Mi Vida, Recuerdos 1927-1977, Ratzinger

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Mi Vida, Recuerdos 1927-1977, Ratzinger

NTRODUCCIÓN 
1. Un hijo genuino del católico pueblo bávaro 

2. Un método de pensamiento 
a) Cultura: conexión intrínseca entre Revelación e historia 
b) La génesis de un método: mirar a Cristo 
c) El criterio de verificación: la Iglesia como ámbito de experiencia 

3. Abanderado del reto conciliar 

INFANCIA ENTRE EL INN Y EL SALZACH 
LOS PRIMEROS AÑOS ESCOLARES EN EL PUEBLO DE ASCHAU. A LA SOMBRA DEL “TERCER REICH”” 

AÑOS DE BACHILLERATO EN TRAUNSTEIN 

SERVICIO MILITAR Y PRISIÓN 

EN EL SEMINARIO DE FRISINGA 

ESTUDIOS DE TEOLOGÍA EN MUNICH 
ORDENACIÓN SACERDOTAL –

LABOR PASTORAL – DOCTORADO 

EL DRAMA DE LA LIBRE DOCENCIA Y LOS AÑOS DE FRISINGA 34
PROFESOR EN BONN 39
EL COMIENZO DEL CONCILIO Y EL TRASLADO A MÜNSTER 41
MUNSTER Y TUBINGA 46
LOS AÑOS DE RATISBONA 49
ARZOBISPO DE MUNICH Y FRISINGA 53

