Tiempo de Caminar 1, Ana Sastre

El link para descargar gratis está al final, debajo de los detalles del libro.


 Tiempo de Caminar, Ana Sastre

INDICE

          

Prólogo                      

PRIMERA PARTE    

Capítulo 1: El Somontano       

Nace un niño              

Bautizo en la Catedral             

Familia de hidalgos                 

A Torreciudad                        

Los primeros años                  

Un hogar cristiano                   

Días de alegría y de dolor

                       

Capítulo II: Barruntos  

En la ciudad de Logroño                     

La primera llamada                 

Un nuevo hermano

                       

Capítulo III: Junto al Pilar de Zaragoza

El Seminario de San Carlos                

Superior del Seminario                       

En la Facultad de Derecho                  

La muerte de su padre                        

La primera misa                      

Una parroquia rural                 

Final de una etapa                   

Capítulo IV: A solas con Dios 

Llegada a Madrid                   

El Patronato de Enfermos                   

 

Capítulo V: Dos de octubre de 1928

Campanas de fiesta     

El mensaje de Dios     

En medio del mundo   

Un espíritu inédito       

 

Capítulo VI: Mujeres en el Opus Dei

El 14 de febrero de 1930        

Aire de familia

 

Capítulo VII: En busca de fortaleza

En los hospitales de Madrid    

Con la fuerza del dolor            

Caridad y valentía       

La aventura de Dios    

 

Capítulo VIII: En las manos de Dios

La primera hora          

Cristo en la cumbre     

Hijos de Dios  

La alegría de los santos           

 

Capítulo IX: Real Patronato de Santa Isabel

Tiempo de trashumancia         

Rector del Real Patronato

           

Capítulo X: El padre

Abriendo surco           

Los primeros del Opus Dei

Una tarde en Porta Coeli        

Dios en medio del trabajo       

Nuevo encuentro        

Hombre para el futuro

Un incondicional         

Desde la otra orilla      

El Padre

           

Capítulo XI: Los primeros centros del Opus Dei

Un hogar para la Obra            

Dios y audacia            

La Residencia de estudiantes   

El primer sagrario        

Camino de Sonsoles   

Dios hace una pausa   

 

Capítulo XII: Fuertes en la fe

Tiempo de persecución           

En la Legación de Honduras

 

 

Capítulo XIII: Sin fronteras

En busca de libertad    

A través del Pirineo

           

Capítulo XIV: Bajo el cielo de Castilla

Camino de Burgos      

En el hotel Sabadell     

Los pasos de un «camino»      

Un 12 de octubre

           

Capítulo XV: La locura de la cruz

Retorno a Madrid       

En familia        

Diego de León            

Al paso de Dios          

Cada caminante siga su camino           

Valladolid: campo grande        

Con el viento contrario            

Diego de León            

En la tercera hora        

Hacia el futuro

¡Cúmplase!

           

Capítulo XVI: La Sociedad Sacerdotal de la Santa Cruz

Testigos de lo eterno   

El 14 de febrero de 1943        

Sacerdotes para la eternidad

Alma sacerdotal          

Todos los sacerdotes  

 

Capítulo XVII: Servir con alegría

Moncloa, Residencia Universitaria      

Los Rosales

Caminos de Andalucía y de Castilla    

 

SEGUNDA PARTE

 

Capítulo I: Eterna ciudad de Roma

Primeros emisarios      

Audiencia en el Vaticano         

Roma, ciudad abierta  

Un viaje accidentado   

Con un siglo de anticipación    

Sobre el mar               

En la ciudad de los Papas                   

Città Leonina              

La « Provida Mater Ecclesia»

                       

Capítulo II: Edificar sobre roca           

El Pensionato              

Romanidad y universalidad                 

Villa Tevere                

Castelgandolfo

                       

Capítulo III: Hacia el ancho mundo     

Con entraña universal              

Sin fronteras               

Expansión de la Obra en Portugal                   

Más allá del Canal: Inglaterra              

Al otro lado de los Pirineos: Francia               

El «milagro» de Irlanda

                       

Capítulo IV: De Castilla a la Tierra de Fuego  

Entre los pinos                        

Nuevo continente: Estados Unidos                  

Más allá del Río Bravo                       

En la inmensa Argentina                      

Chile: junto a los Andes                      

Italia de norte a sur

                       

