La Selva del Mundo Interior, Acerca de la Apertura, José Pedro Manglano Castellary

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 La Selva del Mundo Interior, Acerca de la Apertura, José Pedro Manglano Castellary

Acerca de la apertura
 
Viernes 17 de diciembre de 1999. Sólo faltan catorce días para el año dos mil. El mundo intelectual se ocupa en los últimos meses del cambio de milenio, llenando las páginas de los periódicos. Ese día, la sección ‘Cara al dos mil’ recoge las reflexiones de un escritor vasco:
“Lo único que espero del año 2000 es que logremos superar este tiempo que los vascos tenemos que vivir. Espero que olvidemos el terrorismo y la violencia y todo lo que ello conlleva y así nos podamos dedicar a los problemas realmente importantes y serios, como puede ser la recuperación de las pérdidas biológicas, digamos el besugo o merluza, de los que creo que sólo quedan dos en todo el mar Cantábrico.”
Desconozco el pensamiento y la obra del escritor Ramón Saizarbitoria, y comparto su preocupación por la pérdida de animales que tan buenos momentos nos hacen pasar a tantos alrededor de la mesa. Reconozco mi laguna, pero no me atrevería a resaltar el asunto como uno de ‘los problemas realmente importantes y serios’ de la humanidad. No hay más que pensar en el último de los siglos del milenio que hemos cerrado, en el que los humanos, junto a portentosos logros científicos, hemos dado tantos palos de ciego y no estamos muy seguros de haber hecho el mejor mundo que podríamos haber hecho.
Sin embargo, he comenzado con esta opinión porque me parece interesante como testimonio de una visión de la realidad que carece de la que considero primera actitud para ser humano y que ahora vamos a tratar: la apertura. El ser humano es un ser abierto. El besugo es un ser cerrado. Ya veremos lo que esto significa; pero cuando se le dice a una persona ‘no seas besugo’, o ‘no seas merluzo’, lo que se le está diciendo es precisamente esto: que deje de comportarse y pensar como un ser cerrado.
Un semanario premiaba una carta, enviada desde A Coruña, como la “carta de la semana”. Se titulaba “Mi abuelo octogenario”. En ella cuenta como su abuelo analfabeto vivió la guerra y la posguerra y termina: “Él, a cambio, nos enseña su ética impecable: ‘Neniños, non fagades mal a naide nunca’.” Y la redacción del semanario apunta:
“Por qué la he premiado… Por recordarnos que la historia es siempre compleja y, a la vez, que para afrontar la existencia puede bastar con una regla sencilla.”
Está muy bien no hacer nunca mal a nadie, pero me parece que antes que cualquier regla de comportamiento hay una actitud para afrontar la existencia: percibirse como un ser abierto.
Vamos a aproximarnos poco a poco a este concepto. Cualquier experiencia de felicidad, de satisfacción profunda, siempre es una experiencia vivida desde la apertura radical del hombre. Un ejemplo. El profesor americano Morrie Schwartz padece la enfermedad Lou Gehrig, brutal y degenerativa del sistema neurológico. El mal invade progresivamente su cuerpo; incapaz de valerse por sí mismo, pasa sus días entre dolores, atado a la cama o –en sus mejores momentos- al sillón. Al antiguo alumno que le visita le confiesa:
sus mejores momentos- al sillón. Al antiguo alumno que le visita le confiesa:
“-Me estoy muriendo ¿no es así?
-Sí.
-¿Por qué crees que es tan importante para mí oír los problemas de otras personas? ¿Acaso no tengo bastante dolor y sufrimiento propios?
Claro que los tengo. Pero lo que me hace sentirme vivo es dar a los demás. No es mi coche ni mi casa. No es mi aspecto cuando me miro al espejo. Cuando doy mi tiempo, cuando puedo hacer sonreír a alguien que se sentía triste, me siento todo lo sano que puedo sentirme.”
La enfermedad no consigue enclaustrarle. Físicamente sí, las limitaciones físicas le cierran en un radio de acción de pocos centímetros cuadrados. Pero no está encerrado. Se sabe abierto, y en el ejercicio de la apertura encuentra el sentido. La apertura está de acuerdo con su ser personal… y funciona. Esto es solo un ejemplo para ilustrar. Vayamos por partes.
 

APERTURA.PDB

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