Pensar por Libre, Enrique Monasterio

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Pensar por Libre, Enrique Monasterio

Presentación

La culpa fue de Rosa María Navarro, que, en octubre de 1992, me propuso colaborar en la revista Mundo Cristiano. Ella pensaba, no sé por qué razón, que sería capaz de escribir todos los meses sobre cuestiones doctrinales sin aburrir en exceso al personal.
Le dije que bueno, y empecé a darle al teclado con escasas esperanzas de aportar algo trascendental a la cultura europea.
Al poco tiempo, algunos lectores, que tuvieron la inesperada amabilidad de escribirme, coincidieron en afirmar que la sección resultaba amena para la gente joven. Y ésta fue mi primera sorpresa, ya que nunca pretendí dirigirme a personas de una edad determinada. De todas formas, lo más probable es que aquel primer diagnóstico condicionase los temas, la letra y la música de los sucesivos artículos que fueron saliendo.
Rosa María dejó la dirección de la revista un año después, y le sustituyó Jorge Molinero. “Ahora me echan”, pensé con cierto alivio. Pero no. Se limitaron a cambiar el carácter de la página y a pedirme que diese un nombre a la sección.
 No tuve que reflexionar mucho. Respondí que la llamaríamos Pensar por libre. Y es que pensar por libre era, ya entonces, un proyecto de librito o de folleto dirigido a gente joven, que me rondaba por la cabeza y que aún sigue escondido y casi olvidado en la frágil memoria del ordenador.
Me parecía un buen título, porque respondía exactamente a lo que había empezado a hacer. Sin tomármelo demasiado en serio, trataba de desenmascarar tópicos, de mirar con ojo crítico y receloso las imposiciones de la moda intelectual o de la ideología dominante, invitando a los lectores a que reflexionasen por cuenta propia. Recristianizar lo pensaba entonces igual que ahora significa, entre otras cosas, despertar el espíritu libre que muchos tienen aletargado, y apretar tornillos en algunas seseras desajustadas.
Hace pocos meses un amigo, al leer el título de la sección, me comentó con cierta sorna:
¿Así que ahora pretendes ser un cura librepensador?
Le contesté, completamente en serio, que la palabra librepensador no me disgustaba en absoluto, aunque en el pasado hubiese tenido acentos anticlericales y sectarios.
Me gusta, en efecto, porque, tal como está el patio, se va poniendo difícil razonar con auténtica independencia de criterio, sin dejarse teledirigir por un Poder, que cada día es más sofocante y fiscalizador, especialmente en el terreno de las ideas.
En alguno de los artículos de este libro aludo a esta tentación totalitaria del Poder, que trata de uniformar cerebros y conciencias, y que, por desgracia, dispone cada día de más medios para conseguirlo.
En este sentido, la fe es un eficaz antídoto, porque no sólo no ata ni condiciona el pensamiento, sino que, muy al contrario, lo libera, le permite volar más lejos, sin miedo a los tabúes intelectuales que cada época histórica y cada ideología se encargan de poner a nuestro paso.
¿No dijo Jesucristo que la verdad nos hace libres?
Escribir desde la fe no es poner trabas dogmáticas a la inteligencia, sino enriquecerla con una luz que viene de lo alto, y que enseña a descubrir la tercera dimensión de un mundo aparentemente plano y agobiante1.
Escribir desde la fe significa también al menos así lo veo yo  hacerse un poco más abierto2; reservar el apasionamiento y la gravedad para unas pocas y señaladas cuestiones, y sonreír ante las demás. Significa, por tanto, escribir con buen humor que está al alcance de todos (lo del sentido del humor ya es harina de otro costal), y mirar con cariño al que nos interpela, aunque él no lo haga con el mismo afecto.
Sirva todo lo anterior para justificarme ante los lectores que no sintonicen con el aire de guasa que se respira en buena parte de los capítulos de este libro. Supongo que el tono desenfadado no está reñido con la seriedad de fondo de la mayoría de los asuntos. Y, en todo caso, esa leve ironía que en ocasiones me viene a la pluma, es sólo un recurso para no aburrir, y a nadie pretende molestar.

Una ojeada al índice basta para comprobar que hablo de muchos temas y casi siempre con demasiada concisión. Los cuatro mil caracteres que me imponían en la revista como tope máximo mensual, me han servido para aprender a podar adjetivos, e ir al grano: estupendo ejercicio literario, que recomiendo.
Esta brevedad tiene un inconveniente y alguna ventaja. El inconveniente es que uno no puede permitirse el lujo de intentar ser exhaustivo. Es más: seguro me dejo en el tintero casi todo lo importante.
La ventaja es que, en dos o tres folios, es  fácil sugerir, dar un enfoque diferente a una cuestión, dialogar con el lector, provocarle un poco, y luego retirarse por el foro, alegando falta de espacio, para que nuestro interlocutor siga reflexionando por libre.
 Los temas no son tan heterogéneos como parecen. De hecho, he logrado envolverlos en paquetes razonables, sin forzar demasiado las cosas. Algunos encontraban más difícil acomodo y los he incluido en un capítulo titulado Cajón de sastre.
He comprobado que hay repeticiones. No demasiadas, pero las hay. Con alguna frecuencia vuelvo sobre ideas ya desarrolladas en otros momentos, y hasta repito literalmente alguna en otros momentos, y hasta repito literalmente alguna frase.  No me habría sido difícil corregir este pequeño problema, pero he preferido dejarlo como está. Al fin y al cabo, esos conceptos que reaparecen pertinazmente a lo largo del libro, incluso en capítulos sobre cuestiones muy distintas, son como un estribillo conveniente o como un recordatorio; como el pensar por libre, que sigue repitiéndose, mes a mes, en la cabecera  de los artículos.
Termino este breve preámbulo, que nadie leerá (¿alguien lee los prólogos? ¿hay alguien ahí?), reconociendo que me lo he pasado muy bien escribiendo estas cosas, y que lo seguiría haciendo por los siglos de los siglos, mientras la revista y yo nos toleremos.
Y como ignoro la suerte que correrá este libro, me lavo las manos ante ustedes, y declaro solemnemente que lo envío a la imprenta porque me lo han pedido los editores. Ellos sabrán lo que hacen. Yo me contentaré con que, a uno sólo de los que lo compren le sirva para acercarse un poco más a Dios, o para hablar de Dios. Y también para sonreír, que es saludable ejercicio.

Madrid, 14 de junio de 1996.
Fiesta del Sagrado Corazón de Jesús
 

Pensarporlibre.PDB

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