La Oración Incesante, Jean Lafrance

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La Oración Incesante, Jean Lafrance

 

He vacilado mucho en decidirme a escribir estas páginas, aunque hacía unos meses que el título se me había impuesto. La vacilación se debía a que no sabía qué género asignarles.
¿Debía compartir una experiencia de oración que forzosamente había de tener connotaciones personales, y por tanto autobiográficas, o convenía escribir un libro de carácter más bien general sobre la oración incesante, según las palabras de Lucas?
La cuestión era para mí más crucial porque acababa de someterme a una segunda intervención quirúrgica y me sentía incierto sobre mi porvenir.
En aquel momento sentía el deseo de dar a conocer “la esperanza que llevaba dentro” y decirles a mis hermanos por qué había deseado consagrar toda mi vida a la oración. Al mismo tiempo están también las palabras de Jesús que llaman la atención de sus discípulos sobre la necesidad de mantener su oración en secreto y oculta, a pesar de que en otra parte afirma que hay que poner la lámpara sobre el candelero a fin de que los que entran vean la luz. Y añade: Porque nada hay oculto que no sea descubierto, ni secreto que no sea conocido y puesto en claro (Lc 8,17).
Como siempre en caso de duda, no sabiendo dónde encontrar la luz, he recurrido a lo que hago habitualmente: “mi oración”, a fin de recibir de lo alto la decisión que he de tomar. Como san Ignacio, he dirigido numerosas oraciones a la Santísima Trinidad y a cada una de sus personas. He rezado mucho también a la virgen María en el rosario, con la absoluta seguridad de que ella se dignaría escucharme no obstante mis muchos pecados. Poco a poco se ha hecho la luz, y he sentido que había llegado el momento de escribir. No por ello se había desvanecido la vacilación; no obstante, veía lo que debía decir, que tenía tanto de testimonio como de enseñanza.
Ante todo me pareció que las palabras de Lucas citadas como lema contenían la clave de mi existencia. Varias veces, al recitar el oficio del tiempo ordinario habían calado en mí cuando las leía antes del salmo 53 (martes de la 2ª. semana a mitad del día). ¿Y no hará justicia Dios a sus elegidos, que claman a él día y noche? (Lc 18,7). ¡De ahí había nacido el título!
Estaba persuadido de que debía contarme entre los hombres que claman a Dios día y noche. Lo mismo hubiera podido decir -y me sentía

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He vacilado mucho en decidirme a escribir estas páginas, aunque hacía unos meses que el título se me había impuesto. La vacilación se debía a que no sabía qué género asignarles.
¿Debía compartir una experiencia de oración que forzosamente había de tener connotaciones personales, y por tanto autobiográficas, o convenía escribir un libro de carácter más bien general sobre la oración incesante, según las palabras de Lucas?
La cuestión era para mí más crucial porque acababa de someterme a una segunda intervención quirúrgica y me sentía incierto sobre mi porvenir.
En aquel momento sentía el deseo de dar a conocer “la esperanza que llevaba dentro” y decirles a mis hermanos por qué había deseado consagrar toda mi vida a la oración. Al mismo tiempo están también las palabras de Jesús que llaman la atención de sus discípulos sobre la necesidad de mantener su oración en secreto y oculta, a pesar de que en otra parte afirma que hay que poner la lámpara sobre el candelero a fin de que los que entran vean la luz. Y añade: Porque nada hay oculto que no sea descubierto, ni secreto que no sea conocido y puesto en claro (Lc 8,17).
Como siempre en caso de duda, no sabiendo dónde encontrar la luz, he recurrido a lo que hago habitualmente: “mi oración”, a fin de recibir de lo alto la decisión que he de tomar. Como san Ignacio, he dirigido numerosas oraciones a la Santísima Trinidad y a cada una de sus personas. He rezado mucho también a la virgen María en el rosario, con la absoluta seguridad de que ella se dignaría escucharme no obstante mis muchos pecados. Poco a poco se ha hecho la luz, y he sentido que había llegado el momento de escribir. No por ello se había desvanecido la vacilación; no obstante, veía lo que debía decir, que tenía tanto de testimonio como de enseñanza.
Ante todo me pareció que las palabras de Lucas citadas como lema contenían la clave de mi existencia. Varias veces, al recitar el oficio del tiempo ordinario habían calado en mí cuando las leía antes del salmo 53 (martes de la 2ª. semana a mitad del día). ¿Y no hará justicia Dios a sus elegidos, que claman a él día y noche? (Lc 18,7). ¡De ahí había nacido el título!
Estaba persuadido de que debía contarme entre los hombres que claman a Dios día y noche. Lo mismo hubiera podido decir -y me sentía ahí más en lo cierto-: ¿No tendrá Dios misericordia de los pecadores que claman a él día y noche? Pues sentía que era pecador y que tenía necesidad de misericordia más que de justicia. Al mismo tiempo, el final del texto me daba aún más la clave de mi vocación a la oración, pues sentía que era más urgente todavía interceder por todos mis hermanos los hombres, a fin de que el Hijo del hombre encuentre fe cuando vuelva a la tierra.

