Vivir como Hijos de Dios, Fernando Ocariz

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Vivir como Hijos de Dios, Fernando Ocariz

            Desde el 26 de junio de 1975, innumerables personas de países y condiciones diversas han venido expresando la profunda e indeleble huella que ha dejado en sus almas la vida y la enseñanza de Mons. Josemaría Escrivá de Balaguer. Entre estas personas están también quienes se dedican al cultivo de la ciencia teológica, testimoniando que las aportaciones del Padre -como le llamamos muchos miles de personas en todo el mundo- a la Teología, en su sentido más pleno, hacen de sus enseñanzas un punto de referencia de primera magnitud para el quehacer teológico.
            Con palabras de quien mejor puede orientarnos en la tarea de estudiar, bajo cualquier aspecto, la obra de Mons. Escrivá de Balaguer -su sucesor, el Excmo. y Rvmo. Mons. Alvaro del Portillo, actual Prelado del Opus Dei-, entre las características de la predicación del Padre  hay que destacar, “en primer lugar, la profundidad teológica. Las homilías no constituyen un tratado teológico, en el sentido corriente de la expresión. No han sido concebidas como un estudio o una investigación sobre temas concretos; están pronunciadas a viva voz, ante personas de las más diversas condiciones culturales y sociales, con ese don de lenguas que las hace asequibles a todos. Pero esos pensamientos y consideraciones están tejidos en el conocimiento asiduo, amoroso de la Palabra divina.
            Nótese por ejemplo, cómo el autor comenta el Evangelio. No es nunca un texto para la erudición, ni un lugar común  para la cita. Cada versículo ha sido meditado muchas veces y, en esa contemplación, se han descubierto luces nuevas, aspectos que durante siglos habían permanecido velados”[1]
            Sin duda, una de esas luces  nuevas, de esos aspectos que habían permanecido velados durante siglos, es el sentido de la filiación divina, entendida no como una simple verdad teórica entre otras muchas, sino contemplada y vivida como capital punto de apoyo, como fundamento, de toda la existencia cristiana.
            Un eco del impacto vital de la novedad de esta enseñanza del Padre -vieja como el Evangelio y como el Evangelio nuevo,  diría- lo encontramos por ejemplo en aquel punto de Camino: «”Padre -me decía aquel muchachote (¿qué habrá sido de él?), buen estudiante de la Central-, pensaba en lo que usted me dijo: ¡que soy hijo de Dios!, y me sorprendí por la calle, ‘engallado’ el cuerpo y soberbio por dentro… ¡hijo de Dios!”
            Le aconsejé, con segura conciencia, fomentar la “soberbia”»[2]
            Somos hijos de Dios: una luz nueva que, con ímpetu divino y altura contemplativa, Mons. Escrivá de Balaguer hizo -antes que doctrina teológica, y no sin particular providencia de Dios- alma de su misma alma.
            “Por motivos que no son del caso -pero que bien conoce Jesús, que nos preside desde el Sagrario-, la vida mía me ha conducido a saberme especialmente hijo de Dios, he saboreado la alegría de meterme en el corazón de mi Padre, para rectificar, para purifirme, para servirle, para comprender y disculpar a todos, a base del amor suyo y de la humillación mía.
            Por eso, ahora deseo insistir en la necesidad de que vosotros y yo nos rehagamos, nos despertemos de ese sueño de debilidad que tan fácilmente nos amodorra, y volvamos a percibir, de una manera más honda y a la vez más inmediata, nuestra condición de hijos de Dios.
            El ejemplo de Jesús, todo el paso de Cristo por aquellos lugares de Oriente, nos ayudan a penetrarnos de esa verdad. Si admitimos el testimonio de los hombres -leemos en la Epístola-, de mayor autoridad es el testimonio de Dios. Y, ¿en qué consiste el testimonio de Dios? De nuevo habla San Juan: mirad qué amor hacia nosotros ha tenido el Padre, queriendo que nos llamemos hijos de Dios y  lo seamos… Carísimos, nosotros somos ya ahora hijos de Dios”[3]
            Ese vivir como hijo de Dios siempre, ha informado también todo su hablar de Dios, de manera que en su enseñanza «el nervio central es el sentido de la filiación divina, constante en la predicación del Fundador del Opus Dei. El autor se hace continuamente eco de la enseñanza de San Pablo: “Los que se rigen por el Espíritu de Dios, ésos son hijos de Dios. Porque no habéis recibido el espíritu de servidumbre para obrar todavía por temor, sino que habéis recibido el espíritu de adopción, en virtud del cual clamamos: Abba, ¡Padre! Porque el mismo Espíritu está dando testimonio a nuestro espíritu de que somos hijos de Dios. Y siendo hijos, somos también herederos; herederos de Dios, y coherederos con Jesucristo, con tal de que padezcamos con El, a fin de que seamos con El glorificados” (Rom VIII, 14-17).
