Marcelino Pan y Vino, Sánchez Silva

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Marcelino Pan y Vino, Sánchez Silva

Capítulo I
Hace casi cien años, tres franciscanos pidieron permiso al señor alcalde de un pequeño pueblecito para que les dejase habitar, por caridad, unas antiguas ruinas que estaban abandonadas a unas dos leguas del pueblo, en terrenos de los cuales era propietario el Municipio.
El alcalde, hombre piadoso, accedió a ello por su propia cuenta, sin consultar para nada con los concejales.
Partieron los frailes no sin bendecir a su bienhechor y, llegados a las ruinas que ya conocían, se pusieron a cavilar sobre cómo hacer allí enseguida un refugio para pasar la noche.
El lugar correspondía a una granja desde la cual, en otros tiempos, trataron los vecinos de aquel pueblo de hacer frente a los franceses, cuando éstos invadieron España, allá para mil ochocientos y pico, o por lo menos desviarlos para evitar la ruina del pueblo.
Entre los frailes había uno joven que era muy dispuesto e ingenioso y enseguida vio por dónde había que comenzar: estaban por allí las grandes piedras que sirvieran a la construcción del primitivo edificio, aunque no todas enteras. Había árboles cerca para hacer madera y corría por no muy lejos un riachuelo que les prometía a los pobrecillos frailes no morir de sed.
Mas como el día iba muy avanzado, a pesar de que salieran del pueblo antes del amanecer, (venía uno viejo con ellos, de paso muy vacilante), pensó el buen fraile en comenzar por el principio, con lo que, buscando unos palos y armando sobre ellos la vieja manta que traían, arregló entre las piedras un pequeño espacio cubierto y encendiendo luego fuego, instaló al viejo y envió al otro por agua al arroyo, mientras él mismo asaba a la lumbre unas patatas que cierta buena mujer les diera como limosna.
Cumplidos los rezos, hecha la parva cena y venida la noche, diéronse al sueño los tres frailes y a la mañana siguiente, siempre dirigidos por el bien dispuesto, comenzaron su trabajo.
Así se inició la reconstrucción de aquel edificio aislado y cincuenta años más tarde, cuando nosotros entramos en él, ha variado ya mucho. Es una construcción tosca y muy simple, pero parece segura y a veces ha brindado refugio a caminantes y pastores durante las tormentas. Tiene una planta baja grande y otra pequeña encima; a las espaldas de la casa, encerrada en un recinto de piedras, está la huerta, que suministra a los frailes parte de su alimento. En la planta baja están la pequeña capilla de la Comunidad, las celdas, el refectorio y la cocina con su despensa; arriba hay otras celdas y una troje grande, donde suelen guardarse las cosas de mucho bulto y de uso menos frecuente, y a su derecha, al pie mismo de la vieja y carcomida escalera que allí sube, hay un pequeño desván que recibe luz del exterior por un estrecho ventanillo.
Ya no son tres los frailes, sino doce. De aquellos tres primeros murieron dos y uno, muy viejo y enfermo, es aquel tan dispuesto que conocimos joven y emprendedor. Los frailes tienen su cementerio al fondo de la huerta y viven para sus rezos y trabajos y son muy útiles en el contorno porque como hay entre ellos cuatro o cinco padres, pueden decir misa los domingos y fiestas en los caseríos y poblados de los alrededores que carecen de sacerdote; pueden bautizar a los que nacen y casar a los jóvenes y enterrar a los viejos cuando mueren, y sacar alguna imagen en procesión los días señalados y dar a todos consejo, confesión y consuelo.
Siguen viviendo de limosna y a poco estuvo hace unos años que no los perdiéramos de vista para siempre, pues el alcalde aquel murió bien pronto y el nuevo se llegó un día en su burra hasta el conventillo para preguntar a los frailes con qué derecho estaban allí. Pero como ellos le respondieran con dulzura y gran humildad diciéndole que si era preciso abandonarían al punto aquella casa por ellos construida donde no había más que ruinas, y como algunos sin tardanza trataran de ponerse ya mismo en camino, el alcalde volvióse atrás y les dijo que aún podían quedarse algún tiempo.

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