INTRODUCCIÓN
1. UN HIJO GENUINO DEL CATÓLICO PUEBLO BÁVARO
La primera vez que vi al cardenal Ratzinger fue en 1971. Era Cuaresma. El recuerdo de aquel encuentro se ha ido enriqueciendo de matices que mi memoria ha reelaborado, inevitablemente, en ocasión del setenta cumpleaños del cardenal.
Un joven profesor de derecho canónico, dos sacerdotes estudiantes de teología, que por aquel entonces no habían cumplido los 30 años, y un joven editor estaban sentados alrededor de una mesa, invitados por el profesor Ratzinger, en un típico restaurante a orillas del Danubio que, en Ratisbona, discurre ni demasiado lento ni demasiado impetuoso, lo que todavía permite pensar en el hermoso Danubio azul. La invitación la había procurado von Balthasar con la intención de discutir la posibilidad de hacer la edición italiana de una revista -que más tarde sería Communio-. Balthasar sabía arriesgar. Los mismos hombres que se sentaban a la mesa de aquel típico mesón bávaro, unas semanas antes habían perturbado su quietud de Basilea, con un cierto atrevimiento, pues no le conocían. Lo habían hecho inmediatamente después de leer una breve noticia aparecida en Le Monde en la que se informaba del fracaso de una reunión de teólogos, que habían sido expertos en el Concilio, celebrada en París con el objeto de dar vida a una nueva revista. Le dijimos a Balthasar: Tenemos que hacerla, nosotros haremos la edición italiana”. Balthasar no descartó de inmediato la hipótesis, no sólo porque le cogimos un poco por sorpresa y por su buena educación, sino porque entre nosotros estaba un pequeño editor -Balthasar era también editor- y tenía un sexto sentido para percibir si una publicación podía o no “tirar bien”. Al final, con un tono entre prudente y escéptico, Balthasar dijo: “En todo caso, yo no puedo decidir nada solo. Hay que contar con los alemanes…; los aspectos técnicos dependen de Greiner. Además, está el problema de la teología”. (Si bien nosotros teníamos en nuestro equipo algún que otro nombre cíe buenos teólogos italianos). Me acuerdo bien de su cara en aquel momento. La he visto después en otras ocasiones; cuando tenía que tomar una decisión arriesgada: callaba durante un tiempo que siempre parecía excesivo al interlocutor, con el rostro marcado por una mueca escéptica que no hacía presagiar consensos. Después, con una sonrisa comedida y con su tono de voz un poco jovial formulaba su propuesta en breves palabras. Así, al terminar nuestro coloquio, dijo: Ratzinger, tenéis que hablar con Ratzinger. Es él el hombre decisivo hoy para la teología de Communio. Es la clave de la redacción alemana. De Lubac y yo somos viejos id a ver a Ratzinger.. Si él está de acuerdo…. De esta forma se repetía para nosotros, en pocas semanas, una experiencia estimulante. Nos habíamos atrevido a hablar con Balthasar, una personalidad famosa antes conocida sólo por los libros, encarando el asunto con una mezcla de temor y provocación; ahora nos esperaba otro teólogo bastante más joven pero también igualmente afamado, que discutía con Rahner y Küng y que dividía -lo hablamos a fondo durante el viaje de Friburgo a Ratisbona- no sólo nuestras opiniones, sino también nuestros ánimos. Estábamos enfrentados dos a dos: dos a favor y dos en contra. Con su trato delicado, los gestos medidos y los ojos que no dejaban de moverse, Ratzinger nos explicaba la carta: una larga secuencia de suculentos platos bávaros… Parecía conocerlo bien, sin lugar a dudas era un habitué del restaurante. Nosotros, superado el primer embarazo, como buenos latinos y, además, jóvenes, nos lanzamos a hacer comparaciones entre menús bávaros y lombardos. Alguno de nosotros había pasado suficiente tiempo en Alemania como para permitirse disertar sobre los tipos y las marcas de cervezas. Recuerdo bien que pregunté a nuestro anfitrión qué nos aconsejaba: pacientemente empezó a ilustrarnos de nuevo sobre cada plato de la lista, animándonos a probar más de uno para que nos hiciésemos una idea de la cocina bávara. Desde hacía un rato el camarero esperaba respetuoso junto a la mesa. No sin desorden y aumentando progresivamente el tono de nuestra conversación hasta el punto de hacer que algún comensal se volviese a mirarnos, terminamos, bajo los ojos benévolos y la sonrisa, . quizás un poco impaciente, de nuestro anfitrión, por escoger una amplia y exagerada variedad de platos. Ratzinger devolvió la carta diciendo al camarero algo así como: “para mí, lo de siempre”. El camarero nos sirvió antes a todos nosotros, con meticulosidad alemana, y al final llevó al conocido teólogo un sándwich y una especie de limonada.
Nuestra sorpresa rayaba en la vergüenza. Con una sonrisa, esta vez verdaderamente amplia y benévola, el cardenal nos liberó diciendo: “Vosotros estáis de viaje… Si yo como demasiado, ¿cómo voy a poder estudiar después?”. Comentando el episodio, de vuelta en el coche, nos dimos cuenta de lo que el cardenal había dicho al camarero: “lo de siempre.
No me he alargado en este pequeño y personal recuerdo para añadir el rasgo hagiográfico de la sobriedad a la biografía del cardenal. ¡Sobre todo porque todavía no es tiempo de panegíricos! Lo he hecho sólo porque, incluso después de haberle conocido más profundamente, aquel episodio me parece que habla de su estilo, y el estilo, ya se sabe, es el hombre.
El cardenal es un verdadero católico bávaro: capaz de gozar y de hacer gozar la vida (las páginas sobre Baviera del volumen Mi vida1 son, en algunos pasajes, verdadera poesía). Su secreto es que la afronta como tarea. Amante de la persona en cuanto participa de la vida del pueblo por el que es natural consumirse totalmente, es capaz de una abnegación cotidiana tenaz, nunca llamativa. La ascesis, la ética y el gobierno no son en él fines, sino medios: fin es el bienestar de la persona y de la comunidad, podríamos decir, como en la Edad Media, la conveniencia” del yo y del “nosotros con una vida plenamente realizada.
Sus intereses teológicos, por ejemplo la vida eterna (escatología), la revelación en la historia, el nuevo pueblo de Dios, la liturgia, no serían adecuadamente comprendidos sin entender el orgullo apasionado por su pertenencia al pueblo católico bávaro, al que caracteriza una alegre participación en cualquier aspecto humano y un pertinaz sentido de la tarea. De igual modo había tenido cuidado de que sus jóvenes huéspedes, después de haber admirado la belleza de los campos de lúpulo en la autopista que va cíe Munich a Ratisbona y haber escuchado el vals a la orilla del Danubio, pudiésemos gozar también de los frutos de su tierra en la acogedora Gastätte con su rico codillo, la variedad de los Würstel y la  Fastenibier(cerveza negra de Cuaresma). Al mismo tiempo, sin afectación, intentaba mantener su ritmo habitual de vida y trabajo.