            »En ese texto trinitario -la Trinidad Beatísima es otro de los temas frecuentes en estas Homilías-, se indica el camino que lleva, en el Espíritu Santo, al Padre. El camino es Jesucristo, que es Hermano, Amigo -el Amigo-, Señor, Rey, Maestro. La vida cristiana estriba entonces en tratar continuamente a Cristo; y ese trato tiene lugar en la vida diaria, sin apartar a nadie de su sitio»[4]
            La existencia cristiana tiene así una característica radical, que la cualifica en todos sus aspectos: es la vida de los hijos de Dios. «La filiación divina es una verdad gozosa, un misterio consolador. La filiación divina llena toda nuestra vida espiritual, porque nos enseña a tratar, a conocer, a amar a nuestro Padre del Cielo, y así colma de esperanza nuestra lucha interior, y nos da la sencillez confiada de los hijos pequeños. Más aún: precisamente porque somos hijos de Dios, esa realidad nos lleva también a contemplar con amor y con admiración todas las cosas que han salido de las manos de Dios Padre Creador. Y de este modo somos contemplativos en medio del mundo, amando al mundo»[5]
            Precisamente afirma Mons. del Portillo, «esta es la idea central del mensaje de Monseñor Escrivá de Balaguer: que la santidad -la plenitud de la vida cristiana- es accesible para todo hombre, cualquiera que sea su estado y condición, y que la ocasión para una entrega sin límites al amor de Dios, y para un ejercicio activo del apostolado en todos los ambientes»[6] Y la Obra que Dios encomendó al Padre -el Opus Dei- puede resumirse como «camino de santificación en el trabajo profesional y en el cumplimiento de los deberes ordinarios del cristiano»[7], es decir, en medio del mundo. Pero, en cualquier circunstancia, «la santidad, tanto en el sacerdote como en el laico -escribía Mons. Escrivá de Balaguer en 1945-, no es otra cosa que la perfección de la vida cristiana»[8]
            Se entiende, pues, que desde el principio el Padre haya afirmado que «la filiación divina es el fundamento del espíritu del Opus Dei»[9].Un fundamento que, siendo el mismo que el de la vida cristiana en toda su riqueza, confiere a ese espíritu una universalidad por la que en él pueden encontrar su camino -y de hecho lo han encontrado- multitudes de personas de toda raza y condición.
            Este espíritu, que tiende a manifestarse primariamente en la vida interior de cada uno, informa consecuentemente la misma organización de los apostolados que el Opus Dei lleva a cabo corporativamente. En una de las entrevistas de prensa, recogidas en el volumen Conversaciones con Mons. Escrivá de Balaguer, el Padre señalaba, entre las características fundamentales de los apostolados del Opus Dei, «la primacía que en la organización de nuestras labores concedemos a la persona, a la acción del Espíritu en las almas, al respeto de la dignidad y de la libertad que provienen de la filiación divina del cristiano»[10]
            En estas páginas se ofrece un primer esbozo de análisis y sistematización, que ayude a la comprensión de la riqueza teológica -verdaderamente impresionante- que contienen las enseñanzas del Fundador del Opus Dei sobre la filiación divina. Semejante tarea es a la vez fácil y difícil. Fácil, porque los textos del Padre, junto a su profundidad, poseen una extraordinaria claridad y fuerza de penetración espiritual: no es necesario interpretarlos, y menos aún someterlos a vivisecciones que quizá les privarían de vida. Difícil, en cambio, porque de hecho la filiación divina lo informa todo en su espíritu y en su palabra, y no está circunscrita a unos cuantos pasajes de sus escritos, por numerosos  que fuesen. En este sentido no basta buscar y estudiar los párrafos y las páginas en que figura la expresión filiación divina, o sus equivalentes y derivados. Si el Padre habla o escribe sobre la fe, se trata de la fe de los hijos de Dios, así como al predicar sobre fortaleza, trata de la fortaleza de los hijos de Dios, y al contemplar la realidad de la conversión y la penitencia, su palabra versa sobre la conversión de los hijos de Dios…

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