José María Somoano, En los comienzos del Opus Dei, JM Cejas

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José María Somoano, En los comienzos del Opus Dei, JM Cejas

INDICE

 

 

 

 

En Caravia nací yo

en Caravia morir quiero

porque dicen que Caravia

está cerquina del cielo

 

 

EL TREN DE COVADONGA

 

 

31 de octubre de 1933

– Tenía ya muchos años…

– Muchos años y demasiadas fatigas.

– Si ya no podía…¡ni tirar de sí mismo!

Doña María descorrió los visillos de los ventanales y se asomó al balcón. Estaba allí, frente a la puerta de su casa, inmóvil, quieto, como desvanecido, entre un corro de vecinos que evocaban sus idas y venidas, sus vueltas y revueltas, sus subidas y bajadas por todo el concejo. Lo miró apenada.

Estuvo contemplándolo durante largo tiempo, en silencio. La luz cenicienta del crepúsculo reverberaba tristemente sobre su gran lomo negro. Era el fin. Sintió nostalgia y añoranza. Algo de su vida -pensó- se había muerto también en aquel último día de octubre de 1933. Algo se acababa, se detenía para siempre, como aquella locomotora varada definitivamente sobre las vías.

Desde ahora… ¡todo sería tan distinto! Ya no volvería a escuchar los tañidos nerviosos del campanón anunciando la salida, ni los gritos agudos de Tomás mientras paleaba el carbón, ni los pasos rápidos de Pachín, pregonando por los andenes:

-Señores pasajeros…, ¡al tren!

* * *

No habían pasado tantos años desde que subió en aquel tren por primera vez. Fue en 1908, cuando inauguraron la línea ferrea. ¡Qué acontecimiento! ¡Un tren que llegaba hasta Covadonga! Comenzaron a venir desde entonces oleadas de peregrinos de toda Asturias hasta aquella estacioncita de Arriondas. Algunos seguían subiendo a Covadonga a pie, pero por devoción y no porque no hubiera otro remedio, como antes, ya que gracias a este tren que acababa de realizar su último viaje, se llegaba hasta el Santuario con toda comodidad.

Con el paso de los años -veinticinco, exactamente- se fue comprobando que la comodidad no era tanta. Y si no, que se lo preguntaran a Tomás, el maquinista, que se las veía y deseaba para poner en marcha aquella locomotora pesadota que soltaba, al arrancar, un largo chorro de humo blanco, formando una neblina caliginosa y parduzca de vapores y carbonilla, entre la que los viajeros se tenían que despedir casi a tientas…

A pesar de todo, a doña María le gustaba viajar en este tren. ¡Qué delicia escuchar cómo los jadeos de la locomotora se iban convirtiendo en un trac-trac monocorde, mientras la bocanada de vapor se diluía en tenues fumarolas grises sobre la silueta imponente de los Picos de Europa! ¡Qué maravilla contemplar, desde las ventanillas, las casas con los tejados de color ocre, el puente de piedra, las huertas, las sementeras, los prados, los caminos bordeados de castaños y las orillas fangosas del río, mientras se perdía en la lejanía el perfil de la iglesia, que el bueno de don Lino, un antiguo párroco, había tardado diez años en construir! Más bien, en empezar a construir…

Sí; realmente -se daba cuenta ahora-, este pequeño tren de vapor de la Compañía Angloespañola que transportaba manganeso desde las minas de Bufarrera tardaba una enormidad. Era verdad lo que comentaban los vecinos: no tenía fuelle suficiente para las cuestas y habían hecho bien en jubilarlo; no era más que un trenezuelo de vía estrecha sin pretensiones; una antigualla de comienzos de siglo; pero… había un pero: a pesar de sus traqueteos entre emisiones de carbonilla, a pesar de sus vaivenes bruscos y sus bamboleos frenéticos sobre las vías, a pesar de todo, aquel “caballo de hierro” era humano; dentro de aquellos vagones de madera pintados de verde se podía hablar, reír y cantar sin agobios, como en las antiguas diligencias que había conocido en su niñez; y además…

… Además, aquel tren, que iba y venía constantemente a los pies de la Virgen, era como el símbolo de su propia vida. Su vida había transcurrido casi siempre aquí, entre estos concejos del oriente de Asturias; primero en Caravia, junto al oleaje furioso del Cantábrico, en la otra falda de la montaña; y luego, a partir de 1901, cuando se casó, en este pueblecito recostado junto a la ribera del Sella, uno de los cinco ríos astures que el Rey Alfonso el Sabio llamó “ríos caudales”.

Amaba este río; un río impetuoso , arisco, bravo, casi salvaje, como los torrentes que descendían, entre riscos y desfiladeros, desde los heleros perpetuos de los Picos de Europa hasta las aguas frías del mar. Este era su mundo: montañas, mar y cielo.

Ese mundo, como este tren, se iba desvaneciendo poco a poco… Ya no volvería a escuchar los gritos de Cuétara o Hipólito, los interventores, anunciando las próximas estaciones:

-¡Laaas Rozas!

-¡Villanueva!

-¡Cangas de Oniiiiís!

Cangas de Onís… Años atrás, cuando era una joven alumna de la Escuela de Magisterio en Oviedo, había estudiado la historia de este pueblo, célebre por su puentón medieval de cinco ojos, que fue capital de la monarquía asturiana y corte de don Pelayo allá por el siglo VIII. Los niños de las escuelas repetían de memoria los nombres de los reyes: Favila, Alfonso I, Fruela I, Aurelio, Silo, Mauregato, Bermudo y Alfonso el Casto, que trasladó definitivamente la Corte a Oviedo…

En 1898, al acabar la carrera de Magisterio, ella había evocado estas glorias locales durante la kermesse patriótica que se organizó en Caravia. España estaba destrozada por el desastre de la guerra de Cuba, y parecía desmoronarse en medio de un pesimismo derrotista e indolente. Entonces, con la intrepidez de sus veintiún años, quiso recordar a sus paisanos la necesidad de aprender las lecciones del pasado. “Aquí —dijo bastante nerviosa, porque era la primera vez que hablaba en público y le estaba escuchando la flor y nata de su pueblo—, aquí mismo, en la pequeña patria, ahí cerca de nosotros, está un perenne monumento de lo que fuimos y lo que somos, de lo que valemos y de lo que somos capaces de lograr en los momentos angustiosos, en las crisis supremas de nuestra historia”.

 

JMCejasSomoano.htm

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