La búsqueda de Dios, Santamaría Mikel

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La búsqueda de Dios, Santamaría Mikel 

I. QUIéN ES EL HOMBRE
Corporalidad y personalidad
La persona humana es una estructura compleja. No es simplemente corporal, como los animales, pero tampoco es una especie de espíritu embutido en una funda de carne. El cuerpo no es para el alma una cárcel de la que liberarse, como opinaba Platón. El cuerpo no es tampoco un simple instrumento, manejado por un espíritu independiente y aséptico que lo puede dominar a su gusto: eso sería caer en un espiritualismo barato. El cuerpo es parte esencial de la persona, de la personalidad, y del ser humano como individuo.
El hombre es una estructura compleja y unitaria de corporalidad y espiritualidad. Lo espiritual tiene una expresión también corporal. Diversos aspectos del alma se expresan en diversos aspectos del cuerpo. Vemos con los ojos, oímos con los oídos, hablamos con la boca, expresamos nuestra alegría o tristeza con la cara, los gestos, la voz. Bailamos, gritamos o saltamos, reímos y lloramos. Y todo esto son expresiones corporales de situaciones de nuestro espíritu. Como dice el refrán, «la cara es el espejo del alma».
Necesidad de ser comprendidos y amados
La persona humana tiene grabada en su interior la necesidad de ser conocida y amada, de conocer y amar a otros. Necesitamos que los demás nos conozcan, nos comprendan, nos acepten y nos amen. Y necesitamos conocer, comprender, aceptar y amar a los demás. La persona humana está hecha para este diálogo con otras personas. Pero hay diversos tipos de amor.
El amor entre padres e hijos, por ejemplo, es distinto del amor de amistad entre amigos. Hay cosas que se cuentan a los padres, y hay otras que se cuentan a los amigos. Necesitamos el cariño de nuestros padres para unas cosas, y el de nuestros amigos para otras. Pero no nos basta con esos amores. La persona humana necesita entregarse, darse a conocer y amar de una manera más profunda, total.
Ese amor total incluye toda la persona, tanto su alma como su cuerpo. En ese amor, uno necesita decir y expresarlo todo, hasta lo más íntimo, en la confianza de que el otro va a comprenderte y aceptarte tal y como eres. Hay una confianza absoluta que permite y exige abrirse del todo, y requiere también recibir al otro con esa absoluta confianza, tal y como es. Esto es lo que se llama amor esponsal.
Dios como único Interloculor Absoluto
La persona humana tiene una serie de interlocutores con los que mantiene un diálogo de amor: los padres, los amigos, los hijos, el cónyuge, etc. Pero ninguno de ellos es capaz de satisfacer en plenitud el ansia radical de ser comprendidos, de ser amados, que todos tenemos dentro.
Ese ansia es tan profunda y radical que no hay ser humano capaz de satisfacerla. Tenemos un hambre de amor infinito, necesitamos entregarnos del todo y ser poseídos del todo. Necesitamos alguien a quien podamos entregarnos desde lo más hondo, y que nos comprenda hasta lo más íntimo. Necesitamos lo que se puede llamar un Interlocutor Absoluto.
Sólo Dios es un interlocutor de esta categoría, sólo de Él se puede esperar un amor sin fisuras, que no decepciona nunca. Un amor en el que nos podamos abandonar sin reservas. Alguien que pueda penetrar en nuestra intimidad, al que le podamos abrir esa intimidad de par en par -con el desgarro que exige el amor total-, sin miedo a que nos hiera, a que estropee algo de todo lo bueno que hay allí, mientras nos pide con una exigencia absorbente que arranquemos todo lo defectuoso, todo lo que estorba.
El afán de entrega y de posesión, de saberse recibido y poseído, pretende llegar a lo más íntimo. El amor busca también “tocar”, poseer la intimidad del otro, y ser poseído hasta en lo más íntimo por él. Pero, en el amor humano, esa plenitud de identificación es imposible de alcanzar. Está siempre presente como meta hacia la que ir avanzando, pero no se puede -y, por eso mismo, tampoco se debe- pretender alcanzarla de modo pleno, porque produce inevitables daños y desilusiones.

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