La educación de la voluntad y la afectividad

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La educación de la voluntad y la afectividad

 

1. INTRODUCCIÓN

 Saber vivir es saber tomar decisiones con libertad y responsabilidad. Ello no es posible sin conocimiento. Sin embargo, no es suficiente cualquier tipo de conocimiento. Que el alumno desarrolle sus capacidades cognitivas, críticas, reflexivas y metacognitivas, es un objetivo que reclamamos como prioritario. Pero tal prioridad necesita ser dotada de sentido. En Fomento no formamos líderes, educamos personas; cumplido esto, lo demás concurrirá naturalmente.

El conocimiento que buscamos es el más propiamente humano, el que cumple con la dignidad de la persona humana por cuanto humaniza nuestra conducta y todo aquello que nos rodea. Es lo que clásicamente se llamó prudencia1, la vertiente práctica de la sabiduría. En este marco se inscribe la importancia de educar la voluntad y la afectividad.

La educación personalizada se caracteriza por atender a la persona en su totalidad -no sólo la inteligencia-. Este enfoque del proceso educativo responde a la naturaleza misma de la persona humana, en la cual se conjugan los tres planos de modo inseparable. No se puede afirmar de ninguna acción humana que tenga como sujeto “la inteligencia”, ni “la afectividad”, ni “la voluntad”: es la persona entera quien decide y quien actúa, quien quiere, quien sufre, quien aprende.

 

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La educación de la voluntad y la afectividad
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