La caza del octubre rojo, Tom Clancy

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La caza del octubre rojo, Tom Clancy

EL PRIMER DÍA

Viernes, 3 de diciembre

El Octubre Rojo

El capitán de navío de la Marina soviética Marko Ramius vestía las ropas especiales para el Ártico que eran reglamentarias en la base de submarinos de la Flota del Norte, en Polyarnyy. Lo envolvían cinco capas de lana y tela encerada. Un sucio remolcador de puerto empujaba la proa de su submarino hacia el norte para enfrentar el canal. Durante dos interminables meses su Octubre Rojo había estado encerrado en uno de los diques —convertido en ese momento en una caja de cemento llena de agua— construidos especialmente para proteger de las severas condiciones ambientales a los submarinos lanzamisiles estratégicos. Desde uno de sus bordes, una cantidad de marinos y trabajadores del astillero contemplaba la partida de su nave con la flemática modalidad rusa, sin el más mínimo agitar de brazos ni un solo grito de entusiasmo.

—Máquinas adelante lentamente, Kamarov —ordenó. El remolcador se apartó del camino y Ramius echó una mirada hacia popa para ver el agua revuelta por fuerza de las dos hélices de bronce.

El comandante del remolcador saludó con el brazo. Ramius devolvió el saludo. El remolcador había cumplido una tarea sencilla, pero lo había hecho rápido y bien. El Octubre Rojo, un submarino de la clase Typhoon, se movía en ese momento con su propia potencia hacia el canal marítimo principal del fiordo Kola.

—Ahí está el Purga, comandante. —Gregoriy Kamarov señaló en dirección al rompehielos que habría de escoltarlos hacia el mar. Ramius asintió. Las dos horas requeridas para transitar el canal no iban a poner a prueba sus facultades marineras, pero sí su aguante. Soplaba un frío viento del norte, la única clase de viento norte en esa parte del mundo. El final del otoño había sido sorprendentemente benigno, y la precipitación de nieve casi insignificante, en una zona donde era habitual medirla en metros; luego, una semana antes de la partida, una fuerte tormenta de invierno había arrasado las costas de Múrmansk, haciendo pedazos el pack de hielo del Ártico. El rompehielos no era ninguna formalidad. El Purga iba a apartar a un lado cualquier trozo de hielo que pudiera haber derivado durante la noche introduciéndose en el canal. No sería nada bueno para la Marina soviética que su más moderno submarino lanzamisiles resultara dañado por un errante pedazo de agua congelada.

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