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He vacilado mucho en decidirme a escribir estas páginas, aunque hacía unos meses que el título se me había impuesto. La vacilación se debía a que no sabía qué género asignarles.
¿Debía compartir una experiencia de oración que forzosamente había de tener connotaciones personales, y por tanto autobiográficas, o convenía escribir un libro de carácter más bien general sobre la oración incesante, según las palabras de Lucas?
La cuestión era para mí más crucial porque acababa de someterme a una segunda intervención quirúrgica y me sentía incierto sobre mi porvenir.
En aquel momento sentía el deseo de dar a conocer “la esperanza que llevaba dentro” y decirles a mis hermanos por qué había deseado consagrar toda mi vida a la oración. Al mismo tiempo están también las palabras de Jesús que llaman la atención de sus discípulos sobre la necesidad de mantener su oración en secreto y oculta, a pesar de que en otra parte afirma que hay que poner la lámpara sobre el candelero a fin de que los que entran vean la luz. Y añade: Porque nada hay oculto que no sea descubierto, ni secreto que no sea conocido y puesto en claro (Lc 8,17).
Como siempre en caso de duda, no sabiendo dónde encontrar la luz, he recurrido a lo que hago habitualmente: “mi oración”, a fin de recibir de lo alto la decisión que he de tomar. Como san Ignacio, he dirigido numerosas oraciones a la Santísima Trinidad y a cada una de sus personas. He rezado mucho también a la virgen María en el rosario, con la absoluta seguridad de que ella se dignaría escucharme no obstante mis muchos pecados. Poco a poco se ha hecho la luz, y he sentido que había llegado el momento de escribir. No por ello se había desvanecido la vacilación; no obstante, veía lo que debía decir, que tenía tanto de testimonio como de enseñanza.
Ante todo me pareció que las palabras de Lucas citadas como lema contenían la clave de mi existencia. Varias veces, al recitar el oficio del tiempo ordinario habían calado en mí cuando las leía antes del salmo 53 (martes de la 2ª. semana a mitad del día). ¿Y no hará justicia Dios a sus elegidos, que claman a él día y noche? (Lc 18,7). ¡De ahí había nacido el título!
Estaba persuadido de que debía contarme entre los hombres que claman a Dios día y noche. Lo mismo hubiera podido decir -y me sentía ahí más en lo cierto-: ¿No tendrá Dios misericordia de los pecadores que claman a él día y noche? Pues sentía que era pecador y que tenía necesidad de misericordia más que de justicia. Al mismo tiempo, el final del texto me daba aún más la clave de mi vocación a la oración, pues sentía que era más urgente todavía interceder por todos mis hermanos los hombres, a fin de que el Hijo del hombre encuentre fe cuando vuelva a la tierra.

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