Mensaje para la Cuaresma 1999, Juan Pablo II

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Mensaje para la Cuaresma 1999, Juan Pablo II 

Hermanos y hermanas en Cristo: 

La Cuaresma que nos disponemos a celebrar es un nuevo don de Dios. Él quiere ayudarnos a redescubrir nuestra naturaleza de hijos, creados y renovados por medio de Cristo por el amor del Padre en el Espíritu Santo.

 

1.- El Señor preparará un banquete para todos los pueblos. Estas palabras, que inspiran el presente mensaje cuaresmal, nos llevan a reflexionar en primer lugar sobre la solicitud providente del Padre celestial por todos los hombres. Ésta se manifiesta ya en el momento de la creación, cuando «vio Dios cuanto había hecho, y todo estaba muy bien» (Gn 1, 31), y se confirma después en la relación privilegiada con el pueblo de Israel, elegido por Dios como pueblo suyo para llevar adelante la obra de la salvación. Finalmente, esta solicitud providente alcanza su plenitud en Jesucristo: en Él la bendición de Abraham llega a los gentiles y recibimos la promesa del Espíritu Santo mediante la fe (cf. Ga 3, 14).

 

La Cuaresma es el tiempo propicio para expresar sincera gratitud al Señor por las maravillas que ha hecho en favor del hombre en todas las épocas de la historia y, de modo particular, en la redención, para la cual no perdonó ni a su propio Hijo (cf. Rm 8, 32).

 

El descubrimiento de la presencia salvadora de Dios en las vicisitudes humanas nos apremia a la conversión; nos hace sentir a todos como destinatarios de su predilección y nos impulsa a alabarlo y darle gloria. Repetimos con San Pablo: «Bendito sea el Dios y Padre de nuestro Señor Jesucristo, que nos ha bendecido con toda clase de bendiciones espirituales, en los cielos, en Cristo; por cuanto nos ha elegido en Él antes de la fundación del mundo, para ser santos e inmaculados en su presencia, en el amor» (Ef 1, 3-4). Dios mismo nos invita a un itinerario de penitencia y purificación interior para renovar nuestra fe. Nos llama incansablemente hacia Él, y cada vez que experimentamos la derrota del pecado nos indica el camino de vuelta a su casa, donde encontramos de nuevo la singular atención que nos ha dispensado en Cristo. De este modo, de la experiencia del amor que el Padre nos manifiesta, nace en nosotros la gratitud.

MENSAJE CUARESMA 1999.doc

Mensaje para la Cuaresma 1999, Juan Pablo II
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