistóricos gigantes en la misma zona en la que existían otros similares pero de menor tamaño y que luego serían aducidos como pruebas a favor de su teoría de la evolución.
El viaje de Darwin alrededor del mundo duró casi cinco años. En Tierra del Fuego vivió un pequeño tsunami, y su comportamiento heroico le valió la admiración del capitán que, en agradecimiento, puso su nombre a un monte cercano a aquella playa. En Chile presenció un terremoto espectacular que, junto a la expedición a los Andes, le ayudó a comprender las transformaciones geológicas que experimenta el relieve, algo que armonizaría con su teoría de la evolución. Durante el regreso pasaría por las Galápagos y por varias islas del Pacífico (a partir de su estudio lograría elaborar una acertada teoría de la formación de los atolones de coral), Tahití, Australia, Nueva Zelanda, Sudáfrica, nuevamente Brasil, Islas Azores e Inglaterra, a donde llegó el 2 de octubre de 1836.
Inspiración malthusiana
¿Cómo gestó Darwin su teoría de la evolución? Durante su estancia en las Galápagos recogió tortugas y pinzones sin anotar la isla de procedencia, pensando que formaban grupos homogéneos; en Londres estudiaron las muestras especialistas como el ornitólogo John Gold o el paleontólogo y anatomista Richard Owen, quienes, a principios de 1837, le aseguraron que en cada grupo había especies distintas. En marzo de ese mismo año empezó a poner por escrito sus ideas sobre la transformación de las especies.
En septiembre de 1838 leyó el libro del economista político Thomas Malthus Ensayo sobre el principio de la población, publicado por primera vez en 1798. Malthus exponía su convencimiento de que la humanidad estaba abocada a una gran crisis debido al aumento de la población; en el futuro no habría recursos alimenticios para todos y entonces comenzaría la competencia por la supervivencia. El libro también hablaba de poblaciones vegetales y animales, afirmando que todas las especies tienden a procrear más allá de los recursos disponibles, de forma que sólo una parte de la descendencia puede sobrevivir. Darwin acogió estas ideas con entusiasmo ya que encajaban perfectamente en la visión de la naturaleza que estaba naciendo en su mente.
La lectura de Charles Lyell, el geólogo más afamado del momento, y sus propias experiencias a lo largo del viaje en el Beagle, le habían sugerido que en el mundo de los seres vivos podía suceder lo mismo que en la geología: podían existir cambios graduales que se desarrollarían a lo largo de grandes periodos de tiempo. Los ejemplares de las Galápagos eran una muestra de la transformación de las especies por adaptación al medio y la lectura de Malthus le había proporcionado la clave para explicar esa transformación: la selección natural sería el mecanismo propuesto por Darwin como causa explicativa de la evolución.
Así pues, en 1839 ya tenía bien claro cuáles eran las bases de su teoría de la evolución; sin embargo, era plenamente consciente de la hostilidad con la que serían recibidas. Un paso en falso y su brillante carrera como científico podría irse a pique. En junio de 1842 consideró que su teoría estaba suficientemente elaborada como para escribir un breve esbozo de uso privado. En la primavera de 1844 el texto había crecido hasta convertirse en un ensayo, en donde, de una forma totalmente deliberada, evitaba cualquier referencia al origen del hombre y a la acción del Creador. El libro se podría haber publicado, pero no quiso hacerlo. Se lo confió a su esposa Emma junto con una carta en la que le pedía que, en caso de fallecer, hiciera todo lo posible por publicarlo, convencido de que su contenido sería un gran bien para la ciencia.
Una cauta espera
¿Por qué no publicó Darwin su ensayo en 1844? Ese mismo año se publicó un libro anónimo (luego se supo que el autor era Robert Chambers, un periodista escocés interesado en cuestiones científicas) titulado: Vestiges of the Natural History of Creation, en el que se hacía una apología del evolucionismo. Su contenido científico era flojo. La geología y la zoología de Vestiges decepcionaron profundamente a Darwin. Pero lo que más le sorprendió fue la virulencia con la que se atacó esta obra.
En líneas generales las ideas expresadas en Vestiges eran parecidas a las de Darwin, pero carecían de base empírica sólida. Darwin pasaría los siguientes quince años, entre otras cosas, cultivando orquídeas y criando palomas para encontrar más pruebas a favor de su teoría de la transformación de las especies a través de la selección natural de las variaciones aleatorias surgidas en la descendencia con modificación.
En septiembre de 1855, el joven naturalista Alfred Russel Wallace publicó un artículo en el que hablaba de la transformación de las especies. A Darwin no le inquietó. Pese a la insistencia de sus amigos Lyell (geólogo) y Hooker (botánico), Darwin continuaba siendo remiso a la publicación de un libro en el que expusiera sus ideas. Todo cambió el 18 de junio de 1858. Ese día Darwin recibió un breve manuscrito de Wallace (que entonces estaba trabajando en Indonesia) acompañado de una carta. El manuscrito contenía la exposición de la teoría de la evolución por selección natural. Se le había adelantado. La cuestión se solventó con la publicación conjunta de un artículo sobre el tema, tras lo cual Darwin se puso a escribir deprisa y corriendo un libro en el que plasmó sus ideas aportando una gran cantidad de datos a su favor. Había nacido El origen de las especies, publicado en 1859.
Evolución y creación
La obra tuvo buena acogida; pero también levantó una fuerte polémica. Pese a que no hablaba del origen del hombre, a nadie se le escapó que éste no era una excepción en la naturaleza y que, según la teoría propuesta por Darwin, los seres humanos también deberían ser fruto de la selección natural y no resultado de una creación divina. En este sentido fue famoso el enfrentamiento que tuvieron en 1860 el obispo anglicano Wilberforce y Thomas Henry Huxley (el bulldog de Darwin).
En 1871 Darwin publicó El origen del hombre. En él aplica su idea de que la selección natural es la causa de la aparición del hombre, al igual que lo ha sido de los demás vivientes, y afirma que los humanos no ocupan un lugar especial en la naturaleza y que las facultades espirituales proceden de la materia por evolución gradual.
Paradójicamente, este libro no causó tanto revuelo como el de 1859. La noción de una evolución en el reino viviente se había ido imponiendo. Aunque Darwin creía que todo lo que hay en nosotros tiene un origen biológico evolutivo, otros evolucionistas (algunos, como Henslow, Asa Gray o Wallace, muy buenos amigos suyos) opinaban que la inteligencia humana respondía a un acto creativo de Dios, y no veían incompatible la teoría de la evolución con la existencia de un Dios creador, algo que el propio Darwin reconocería explícitamente al final de la sexta edición de El origen de las especies, la última que revisó en vida.
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Carlos A. Marmelada es profesor de la Universitat Internacional de Catalunya, autor de más de 180 artículos sobre evolución humana y del ensayo El origen del hombre. Cuestiones fronterizas (Palabra); ha hecho guiones para documentales sobre evolución y ha impartido numerosas conferencias sobre este tema. En la actualidad tiene en imprenta una biografía novelada sobre Darwin (Charles Darwin. Una vida para la ciencia, Ed. Casals) y otros libros en preparación.

 

Genio de Darwin 150.pdb

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