Por una correcta interpretación del Concilio Vaticano II

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Por una correcta interpretación del Concilio Vaticano II

 POR UNA CORRECTA HERMENEUTICA DEL CONCILIO 
(Benedicto XVI a la Curia Romana el 22-12-2005) 
Señores cardenales, venerados hermanos en el episcopado y en el presbiterado, queridos hermanos y hermanas: «Expergiscere, homo: quia pro te Deus factus est homo» Despiértate, hombre, pues por ti Dios se hizo hombre» (S. Agustín, Discursos, 185). Con esta invitación de San Agustín a captar el sentido auténtico de la Natividad de Cristo, abro mi encuentro con vosotros, queridos colaboradores de la Curia Romana, cerca ya de las fiestas navideñas. Vaya a cada uno de vosotros mi más cordial saludo y mi agradecimiento por los sentimientos de devoción y de afecto de los que se ha hecho eficaz intérprete el Cardenal Decano, a quien va mi gratitud. Dios se hizo hombre por nosotros: éste es el mensaje que, año tras año, desde la silenciosa cueva de Belén se extiende hasta los más remotos rincones de la tierra. Es la Navidad fiesta de luz y de paz, día de estupor interior y de alegría que se expande por el universo, porque «Dios se hizo hombre». Desde la humilde cueva de Belén, el eterno Hijo de Dios, hecho Niño pequeño, se dirige a cada uno de nosotros: nos interroga, nos invita a renacer en él, para que, junto con él, podamos vivir eternamente en la comunión de la Santísima Trinidad.
 
 
Memoria de Juan Pablo II 
Con el corazón lleno de la alegría que de este conocimiento se deriva, recorramos idealmente los acontecimientos del año próximo a su fin. Quedan detrás grandes acontecimientos, que han marcado profundamente la vida de la Iglesia. Pienso ante todo en el fallecimiento de nuestro amado Santo Padre Juan Pablo II, precedido por un largo camino de sufrimiento y de pérdida gradual de la palabra. Ningún Papa nos ha legado una cantidad de textos igual a la que él nos ha dejado; ningún Papa antes que él había podido visitar, como él, el mundo entero y hablar directamente a los hombres de todos los continentes. Pero, al final, fue el suyo un camino de sufrimiento y de silencio. Permanecen inolvidables en nuestra memoria las imágenes del Domingo de Ramos, cuando, con la rama de olivo en la mano y marcado por el dolor, se asomaba por la ventana y nos daba la bendición del Señor antes de encaminarse hacia la cruz. Después la imagen de cuando, en su capilla privada, sosteniendo en la mano el crucifijo, participaba en el Vía Crucis del Coliseo, donde tantas veces encabezó la procesión llevando él mismo la cruz. Por último, su muda bendición del Domingo de Pascua, en la que, a través de todo su dolor, veíamos resplandecer la promesa de la resurrección, de la vida eterna. El Santo Padre, con sus palabras y sus obras, nos ha dado cosas grandes; pero no menos importante es la lección que nos ha dado desde la cátedra del sufrimiento y del silencio. En su último libro, Memoria e identidad (La Esfera de los Libros, 2005) nos ha legado una interpretación del sufrimiento que no es una teoría teológica o filosófica, sino fruto madurado a lo largo de su personal camino de sufrimiento, que recorrió con el auxilio de la fe en el Señor crucificado. Esta interpretación, que había elaborado en la fe y que daba sentido a su sufrimiento vivido en comunión con el del Señor, hablaba a través de su mudo dolor, transformándolo en gran mensaje. Tanto al principio como, una vez más, al final de dicho libro, el Papa se muestra hondamente afectado por el espectáculo del poder del mal, poder que, durante el siglo recién terminado, pudimos experimentar de manera dramática. Dice textualmente: «No fue un mal en edición reducida […] Fue el mal en proporciones gigantescas, un mal que ha usado las estructuras estatales mismas para llevar a cabo su funesto cometido, un mal erigido en sistema» (Págs. 206-207). ¿Es tal vez el mal invencible? ¿Es la verdadera, definitiva potencia de la historia?

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