Los seis libros de S. Juan Crisóstomo sobre el sacerdocio

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Los seis libros de S. Juan Crisóstomo sobre el sacerdocio

AL SER. MONSEÑOR INFANTE DON GABRIEL DE BORBÓN.
SEÑOR.
La dificultad de una buena traducción es conocida solamente por aquéllos que saben hacerla. Y como es muy corto el número de los que traducen bien, por esto son muy pocos los que no desprecian este género de aplicación. V.A. acaba de dar una muestra del último primor en el primero de los historiadores latinos, con la que ha manifestado, que conoce la dificultad del traducir, y al mismo tiempo, que aprecia este género de trabajo. Yo no dejo de conocer la dificultad; pero aspiro aún a la perfección: me contemplo en el pie de la subida; y V.A. se halla ya en lo más encumbrado, vencida toda la aspereza. Por lo que no será extraño, que yo llegue a V.A. a suplicarle rendido, se digne alargar benignamente su mano, para que pueda subir tan arriba, y poner a sus reales pies esta pequeña traducción. Con esto no pretendo otra cosa, sino oír sus doctas animadversiones y dar un público testimonio de mi ánimo agradecido a las repetidas y particulares honras que debo a V.A.
SEÑOR,
A L.R.P. de V.A.
Su más favorecido y reconocido servidor,
Felipe Scio de San Miguel

