La acción del Espíritu Santo en las almas, Alexis Riaud

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La acción del Espíritu Santo en las almas, Alexis Riaud

Introducción

 

Primera Parte

Qué es el Espíritu Santo

 

Capítulo I

El Espíritu Santo en la Trinidad

El Espíritu Santo es el Amor mutuo del Padre y del Hijo

El Espíritu Santo es la persona divina

Capítulo II

El Espíritu Santo en la Iglesia

El alma del cuerpo místico

 

Papel del Espíritu Santo en la Iglesia

Capítulo III

EL ESPIRITU SANTO EN EL ALMA FIEL                      37

 

 

Segunda parte

LOS DONES DEL ESPIRITU SANTO 

 

Capítulo IV

LO QUE SON LOS DONES DEL ESPIRITU SANTO       45

Capítulo V

EL DON DE CIENCIA ……………………………………. 51

Capítulo VI

EL DON DE CONSEJO ………………………………….. 63

Capítulo VII
 EL DON DE INTELIGENCIA …………………………….. 71

Capítulo VIII
 EL DON DE SABIDURIA ………………………………… 79

Capítulo IX
 EL DON DE PIEDAD …………………………………….. 85

Capítulo X
 EL DON DE FORTALEZA ……………………………….. 95

Capitulo XI
 EL DON DE TEMOR…………………………………….. 105

 

 

 

 

Tercera parte
LOS FRUTOS DEL ESPIRITU SANTO

 

Capitulo XII
EL AMOR Y LA ALEGRIA……………………………….. 113
El Amor…………………………………………………… 115
La Alegría……………………………………………….. 117

Capitulo XIII
LA PAZ……………………………………………………. 123

Capítulo XIV
LA PACIENCIA Y LA LONGANIMIDAD…………………. 133
La Paciencia……………………………………………… 134
La Longanimidad……………………………………….. 139

Capítulo XV
LA BONDAD Y LA BENIGNIDAD……………………….. 143
La Bondad………………………………………………. 143
La Benignidad…………………………………………… 148

Capítulo XVI
LA MANSEDUMBRE Y LA FIDELIDAD…………………. 153
La Mansedumbre……………………………………….. 154
La Fidelidad…………………………………………….. 157

Capítulo XVII
LA MODESTIA……………………………………………. 161

Capítulo XVIII
LA CONTINENCIA Y LA CASTIDAD……………………. 169

 

Cuarta Parte

PROBLEMAS DE TEOLOGIA

RELACIONADOS CON EL ESPIRITU SANTO

Capitulo XIX

LA MISION DEL ESPIRITU SANTO……………………. 177
Capítulo XX

CARACTER RELATIVO DE LAS PERSONAS DI­VINAS.. 193

Capítulo XXI

EL MISTERIO DE CRISTO Y NUESTRA ELEVA­CION AL ORDEN SOBRENATURAL       199

Capítulo XXII

VIRTUDES Y DONES DEL ESPIRITU SANTO           . 207

 

 

 

 

 

 

 

INTRODUCCION

 

 

Todos los que han leído «La historia de un alma» recuerdan esas páginas tan bellas en las que santa Teresa del Niño Jesús cuen­ta cómo llegó a descubrir el pequeño cami­no que, en tan breve tiempo, iba a conducir­la hasta la más alta santidad.

Nos refiere que su deseo había sido siem­pre llegar a ser santa, una gran santa. Pero, cuando se comparaba con los santos de otros tiempos, le parecía que, entre ella y esos gigantes de la santidad, había la misma distancia que en la naturaleza hay entre las más altas montañas y el granito de arena que pisan los pies de los que transitan por el camino. «Soy demasiado pequeña —decía— para subir la empinada escalera de la per­fección».

No obstante, lejos de desanimarse ante la vista de su impotencia, se dijo a sí misma que Dios no podría inspirar deseos irrealiza­bles y que, por lo tanto, ella podía, a pesar de su pequeñez, aspirar a la santidad, y que debía existir un camino recto y corto, una especie de ascensor divino, que le permitiría realizar esos grandes deseos suyos.

Algunos textos luminosos de la Sagrada Escritura le hicieron descubrir ese caminito, y Teresa comprendió que el ascensor di­vino, que la haría elevarse hasta las más al­tas cimas de la santidad, son los brazos de Jesús.

Los brazos de Jesús, que son también los brazos del Padre, de ese Padre infinitamente misericordioso que tiene el corazón más tierno que la más tierna de las madres… Y esto que ella pensaba era el Espíritu Santo, que es el Espíritu del Padre y el Espíritu del Hijo al mismo tiempo, por medio de quien el Padre y el Hijo obran en nosotros toda santi­dad; es ese Amor misericordioso de Dios, en el que Teresa se abandonó sin reserva con el fin de que llevase a cabo libremente en ella las maravillas que sabemos.

El solo fue quien hizo de Teresita la gran santa, la gran taumaturga y la gran conquis­tadora de nuestro tiempo. No cabe duda de que El también llevaría a cabo iguales mara­villas en cada uno de nosotros, si supiéra­mos, igual que Teresa, abandonarnos sin re­servas a su acción divina.

