Virgen María, Juan Pablo II

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Virgen María, Juan Pablo II

Dirigíos con frecuencia a María en vuestras oraciones, porque
«jamás se oyó decir que ninguno
de los que han acudido a su protección,
implorado su socorro y pedido su intercesión
haya sido desamparado de Ella».
Totus Tuus. Esta fórmula no tiene solamente un carácter piadoso, no es una simple expresión de devoción: es algo más. La orientación hacia una devoción tal se afirmó en mí en el período en que, durante la segunda guerra mundial, trabajaba de obrero en una fábrica. En un primer momento me había parecido que debía alejarme un poco de la devoción mariana de la infancia, en beneficio de un cristianismo cristocéntrico. Gracias a san Luis Grignon de Montfort comprendí que la verdadera devoción a la Madre de Dios es, sin embargo, cristocéntrica, más aún, que está profundamente arraigada en el Misterio trinitario de Dios, y en los misterios de la Encarnación y la Redención.
María Santísima continúa siendo la amorosa consoladora en tantos dolores físicos y morales que afligen y atormentan a la humanidad. Ella conoce nuestros dolores y nuestras penas, porque también Ella ha sufrido, desde Belén al Calvario: «Y una espada atravesará tu alma.» María es nuestra Madre espiritual, y la madre comprende siempre a los propios hijos y los consuela en sus angustias.

Virgen María JPII.PDB

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