Capítulo V: La Obra de Dios  

El último jalón             

La «batalla» de la formación               

Hogar universal                       

A través de los montes                       

Vocación docente                   

Educar en la verdad                

En el Corazón de Cristo                     

Bodas de plata                       

El Colegio Romano de Santa María                

En salud y enfermedad

                       

Capítulo VI: Dios en el horizonte         

Viaje por Centroeuropa                      

Einsiedeln                   

Junto al Pacífico                      

Desde Brasil               

Perú: tierra de misión              

La Universidad de Picara

Carmen Escrivá de Balaguer

Junto al Papa  

La llamada de Africa   

Santa María, Estrella del Mar  

La última piedra

           

Capítulo VII: Luz de las gentes

De nuevo en Madrid   

Junto al lago Albano    

El Concilio Vaticano II            

El espíritu de un Concilio

Catalina de Siena        

Yo os llamo amigos     

Aquí, todo es «Opus Dei»       

El quinto continente

Las siete mil islas         

 

Capítulo VIII: Romero de Santa María

Amor al mundo           

Pozoalbero, 1968       

Torreciudad    

De romería      

El último adiós

Virgen morena de Guadalupe  

Pentecostés

           

Capítulo IX: Un maratón sobrenatural

Decisión heroica         

Navarra: punto de partida       

Un Bilbao con cielo azul          

Madrid: donde nació la Obra  

Portugal: país de promisión     

Andalucía: tierra de María Santísima   

Valencia: un bello recuerdo     

Barcelona       

 

Capítulo X: Catequesis continental

Brasil: Tierra de la Santa Cruz

Argentina: suelo fértil   

Chile: ¡mar adentro!    

Perú: imperio del sol    

Ecuador: centro del mundo     

Venezuela: en el trópico          

Ultimo viaje a América            

Guatemala: fin de ruta

           

Capítulo XI: Como una síntesis

Con verdad y libertad

Juglares de Dios          

Contemple

La raza de los hijos de Dios

           

Capítulo XII: Hacia la eternidad

Cavabianca     

Abrid la ventana          

26 de junio de 1975

           

Capítulo XIII: Seguir caminando

Consummati in unum   

Al golpe de vuestras pisadas

Epílogo: La Prelatura Personal Opus Dei        

Notas  

Indice alfabético          

 

 

PROLOGO

Han pasado muchos años desde la fecha de mi primer encuentro con el Opus Dei. Pero a lo largo de este tiempo hay tres hitos que mantengo inolvidables.

El primero se remonta a la etapa de estudios universitarios, cuando ocupábamos los bancos de nuestra vieja Facultad de Medicina de San Carlos. Desde los medallones y lápidas que coronaban el Gran Anfiteatro, nombres ilustres que habían logrado gloria científica espoleaban la noble ambición de ser y hacer algo importante. Además, se abrían a diario múltiples caminos culturales que contribuían a poner en nuestra vida alternativas de inquietud, curiosidad y proyectos. Madrid se dejaba descubrir y disfrutar metiéndose implacablemente en el corazón de aquel alud de estudiantes llegado de provincias.

Y, acostumbrada a indagar por cuenta propia, un día me acerqué hasta los umbrales de la Obra. Venía de muy lejos, pero siempre me había fascinado, en la lectura del Evangelio, la llamada de Cristo a los primeros Apóstoles: a Juan, el adolescente que lanzaba su impaciencia sobre los horizontes del lago; a Pedro, el hombre curtido en mil avatares; a Natanael, el más sincero y leal de los israelitas; y a Mateo, ducho en la dureza del dinero. Apenas unas palabras: «Venid conmigo». «Y dejadas todas las cosas, le siguieron» (1).

Aprendí, entonces, que esta leva voluntaria no había cerrado su demanda tras las puertas de la historia. Comprobé de cerca que Cristo seguía en las encrucijadas llamando a cada uno por su nombre. Y acepté la palabra de los santos en la seguridad de que nada hay comparable a esa experiencia única en la que Dios, con la fuerza de un huracán ardiente, se apodera del alma.

