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La Sal de la Tierra, Joseph Ratzinger
Libro realizado el 10-9-05 por José María Palomar Garcés. josemaripalomar@telefonica.net
ÍNDICE
Nota del editor
Prólogo
Capítulo I: la fe católica: signos y palabras
Capítulo II: los problemas de la Iglesia Católica
Capítulo III: en los umbrales de una nueva época

Nota del editor

El Cardenal Ratzinger, desde hace más de dieciséis años Prefecto de la Congregación para la Doctrina de la Fe, es, para muchos, el pensador más influyente en la Iglesia católica después del Papa. Un periodista alemán, Peter Seewald, ha conseguido unas declaraciones impresionantes, por su extensión y profundidad, sobre multitud de cuestiones que importan a todo el mundo.
Desde la perspectiva pesimista de quien abandonó la Iglesia -y vive en el limitado, pero influyente, ambiente germano en el que grupos de católicos rechazan las enseñanzas del Magisterio- Seewald formula, sin demasiados miramientos, graves preguntas y acusaciones. Por su parte, el Cardenal rompe esquemas y entra al fondo de todas las cuestiones que le plantea, sin dejarse impresionar por las apariencias favorables o desfavorables del momento o del lugar. Ratzinger responde con libertad, desde la fe cristiana y desde su experiencia, a los retos y desafíos que se le presentan al cristianismo; y lo hace sin fáciles entusiasmos pero con esperanza.
La sal de la tierra contiene historias de su infancia y de su familia, su vocación sacerdotal y actividad teológico en diversas universidades alemanas, sus intervenciones clave en el Concilio Vaticano II, su valiente actitud ante los abusos del 68, su tarea como arzobispo de Munich cuando fue designado por Pablo VI, y, luego, su trabajo al frente de la Congregación para la Doctrina de la Fe, cuando le nombra Juan Pablo II (teología de la liberación, ordenación sacerdotal de mujeres, celibato, preservativos, bioética, inculturación, sectas…, y nombres propios como Drewerrnann, Boff, Küng, Gutiérrez). Se da un repaso a cómo está la Iglesia en los diversos países, y se examinan las perspectivas ecuménicas. Pero, sobre todo, críticas y más críticas, porque el antiguo redactor de “Der Spiegel” y “Stern” se hace portavoz de quienes opinan que la Iglesia está anticuada, es un poder autoritario, no conecta con las modas del mundo.
A lo largo de estas páginas, el lector aprenderá más cosas sobre el Papa Juan Pablo II, sobre el modo de trabajar en la Curia romana, sobre qué es vivir y comportarse como cristiano en el tiempo presente y en el que está por llegar. En fin, La sal de la tierra no sólo ofrece una información extraordinaria, sino que, sobre todo, invita a quien lo lee a plantearse cuestiones decisivas que debe y puede pensar mejor, porque, verdaderamente, se trata de un libro provocador y apasionante.
JUAN José ESPINOSA
Director de Libros-Palabra

Prólogo

Roma en invierno. En la plaza de San Pedro la gente llevaba abrigo y sujetaba el paraguas con fuerza. En los cafés tomaban té, y cuando fui al camposanto a visitar una tumba, incluso los gatos protestaban.
El Cardenal, como de costumbre, todavía tenía que trabajar el sábado en su oficina y, cuando él terminara, pensábamos acercarnos a Frascati, a Villa Cavalletti, un antiguo colegio de Jesuitas. El chofer esperaba junto a un Mercedes que la Congregación para la Doctrina de la Fe había comprado de segunda mano hace años en Alemania. Yo estaba allí con una enorme cartera, como si fuera a hacer un viaje alrededor del mundo. Por fin se abrió la puerta y por allí salió un hombre de pelo muy canoso dando pasitos cortos, con aspecto resuelto al tiempo que fácilmente vulnerable. Iba vestido de traje negro con alzacuellos y en la mano tenia una pequeña y modesta cartera negra.
Yo había dejado de pertenecer a la Iglesia hacía tiempo; tuve motivos sobrados para hacerlo. Antes, nada más entrar en la casa de Dios, uno se sentaba allí y enseguida se sentía torpedeado por minúsculas partículas cargadas de una fe de siglos. Pero ahora, en cambio, todo se ha hecho cuestionable y la Tradición durante tanto tiempo vigente, queda cada vez más lejana. Hay quienes opinan que la religión tendría que adaptarse a las necesidades del hombre, pero también hay otros que piensan que el cristianismo está pasado de moda; el cristianismo no va ya con nuestro tiempo; su legitimidad ha caducado. Desertar de la Iglesia no es cosa fácil, pero volver a ella mucho menos todavía. Porque, ¿existe Dios realmente? Y en caso afirmativo, ¿necesitamos también la Iglesia? ¿Cómo tendría que ser en realidad la Iglesia y cómo podríamos volver a confiar en ella?
El Cardenal no me preguntó nada sobre mi pasado, ni tampoco mi situación actual. No le interesó saber por anticipado las preguntas, ni tampoco pidió que se suprimiera o se introdujera alguna cosa. Nuestro encuentro se celebró en un clima intenso y serio, si bien es verdad que el “príncipe” de la Iglesia, allí sentado, y con un pie apoyado en el travesaño del respaldo de la silla, parecía tan despreocupado que se podría pensar que estaba hablando con un estudiante. En una ocasión interrumpió la conversación para recogerse en meditación o, tal vez, para pedir al Espíritu Santo la respuesta más indicada. No lo sé.
El Cardenal Joseph Ratzinger está considerado, sobre todo en su propio país, un hombre de Iglesia muy combativo y también discutido. Muchos de sus anteriores análisis y valoraciones se ven actualmente confirmados, algunos incluso hasta en el menor detalle. Y nadie conoce las defecciones y el drama de la Iglesia de nuestro tiempo con mayor dolor que este hombre discreto, de origen sencillo y procedente de la rústica Baviera.
En una ocasión le pregunté cuántos caminos puede haber para llegar a Dios. Yo ignoraba cuál podría ser su respuesta. Podía contestar que pocos o muchos. El Cardenal no necesitó mucho tiempo para responderme: “tantos como hombres”.
PETER SEEWALD
Munich, 15 de agosto de 1996
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