Homilía, La muerte y la vida 

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Homilía, La muerte y la vida

Memento homo, quia pulvis es et in pulverem reverteris, acuérdate, hombre, de que eres polvo y al polvo has de volver. Y el sacerdote, vestido con el morado de la penitencia, esparce un poco de ceniza sobre la inclinada cabeza de los fieles.
La Iglesia, esposa de Cristo, quiere que los hombres se acuerden de la muerte, que vivan cristianamente preparados para este paso. Pero los hijos del mundo no quieren tener nada que ver con la muerte. Prefieren que la muerte sea para ellos un enemigo implacable, oculto y desconocido, una visita inesperada, una sorpresa dolorosa. Por esto, con los cadáveres de sus seres queridos, se apresuran a sepultar también, lo más rápidamente posible, todo pensamiento y recuerdo de la muerte. Y, sin embargo, una de las grandezas del hombre es precisamente esta de saber que tiene que morir. Y el cristiano sabe también que la muerte es el precio del pecado: peccatum introibit mors, la muerte sobrevendrá por el pecado.

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Homilía, La muerte y la vida 
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