Magallanes, Stefan Zweig

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INTRODUCCION
Los libros pueden tener su origen en los más variados sentimientos. Se escriben libros al calor de un
entusiasmo o por un sentimiento de gratitud, pero también la exasperación, la cólera y el despecho puede,
a su vez, encender la pasión intelectual. En ocasiones, es la curiosidad quien da el impulso, la
voluptuosidad psicológica de explicarse a sí mismo, escribiendo, unas figuras humanas o unos
acontecimientos; Pero otras veces -demasiadas – impelen a la producción motivos de índole más delicada,
como la vanidad, el afán de lucro, la complacencia en sí mismo. En rigor, el que escribe debería dar
cuenta de los sentimientos, de los apetitos personales que le han motivado a escoger el asunto de cada una
de sus obras. El íntimo origen del libro que aquí veis se me aparece a mí mismo con toda claridad. Nació
de un sentimiento algo insólito, pero muy penetrante: la vergüenza.
Sucedió de este modo: el año pasado tuve por primera vez la tan anhelada oportunidad de un viaje a
América del Sur. Sabía que en el Brasil me esperaban algunos de los paisajes más bellos de la tierra, y en
la Argentina un círculo de camaradas intelectuales cuya compañía sería para mí un inigualable gozo. Y a
esta anticipación, que por sí sola me hubiera hecho el viaje delicioso, uniéronse las circunstancias
inmediatas del mismo: un mar tranquilo, la natural distensión en el holgado y rápido transatlántico, el
sentirse libre de todas las ataduras y de las cotidianas vejaciones. Gocé infinitamente de los días
paradisíacos que duró la travesía. Pero, de pronto -esto fue en el séptimo u octavo día -, me sorprendí en
flagrante impaciencia. Siempre el mismo cielo azul y el mismo mar azul en calma. ¡Qué largas me
parecían las horas de viaje en medio de aquella súbita reacción! Deseaba íntimamente haber llegado al
término y me alegraba la idea de que el reloj, incansable, iba acortando el tiempo. Ahora, el flojo, el
indolente placer de la nada, me mole staba. Las mismas caras de unas mismas personas llegaban a
hastiarme, la monotonía del movimiento de a bordo me excitaba los nervios, precisamente por la tranquila
regularidad del pulso. ¡Adelante, adelante! ¡Más aprisa, más aprisa! De pronto, el bello transatlántico,
tan lujoso, tan cómodo, no andaba con la suficiente velocidad.

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Magallanes, Stefan Zweig
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