Y la Palabra se hizo carne

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Y la Palabra se hizo carne «“Pero, al llegar la plenitud de los tiempos, envió Dios a su Hijo, nacido de mujer, nacido bajo la ley, para rescatar a los que se hallaban bajo la ley, y para que recibiéramos la filiación adoptiva” (Gál 4,4-5). He aquí “la Buena Nueva de Jesucristo, Hijo de Dios” (Mc 1,1): Dios ha visitado a su pueblo, ha cumplido las promesas hechas a Abrahán y a su descendencia; lo ha hecho más allá de toda expectativa: El ha envia­do a su “Hijo amado” (Mc 1,11)» (CIC 422).Con estas palabras comienza el Catecismo el capítulo sobre Jesucristo.Si es verdad que «el misterio del hombre sólo se esclarece en el misterio del Verbo encarnado» (CONC. VAl. II, GS 22,1), ¡entonces habrá que decir eso mismo, y mucho más, del misterio de la Iglesia! Toda la luz de la Iglesia procede de Cris­to. Con esta certidumbre comienza la primera frase de la Constitución dogmática del Concilio sobre la Iglesia: Lumen gentium cum sit Christus…, «Cristo es la luz de los pueblos. Por eso este sacrosanto Sínodo, reunido en el Espíritu Santo, desea vehementemente iluminar a todos los hombres con la luz de Cristo, que resplandece sobre el rostro de la Iglesia, anunciando el Evan­gelio a todas las criaturas (cf. Mc 16,15)» (Conc. VAT. II, LG 1).

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