Homilía, La humildad

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 Homilía, La humildad

Muchas veces he pensado, y ahora aprovecho la ocasión para decirlo por escrito, que la virtud de la humildad se resiente del valor del nombre que lleva y de las realidades que encierra.
Ninguna otra virtud es, en efecto, tan menospreciada y tan poco y mal conocida, tan ignorada y deformada, como esta virtud cristiana. La virtud de la humildad es una virtud humillada.
Y no sé si le hace más daño el olvido en que la deja el mundo, las burlas y el escarnio con que muchos la acogen, o la falsía y la poca elegancia con que algunos la presentan.
Me parece, amigo mío, que es verdaderamente necesario que nosotros los cristianos conozcamos mejor esta virtud y sintamos profundamente su importancia; que luchemos por conquistarla y por vivirla realmente, para presentarla de este modo con su verdadera fisonomía a los ojos de un mundo enfermo de vanidad y de soberbia. A este apostolado del buen ejemplo, tan eficaz y olvidado, debemos tú y yo sentirnos invitados por Jesucristo, cuando dice: Discite a Me quia mitis sum et humilis corde, aprended de Mí que soy manso y humilde de corazón. Humildes de corazón: así nos quiere el Señor, con aquella humildad, que nace del corazón y da fruto en las obras. Porque la otra humildad que nace y muere en los labios, es falsa; es una caricatura. Palabras, actitudes, modos, no pueden por sí solos crear una virtud; pero sí deformarla.
La inteligencia debe abrirnos el camino del corazón y ayudarnos a depositar allí, con afecto, la buena semilla de la verdadera humildad, que, con el tiempo y la gracia de Dios, echará raíces profundas y dará sabrosos frutos.
La humildad verdadera, amigo mío, empieza en el punto luminoso en que la inteligencia descubre y admite, con la fuerza necesaria para que el corazón pueda amarla, esa verdad fundamental, simple y profunda, del sine Me nihil potestis facere, sin Mí no podéis hacer nada.

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Homilía, La humildad
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