Los dientes del tigre, Tom Clancy

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Los dientes del tigre, Tom Clancy

El otro lado del río

David Greengoid nació en Brooklyn, la más estadounidense de las comunidades, pero en su Bar Mitzvah, algo importante cambió su vida. Tras proclamar –soy un hombre–, fue al festejo y se reunió con algunos integrantes de su familia que acababan de llegar de Israel. Su tío Moses era un próspero comerciante de diamantes allí. El padre de David tenía siete locales de venta de joyería al menudeo, el principal de los cuales estaba en la calle Cuarenta de Manhattan. Mientras su padre y su tío hablaban de negocios y bebían vino californiano David conversaba con su primo hermano Daniel. Daniel, quien le llevaba diez años, comenzaba a trabajar en esos momentos para el Mossad, la principal agencia de inteligencia exterior de Israel y, como buen novato, no paraba de contarle anécdotas a David. El servicio militar obligatorio de Daniel había sido en un cuerpo de paracaidistas israelí. Había llevado a cabo once saltos y había participado en combates en la Guerra de los Seis Días, en 1967. Fue una buena guerra para él, pues no se habían producido muchas bajas en su companía, y habían provocado las suficientes en las filas enemigas como para que le pareciese una hazaña deportiva – una partida de caza contra animales peligrosos, pero no demasiado, conclusión que había coincidido a la perfección con lo que esperaba y suponía que fuera la guerra. Sus relatos habían sido un vívido contraste a los sombríos noticiarios televisivos sobre Vietnam que dominaban las tardes por ese entonces, y, entusiasmado con su recientemente confirmada identidad religiosa, David había decidido en ese instante emigrar a la patria judía en cuanto se graduara en la escuela secundaria. Su padre, que había servido en la Segunda División Blindada de los Estados Unidos durante la Segunda Guerra Mundial, y que, en conjunto, encontró esa aventura más bien poco agradable, veía con escaso placer la posibilidad de que su hijo fuese a una jungla asiática a pelear una guerra por la cual ni él ni las personas que trataba habitualmente sentían mucho entusiasmo –pero después de la graduación, el joven David partió hacia Israel en un vuelo de El Al y jamás pensó seriamente en regresar. Se dedicó a su hebreo, sirvió en las fuerzas armadas y, como su primo, fue reclutado por el Mossad.

Tuvo éxito en su trabajo, tanto, que hoy era el Jefe de Estación en Roma, puesto de no poca importancia. En tanto, su primo Daniel había dejado la organización para dedicarse a los negocios de la familia, que eran más redituables que una carrera de funcionario. Ocuparse de la estación del Mossad en Roma lo mantenía ocupado. Tenía a tres agentes de inteligencia de tiempo completo a sus órdenes, y traían bastante información. Parte de esta información provenía de un agente que llamaban Hassan. Era de familia palestina, tenía buenos contactos con el FPLP, el Frente Popular para la Liberación de Palestina, y, a cambio de dinero, compartía con sus enemigos las cosas de las que se enteraba. El dinero era suficiente para financiarle un confortable apartamento a un kilómetro del parlamento italiano. Hoy, David debía recoger información.

El sitio era uno que ya había empleado antes, el baño de hombres del Ristorante Giovanni, al pie de la escalinata de la Plaza España. Primero se tomó su tiempo para disfrutar de una ternera a la francesa –plato que preparaban a la perfección– y, tras terminarse su vino blanco, se levantó para buscar el paquete. La estafeta era la parte inferior del mingitorio de la izquierda, una ubicación un poco teatral, pero que tenía la ventaja de no ser limpiada ni inspeccionada. Habían adherido allí una placa de acero, y si alguien la notaba, no le daría importancia, ya que llevaba, grabados en relieve, el nombre de un fabricante y un número carente de significado. Antes de verificar la estafeta, aprovechó para hacer lo que se hace normalmente en un mingitorio. Mientras lo hacía oyó que la puerta se abría con un crujido. Quienquiera que hubiese entrado, no demostró interés en él, de modo que, para hacer las cosas bien, dejó caer su paquete de cigarrillos y, inclinándose a recogerlo con la mano derecha, con la izquierda sacó el envoltorio magnético de su escondrijo. Fue una actuación profesional, como la de un mago que llama la atención hacia una de sus manos mientras hace el truco con la otra.

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Los dientes del tigre, Tom Clancy
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