ADVERTENCIA
Los libros que escribió San Juan Crisóstomo sobre el sacerdocio han sido mirados siempre como la obra más sobresaliente entre todas las que nos han quedado suyas, y que no dejan que añadir a los que han tratado después esta materia. Dispuestos en forma de diálogo, nos ponen delante las graves razones y fundamentos que tuvo el santo para huir de la dignidad episcopal; y al mismo tiempo, una pintura muy acabada, en la que se registra la perfección altísima que pide el estado sacerdotal, y el gravísimo peso, que ponen sobre sus hombros, los que se encargan del gobierno de las almas. A la vista pues de esta, será sin duda muy grande nuestra confusión, si para poner un velo a nuestros descuidos pretendemos recurrir a que el santo la hizo siguiendo las trazas de una exageración retórica, y sin ser penetrado de los mismos sentimientos. Pero el que atendiere a lo que ejecutó después de promovido al sacerdocio, y al modo con que desempeñó el ministerio episcopal, hallará que sus acciones fueron en todo conformes a lo que dejó escrito y que debían practicarse por los buenos eclesiásticos y prelados; y por consiguiente, que no nos queda pretexto alguno con qué poder dar color a nuestra desidia. Dignos son, por tanto, de que continuamente los registremos, y de que por ellos observemos qué es lo que tenemos y qué nos falta para formar en nuestras almas una imagen digna del celestial Esposo; dignos de que no los pierdan de vista los que han de dar cuenta a Dios de su ministerio y empleo, por las obligaciones que aquí se representan; dignos de que todos los prelados de la Iglesia se apliquen con el mayor desvelo a que con la continua meditación los conviertan en jugo y sangre los que han de responder a los cargos de un ministerio temible aun a las mismas angélicas potestades; dignos, finalmente, de que con la más atenta y seria reflexión los revuelvan y pesen un ministerio temible aun a las mismas angélicas potestades; dignos, finalmente, de que con la más atenta y seria reflexión los revuelvan y pesen aquéllos a quienes está confiado el proveer la Iglesia de sujetos útiles, estando asegurados de que encontrarán aquí notados por menor, como en una cumplida, y exacta carta de navegar, todos los escollos en que pueden tropezar; y al mismo tiempo, los rumbos y dirección que deben seguir para su elección, y aprobación. Que la reforma de una comunidad, de un pueblo, de un reino, y de todo el mundo dependa de la bondad, y rectitud de costumbres que se noten en las personas de los prelados y eclesiásticos destinados para su instrucción es doctrina común entre todos los Padres y Doctores de la Iglesia; porque mirándose todos en ellos, como en un ejemplar, según el cual han de dirigir sus acciones, creen lícitas aquéllas que ven practicadas, aplaudidas y aun disimuladas por estos. Igualmente lo es que para la reforma del clero y del estado eclesiástico, contribuyen únicamente el discernimiento y rectitud de los que proponen, consultan, y hacen la elección para las prelacías, prebendas y beneficios eclesiásticos. El prelado (dice admirablemente nuestro santo), por cuya culpa se perdiere el rebaño de Jesucristo, responderá por los pecados de aquéllos que se perdieron por su causa; pero los electores responderán por los de éstos, y no menos por las culpas, y errores del prelado. Un mal eclesiástico, que con sus procederes indignos y vida licenciosa escandaliza a los otros, dará cuenta de los escándalos y de la ruina que ocasiona con su mal ejemplo; pero el prelado queda sujeto a la pena que corresponde a todos aquellos escándalos, y también a la de haber elegido y ordenado a un indigno. Para todos proporciona remedio nuestro santo ofreciendo una pauta por la cual deban arreglar sus pensamientos y acciones, tanto los electores, para que conozcan y examinen bien las costumbres de los que$han de elegir, como los elegidos, para que entren en el conocimiento de sí mismos; y haciendo prueba de sus fuerzas, vean si pueden mantener, o no, tan grave peso.
De lo que acabo de decir, se comprenderá fácilmente que mi principal designio en traducir y publicar este tratado ha sido contribuir, cuanto esté de mi parte, a que Dios sea glorificado y a que todos conozcamos el grave peso de nuestras obligaciones; de lo que resultando la reforma de nuestras acciones, se derive al pueblo cristiano el fruto del buen ejemplo. He seguido en esto las pisadas de otros muchos, que movidos de la misma consideración, lo tradujeron en varias lenguas, y publicaron separadamente; de lo que para instrucción tuya daré aquí una breve noticia. La primera edición, que se hizo de sólo el texto, fue en Lovaina por el Clenardo, el año 1529 y el de 1544 lo tradujo en latín Jano Cornario, y publicó en Basilea. El Hoeschelio lo imprimió en Augusta en 1599 quien después de todo el texto, puso la versión latina de Jacobo Ceratino a los dos primeros libros, y la de Germano Brixio a los cuatro restantes, añadiendo algunas observaciones. Juan Hugues la dio al público en Cantabrigia el año 1710 enriqueciendo su edición de algunas disertaciones sobre la dignidad sacerdotal; pero con otra versión diversa de la de Ceratino, y la de Brixio. Esta se renovó en Londres en 1712 por Styano Thirlby, con una apología de la fuga del Nacianceno. Stutgardo Alberto Bengelio hizo otra edición en 1725 acompañada de una nueva interpretación y continuas notas. Ricardo Le Blanc la tradujo en francés, e imprimió en París en 1553 y el Lami la publicó en el mismo idioma en 1650. Se encuentran también varias traducciones italianas, y últimamente, la que hizo Miguel Ángel Giacomelli, impresa en Roma en 1757 con el texto griego y notas muy copiosas. De todas estas, yo solamente he podido tener presentes la latina de Germano Brixio, la del Montfaucon, que se halla en el cuerpo de todas las obras de san Juan Crisóstomo impresas en París, y la italiana de Giacomelli; a cuya fe dejo las citas que pongo de Bengelio, Hoeschelio, o algún otro que no he podido registrar, y consultar por mí mismo. Entre las que dejo apuntadas, se encuentra alguna de los protestantes, que sin duda se propusieron el poder alegar en defensa, y confirmación de sus errores la autoridad y patrocinio de nuestro santo en algunos lugares de este tratado. Por lo que muchos de los católicos lo han traducido con la mira también de refutar las opiniones de aquéllos y vindicar al santo en los pasos que torcían a su réprobo sentido: sustituyendo otras de sus obras, en donde no dejando duda de la pureza de su doctrina, ha tratado de propósito la materia. De esto se dará razón en sus respectivos lugares.
