San Josemaría y el Sagrario

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San Josemaría y el Sagrario 

ANTE EL SAGRARIO
 
Le gustaba hacer actos de fe explícita en la presencia real de Jesús Sacramentado: creo que estás presente con tu Cuerpo, con tu Sangre, con tu Alma y con tu Divinidad. ¡Jesús, te adoro! Consideraba la Eucaristía prenda segura de nuestra esperanza. Nos razonaba que, si estando aquí en la tierra y no siendo dignos de recibir al Señor, Él se nos entrega, ¡imaginaos qué será cuando le poseamos eternamente en el Cielo!
Cuando en los años cuarenta pudo tener un cuarto definitivo —en el Centro de Diego de León—, se alegró de que estuviese pegado al sagrario: porque así, en la soledad de muchas noches, y durante tantas horas del día, podía rezar y trabajar frente a Nuestro Señor. Esta idea le llevó a disponer la instalación de una tribuna que diera al oratorio, en el cuarto de trabajo del Presidente General del Opus Dei. Como transcurría también allí mucho tiempo, hizo colocar un pequeño reloj antiguo de bolsillo, con el fin de no faltar al horario del Centro.
Jamás entraba en ninguna iglesia sin ir primero a saludar a Jesús Sacramentado: se recogía en oración unos instantes y renovaba su ardiente deseo de hacerle compañía en todos los Tabernáculos del mundo. Me conmovió lo sucedido cuando le acompañé a la Catedral en obras de una ciudad importante. Preguntó al sacristán dónde habían dejado reservado al Señor, y contestó que lo ignoraba, pues cada día lo cambiaban de sitio, y al final nadie sabía dónde estaba. Fue buscando al Señor por la Catedral, y lo descubrió al divisar una lamparilla medio oculta: se arrodilló en tierra y rezó. Después nos dijo que había hecho esta oración: Señor, yo no soy mejor que los demás, pero necesito decirte que te quiero con todas mis fuerzas; y te pido que me escuches: te quiero por los que vienen aquí, y no te lo dicen; por todos los que vendrán y no te lo dirán. Y añadió: ¿no haríais vosotros algo semejante, si vuestros padres —con tantos méritos como tienen— se hubiesen prodigado por los demás, y los demás no les fuesen agradecidos? A Dios le debemos muchísimo más. Él, que es toda la felicidad, toda la hermosura y la verdadera Vida, se ha puesto a disposición de cada uno, para que tengamos parte en esa Vida. ¡Es justo que seamos agradecidos!
 
En los momentos libres que se le presentaban, aunque hubiese de subir y bajar escaleras, se acercaba al oratorio para hacer una genuflexión, acompañada de una jaculatoria, una comunión espiritual o un acto de adoración. No se recataba en ningún momento de dar este consejo: escápate cuando puedas a hacer compañía a Jesús Sacramentado, aunque sólo sea durante unos segundos, y dile —con toda el alma— que le quieres, que quieres quererle más, y que le quieres por todas las personas de la tierra, también por aquellos que dicen que no le quieren.
En una ocasión, el Fundador del Opus Dei había recibido una visita. Al terminar de almorzar, con la naturalidad que le caracterizaba, sugirió: vamos a saludar al Señor. Eran personas cristianas y piadosas, pero se extrañaron al oírle hablar así, porque su tono de voz correspondía al de quien está pensando en alguien muy superior: ¿a quién podremos ir a saludar como señor de esta casa, si el dueño es él? Lo comprendieron al entrar en el oratorio.
Nos insistía, a Mons. Álvaro del Portillo y a mí, que no pasásemos por delante del Tabernáculo, sin decirle que le queréis con toda el alma, que queréis custodiarle en vuestros corazones, que le agradecéis su presencia en el Sagrario para consuelo nuestro, que nos ayude con su fortaleza y su omnipotencia; y, después de hacernos estas consideraciones, agregaba: yo lo hago.
Con esa pasión por Jesús Sacramentado que le consumía, nos rogaba el 26 de febrero de 1970: uníos a mi oración constante. Rezo todo el día y por la noche. Uníos a mi Santa Misa. Haced muchos actos de fe y de amor en la presencia eucarística; y haced muchos actos de desagravio. Decid al Señor que le amáis con toda el alma, que no le queréis hacer sufrir, que deseáis desagraviarle continuamente.
Recomendaba a los sacerdotes que hicieran mucha compañía al Santísimo Sacramento. Quería que aumentase en todos esa piedad eucarística, y les hacía notar que sin hacerlo porque os vean las personas de vuestra iglesia, los feligreses de vuestra parroquia, no os ha de importar que os vean. Si estáis pendientes del Señor, y la gente conoce vuestro amor, os preguntará los motivos; y podéis hablar entonces de ese enamoramiento que os tiene que llenar toda la vida.

 

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