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Toda la Vida a una Carta, JM Cejas
I. EN LA CONDICIÓN EN QUE
PASAMOS AQUELLA NOCHE EN
GINEBRA Y EL EJERCICIO QUE LUEGO
HICIMOS
Ginebra, 16 de julio
STÁBAMOS en el comienzodel transcurso de nuestro viaje, a orillas del lago Leman, en medio de unos oscuros y casi selváticos matorrales en los que habíamos disimulado, fuera de la recta carretera, nuestra tienda de campaña. Nos dedicábamos, en aquella noche de julio,
bajo el cielo sereno de Ginebra, a hacer algo que te apasiona: ver estrellas.
-¿Y aquélla?
-Aquélla es Alfa Centauri, la estrella más cercana a la tierra.
-¿Y aquélla?
-Aquélla es… Sirio, una de las más brillantes. -¿Y la estrella de la mañana? -Aquélla…
… A esa hora, la luz blanquecina de las farolas silueteaba débilmente el severo contorno de la ciudad, dormida entre los puentes que unen, sobre el Ródano, la pequeña isla de Rousseau. En la oscuridad de la noche se erguía, como un fantástico centinela blanco, la llamarada acuática del surtidor. Era arriesgado el lugar que habías elegido para instalar la tienda, pero me tranquilizabas: -«¡esto es el paraíso!, y además, no te preocupes, a estas horas nadie nos dirá nada: ¡debemos ser los únicos despiertos en toda Suiza!» Y seguías, extasiado, contemplando el firmamento.
Luego te metiste dentro de la tienda y estuviste tocando durante largo rato la armónica, equivocándote una y otra vez en varias notas, como siempre… Te quedaste en silencio, pensativo. En esos momentos dices cosas insospechadas: -«¿Sabes qué? Pienso que cada uno tiene su propia estrella… No, no te rías… No tiene nada que ver con la astrología. Cada uno tiene su propia estrella, su propia luz, su propio destino…». Y exclamaste de repente: -«¡Vamos a dormir! ¡Debemos ser los únicos despiertos en toda Suiza!» Apagamos la linterna. Hiciste como que cerrabas los ojos y te dormías.
Pero no dormías: pensabas en esa luz, tan cercana, que te ilumina; en ese Dios que desde siempre, mucho antes de la primera madrugada del mundo, ya pensaba en ti. En ese Amor que, cuando el tiempo era sólo un niño recién nacido, y todo estaba sin bautizar -el cielo no sabía su nombre ni la tierra el suyo-, cuando la luz acababa de estrenar su primera claridad y el mar sus olas, ya te amaba, ya guardaba para ti un querer que llevaba tu nombre.
¡Si supieras cómo te esperaba, cómo te deseaba, desde siempre y para siempre! Quería que fueses feliz, inmensamente feliz: todo lo hizo y te lo dio para tu felicidad: tu fe, tu familia, tus amigos, tus ilusiones, ¡todo!; el universo con sus maravillas: los planetas, las estrellas, las galaxias…, estas montañas, este paisaje grandioso, este rumor apagado de las aguas del lago… Y te creó libre: libre para el amor, para la luz, para el diálogo y la cercanía.
Lo había dispuesto todo para tu llegada en aquella primera tierra de nuestros primeros padres, en aquel verdadero paraíso. ¡Deseaba tanto poder pasear contigo, allí, en la intimidad de aquel primer Amor, con la brisa serena de la tarde…!
Tenía un designio maravilloso para ti. Te quería feliz.
Para ti había diseñado el mundo, los días, el cielo, la luz, el
sol, las maravillas todas de la naturaleza, los lagos, el mar…
Pero nosotros no quisimos. Y ensuciamos ese designio
de amor con el orgullo, la soberbia, la desobediencia, el odio… Y nacieron, como un vómito amargo, el pecado y la noche, la tierra reseca y la oscuridad, la triste orilla del hombre y su miseria.
Le abandonamos luego, pero Él no nos abandonó: ¿cómo iba a hacerlo? ¡Es nuestro Padre! Pasaron siglos y siglos bajo su mirada: nos llamaba una vez y otra con su voz de Padre; pero nosotros, perdidos, no queríamos escucharle. Nos buscaba por medio de otros… No atendíamos.
Nos olvidamos de Él: pero Él no se olvidó de nosotros. Y quiso, loco de amor, enviarnos a su Hijo, para que recorriera el camino a nuestro lado, para que pudiésemos escuchar, en confidencia de amigo, el sonido amable de su voz. Y se hizo Hombre. Desde entonces, el camino que trazaron sus pisadas es nuestro único camino: un camino que muere, como Él, en la tierra amarga, seca, dolorosa, roja de sangre y llanto, de la cruz.
La Cruz: ésa fue su llamada definitiva. Desde ahí todavía nos sigue llamando, nos sigue sonriendo con su rostro
desfigurado por las cicatrices. Lleva veinte siglos ahí, clavado, esperándonos, convocándonos al amor.
El techo de nuestra tienda de campaña se iluminó de repente con una fuerte luz anaranjada. -«Sal a ver qué pasa», me dijiste. Fuera, me deslumbró el potente foco de una linterna que me apuntaba a la cara. -«¿Qué sucede?», insistías desde dentro. Sucedía que, desgraciadamente, no éramos los únicos despiertos en todo el país; y que un guardia suizo -y no precisamente del Vaticano- nos ordenaba con voz seca que nos marcháramos inmediatamente de allí:
-«¡Qué mala suerte!», te lamentabas, mientras recogías, bajo la mirada severa del guardia, a regañadientes, tu mochila roja, tu armónica y tu viejo atlas del universo. Desmontamos la tienda, pagamos nuestra multa y nos fuimos cabizbajos, como un nuevo Adán expulsado de su pequeño paraíso. Te quejabas: -«Qué lástima, con lo bien que se veían las estrellas desde aquí!» Aunque reconocías que sólo a ti se te ocurre plantar tu tienda de campaña en medio de uno de los mejores jardines de Ginebra…
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