Homilía La Mansedumbre

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 Homilía La Mansedumbre

Amigo mío, tú que conoces la vida del Señor sabes perfectamente que Jesucristo quiso unir en una misma página del Evangelio la mansedumbre y la humildad. Nos lo recuerda ahora con su voz amiga y con palabras claras: Discite a Me quia mitis sum et humilis corde et invenietis requierem animabus vestris, aprended de Mí, que soy manso y humilde de corazón, y hallaréis paz para vuestras almas.
La mansedumbre y la humildad son, como ves, dos virtudes que deben permanecer unidas en nuestro corazón, dos hermanas que viven la misma vida, dos metales preciosos que se funden completándose: uno con su solidez, el otro con su raro esplendor. Dos aspectos muy positivos y muy viriles de nuestra vida interior, pues con la humildad ganamos el corazón de Dios, y con la dulzura atraemos a nuestros hermanos y conquistamos sus corazones.
Ahora que meditamos en presencia de Dios, quiero decirte que esta virtud es para todos, luego también para ti. A todos nos es muy necesaria, puesto que la vida es una continua relación con los demás, una convivencia, una serie de relaciones, la ocasión de encuentros de todo género. Tu familia, tus hermanos, tus amigos; tus relaciones profesionales y sociales; tus superiores, tus iguales, tus subordinados: es ahí donde te espera el Señor. En todas esas convivencias, relaciones y encuentros ha de resplandecer tu mansedumbre cristiana.

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