La formación social y cívica en la Universidad según el Fundador del Opus Dei

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La formación social y cívica en la Universidad según el Fundador del Opus Dei I. Introducción: el amor que el Fundador del Opus Dei tenía a la Universidad

Cuando en el año 1922 un joven seminarista llamado Josemaría  Escrivá  decidió acudir a las aulas universitarias zaragozanas, tomó un camino  francamente excepcional en ese momento: pocos eran, entonces, los jóvenes que hacían carrera universitaria, y poquísimos los estudiantes que fueran clérigos. Quizá alguno pudo pensar que, con esa decisión,  nuestro seminarista  pretendía buscar una vía de escape respecto a sus obligaciones religiosas. Nada más lejos de la realidad: quienes coincidieron con él en la Universidad testimoniaron más tarde el afán apostólico que le movía. Más aún, diez años  después, mientras pasaba unos días de retiro espiritual, escribió en sus Apuntes íntimos que desechaba la propuesta que  diversas personas le habían hecho —en la Universidad, en la Curia o incluso su propia madre— de hacer oposiciones a cátedras universitarias,  y así escribía: “Razones a favor: Honradamente digo que no las veo”, pues consideraba que lo que Dios le pedía  era “Ser sola y exclusivamente –y siempre- eso: sacerdote” (1).

  La conjunción de estos hechos me llevan a la conclusión de que D. Josemaría,  al optar por acudir a la Universidad, lo que hacía era manifestar el especial amor que tenía a esta centenaria institución. Amor, por otra parte, que comprobamos tanto por sus palabras como por sus hechos llevados a cabo a lo largo de muchos años. En efecto, en 1960, decía “Siete lustros han pasado ya desde que abandoné las aulas de la Universidad de Zaragoza (…) Largos años que no han conseguido borrar de la mente el recuerdo, ni ahogar en el corazón el afecto por aquella Universidad” (2). Más aún, no se trata de un simple afecto, unido al conjunto de los recuerdos juveniles, pues pocos años después volverá a insistir, en un tono más general, diciendo “Yo amo a la universidad: me honro de haber sido alumno de la universidad española” (JEU: 16). Además, junto a las palabras están los hechos: D. Josemaría rezó durante años (JEU: 145) por la creación de la Universidad de Navarra, que  iniciándose  en 1952, consumó su pleno estatuto de Universidad en ocho años, cuando otras instituciones que habían visto la luz tiempo atrás, aun promovidas  por personas que disponían de los recursos del poder en aquellos momentos, no se atrevieron a dar ese paso, conscientes de los muchos inconvenientes que siempre, y especialmente en las circunstancias de entonces, entrañaba erigir una auténtica Universidad.

Frecuentemente el amor no tiene por qué dar razones de sí mismo. Pero en este caso me atreveré a señalar dos razones fundamentales por las que amaba a la Universidad. La primera porque,  alejándose de algunas corrientes religiosas que veían con temor la ciencia, D. Josemaría contemplaba, precisamente desde una perspectiva igualmente religiosa, “con alegría los avances grandiosos de la sabiduría humana” que se realizaban gracias a “ese chispazo de la inteligencia divina que es el entendimiento”, cuyo trabajo consideraba era ayudado por Dios “en esas investigaciones que necesariamente tienen que llevar a Dios, porque contribuyen —si son verdaderamente científicas— a acercarnos al Creador” (JEU: 98). La segunda se inscribe dentro de un horizonte igualmente positivo: el Fundador del Opus Dei  ve ilusionadamente el progreso, considera  valioso “salir de las oscuridades de la ignorancia y del error, (…) liberarse de la miseria y de la angustia” (JEU:  101), y entiende que “la Universidad  (…) debe contribuir, desde una posición de primera importancia, al progreso humano” (JEU: 135).  

Este es el punto al que quería llegar. Cuando el Fundador del Opus Dei  describe a quienes han seguido a Jesucristo “conmigo, pobre pecador” habla de una “gran muchedumbre formada por hombres y mujeres (…) que participan con sus conciudadanos en la grave tarea de hacer más humana  y más justa la sociedad temporal (…), experimentando con los demás hombres, codo con codo, éxitos y fracasos, tratando de cumplir sus deberes y de ejercitar sus derechos sociales y cívicos” (JEU: 124). Pues bien, el tema de este trabajo precisamente es este: la Universidad como lugar privilegiado para conocer y comenzar a practicar los deberes sociales y cívicos que nos son propios. Con ello no se instrumentaliza esta noble institución, sino que se lleva a la práctica una de sus finalidades esenciales. Así se señala en la Conferencia Mundial de Educación Superior, convocada por la Unesco en 1998, la cual, en su Declaración final, iniciando el artículo 1, dedicado a exponer las misiones y funciones de la educación superior del siglo XXI, afirma la importancia de “a) formar diplomados altamente cualificados, ciudadanos responsables, capaces de atender a las necesidades de todos los aspectos de la actividad humana (..) y b) constituir un espacio para la formación superior con el fin de formar ciudadanos que participen activamente en la sociedad” (UNESCO, 1998: nº 1).

Evidentemente la formación de los ciudadanos exige, como hemos oído al Fundador del Opus Dei, tener en cuenta tanto los derechos como los deberes. Me gustaría tratar de ambas dimensiones, pero las limitaciones de espacio obligan a concentrar mi reflexión sólo en una de estas dimensiones, por lo que he escogido la de los deberes, precisamente por el relativo olvido en el que hoy se encuentran. Tampoco es este el momento de ofrecer la última fundamentación de los deberes sociales y cívicos que considero básicos. Baste decir que se encuentran  relacionados con el desarrollo de la dimensión social de la persona, que tiene su máxima expresión en el ejercicio de la ciudadanía, y que considero se articulan en torno a seis ejes, que entiendo son los  que configuran la estructura lógica del crecimiento del ser humano, en su aspecto de animal político y social, por lo que se convierten en el referente primero de los correspondientes deberes. Así diría que los deberes esenciales del ser humano, como miembro de una comunidad y de una sociedad política, son los siguientes: a) el desarrollo de la convivencia con todos y la promoción de una conversación social confiada, b) el fomento de la solidaridad natural y de la amistad, c) el cultivo de lo particular en el amor a los orígenes nacionales y la debida atención a lo universal, d) la asunción de las responsabilidades personales, e) la capacidad para evaluar en la verdad las políticas públicas y f) el compromiso por participar en la vida pública.

Vamos así a desglosar estos deberes, mostrando qué puede hacer la Universidad para su enseñanza y promoción, ofreciendo seguidamente una exposición de la doctrina que el Fundador del Opus Dei  enseñó sobre cada uno de ellos. Como es obvio, no pretendo aquí ni presentar la totalidad de las ideas sobre educación que leemos en las obras de D. Josemaría Escrivá, ni , mucho menos, analizarlas en toda su profundidad, ya que para ello habría que desarrollarlas en el contexto teologal que les es propio, y donde adquieren una plenitud que no cabe proponerse en este trabajo.

JAIbáñezMartínNPyuniv.doc

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