Esta es una de las grandes enseñanzas que se desprenden de la vida y de los escri­tos de la Santa de Lisieux. Posiblemente olvidamos, o no consideramos, en la práctica el papel primordial y absolutamente necesa­rio que le corresponde al Espíritu Santo en la obra de la santificación de toda alma.

«Os conviene que yo me vaya —dijo Je­sús a sus discípulos—; pues si no me voy, el Paráclito no vendrá; por el contrario, si me voy os lo enviaré… y El os enseñará toda ver­dad»[1]. El es el Espíritu que vivifica, y no hay quien pueda ser verdaderamente hijo de Dios sino en la medida en que se deje dirigir por El.

Muchos piensan que los dones del Espíri­tu Santo son algo superfluo en nuestro orga­nismo sobrenatural, que sólo son de utili­dad para algunas almas llamadas a una san­tidad extraordinaria o destinadas a vivir en medio de circunstancias particularmente difíciles, pero que no son indispensables pa­ra la gran mayoría de la gente.

No es éste el pensamiento del Príncipe de los Teólogos, santo Tomás de Aquino, para quien la acción del Espíritu Santo es siem­pre necesaria, junto con el auxilio de las vir­tudes teologales y morales, para hacer que el hombre alcance su fin último sobrenatu­ral. Y tampoco es ésta la manera de ver de san Pablo, o sea, del mismo Espíritu Santo, ya que, según la enseñanza del gran Apóstol, nosotros no somos capaces ni siquiera de un solo buen pensamiento sin la ayuda del Es­píritu Santo: «Nadie puede decir Señor Je­sús, sino en el Espíritu Santo».

Por haber menospreciado en la práctica este papel indispensable del Espíritu Santo en la obra de la santificación personal, es por lo que tantas almas se han desviado y se siguen desviando cada día del camino de la santidad. Ante la aparente inutilidad de sus esfuerzos para superar sus defectos, acaban por decirse que esa tarea es superior a sus fuerzas, y que no les queda más que confor­marse con la honesta mediocridad del co­mún de los hombres.

Sin embargo, a todos dijo el Señor: «Sed perfectos (con la perfección propia de vues­tro estado), como vuestro Padre celestial es perfecto». Y sabemos que nuestro Salvador no tiene mejor deseo que el de ver que todas las almas, a las que ha rescatado con el pre­cio de su Sangre, responden a su llamada para que sean santas.

Nos desanimamos porque contamos con nosotros mismos, con nuestros propios es­fuerzos, en vez de apoyarnos únicamente en el Espíritu Santo y esperarlo todo de El solo.

¿Quiere esto decir que no hay que hacer esfuerzos para alcanzar esa perfección? Le­jos de nosotros ese pensamiento: «El Reino de Dios sufre violencia —dice Jesús— y los violentos son quienes lo arrebatan»[2]2. Es in­dispensable perseverar en los intentos de le­vantar nuestro pequeño pie, como el niño del que habla santa Teresita. Pero debemos guardarnos de esperar ningún resultado di­recto de nuestros esfuerzos.

Importa tener presente que esos esfuer­zos no tienen más razón de ser que la de dis­ponernos para la acción del Espíritu Santo, reduciéndonos poco a poco a ese estado de humildad en el cual la acción del Espíritu divino puede por fin ejercerse libremente sobre un alma. Por eso hay que continuar con perseverancia todo el tiempo que a Dios le parezca bien, sin jamás desanimarse ni preocuparse de su aparente inutilidad. En realidad, al disponer a nuestra alma para la acción del Espíritu Santificador, nuestros esfuerzos contribuyen grandemente, aun­que de manera indirecta, a nuestra santifi­cación.

Pero del Espíritu Santo solo debemos es­perar la santidad, y esta santidad no nos se­rá negada, si sabemos perseverar en el es­fuerzo y esperar la hora señalada por la di­vina Providencia. El alma que ha puesto en Dios su confianza no puede quedar confun­dida.

El propósito de las páginas que siguen será sencillamente recordar a los lectores y, en su caso, concretarles, apoyados en las Es­crituras y en la enseñanza de la Iglesia, las nociones esenciales que a cualquier cristia­no le interesa conocer sobre el Espíritu San­to mismo; sobre el papel que le corresponde en la obra de nuestra santificación; sobre la naturaleza de estas disposiciones maravillo­sas, puestas en nosotros el día de nuestro bautismo, a las que llamamos los dones del Espíritu Santo y por las cuales el Espíritu divino quiere mover de manera eficaz al al­ma fiel hacia su fin último sobrenatural; fi­nalmente, sobre los frutos preciosos que es­tos dones operan infaliblemente en toda al­ma que se abandona sin reservas a la acción del Espíritu Santo.

 

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[1] Jn 16

[2] Mt 11, 12.

 

 

 

RIAUD – L…doc

La acción del Espíritu Santo en las almas, Alexis Riaud
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