Las mujeres de la pasión

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LAS MUJERES DE LA PASIÓN

María, su Madre

El Vía crucis de María

Primera estación: María en cenáculo

Segunda estación: María, tras su hijo

Tercera estación: María al pie de la cruz
 
María Magdalena
 
Loores de las Marías humildes

La Verónica

Las Mujeres anónimas
Oración final
 Es el tercero de los «Ocho ensayos religiosos» (1948). Obras Completas, III, 1241-1255.
Parece que todo cumple, en el plan providencial de la Redención, un especial designio de patentizar la divinidad y sobrenaturalidad de la obra, mediante la continua desproporción de los fines conseguidos y los medios empleados. Está visible continuamente, en el plan redentor, el desnivel milagroso entre la pequeñez de la semilla y la altura de la palmera. Todo es en la Redención humanamente leve para que todo sea divinamente triunfal. La ciudad de Cristo, una aldea; la cuna, un pesebre; la tribuna de las «Bienaventuranzas»,una montaña verde.
Y también por eso, los Evangelios, sobre todo los sinópticos, son unos relatos sencillos y rudos, con cierto tono aldeano y localista. Aquellas cosas, aquellos episodios, que habían luego de leerse en todos los idiomas y en todas las latitudes, se cuentan allí con un tono familiar que parece destinado a círculo local e íntimo, que entiende por la alusión y reconoce por el mote. Los personajes van saliendo en la narración evangélica sin biografía, sin antecedentes; más bien que descritos, señalados como algo familiar y conocido. La filiación, la naturaleza, el «alias», bastan para distinguirlos. Se les nombra con el mismo tono doméstico y aldeano con que nombra hoy un campesino a sus vecinos y compa­dres, al relatar ante la Guardia Civil, en un atestado, el drama lo-cal recién acaecido: «Simón, el que dicen Pedro»; «Santiago, el hijo de Zebedeo»; «Mateo, el publicano»; «Simón, el Cananeo o el celoso». Se está viendo en la sencillez de estas designaciones al personaje familiar que cada tarde pasa, contra el crepúsculo, por nuestra calle, cuando, ya terminada la tarea, hemos salido a la puerta a respirar el aire sedante de las seis. El personaje coti­diano de las «buenas tardes nos dé Dios» y el leve comentario me­teorológico, de paso: «Parece que ha refrescado el viento».

 
Y esto son, en el relato evangélico de la Pasión, las Santas Mu­jeres: un leve rasguño, una filiación, un mote. Están señaladas, que no descritas. «Estaban allí –dice San Mateo (27, 55-56 y 61)–, a lo lejos, muchas mujeres, que habían seguido a Jesús desde Galilea para cuidar de su asistencia; de las cuales eran María Magdale­na, y María, madre de Santiago y de José, y la madre de los hijos de Zebedeo…, la otra María». Así, con esa seriedad aldeana de radio corto, que comprende que «la otra» no puede ser más que una.
Pero eso sí, flotando sobre el mote, sobre el circunloquio, so­bre la alusión, queda un nombre común a todas las mujeres de la Pasión: María; María su Madre, María Magdalena, María Cleofás, María Salomé.
María: la más bella música que han podido crear cinco letras; palabra de luz y de mib1; nombre de indulgencia, de confianza y de perdón. El pueblo, con fino instinto, lo ha pluralizado, y como si el nombre fuese aquí lo más sustancial y significativo, lo ha sobrepuesto a todo lo demás: al sexo, a la condición, al oficio. Las santas mujeres no son para el pueblo más que las «Marías». El pueblo ha reducido a ese solo nombre su biografía y su actuación. No sabe ni quiere saber más. Se embriaga en la música excelente de las tres sílabas y no pasa de ahí.
María quiere decir «mar de amargura» y «estrella». Significado doble: triste y alegre. Claroscuro de muerte y de vida, de fracaso y de triunfo, como todo el poema de la Redención. Cuando Cristo moría en la Cruz, sobre un fondo de tinieblas cruzado de relámpagos, a sus pies estaban las Marías, estrellas claras sobre mares de amargura.
 

 
 
 
 

 

 
 
 

 

 

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