Santos

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1 DE ENERO. SANTA MARÍA, MADRE DE DIOS
1. SANTA MARIA, MADRE DE DIOS*
Solemnidad
-Dios escogió a su Madre y la colmó de todos los dones y gracias.
– María y la Santísima Trinidad.
– Nuestra Madre.
I. Al llegar la plenitud de los tiempos, envió Dios a su Hijo, nacido de mujer… (Gal 4, 4), leemos en la Segunda lectura de la Misa.
Hace muy pocos días meditábamos su nacimiento lleno de sencillez en una cueva de Belén. Lo vimos pequeño, como un niño indefenso, en manos de su Madre que nos lo presentaba para que, llenos de confianza y piedad, lo adoráramos como a nuestro Redentor y Señor. Dios había tenido en cuenta todas las circunstancias que rodearon su nacimiento: el edicto de César Augusto, el empadronamiento, la pobreza de Belén… Pero, sobre todo, había previsto la Madre que lo traería al mundo. Esta Mujer, mencionada en diversas ocasiones en la Sagrada Escritura, había sido predestinada desde toda la eternidad. Ninguna otra obra de la creación cuidó Dios con más esmero, con más amor y sabiduría que aquella que, con su consentimiento libre, sería su Madre.
Nuestra Señora fue anunciada ya en los comienzos como triunfadora de la serpiente, que simboliza la entrada del mal en el mundo (Gen 3, 15), como la Virgen que dará a luz al Emmanuel, al Dios con nosotros (Is 7, 14); y estuvo prefigurada en el arca de la alianza, en la casa de oro, por la torre de marfil… La escogió Dios entre todas las mujeres antes de los siglos, la amó más que a la totalidad de las criaturas, con un amor tal que puso en Ella, de un modo único, todas sus complacencias, la colmó de todas las gracias y dones, más que a los ángeles y los santos, la preservó de toda mancha de pecado o de imperfección, de tal manera que no se puede concebir una criatura más bella y más santa que quien había sido escogida para Madre del Salvador (Cfr. PIO IX, Bula Ineffabilis Deus, 8-XII-1854). Con razón han dicho los teólogos y los santos que Dios puede hacer un mundo mayor, pero no una madre más perfecta que su Madre (Cfr. SAN BUENAVENTURA, Speculum, en Obras completas, BAC, Madrid 1946, 8). Y comenta San Bernardo: “¿Por qué hemos de asombrarnos si Dios, a quien contemplamos obrando maravillas en la Escritura y entre sus santos, quiso mostrarse aún más maravilloso con su Madre?” (SAN BERNARDO, Homilías en alabanza de la Virgen Madre, II, 9).
La maternidad divina de María -enseña Santo Tomás de Aquino (Cfr. SANTO TOMAS, Suma Teológica, 1-2, q. 3, a. 5)- sobrepasa todas las gracias o carismas, como el don de profecía, el donde lenguas, de hacer milagros… “Dios Omnipotente, Todopoderoso, Sapientísimo, tenía que escoger a su Madre.
“¿Tú, qué habrías hecho, si hubieras tenido que escogerla? Pienso que tú y yo habríamos escogido la que tenemos, llenándola de todas las gracias. Eso hizo Dios. Por tanto, después de la Santísima Trinidad, está María.
“-Los teólogos establecen un razonamiento lógico de ese cúmulo de gracias, de ese no poder estar sujeta a satanás: convenía, Dios lo podía hacer, luego lo hizo. Es la gran prueba. La prueba más clara de que Dios rodeó a su Madre de todos los privilegios, desde el primer instante. Y así es: ¡hermosa, y pura, y limpia en alma y cuerpo!” (J. ESCRIVA DE BALAGUER, Forja, Rialp, 2ª ed., Madrid 1987, n. 482).
Al mirar hoy a Nuestra Señora, Madre de Dios, que nos ofrece a su Hijo en brazos, hemos de dar gracias al Señor, pues “una de las grandes mercedes que Dios nos hizo además de habernos criado y redimido fue querer tener Madre, porque tomándola Él por suya nos la daba por nuestra” (BEATO ALONSO DE OROZCO, Tratado de las siete palabras de María Santísima, Rialp, Madrid 1966, p. 61).
II. Enseña Santo Tomás de Aquino que María “es la única que junto a Dios Padre puede decir al Hijo divino: Tú eres mi Hijo” (SANTO TOMAS, o.c., 3, q. 30, a. 1). Nuestra Señora -escribe San Bernardo- “llama Hijo suyo al de Dios y Señor de los ángeles cuando con toda naturalidad le pregunta: Hijo, ¿por qué te has portado así con nosotros? (Lc 2, 48). ¿Qué ángel pudo tener el atrevimiento de decírselo (…)? Pero María, consciente de que es su Madre, llama familiarmente Hijo suyo a esa misma soberana majestad ante la que se postran los ángeles. Y Dios no se ofende porque le llamen lo que Él quiso ser” (SAN BERNARDO, o.c., I, 7). Es verdaderamente el Hijo de María.
En Cristo se distingue la generación eterna (su condición divina, la preexistencia del Verbo) de su nacimiento temporal. En cuanto Dios, es engendrado, no hecho, misteriosamente por el Padre ab aeterno, desde siempre; en cuanto hombre, nació, fue hecho, de Santa María Virgen. Cuando llegó la plenitud de los tiempos el Hijo Unigénito de Dios, la Segunda Persona de la Trinidad Beatísima, asumió la naturaleza humana, es decir, el alma racional y el cuerpo formado en el seno purísimo de María. La naturaleza humana (alma y cuerpo) y la divina se unieron en la única Persona del Verbo. Desde aquel momento, Nuestra Señora, cuando dio su consentimiento a los requerimientos de Dios, se convirtió en Madre del Hijo de Dios encarnado, pues “así como todas las madres, en cuyo seno se engendra nuestro cuerpo, pero no el alma racional, se llaman y son verdaderamente madres, así también María, por la unidad de la Persona de su Hijo, es verdaderamente Madre de Dios” (PIO XI, Enc. Lux veritatis, 25-XII-1931).
En el Cielo, los ángeles y los santos contemplan con asombro el altísimo grado de gloria de María y conocen bien que esta dignidad le viene de que fue y sigue siendo para siempre la Madre de Dios, Mater Creatoris, Mater Salvatoris (Cfr. R. GARRIGOU-LAGRANGE, La Madre del Salvador, Rialp, Madrid 1976, p. 43). Por eso, en las letanías, el primer título de gloria que se da a Nuestra Señora es el de Sancta Dei Genitrix, y los títulos que le siguen son los que convienen a la maternidad de Dios: Santa Virgen de las vírgenes, Madre de la divina gracia, Madre purísima, Madre castísima…

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