En vista, pues, de lo dicho, no puedo yo persuadirme de que será reprensible en mí lo que tantos ejecutaron con el mayor aplauso; antes bien estoy creyendo, que animados muchos con este ejemplo, se empeñarán en nuevos y mayores descubrimientos e ilustraciones. Sería, sin duda, utilísimo, que imitando la aplicación, e industria de los antiguos españoles, que apenas dejaron autor alguno profano, particularmente griego que no tradujesen, se aplicasen a entresacar aquellos lugares y tratados más señalados de los primeros padres y los ofreciese al público en un traje, por el que pudiesen ser conocidos de todos y hacerse familiares aun a los menos instruidos. Pero por cuanto parecerá tal vez a alguno de poca consideración, y aun despreciable semejante especie de trabajo, no será fuera del intento el dar aquí brevemente una idea de la dificultad que en sí encierra. Ya desde luego se descubre esta por el corto número de buenas versiones que hay, entre muchas que tenemos de varias lenguas, al paso que publicándose muchas obras de invención propia, son generalmente más bien recibidas, y aplaudidas. Porque la invención es hija de un entendimiento fecundo; y la buena versión, sólo puede provenir de una madurez de juicio consumada; aquélla, teniendo muchos caminos que puedas seguir, te da lugar para la elección; pero ésta sólo te ofrece uno, de donde no es lícito apartarte; por aquélla hacemos patentes nuestros pensamientos; por esta descubrimos lo que pensaron otros. Ya se ve la gran diferencia que hay entre manifestar los propios sentimientos, o penetrar en el fondo de los ajenos. Crece la dificultad, cuando se trata de haber de traducir de lenguas muertas, en donde no nos queda otro recurso, que el consultar los libros, y el cotejo de otros pasos, que puedan tener alguna alusión, con cuyo auxilio podamos revestirnos de los verdaderos pensamientos de su autor: en lo que ya se deja ver, cuánta fatiga, y cuánto juicio se requiere. A lo que se junta ser esto más necesario en la lengua griega, cuya copia increíble, y expresión muchas veces inexplicable de sus compuestos, adverbios, participios, partículas, ofrece a cada paso dificultades infinitas. Pero todo esto toca en general a la versión. ¿Pues qué, si quisiéramos poner aquí por menor las calidades que la hacen buena? En ella se han de explicar claramente, y como son en sí, todos los sentimientos del autor, sin añadir, ni quitar; pero sin perder de vista el estilo, y aun el número de las cláusulas. ¿Quién podrá seguir este camino sin tropezar en un extremo? ¿Quién atenderá al número, y estilo, sin añadir, o quitar a los pensamientos del autor? ¿Y quién explicará bien estos, conservando la igualdad, armonía y pureza en el estilo? De aquí es, que divididas las inclinaciones de los hombres, unos son admiradores perpetuos de la paráfrasis, en donde cabe toda la belleza de las voces, y torneo, o número de las cláusulas; pero estos no pueden menos de reconocer que están sujetas a expresiones inútiles, y a quedar deformadas con muchos pensamientos ajenos, y despojadas de los originales y legítimos. A esta clase puede reducirse la de Germano Brixio, y que por esta causa fue desechada por el Montfaucon. Hay otros, por el contrario, tan escrupulosos, que llegan a hacerse fastidiosos, y viles esclavos de la letra, dejando por esta atención tan descarnadas sus versiones que no pueden leerse sin fastidio. Sin embargo, son estas preferibles a las primeras, particularmente cuando se trata de traducir de lenguas muertas. Yo, evitando los dos extremos, siento, que la mejor traducción, es la que mejor explica el sentido del autor; y por consiguiente, la que se acerca más a lo literal, no perdiendo de vista, cuanto sea posible, la pureza del estilo. De esta clase son las que admiramos, y que se equivocan con sus originales, de un Villegas, de un Gonzalo Pérez, de un Oliva, de un Marinerio, a quien parece haber destinado la divina providencia para agotar los tesoros de toda la Grecia; finalmente, las de otros infinitos españoles. He añadido el texto griego, atendiendo al adelantamiento de los que se aplican al conocimiento nobilísimo y utilísimo de esta lengua, para que con sus principios, y con una reflexión atenta, puedan penetrar por sí la fuerza que tienen las voces en su origen; y al mismo tiempo a la satisfacción de los que la poseen, los cuales hallan un gusto particular en poder confrontar las versiones, teniendo a la vista los originales. Había concebido el designio de publicarla, acompañada de otra versión latina, por parecerme poco ajustadas las que he visto de esta clase; y con esta mira tenía ya traducidos los dos primeros libros; pero habiendo leído con atención la que hizo el Montfaucon, me parece que no deja que desear, ni que hacer, porque sin perder de vista la pureza de la frase, se acerca más a lo literal, y explica con mayor claridad los sentimientos del santo. Esta consideración, y la de no abultar demasiado este volumen, me han hecho desistir de mi primer intento. He añadido algunas observaciones críticas, que puedan servir de mayor ilustración, omitiendo el confirmar lo doctrinal con otros lugares de los Padres, por creer que la autoridad del nuestro, sin otro apoyo, es suficiente para confirmación de lo que enseña; pero sin pasar por alto algunos puntos de disciplina, que me han parecido dignos de ponerse en claro, y también algunos dogmas combatidos por los protestantes, que se valieron para esto de la autoridad del santo. En estas observaciones me aparto, no pocas veces de la interpretación de Montfaucon: pero no por esto crea alguno que yo pretendo igualar, ni defraudar en la menor parte al mérito de un escritor, por tantos títulos señalado, y recomendable. Y esto es lo que principalmente tenía que avisarte.
Ahora, para conclusión de esta advertencia, quiero que entiendas, que éste, y los demás frutos de mis tareas, se deben únicamente al celo de mi católico, y piadoso monarca, que con tanto empeño atiende a renovar el buen gusto de las ciencias, y de las lenguas más útiles: y no menos a la aplicación continua, e infatigable de sus ministros, para llevar a su perfección las plausibles intenciones del monarca. Pretendo yo, congratulándome buen gusto de las ciencias, y de las lenguas más útiles: y no menos a la aplicación continua, e infatigable de sus ministros, para llevar a su perfección las plausibles intenciones del monarca. Pretendo yo, congratulándome de esto con la nación española, sentar desde un rincón una pequeña piedra para la construcción de tan noble, y majestuosa fábrica; pero protestando al mismo tiempo, que hay en mi ciertas esperanzas, de que serán en gran número los que concurran a poner de su parte otras de mayor primor, artificio, y grandeza: y de que veremos prontamente, levantado y renovado este hermoso edificio, que arrebatará la admiración de todos los que nos miraban como incultos, y bien hallados, con las heces que nos quedaron de los árabes y godos.

 

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