Relatos de Terror

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Relatos de Terror

1.– LA ESFERA DE CRISTAL
 
Hace dos años me puse enferma y el médico me recomendó pasar una temporada en la sierra. Mis padres, que conocían a unos ancianos que vivían allí , me enviaron con ellos. La casa donde habitaban era una gran mansión, bastante vieja y misteriosa. No sabría decir por qué, pero enseguida noté que era un lugar lleno de una inmensa tristeza. Aparte, había algo que avivaba el suspense, una habitación que siempre estaba cerrada a cal y canto a la que me prohibieron entrar. A pesar de todo no sentí miedo, porque el matrimonio era muy amable conmigo. Gracias a sus cuidados me recuperé rápido, y al mes ya estaba en la estación esperando el tren que me llevaría de regreso a casa. El anciano me había traído, pero había tenido que marcharse rápidamente, así que me metí en una sala de espera en la que no había nadie… salvo aquella niña.
La pequeña que tenía junto a mí era tremendamente pálida y estaba de pie, mirándome fijamente. Llevaba puesto un vestido de color rosa, pero lo que más me llamaba la atención de ella es que iba descalza, ¡con el frío que hacía!. Entonces  me sonrió y me hizo señas para que me sentara a su lado, al lado de la estufa encendida. Un escalofrío recorrió mi espalda cuando llegué a su lado.
– ¿quieres que te enseñe una cosa? me preguntó, con una expresión enigmática dibujada en el rostro. Yo asentí, y ella empezó a buscar en una vieja maleta y por fin sacó una esfera de cristal. Era un objeto precioso, porque, en su centro, se veía la figura de una niña con un vestido rosa y una esfera de cristal. “La hizo mi abuelo, y por eso la figura es igual que yo”, me dijo, mientras yo seguía mirando el extraño objeto, como hipnotizada. De repente, escuché un fuerte pitido. “Mi tren”, exclamé y salí corriendo lo más rápido que pude, pero ya se había ido. Para colmo, cuando entré de nuevo en la sala de espera la niña había desaparecido. ¿Dónde se habría podido marchar, si estábamos rodeadas por un espeso bosque? al final tuve que llamar por teléfono al anciano, que volvió a recogerme a regañadientes.
Y aquí empezó lo sorprendente, el giro de mi destino. Al llegar a casa, escuché por la radio una horrible noticia, ¡el tren que se suponía que iba a coger había descarrilado! Además dejaron muy claro que no había supervivientes de la tragedia. Me quedé pensativa al darme cuenta de que si la niña no me hubiera entretenido, ahora yo estaría muerta, y le conté al matrimonio con todo detalle lo que había pasado. A medida que iba contando la historia, los viejos iban poniéndose más pálidos, y al final, el anciano me dijo con una brusquedad que o esperaba: “lo siento, pero no puedes quedarte más tiempo con nosotros. Te llevaré de vuelta a la estación y cogerás el próximo tren”.
Al llegar a casa expliqué toda la historia, y mi padre me confesó un secreto que me dejó helada: el anciano que me había acogido era en realidad el abuelo de la niña de la estación. Como siempre habían sido ricos, el abuelo nunca dejaba que la pequeña jugara con los demás niños del pueblo, porque los consideraba inferiores y nocivos para su educación. Por eso le hizo esa esfera de cristal para que se entretuviera. Así que la niña siempre estaba sola, con la única compañía de ese juguete, hasta que un día se hartó y decidió escaparse de casa. Con su maleta, su traje rosa y su inseparable esfera, la pequeña llegó a la estación dispuesta a coger el tren, pero jamás pudo abandonar el pueblo. A causa del frío, murió de pulmonía. Los viejos jamás pudieron recuperarse de la desgracia: cerraron la habitación de la niña (sí, esa habitación donde me estaba prohibido entrar!) y para superar su dolor hicieron como si nunca hubiera existido. Entonces empezaron en el pueblo a oírse cosas, gente que decía haberla visto por el bosque, por la estación. Y luego llegó mi historia: por eso me obligaron a marcharme con tanta prisa. Angustiada, fui a mi cuarto a deshacer la maleta. Entre mi ropa, encontré la esfera de cristal de la niña. Ahora la conservo como un tesoro, la prueba de que el espíritu bueno de aquella niña desdichada decidió salvarme la vida.

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