Los elegidos, M. Curley

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Los elegidos, M. Curley

Ella tiene una melena negra y abundante, llena de rizos que se mecen sobre los hombros. Tiene los ojos de un color azul mus intenso que los de él, que sabe que es una niña muy guapa. Es la favorita de sus padres, pero a él no le importa. Se llama Sera, y aunque sólo tiene diez años, es el alma que da fuerzas a su vida.
—¡Venga! —Sera se vuelve para meter prisa a su hermano—. Va a florecer por primera vez. ¡No me lo puedo perder!
El chico corre tanto como se lo permiten sus cortas piernas.
—¿Qué va a florecer?
—La flor, idiota. La que he estado esperando todo este tiempo. ¡El lirio negro gigante!
Él se detiene en seco y da una patada al suelo con el pie izquierdo.
—No me llames idiota.
Sera se gira. Abre los ojos de par en par de lo impaciente que está.
—No lo decía en serio. ¡Venga, vamos!
El la sigue y le pregunta con inocencia infantil:
—¿Cómo sabes que va a florecer?
Sera se detiene lo bastante como para lanzar a su hermano una mirada de exasperación.
—He observado cómo se ha ido formando el capullo durante los últimos tres meses. Hoy es el primer día del equinoccio de primavera. ¿Es que no sabes nada?
El chico echa a correr de nuevo e intenta seguir el ritmo de su hermana. Quiere ver florecer el lirio negro, un hecho que, al parecer, ocurrirá por primera vez esa mañana, pero no tiene ni de lejos el mismo entusiasmo que ella. La emoción de Sera y el privilegio de compartirla es lo que le da fuerzas para subir las colinas cubiertas de hierba y adentrarse en el denso bosque cuando empiezan a despuntar los primeros rayos del alba.
De repente, Sera se detiene, se sienta en cuclillas y suspira aliviada.
—¡No nos lo hemos perdido! Mira, ahí está.
Al final su hermano logra alcanzarla y, de pie tras ella, observa el tallo largo y verde que sostiene un capullo negro de forma perfecta. Inclina la cabeza hacia un lado.
—¿Es eso?
—¡Claro que sí! —Sera resopla sin apartar los ojos del capullo—. ¡Ahora calla y mira! Va a ser impresionante.
Desde que era muy pequeño, el niño ha sido consciente del amor que siente su hermana por todas las cosas raras o extraordinarias, como flores extrañas, animales del bosque huérfanos, puestas de sol intensas… Y muchas veces se quedaba sentado, intimidado por el espíritu aventurero de ella, y deseaba ser algún día lo bastante mayor, o lo bastante grande, para bajar por aquellos precipicios con tan sólo una cuerda atada a la cintura. Ahora se encoge de hombros y se sienta sobre la hierba húmeda junto a ella. Está feliz porque sabe que no tendrá siempre cuatro años.
De repente, el crujido de unas ramas hace que ambos vuelvan la cabeza bruscamente hacia el lugar donde han oído el ruido.
—¿Qué ha sido eso?
A Sera se le ha hecho un nudo en la garganta y tiene todo el vello de punta. Se vuelve hacia el niño con cara de valiente.

CurleyMarianne – Los elegidos.pdb

Los elegidos, M. Curley
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