Ilusión por Afirmarse, Acerca de la Rebeldía, José Pedro Manglano Castellary

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Ilusión por Afirmarse, Acerca de la Rebeldía, José Pedro Manglano Castellary

El buen gusto llevó al escritor americano Richard Ford a escribir un libro en memoria de su madre.
“Recuerdo una vecina que me paró en la acera para preguntarme quién era; algo que solía ocurrir. Yo tendría siete o nueve años. Pero cuando dije mi nombre –Richard Ford-, exclamó: ‘Ah, sí. Tu madre es esa señora de pelo negro, bajita, mona, que vive más arriba de esta calle’. Creo que fue la primera imagen que tuve de mi madre como de otra persona, como alguien a quien los otros veían y describían: una mujer mona, no. El pelo negro, eso sí. Sé que medía cinco pies y cinco pulgadas. Pero nunca he sabido si esto es ser alto o bajo. Creo que siempre he pensado que era normal. Sin embargo, recuerdo aquello como un momento significativo de mi vida. Breve pero importante. Llamó mi atención acerca de algo de mi madre -¿qué?-, su imagen pública. La imagen que estaba allí y que los demás veían y trataban. Desde entonces creo que nunca pensé en ella de otro modo. Como Edna Ford, una persona que era mi madre y que también era alguien más. Me parece que después de eso nunca me volví a dirigir a ella sin tenerlo en cuanta: la traté como al resto de la gente que yo conocía.
Era una lección importante. Y corremos el riesgo de no conocer jamás a nuestros padres si la ignoramos. Mona, pelo negro, cinco con cinco. Alguna parte de ella era esto, y saberlo no me hizo daño. Tal vez me ayudó, ya que uno de los principales desafíos al que nos enfrentamos todos es llegar a conocer a nuestros padres.”
De muchas maneras, y durante años, todos vamos teniendo experiencias que van rompiendo el pequeño mundo de la infancia, en el que todo hace referencia unívoca al propio yo. El niño es el gran señor –el único- de su propio mundo. Podríamos decir que son años en los que no forma parte del mundo, pues solo existe ‘su’ mundo, no hay más mundos que el ‘suyo’.
Ese mundo es cerrado hasta el punto de que lo que no existe en él no se reconoce como existente; de alguna manera, las cosas empiezan a existir cuando entran en ‘su’ mundo. En cierta ocasión, invitado a dar unas conferencias en un colegio, escuché la perspicaz observación que una niña hacía a su amiga refiriéndose a mi persona:
‘-¿Has visto? Es nuevo… y ya es calvo!’
Así es: en su mundo –no hay más realidad que la experimentada por ella- yo empezaba a existir ese día que entraba en su colegio, y lógicamente era un ser extraño, ya que empezaba la existencia siendo calvo.
Pues bien, de modo paulatino vamos viviendo experiencias que abren grietas, resquebrajando el cerrado y pequeño mundo en el que el niño se encuentra pacíficamente instalado. Entramos, así, en el mundo real, tal y como es. O dicho de otra forma, el mundo real entra en nosotros, con toda su realidad. Esta entrada, mía en el mundo y del mundo en mí, es un auténtico despertar, que nos traslada de un mundo encantado a un nuevo escenario mucho más complejo. James Joyce hace vivir esta experiencia a uno de sus protagonistas:
“Stephen había emergido de dos años de sueño encantado para encontrarse de pronto en un escenario distinto, donde cada evento y cada personaje le afectaban íntimamente, seduciéndole a veces y otras descorazonándole, pero llenándole siempre de intranquilidad y amargos pensamientos, lo mismo cuando le descorazonaban que cuando le seducían.”
Las dos personas que han aparecido en estas pocas líneas, Richard y Stephen, están estrenando mundo. El primero de ellos, Richard, comenta que aquello le llamó la atención: la visión de su madre es nueva, es distinta; no solo es su madre, sino una persona objetiva, que entre otras muchas cosas… es también su madre: “Desde entonces creo que nunca pensé en ella de otro modo”. Stephen también estrena mundo, y ahora le ocurre por primera vez que todo –cada evento, cada persona- le afecta íntimamente.
