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TE ADORO DIOS ESCONDIDO
“Te adoro con devoción, Dios escondido”. Así comienzan los estupendos versos de Santo Tomás de Aquino que vamos a comentar. Forman un himno que los católicos han rezado y cantado muchas veces a lo largo de los siglos, logrando con su meditación buenos impulsos de fe y amor hacia el Señor Sacramentado. Por eso la tradición de la Iglesia lo estima mucho, hasta el punto de que es el único himno eucarístico citado en el Catecismo1. La Eucaristía será pues el tema central de este libro; y a su alrededor girarán diversos aspectos de la vida cristiana, según el himno los sugiere.

Siempre es bueno repasar las distintas facetas de la fe cristiana, para revitalizar su práctica y sacudir el polvo que la rutina haya introducido. Con mayor motivo, esta asidua consideración es más importante si trata sobre el Sacramento del Cuerpo y Sangre de Cristo, pues la Eucaristía es el corazón y la cumbre de la vida de la Iglesia; el centro de la vida de la Iglesia2.

El Papa refiriéndose al clero decía unas frases algo contundentes por su claridad: un sacerdote vale cuanto vale su vida eucarística, especialmente su Misa. Misa sin amor, sacerdote estéril. Misa fervorosa, sacerdote conquistador de almas. Devoción eucarística descuidada, o poco amada, sacerdocio en peligro y en vías de difuminación3. Estas palabras dirigidas a los presbíteros son igualmente aplicables a cada cristiano, pues cualquiera que desee avanzar a buen paso en el camino de la santidad ha de cuidar el trato con Dios en ese Sacramento donde está el Señor a quien se desea amar. Al mismo tiempo, este avance en el amor con obras a Dios será la base de la eficacia apostólica, pues obtendrá de la benevolencia divina las gracias necesarias para unos frutos abundantes de conversión y santidad. Así lo refleja una anécdota que tuvo lugar hace ya varios años:

José y Adolfo eran buenos amigos, y como es lógico hablaban a menudo de Dios y de religión. José era católico, Adolfo protestante. En esas conversaciones el principal motivo de divergencia era la Eucaristía: Adolfo no creía en la presencia real de Jesucristo.

Un buen día Adolfo animado por José asistió a unas charlas que daba un sacerdote católico con motivo de la fiesta del Corpus Christi. Faltaba un día para terminar la novena, cuando surgió la sorpresa:

– Quiero hacerme católico…

– ¡…!

– Esas charlas me han ayudado mucho; el sacerdote se explicaba bien; se notaba que conocía y vivía el tema. En especial me impresionó verle celebrar la Misa con pausa, cuidado, piedad… Pero una duda me asaltaba: quería saber si de verdad los católicos creéis en la Eucaristía cuando nadie os mira. Ayer dejé que fueras sólo a Misa y te observé sin que lo notaras. He visto tus genuflexiones profundas, devotas, la atención que ponías en la Consagración,… He visto y creo. Quiero hacerme católico.

La gracia de Dios se apoyó en las palabras y piedad del sacerdote y del amigo para lograr que Adolfo reflexionara sobre la Eucaristía y decidiera convertirse después de observar a José. A su vez, el ejemplo fue bueno y las palabras eficaces porque previamente José había meditado con frecuencia sobre este Sacramento. En esos ratos habituales de oración se alimentaba la fe que luego resplandecía en las obras. De esa meditación brotaban después los actos de amor a Jesús Sacramentado, los detalles de piedad, orden, reverencia, atención… El conjunto de estos cuidados formaron el buen ejemplo que respaldó las palabras encendidas, consiguiendo la conversión de Adolfo.

Los detalles de cariño hacia el Señor Sacramentado alcanzan de la misericordia divina abundantes dones para los hombres, pues Nuestro Señor concede un aumento de gracia a los que le muestran mayor amor. Esta especial ayuda divina es inestimable en las batallas de la vida espiritual, y en la tarea apostólica. Lo mismo cabe decir ante problemas colectivos. Si surgen crisis en la Iglesia probablemente se deba en buena parte a descuidos serios en este terreno, por la estrecha relación que hay entre la vitalidad espiritual y apostólica de la Iglesia y la Eucaristía4. Por eso, será difícil salir de un bache mientras no se trate con más amor a Jesús en el Altar.

El himno que comentamos recuerda aspectos centrales de este Sacramento. Su meditación es una manera de robustecer la fe eucarística, y revitalizar la vida cristiana.

 

 

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