Piedras de Escandalo, JM Cejas

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Piedras de Escandalo, JM Cejas

INTRODUCCIÓN
 
Aclaro a los lectores, a los que haya podido sorprender la dedicatoria con la que se abre este libro, que el Gris no es ningún animalito de compañía. Es aquel perrazo imponente que surgía en defensa de San Juan Bosco siempre que se encontraba en apuros, y al que el Santo comparaba, por su aspecto terrible, con un lobo o con un oso enfurecido. El Gris tenía más de un metro de altura y una peculiaridad sorprendente: se presentaba en los momentos más oportunos -por ejemplo, con ocasión de un atentado- y desaparecía, como por encanto, poco tiempo después. ¿Quién era el misterioso Gris? Cuando se lo preguntaban, Don Bosco eludía, riendo, la respuesta1.
Durante estos últimos años he añorado en algunas ocasiones la presencia poderosa del Gris. Se han prodigado los ataques contra algunas figuras de la iglesia y pocas voces han acudido en su defensa; y con frecuencia los afectados han caído en esa extraña indefensión en la que el infamante suele sumir a su agredido. Porque no es fácil responder a la calumnia. ¿Qué actitud tomar? El que opta por no defenderse corre el riesgo de reconocer la calumnia con su silencio: ya se sabe, “el que calla, otorga”. Y el que se defiende, da pábulo a nuevas calumnias y escándalos periodísticos, que son los efectos que precisamente busca el agresor.
Sin embargo, los ataques que han sufrido algunas personalidades de la Iglesia contemporánea no son, desde el punto de vista histórico, excesivamente novedosos. Personalmente, muchas de esas acusaciones contra Cardenales, Obispos e Instituciones, Fundadores, etc., me evocan viejas lecturas escolares. Con acusaciones semejantes aguijonearon sus contemporáneos a dos grandes santos, San José de Calasanz y San Juan Bosco, Fundadores de los dos colegios en los que estudié -un colegio de escolapios primero, y de salesianos después-, instituciones docentes de las que he guardado tantos gratos recuerdos, al igual que de la Universidad de Navarra, donde cursé la carrera y donde conocí a su Fundador -Mons. Escrivá-, beatificado recientemente.
Con el paso de los años he ido conociendo la vida de muchos hombres y mujeres santos, y he tenido oportunidad de tratar a algunas personalidades contemporáneas que posiblemente veamos en el futuro en los altares. He observado que prácticamente todos, de un modo u otro, han tenido que morder la fruta amarga de la calumnia, de la incomprensión o del escándalo.
Un elemental sentido de la justicia histórica me ha movido a acometer la tarea -ingrata, pero necesaria- de analizar y comparar las diversas contradicciones que han sufrido algunos santos a lo largo de la historia.
Afortunadamente, aquellas antiguas hagiografías que nos presentaban a los santos envueltos en un haz de luz, avanzando pacíficamente hacia la beatitud entre la admiración y el aplauso de los contemporáneos, reposan desde hace mucho tiempo entre las telarañas de las bibliotecas. Bien merecido
tienen su letargo: son tan falsas desde el punto de vista histórico como desvirtuadoras del concepto mismo de santidad.
Ya no es tiempo de las leyendas doradas: es necesario mostrar ahora que los santos de todas las épocas no caminaron jamás como ángeles alados sobre nubes de purpurina, sino que tuvieron que labrar su santidad día tras día, paso a paso, a fuerza de dificultades y tropiezos. Cayeron y se levantaron una y otra vez, entre los barrancos y el fango; se lastimaron -porque eran hombres- con las piedras de las miserias humanas y de sus propios defectos y limitaciones; y soportaron por amor a Dios -porque eran santoshasta llegar al heroísmo, la polvareda que formaron a su alrededor, con sus insultos y calumnias, algunos de sus contemporáneos.
Es posible que, tras la lectura de estas páginas, algún lector se plantee la posible veracidad de determinadas acusaciones contra los hombres y mujeres santos. Es comprensible: la calumnia juega astutamente con esa tendencia huma
na ‘a conceder, al-menos, un punto de razón al ofensor, -siguiendo el conocido dicho popular: “cuando el río suena…”.

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INTRODUCCIÓN

 

Aclaro a los lectores, a los que haya podido sorprender la dedicatoria con la que se abre este libro, que el Gris no es ningún animalito de compañía. Es aquel perrazo imponente que surgía en defensa de San Juan Bosco siempre que se encontraba en apuros, y al que el Santo comparaba, por su aspecto terrible, con un lobo o con un oso enfurecido. El Gris tenía más de un metro de altura y una peculiaridad sorprendente: se presentaba en los momentos más oportunos -por ejemplo, con ocasión de un atentado- y desaparecía, como por encanto, poco tiempo después. ¿Quién era el misterioso Gris? Cuando se lo preguntaban, Don Bosco eludía, riendo, la respuesta1.

Durante estos últimos años he añorado en algunas ocasiones la presencia poderosa del Gris. Se han prodigado los ataques contra algunas figuras de la iglesia y pocas voces han acudido en su defensa; y con frecuencia los afectados han caído en esa extraña indefensión en la que el infamante suele sumir a su agredido. Porque no es fácil responder a la calumnia. ¿Qué actitud tomar? El que opta por no defenderse corre el riesgo de reconocer la calumnia con su silencio: ya se sabe, “el que calla, otorga”. Y el que se defiende, da pábulo a nuevas calumnias y escándalos periodísticos, que son los efectos que precisamente busca el agresor.

Sin embargo, los ataques que han sufrido algunas personalidades de la Iglesia contemporánea no son, desde el punto de vista histórico, excesivamente novedosos. Personalmente, muchas de esas acusaciones contra Cardenales, Obispos e Instituciones, Fundadores, etc., me evocan viejas lecturas escolares. Con acusaciones semejantes aguijonearon sus contemporáneos a dos grandes santos, San José de Calasanz y San Juan Bosco, Fundadores de los dos colegios en los que estudié -un colegio de escolapios primero, y de salesianos después-, instituciones docentes de las que he guardado tantos gratos recuerdos, al igual que de la Universidad de Navarra, donde cursé la carrera y donde conocí a su Fundador -Mons. Escrivá-, beatificado recientemente.

Con el paso de los años he ido conociendo la vida de muchos hombres y mujeres santos, y he tenido oportunidad de tratar a algunas personalidades contemporáneas que posiblemente veamos en el futuro en los altares. He observado que prácticamente todos, de un modo u otro, han tenido que morder la fruta amarga de la calumnia, de la incomprensión o del escándalo.

Un elemental sentido de la justicia histórica me ha movido a acometer la tarea -ingrata, pero necesaria- de analizar y comparar las diversas contradicciones que han sufrido algunos santos a lo largo de la historia.

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