primera vez que todo –cada evento, cada persona- le afecta íntimamente.
Si he querido detenerme en las circunstancias de estos dos personajes, es porque entiendo que es precisamente desde esta perspectiva desde la que podemos entender la característica fundamental que define el ser joven. La juventud se distingue, entre otras cosas, por ser el momento de la biografía en el que uno se abre al mundo; apertura por la que las cosas empiezan a afectar.
Ahora bien: ¿en qué sentido decimos que el mundo ‘le afecta’? ¿Por qué le afecta? ¿Por qué a Stephen cada acontecimiento y cada persona le afectan íntimamente? Porque ‘estrena’ acontecimientos y ‘estrena’ personas. No estrena porque sus acciones sean distintas objetivamente a las que había realizado hasta ese momento, sino que las estrena porque aunque sean acciones repetidas mil veces, las vive ahora de manera distinta. Un ejemplo. Siempre se ha vestido; pero ahora estrena un nuevo sentido el hecho de vestirse: ya no se trata de un simple ponerse ropa encima, la que sea, porque algo hay que ponerse; vestirse, ahora, tiene importancia más allá de la protección del frío; ha descubierto su imagen pública, se sabe mirado; con la ropa que se pone se da a conocer, expone públicamente su buen o mal gusto, muestra el estilo de personalidad que ha escogido para sí, manifiesta su seguimiento de ‘modelos’ que ha adoptado; descubre que hay formas de vestir que son ridículas; etc. Y este mismo sentido que ha descubierto en el hecho de vestirse, también lo descubre en el vestirse de los demás: la forma de vestir de los demás también le afecta, e interpreta cómo son por su modo de vestir.
Algo similar ocurre con todo lo demás. Su madre podía haberle corregido mil veces un asunto concreto. Durante tiempo aquellas correcciones no significaban más que fastidio o limitación: ‘hago lo que me dice y basta’, quizá acompañado de alguna queja o rabieta. Pero ahora pasan a afectar íntimamente. La visión de la madre es nueva, y en este nuevo modo de percibirla cabe que esa corrección la entienda como una manía suya, o que advierta que entra en contradicción con otras cosas que hace o dice ella, o que la interprete como una invasión en lo que es mi vida, y… ‘¡que me deje en paz!’
Todas estas reacciones son fantásticas porque son la consecuencia necesaria de la entrada en una realidad nueva. Hasta ese momento vivía pacíficamente instalado en su mundo subjetivo: allí sabía vivir; en su mundo cerrado todo cuadraba. Pero ha sido desalojado de allí. ¿Y ahora qué? Necesita instalarse en ese mundo nuevo en el que entra. Le han quitado el suelo que pisaba y necesita encontrar otro.
En este sentido decimos que la juventud no es solamente el período que corresponde a unos pocos años de vida, sino que la juventud es el tiempo oportuno para la afirmación personal. Debo afirmarme, decir sí a mi persona, decir sí al modo de ser que quiero que tenga mi persona, decir sí a un proyecto de vida. Por eso, es un momento en el que necesariamente uno busca respuesta a los interrogantes fundamentales, busca el sentido de la vida, busca el modo concreto de comenzar a construir su vida.
Estrenar mundo, descubrir novedad, abandono de lo que era firme hasta el momento, inseguridad, desconfianza hacia uno mismo… forman el mundo interior a lo largo de este proceso. Es magnífica la belleza literaria con que lo expresa Joyce:
“Su pensamiento era como un crepúsculo de duda y de desconfianza propia, alumbrado acá y allá por los relámpagos de la intuición, pero relámpagos de tan diáfana claridad, que en aquellos instantes el mundo se deshacía bajo sus pies, como si hubiera sido consumido por el fuego; después su lengua se anudaba y sus ojos permanecían mudos ante las miradas de los demás, porque se sentía envuelto como en un manto en el espíritu de la belleza y en contacto, aunque sólo fuera en sueños, con todo lo noble.”

REBELDIA.PDB

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