Una visita de Dios, Juan Pablo II

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Una visita de Dios, Juan Pablo IIUno de los enigmas más inquietantes que la Humanidad ha tenido siempre ante sí es el sufrimiento. ¿Por qué sufrimos?, ¿por qué sufrimos tanto? ¿por qué sufren los inocentes?, ¿tiene sentido el dolor o es un no-sentido, un absurdo sin lógica coherente? He aquí un conjunto de interrogantes que ha angustiado siempre a los hombres.            De una o de otra manera todos sufrimos: fracasos, miedos, dolores físicos, desequilibrios psicológicos, incomprensiones, pérdida de seres queridos, limitaciones de edad, todo ese conjunto de dolores que en nosotros o en otros experimentamos continuamente.            En nuestro siglo, los sufrimientos de millones de personas a causa de las grandes dictaduras, las grandes guerras, las grandes injusticias sociales, han sido tan crueles que esas preguntas han llegado a ser la obsesión de filósofos, literatos y dramaturgos.            Las preguntas van aún más lejos: ¿Cómo se conjuga tanto sufrimiento con la existencia de un Dios Amor y Bondad?, ¿lo quiere?, ¿lo permite?, ¿por qué? Desde que los hombres han sido capaces de reflexionar se han hecho estas preguntas, y las respuestas han sido múltiples: desde los que desesperados han renegado de Dios porque no podían comprenderle, hasta los que con optimismo ingenuo afirmaron que, a pesar de todo, éste era el mejor de los mundos posibles.            En problema tan grave como éste, Dios no podía callar. Es verdad que sus respuestas, por ser divinas, no siempre pueden ser comprendidas plenamente por nuestra reducida razón. Dios y sus proyectos son siempre infinitamente más grandes que nosotros, y es lógico que haya realidades que no podamos entender. Son los misterios de los que está llena la existencia humana, y aun el mismo mundo físico. Sin embargo, la revelación de Dios ilumina, en cuanto es posible, el camino misterioso de nuestra vida, tejido de alegrías y dolores, como en los rosales hay espinas y flores.            Pues bien, el Papa Juan Pablo II ha experimentado en su propia carne muchos sufrimientos: orfandad prematura, persecución por motivos religiosos, hambre, duros trabajos en la mina, pérdida de los seres más queridos, soledad, carencia de recursos, el peso de graves responsabilidades, la incomprensión y el odio hasta el intento de ser asesinado; para no hablar de los sufrimientos colectivos de su pueblo polaco, martirizado primero por los nazis y luego por los soviéticos. Este Papa que además, por su cargo, tiene que meditar día y noche la palabra de Dios para transmitirla con fidelidad, ha enseñado muchas verdades sobre el dolor humano, y ha aportado cuanto ha podido para aliviarlo y ofrecer a los que sufren motivos para la esperanza y la paz.            Merecía la pena reunir las enseñanzas del Papa sobre el sufrimiento en un solo volumen, y comentarlas para que fuese guía, breviario y consuelo de todos aquellos que, de una o de otra manera, experimentan el dolor en cualquiera de sus formas. Ha sido la tarea que ha realizado ese benemérito sacerdote que es Don Pedro Beteta, divulgador constante de las enseñanzas del Papa al Pueblo de Dios.            Estas páginas, además de dar respuesta a las preguntas que antes nos hacíamos, nos acercan a jesucristo, y nos animan a caminar por la vida “fijos los ojos en Jesús, el que inicia y consuma nuestra fe, el cual en lugar del gozo que le proponían soportó la cruz, sin miedo a la ignominia y está sentado a la derecha del trono de Dios” (Heb. 12,2). Es Él, a fin de cuentas, nuestro mejor consuelo y esperanza, ya que quiso compartir nuestra vida “probado en todo igual a nosotros, excepto en el pecado” (Heb. 4,15). San Pablo nos recuerda que “si sufrimos con Él seremos también glorificados con Él” (Rom. 8, 17).            El Papa no podía menos de recordar también a María, que, junto a su Hijo, aceptó el sufrimiento redentor y quedó así constituida en “Consuelo de los afligidos”.            Si estas páginas llevan un poco de paz, fortaleza y esperanza a las personas que padecen, habrán realizado una de las mejores obras de misericordia: consolar al que sufre. Serán también testimonio de que el Papa y la Iglesia no son indiferentes ante uno de los más graves y misteriosos problemas humanos.                                                                                                          Madrid, 7 de febrero de 1994                                                                                                                         +Angel Card. Suquía                                                                                                                            Arzob. de Madrid

 

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