2. UN MÉTODO DE PENSAMIENTO

“‘Suficiente’ sólo es la realidad de Cristo”
Esta afirmación cíe Ratzinger referida al problema teológico, todavía abierto, de la suficiencia material de la Sagrada Escritura, expresa el convencimiento profundo que atraviesa toda la obra de nuestro autor. En efecto, todo su itinerario eclesial y teológico es una afirmación enérgica de Jesucristo como ” la realidad que acontece en la revelación cristiana”. Él es el unicum verdaderamente suficiente, capaz de dar satisfacción última a la mirada que indaga críticamente la realidad. Ya desde los tiempos de su tesis de habilitación sobre san Buenaventura, Ratzinger madura con claridad la idea de que la revelación no se puede separar del Dios vivo, y que interpela siempre a la persona viva a la que alcanza. Por eso, “del concepto de `revelación’ forma siempre parte el sujeto receptor: donde nadie percibe la revelación, allí no se ha producido ninguna revelación, porque allí nada se ha desvelado. La idea misma de revelación implica un alguien que entre en su posesión. De este núcleo central brota una continua atención a la Iglesia, entendida como organismo vivo que obra en la historia de los hombres y de los pueblos. Una peculiar e intrínseca conexión entre Revelación e historia, experimentada desde niño en la fe de la familia y de la iglesia popular cíe Baviera, constituye, a mi juicio, la característica metodológica que hace de hilo de Ariadna a través de todos los escritos de Joseph Ratzinger y termina por caracterizar, a lo largo de los años, al joven estudioso, al profesor, al pastor y al prefecto de la Congregación para la Doctrina de la Fe. Aquí reside, si estoy en lo cierto, el origen de la continuidad y de la evolución de su pensamiento.
Me gustaría intentar identificar ahora alguno de los factores que constituyen esta particular sensibilidad metodológica, ya que resulta imposible presentar, aunque sea sólo sucintamente, los múltiples temas que han ocupado al cardenal Ratzinger y menos aún confrontarlos con el panorama teológico-cultural de los últimos decenios.

a) Cultura: conexión intrínseca entre Revelación e historia
El primero de estos factores es cómo Ratzinger propone, con un lenguaje accesible al hombre de hoy, el núcleo central de la fe sin abandonar el dato dogmático. Tal factor se basa, sobre todo, en una concepción del dogma entendido como una “realidad capaz de infundir fuerza en la construcción de la teología y no, sobre todo, como vínculo, como negación y límite extremo. La dimensión cultural propia del hecho cristiano no se concibe, por tanto, como una mediación entre Revelación e historia sino que, respetando las debidas distinciones, es intrínseca al movimiento con el que el acontecimiento de Cristo, al comunicarse en la realidad, interpela al hombre y a la historia. De este modo, la teología no es algo desencarnado: “He tratado, todo lo que me ha sido posible, de poner claramente en relación lo que enseñaba con el presente y con nuestro esfuerzo personal”. Esta actitud lleva a Ratzinger a “exponerse”” para ponderar críticamente el presente de la Iglesia y de la sociedad, pero no quita carácter científico a su trabajo teológico. Al contrario, lo llena de interés para el lector no especialista. También por esto Ratzinger figura entre los católicos más leídos en los círculos culturales laicos. Un buen ejemplo de esta sensibilidad es la intervención que tuvo el cardenal el 5 de mayo de 1997 en la basílica de San Juan de Letrán en Roma, en el contexto de la misión ciudadana para la preparación al Gran jubileo. Recorriendo la narración de las tentaciones de Jesús, tuvo que explicar en un determinado momento la relacionada con el hambre.

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