El segundo momento tiene relación con mi primer viaje a Roma. Imposible hablar, en corto espacio, de la sacudida que supone para cualquier ánimo la Ciudad Eterna. Hay que pasearla con las luces del tramonto para saber un poco de los mástiles del Foro, de la exigua grandeza de la Mamertina, de las plazas de Miguel Angel, el Coliseo, el Panteón y las fontanas. Roma es el espíritu de Occidente que se afinca como testimonio de la historia. Además, para un cristiano, es la permanencia viva y habitual del representante de Cristo en la Tierra; son los brazos blancos de la paz abriéndose a la multitud con el Angelus de cada domingo.

No era de extrañar que el Fundador del Opus Dei, en la convicción de recoger el espíritu de los primeros cristianos, hubiera establecido su residencia, y con ella el corazón de toda la Obra, en este contexto que supera las estructuras temporales.

Este viaje tuvo para mí la impagable compensación de conocer y hablar con Monseñor Escrivá de Balaguer. De sentir la influencia de su vitalidad, su empeño en rescatar para Dios todo lo grande y bello del mundo. Puedo decir que, después de haber charlado un rato con el Padre, el tirón de su santidad había elevado el alma por encima de dificultades y fatigas. Le había dado esa joven y rotunda confianza sobrenatural que respiran los puntos de «Camino».

Recuerdo con especial nitidez mí bajada a la Cripta de Santa María. Ese lugar de la Sede Central del Opus Dei que entonces parecía esperar una realidad tan lejana y que hoy alberga, en el contrapunto de las rosas y las piedras, el cuerpo del Fundador. Todo sugería allí una alegre paz, una convicción de estar en el feliz dintel de Dios.

Porque mi tercera experiencia arranca precisamente de aquel 26 de junio de 1975, después de conocer la noticia del fallecimiento de Monseñor Escrivá de Balaguer. No resultaba difícil imaginar y compartir la devoción con que le rodeaban sus hijos de Roma y del mundo entero. Menos fácil era objetivar su ausencia, saber que ya no llegarían, en el devenir de cualquier situación, la firmeza de su ser aragonés, el buen humor intacto ante múltiples aconteceres, la seguridad para los momentos confusos, la veracidad y la valentía de su palabra.

Pero su pérdida dio lugar a una nueva resonancia. Estaba todo tan lleno de su solicitud, tan inmerso en las coordenadas de su espíritu, que el vacío se convertía ya en voz que llegaba desde la eternidad. La muerte hizo más evidente la envergadura de su amistad, la dimensión de su paso por la tierra de los hombres.

Fue en estas fechas cuando intenté la osadía de asomarme a los desvelos de su vida, a la intimidad de sus escritos, al testimonio de quienes habían participado desde el principio y desde cerca de esta llamada a la santidad, de la brega de un luchador incansable de Dios en nuestro tiempo.

Adivino su mirada -de tan difícil descripción porque estaba siempre arraigada en calidades de profundidad y de cariño-, aceptando esta inconcebible traducción de su persona que yo pueda hacer, sin otras credenciales que el amor y la admiración al espíritu que difundió entre nosotros.

Así empezó la aventura de este libro. Desearía haberlo escrito con la sencillez y claridad de una conversación tras la jornada de trabajo. Decir con palabras usuales y diarias esta formidable teología de convertir en empresa apasionante lo que, por desgaste de la humana condición, tiende a ser rutina y cansancio.

A través de estas páginas tal vez algunos encuentren la clave para transformar la prosa de sus días en «endecasílabo, verso heroico»(2). Y para dilatar su ánimo en la gran empresa que hoy y siempre ofrecen los caminos del mundo en marcha hacia lo eterno.

La dedicación a los azares de esta Semblanza me llevó al descubrimiento, hasta límites ignotos, de la santidad de un hombre, al crecimiento de una estremecida devoción y al encuentro de una gran certeza humana.

Quisiera haber sido capaz de sembrar algo del mismo estímulo y alegría para los lectores. Porque más allá de los datos que respaldan la historicidad de mi relato, Dios está en el horizonte. Y es tiempo de caminar.

Madrid, 2 de octubre de 1989

AnaSastreTiempoCaminar1.pdb

Vota si te ha resultado útil



Deja un comentario

Tu dirección de correo electrónico no será publicada. Los campos obligatorios están marcados con *