Un himno de Silencio, Cantalamessa

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Un himno de Silencio, Cantalamessa

1.– HUÉRFANOS DE PADRE.
Hay personas a las que, en un cierto momento de su vida, les entra un deseo irreprimible de conocer a su padre o a su madre, que saben que están vivos en alguna parte, pero a los que no han visto nunca. Hacen indagaciones, emprenden viajes, ponen anuncios en los periódicos, y no se dan por vencidos hasta que consiguen ponerse en contacto con ellos. A veces, todo lo que piden es simplemente poder mirarlos una vez a los ojos, darles un abrazo y luego, si es necesario, volver a desaparecer de sus vidas.
La empresa espiritual que vamos a acometer se parece un poco a eso. Saldremos en busca de nuestro Padre común, que sabemos que está vivo, pero al que nunca hemos conocido “en persona” –y no precisamente por su culpa–, y no descansaremos hasta que no se nos conmuevan por él “las entrañas” como está escrito que se le conmueven a él las suyas por nosotros (cf Os 11,8).
Pero nuestra meta no es sólo conocer mejor al Padre, saber algo más sobre él. Jesús ha vivido con Dios una relación ejemplar, única en la historia del mundo, de hijo con su Padre. Y todo lo que hizo lo hizo para “llevar a otros hijos a la gloria”, para hacerlos participar del maravilloso estado de hijos y herederos, con él, de todo. Para esto nació, sufrió, murió, resucitó y envió al Espíritu Santo: “para que recibiéramos el ser hijos por adopción” (Ga 4,5). La meta última, pues, de nuestra búsqueda es entrar en posesión de esa herencia maravillosa, es acceder al estado de hijos; y no sólo jurídicamente o de derecho –pues eso ya se dio con el bautismo–, sino también existencialmente, de hecho, aprendiendo a decir de un modo nuevo ¡Abbá, Padre!
Vivimos en una sociedad que ha sido definida como “la sociedad sin padres”. A la vista de todos están algunos signos de esa pérdida de estima del padre. La inmensa mayoría de los hijos de parejas separadas están confiados a la madre, algunos a instituciones públicas o a los dos cónyuges a la vez, pero poquísimos sólo al padre. El resultado es que cada vez hay más chicos (dos millones y medio hoy en día en una sola nación europea) que crecen sin la imagen paterna a su lado.

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Un himno de Silencio, Cantalamessa
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